Jesús, Vencedor de Nuestras Tribulaciones (parte 2)

jesus vencedor(Parte 2) 

En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.

Sermón matutino del Viernes Santo.

Fecha: 7 de abril de 1531.

Texto: Historia de la Pasión, según Mateo 26:36-57; Marcos14:32-53; Lucas 22:39-54; Juan 18:1-24.

Sabéis que en el día que hoy celebramos, era costumbre extenderse en una larga predicación. Sin embargo, poco era en realidad lo que en esta predicación se decía en cuanto a la pasión de Cristo, a pesar de que este día ha sido establecido para que se haga oír este texto, a fin de que lo relatado en él quede fijo en la mente de los cristianos. Por otra parte, es ésta una prédica que debiera hacerse a diario; pues el propósito con que ha sido instituida es el que menciona Cristo mismo: “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Dividiremos nuestra predicación en cuatro partes

Ayer habéis oído lo que sucedió el Jueves Santo, a saber, que Cristo instituyó la Santa Cena, dignísimo sacramento destinado a todos nosotros. Además, al despedirse de sus discípulos, les dejó un ejemplo de cómo vivir cristianamente, esto es, que cada cual tenga del otro un concepto más elevado que de sí mismo, que sea su servidor, y se ejercite en la humildad. Si se procediera según esta norma, no tendríamos necesidad de ley alguna. Así como para lo primero, quiero decir, para la remisión de los pecados, no me hace falta más que esta sola cosa, a saber, la Santa Cena, así también para el vivir cristianamente no necesito más que este mandamiento: que tengamos a nuestro prójimo por más importante que a nosotros mismos, y que le sirvamos. Con estos dos puntos, el Señor quisiera mostrarnos cómo debe ser su pueblo cristiano, tanto en lo que hace a la fe del corazón como en lo que atañe a la vida exterior. Sigue ahora el relato de lo que aconteció en el día de hoy: 

“Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos… Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porquelos ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega. Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo:¡Salve, Maestro! Y le besó. Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron… Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos”.

(Lo que sigue es la segunda y última parte de este sermón. La primera fue publicada en la edición de El Evangelista Mexicano del 30 de abril).

III. La tribulación en la casa de Caifás.

En primer lugar, Cristo tiene que librar una lucha en el terreno de los pensamientos, allá en el huerto, con el diablo; luego se ve enfrentado con una boca impía, la de Judas —y este Judas se lleva la victoria— e inmediatamente después se levantan contra él los puños de los hombres que sin miramientos le conducen al matadero. En tiempos pasados hubo una discusión acerca de si Cristo fue llevado a la casa de Caifás o a la de Anás. Esto último parece ser lo más verosímil. Tal vez Anás tenía su casa en aquella misma calle, y se le quería lisonjear un poco; y así, Cristo tuvo que servirles de hazmerreir y objeto de exhibición. Se lo llevaron a Anás con el único fin de que éste pudiera verle. No fue más que una especie de atención para Anás con que querían decirle: “Aquí tenemos al hombre a quien tú odias tanto.” Anás, por su parte, envió a Cristo inmediatamente a la casa de Caifás, a donde se dirigió o también él mismo, de modo que todos los sucesos ulteriores, todos los padecimientos de Cristo, tienen por escenario la casa de Caifás, a saber, la triple negación de Pedro y la deserción de todos los discípulos, que dejan a Cristo completamente solo, sin un único hombre con quien pudiera hablar.

Ya al orar allá en el huerto de Getsemaní estuvo rodeado de diablos. Pero en aquellos momentos de angustia al menos se hallan a su lado sus discípulos y quieren ayudarle, si bien tiene que reprenderlos por la debilidad de su carne. Pero aquí le vemos sólo y abandonado en la casa de Caifis, y frente a él, la muchedumbre de los que le cubren de blasfemias. Después de haber padecido el efecto de los pensamientos diabólicos y de las malas lenguas, cae ahora también corporalmente en las manos de los impíos. Y con todo esto continua aquella tribulación con que Satanás acosa su corazón; acto seguido caen sobre él con palabras blasfemas que él soportó en silencio, y por último le atormentaron con los martillazos y los clavos con que le fijaron en la cruz. Sus ojos no ven más que dolores. Todo le atormenta: el corazón, la lengua, y todos los miembros. ¡Esto sí puede llamarse una pasión!

