Vida en Comunidad

vida en comunidad(Parte 26)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del capítulo cinco, Confesión y Santa Cena, donde el octavo y noveno subcapítulos (últimos) son El perdón de los pecados y La comunidad eucarística.

De este modo terminamos la publicación de esta breve pero refrescante obrita de Bonhoeffer. A partir de nuestra siguiente publicación, estaremos compartiendo un sermón de Martín Lutero en cada número, recordando que en 2017 conmemoramos el 500 Aniversario de la Reforma Protestante.

  1. Confesión y Santa Cena

 El perdón de los pecados.

La comunidad cristiana que practica la confesión debe guardarse de dos peligros. El primero atañe al confesor. No es bueno que una sola persona desempeñe esta función para toda la comunidad. Aparte de que no dispondría de tiempo material suficiente, correría el riesgo de considerar la confesión como una simple formalidad, o caería en el abuso de ejercer una tiranía espiritual sobre las almas. Para evitar este peligro, quien no practique la confesión debe abstenerse de recibirla. Sólo quien ha sabido primero humillarse puede escuchar sin peligro una confesión.

El segundo peligro atañe al que confiesa. Que se guarde, por su propia salvación, de hacer de la confesión una obra piadosa. Esto sería una manera impúdica, estéril y abominable de entregar su corazón a otro; sería hacer de la cosa más sagrada una charlatanería deshonesta. La confesión transformada en una obra piadosa es una idea del diablo. Para atrevernos a penetrar en este abismo de la confesión, no debemos exigir otra cosa que la gracia y la ayuda ofrecida por Dios y su promesa de perdón. La confesión considerada como obra meritoria de piedad entraña la muerte espiritual; practicada únicamente sobre el fundamento de la promesa de Dios, da la vida.

No tiene más que una sola razón de ser, una sola finalidad: el perdón de los pecados.

La comunidad eucarística.

Aunque es verdad que la confesión constituye una acción en sí misma completa, cumplida en nombre de Cristo y practicada en la comunidad tantas veces como sea necesaria, sin embargo, tiene como objetivo especial preparar a la comunidad de los creyentes para participar en la santa cena. Reconciliados con Dios y con los hombres, los cristianos están en disposición de recibir el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Jesús exige que nadie se acerque al altar sin estar reconciliado con sus hermanos.

Esta exigencia, que es válida para la oración y el culto en general, urge con mayor razón para el sacramento. El día que precede a la santa cena, los miembros de la comunidad cristiana harán bien en reunirse para pedirse mutuamente perdón de los propios pecados. Si se rechaza este reencuentro con los hermanos es imposible acercarse a la mesa del Señor en las disposiciones espirituales necesarias. Para recibir juntos la gracia de Dios por medio del sacramento es necesario que los creyentes hayan destruido todo fermento de cólera, celos, maledicencia y hostilidad que haya entre ellos. Aunque pedir perdón a un hermano no significa que haya que hacer ahora una confesión, y Jesús formalmente no exige más, sin embargo la preparación para la santa cena podrá despertar en el creyente la necesidad de adquirir una certeza total sobre el perdón de ciertos pecados concretos que le angustian y le atormentan, y que sólo Dios conoce. En este caso, se nos recuerda que Dios nos ofrece la posibilidad de confesarnos con alguno de nuestros hermanos, y de recibir su absolución.

La invitación a la confesión fraterna, hecha en nombre de Jesús, va dirigida por tanto a todos los que el pecado ha sumergido en una angustia y un desamparo particularmente graves, y que buscan la certeza del perdón. El poder de perdonar los pecados, que le valió a Jesús ser acusado de blasfemo, se manifiesta ahora en la comunidad cristiana por la presencia decisiva de su Señor. Cada uno puede, en nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu santo, otorgar a su hermano el perdón de todos sus pecados, y se alegrarán los ángeles por el pecador arrepentido.

De esta manera, el tiempo de preparación para la santa cena será un tiempo de exhortación, consolación y oración, lleno a la vez de angustia y de alegría. El día de la santa cena es un día de fiesta para la comunidad cristiana. Reconciliados plenamente con Dios y los hermanos, los creyentes reciben el don del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es decir, el perdón, la vida nueva y la bienaventuranza eterna. Sus relaciones con Dios y con los hombres quedan transformadas. La comunidad eucarística constituye el cumplimiento supremo de la comunidad cristiana. El vínculo que une a los fieles comulgantes permanecerá en la eternidad. La comunidad ha alcanzado su meta. El gozo de Cristo y su Iglesia es completo. La vida comunitaria de los cristianos bajo la autoridad de la palabra de Dios ha encontrado en el sacramento su plenitud.

Aquí termina esta edificante obrita de Bonhoeffer.

Gracias a Dios por lo que nos haya dejado.

A partir de nuestra siguiente edición, estaremos publicando un sermón de Martín Lutero

en cada número.

Recordemos que en 2017 estamos conmemorando el 500 Aniversario de la Reforma Protestante.

¡Bendiciones!

dietrich-bonhoeffer