Vida en Comunidad

vida en comun(Parte 24)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del capítulo cinco, Confesión y Santa Cena, donde el tercer y cuarto subcapítulos son El acceso a la cruz y La ruptura con el pecado.

  1. Confesión y Santa Cena

El acceso a la cruz

La confesión hace posible el acceso a la cruz. La raíz de todo pecado es el orgullo, la soberbia. Yo quiero vivir para mí solo, tener derecho a disponer de mí mismo, a odiar, a desear, a vivir o a morir a mi gusto. Todo nuestro ser, espíritu y carne, está inflamado de orgullo.

La raíz de todo el mal que hay en nosotros es querer ser como Dios. La confesión ante el hermano es una terrible humillación: duele, humilla y abate nuestro orgullo. Presentarse ante el hermano como un pecador produce una vergüenza casi insoportable. Porque en nuestra confesión de culpabilidad sobre pecados concretos, nuestro prójimo puede asistir a la muerte dolorosa de nuestro hombre viejo.

Este acto de humillación ante un tercero es tan difícil que siempre desearíamos poder evitarlo. Nuestros ojos están tan cegados que ya no ven la promesa y la grandeza de semejante humillación. Porque no es otro que el mismo Jesucristo el que, en nuestro lugar y públicamente, ha sufrido la muerte ignominiosa del pecador.

No tuvo vergüenza de ser crucificado por nosotros como un malhechor; y es precisamente nuestra comunión con él la que nos conduce a sufrir esta muerte horrible de la confesión, a fin de que participemos realmente de su cruz. La cruz de Jesucristo aniquila todo orgullo. Sin embargo no podemos acceder a ella mientras tengamos miedo de ver morir públicamente, como en el Gólgota, nuestro hombre viejo, y nos avergoncemos de pasar por esta muerte poco gloriosa del pecador en la confesión. La confesión nos introduce en la verdadera comunión de la cruz de Jesucristo y nos hace aceptar nuestra propia cruz. Quebrantados en nuestra carne y en nuestro espíritu por la humillación sufrida ante el hermano, o sea, ante Dios, podemos reconocer la cruz de Jesús como el signo de nuestra salvación y nuestra paz. Nuestro hombre viejo ha muerto, pero es Dios quien 10 ha vencido. Desde ese momento tomamos parte en la resurrección de Cristo y en la vida eterna.

La ruptura con el pecado.

La confesión hace posible el acceso a la nueva vida. Una vez arrojado, confesado y perdonado el pecado, la ruptura con el pasado está consumada. «Las cosas viejas han pasado». Esta ruptura significa conversión. La conversión es el otro aspecto de la confesión. «Ahora todas las cosas se han hecho nuevas» (2 Cor 5, 17).

Cristo ha realizado en nosotros un nuevo nacimiento. Así como los primeros discípulos 10 abandonaron todo ante la llamada de Jesús y le siguieron, así también el cristiano lo abandona todo en la confesión y sigue a su Señor. Confesión implica imitación. La vida entre Jesucristo y los suyos da comienzo. «El que oculta sus pecados no prosperará, el que los confiesa y los abandona, alcanzará misericordia» (Prov 28, 13). Confesándolas, el cristiano comienza a abandonar sus transgresiones.

El poder del pecado es quebrantado. Desde este momento una victoria sigue a otra. El acontecimiento de nuestro bautismo vuelve a producirse en la confesión. Pasamos de la esclavitud de las tinieblas al reino de Jesucristo. Esta es la buena nueva, el mensaje gozoso.

«Al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, la alegría» (Sal 30, 5).

dietrich-bonhoeffer