Eran momentos en que Satanás se empeñaba en volcar sobre Jesús todos los sufrimientos posibles. A esto se agrega otra cosa más: Cuando buscan pruebas en contra de Cristo, no fueron capaces de hallarlas, y por más testigos que se levantaron, no pudieron ponerse de acuerdo, pues éste decía una cosa, aquél otra, de modo que el concilio no se pudo fiar de los testimonios presentados. Así ocurrió también con lo que declararon los últimos dos testigos: “Éste dijo: puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo” (Mateo 26). Ni siquiera éstos concordaban. ¿Y no se procedió de la misma manera en Augsburgo? No pueden probarnos ningún error o culpa, y no obstante se apresuran a darnos muerte

Esto es el resultado cuando se condena a la gente sin antes haber puesto en claro quién es el culpable. Así, pues, todo recurso es bueno si se dirige contra aquel hombre inocente, y no importa cuál sea el motivo invocado. Ya que le tienen capturado, buscan con toda solicitud cómo podrían condenarle. De ninguna manera quieren soltarle, pero pese a todos sus esfuerzos, no pueden hallar contra él ningún testimonio válido. Así vemos que los impíos tropiezan con más dificultades al practicar el mal, que los piadosos al hacer el bien. En esta forma sigue el interrogatorio hasta que el sumo sacerdote le dice a Cristo: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (Mateo 26:63). Y cuando Jesús responde: “Tú lo has dicho”, todos gritan: “¡Es reo de muerte!”, porque está escrito en la ley: El que se llama a sí mismo Hijo de Dios, es digno de muerte

  1. El fruto de la pasión de Cristo para nuestra fe
  • Debemos considerar la pasión de Cristo como sufrida en bien nuestro.

Esta es la primera parte de la pasión de Cristo, la cual nos muestra cómo él sufrió en el huerto y de parte de Judas y luego en la casa de Caifás. Y ésta es a la vez la primera forma como se ha de predicar acerca de la pasión, a saber, relatar, conforme al testimonio de la historia sagrada, lo que Cristo padeció. Así se predicaba acerca de la pasión en el papado, y estaba bien hecho; porque esto contribuye a que al menos algunos hombres comprendan al fin que Cristo murió por ellos. Debe admitirse empero que en aquellos sermones, la historia de la pasión no se interpretaba en este sentido, sino más bien en el sentido de que debe servirnos de recuerdo y despertar nuestra compasión para con Jesús. Así, ya lo decía Alberto, “Mejor es contemplar siquiera una vez al año, y someramente, la pasión de Cristo, que ayunar y rezar el Salterio durante el año entero.” Es verdad, sí, siempre que el interés esté dirigido realmente a la obra de Cristo; porque así al menos queda grabado en nuestro corazón el texto de la historia de la pasión. El error de Alberto es que lo interpreta todo exclusivamente con miras a la obra de Cristo. Ya vemos: no basta con saber cómo transcurrió la de Cristo no es meramente una sublime obra y un ejemplo digno de ser imitado, sino que requiere fe. La fe es la verdadera aplicación dela pasión, pues nos enseña qué provecho hemos de sacar de ella.

Esto nos ocupa durante el año entero, y nos ocupa también en este momento en que yo pregunto por qué padeció Jesús todo esto. Pues esto es lo que en verdad importa: que veamos el propósito y la intención con que lo hizo. No quiere que me detenga sólo en considerar cuán profundo fue su dolor, v cuán grandes sus trabajos, sino que ante todo debo saber por qué se sometió a semejante sacrificio, y por qué derramó tan voluntariosamente su sangre. Porque todo esto se hizo por ti. Así lo explica Isaías (53:4 y sigs.); las heridas, el desesperar de la vida, y todo lo demás, se hace por causa tuya. Por cuanto tú estabas aprisionado en pecados, el Señor impuso el castigo a Cristo para que nosotros obtuviéramos la paz. Así como Cristo vino a los hombres y se hizo semejante a ellos, así tiene que padecer ahora lo que los hombres tendrían que padecer.

  • La pasión de Cristo es incompatible con los abusos cometidos por la iglesia romana.

Esto es lo que ante todo debiera haberse destacado en la predicación acerca de la pasión de Cristo, para evitar que surgieran los cultos blasfemos. En efecto: si los papistas se limitaron a hacer ver que la muerte de Cristo solamente derrotó a Satanás, y venció la maldad de un Herodes, Judas y otros, pasaron por alto lo más importante. Pues lo que Cristo hizo, lo hizo no para vencer a Pilatos y Judas, sino para que tú no sufrieras daño, tú que estás bajo el pecado, la muerte y el diablo, sujeto a Judas y a los tiranos, tú que eres merecedor de la muerte, del infierno, del juicio de Dios y de todo otro mal. Así es como también Pablo habla de la pasión de Cristo. Si esto se reconociera claramente, y si se depositara la fe en ello, no se permitiría que penetrara en la iglesia ni uno de esos otros cultos con que los hombres pretenden poder reconciliar a Dios.

Pero ningún obispo o monje lo reconoció, ninguno procedió como habría correspondido. Si lo creyeran, ni uno solo quedaría en su estado monacal, sino que todos dirían: Si esto es cierto, si Cristo murió a causa de los pecados míos, si tiene razón Isaías al decir que ’Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros’ (Isaias 53:6), y “él herido fue por nuestras rebeliones” (v. 5), y si también tiene razón Pedro quien escribe: “Vosotros fuisteis sanados y salvados por las heridas de él” (1 Pedro 2:24), y si hemos sido librados de nuestros pecados por los sufrimientos y las luchas de Cristo, por su temor y sudor, entonces yo me pregunto: ¿qué estoy haciendo todavía en mi obispado y en mi celda monacal?

Ya no elevaría yo más ojos, llenos de admiración, hacia la magnificencia del papado, sino que diría: “Es verdad, ellos predican el texto de las Escrituras; pero al mismo tiempo dicen también: tienes que entrar en un convento, tomar los hábitos, vivir en continencia y pobreza; entonces, con tu obediencia, continencia y pobreza, vencerás al diablo.” Y en esta forma han dado una apariencia deslumbrante a aquellas virtudes monacales, y han desviado a los hombres de la pasión de Cristo, de esta pasión que nos dice que mis pecados han sido cargados sobre él, y que el mismo Satanás ha sido vencido en bien mío. Ellos en cambio dicen: “Tus pecados siguen siendo carga tuya, y tú mismo tienes que vencer a Satanás y a la muerte.” ¡Todo, todo tengo que hacerlo yo! ¿Qué es el resultado? O un santo empedernido, o un pecador desesperado. Pues aquí no hay obra de castidad o de pobreza que valga. Al verse en la tribulación, ¿quién podría soportar siquiera un pecado de los comunes y corrientes? Estando presente el diablo que nos acosa, es imposible que el corazón soporte aun el más insignificante de los pecados. Y sin embargo, no hacen ni hicieron otra cosa que insistir en el esfuerzo propio, especialmente en el día de hoy en que suelen predicar sermones de ocho horas, y con esa su desvergonzada predicación no hacen más que realzar la eficacia de sus ordenaciones y órdenes y demás instituciones humanas. Esto no es ni más ni menos que crucificar a Cristo de nuevo.

  • La pasión de Cristo sufrida por nosotros nos ayuda a vencer las tribulaciones.

Cuando nos asalta el pecado y la tribulación, ¿qué hemos de hacer? La Escritura dice: El Señor cargó los pecados tuyos sobre Cristo, y éste venció en el huerto a Satanás cuando se vio acosado por él. Lo que tienes que hacer, pues, al sentirte atribulado, es hablarte a ti mismo de esta manera: “Y bien: no soy yo quien vencerá a Satanás y a la muerte, sino que la victoria ya ha sido obtenida, por Jesús. Otra victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo no existe.” Ésta es la manera como se debe interpretar la pasión de Cristo, porque su finalidad no es hacer que rompamos a llorar y nos flagelemos, como lo hacían los monjes y en especial los descalzos, los cuales, al haberlo hecho, creían ser mejores aun que Cristo, cosa con que sin duda hicieron reír de contento a Satanás. Además, ¡me siento tan satisfecho conmigo mismo, porque imité al Hijo de Dios! Y eso lo vendían después, como méritos supererogatorios a los campesinos a cambio de su cereal y sus corderos.

Tal es lo que hoy afirman en sus sermones; también esto significa crucificar a Cristo de nuevo. Tú en cambio debes proceder de la manera siguiente: Cuídate mucho de que no sea la pasión tuya lo que vence a Satanás, la muerte y el pecado. Aprende a ver en la pasión de Cristo no simplemente un relato histórico, sino cree que la muerte que pesa sobre mí y sobre ti, realmente no pesa sobre nosotros sino sobre Cristo, lo mismo que el pecado y Satanás. Sí, confía en esto, para que al dar los últimos alientos, o sea, en la muerte, en el pecado y la angustia, puedas decir: No soy yo quien tiene que cargar con todo eso, sino que mi corazón se aferra al hombre que llevó nuestro pecado, diablo y muerte. Así es como se celebra de veras la pasión de Cristo y se le tributa el más alto honor, y así es como él quiere que hagamos.

Por otra parte, de nada le sirve que simplemente le compadezcas porque fue traicionado, azotado y crucificado. Más aún, esa compasión significa para él una deshonra y una blasfemia. En cambio, le doy a Cristo la honra debida si ensalzo su pasión en lo más profundo de mi ser y digo: “Por más grave que fuera mi pecado, creo no obstante que la pasión de Cristo es más fuerte que los pecados míos y los del mundo entero.” Mas, si quiero vencer mis pecados con mis propias fuerzas, desconfío de que Cristo sea capaz de hacerlo, a pesar de que justamente para esto él se sometió a todos los dolores y afrentas. Y así le abandono a él y me refugio en mí mismo. Por eso di, también en la hora de la muerte: “La estima en que tengo tu pasión, oh Cristo, es tan alta que no dudo ni un momento de que tú hayas vencido la muerte por mí.” Entonces rendiste a la pasión de Jesús el más grande honor.

  • La pasión de Cristo sufrida por nosotros debe defenderse contra toda doctrina falsa.

Esta honra que merece la pasión de Cristo la obscurecieron y la seguirán obscureciendo. Pues me temo que vendrán falsos maestros, como dice Pablo (Hechos 25:30), que en un principio harán sólo escasa mención de este artículo de la fe, y al fin lo dejarán completamente a un lado. Ahora bien: Satanás no puede venirse sin el beso de Judas: no dejarán de relatar las palabras de la historia de la pasión, pero entremezclarán su propia ponzoña hasta extinguir finalmente por completo el entendimiento correcto de lo que Cristo hizo por nosotros. Muchas veces os lo advertí. Yo mismo ando en dudas día y noche acerca de este artículo. No puedo comprenderlo tan plenamente como debiera. Me resulta más fácil escribir y hablar sobre él que sentirlo en el corazón. ¿Qué sucedería si no me ocupara constantemente en él, si pese a todo mi meditar sigo siendo tan poco firme en mi comprensión? También Pablo, y Cristo mismo, aunque habían mucho de las buenas obras, sin embargo siempre hacen mención de la pasión de Cristo sufrida por nosotros, y de este artículo de que “él ganó la iglesia del Señor por su propia sangre”, Hechos 20:28.

Así, pues, hemos seguido hoy la costumbre del papa y hemos predicado en primer lugar la historia misma de la pasión de Cristo, que el papa ha tenido que dejar intacta, a causa de los escogidos. Pero no debemos detenernos aquí, sino proseguir adelante y explicar con toda insistencia por qué tuvo que padecer Jesús todo esto, a saber, que el pecado mío y la muerte mía fueron cargados sobre él, y él se hace cargo de ellos. Mediante esta prédica, el Señor puede ganar mucho pueblo para su iglesia. ¿Qué quiere entonces el papa y sus obispos y monasterios? Todos ellos son por ende condenados, porque enseñan otra cosa y me echan más pecados sobre más propios hombros. Cuando iba a confesarme, tendrían que haberme perdonado más pecados y haberme dirigido hacia la pasión de Cristo. Pero si bien hablaban también de Cristo, sin embargo enseñaban al mismo tiempo que sólo observando los preceptos y las obras recomendadas por ellos se podía tener la certeza del perdón y de la salvación. Pero esto es una burda mentira; porque si los pecados están amontonados sobre Cristo, y si Cristo hace satisfacción por ti, no se los puede volver a echar sobre ti. Lo uno no es compatible con lo otro: o es en vano la pasión de Cristo, o lo es el obrar tuyo. Prefiero empero que perezcan todas más obras con que blasfemé del Señor, antes de que se me arrebate el fruto de la pasión de Cristo. Si crees esto de verdad, ni los herejes ni los facciosos te podrán hacer daño alguno. ¡Dios nos lo conceda por su gracia!

  • Tomado de:

https://www.scribd.com/document/342112000/Martin-Lutero-Sermones-pdf