Editorial

editorial santidadLA SANTIDAD, ¿IMPUTADA O IMPARTIDA? 

El tema de nuestro Editorial hoy es en obsequio a la solicitud de una de nuestras lectoras asiduas, planteada entre los comentarios al pie del Editorial de nuestro número anterior. En aquella ocasión usamos la siguiente frase: “…el mismo Espíritu lleva al convertido en un progreso de santificación, pero refiriéndose a una santidad experimental, no “posicional” ni imputada. Tema este último que no abordaremos hoy.” Así que nuestra lectora nos pidió abordar el tema de la santidad en relación con los términos imputado y posicional.

Nos es sabido que una de las cuatro fuentes para elaborar la doctrina metodista es la experiencia; pero además, que para J. Wesley era la fuente más importante después de las Sagradas Escrituras. También conocemos el dato de que exponer el aspecto experimental de la religión cristiana fue la más reconocida aportación de Wesley al campo de la teología. Tengamos estos hechos en el trasfondo mientras hacemos la siguiente explicación.

Para la discusión sobre la justificación del hombre pecador, los reformadores hicieron un uso extraordinario de una palabra que es muy frecuente en la Biblia: imputación. En el Antiguo Testamento aparece más de cien veces bajo el término hebreo hasab, queriendo referirse a “contar por”, “tener por” o equivalentes, y se relaciona con los sacrificios ofrecidos en favor del pecador. En el Nuevo Testamento, aparece en la forma del verbo logizomai, empleado principalmente, pero no exclusivamente, por San Pablo, para referirse a aquello que es atribuible a uno de la cuenta de otro. Es decir, se explica con esa palabra que en el hecho de la justificación hay dos cosas que se imputan necesariamente: 1) A Cristo, quien no conoció pecado, se le imputaron todos nuestros pecados mientras moría en la cruz; y al contrario, 2) por nuestra fe en Cristo, se nos imputa a nosotros la justicia de Dios por causa de la sangre de la cruz. La salvación es imposible a través de nuestras buenas obras, de nuestro dinero, de nuestra religión o iglesia, de nuestra ascendencia cristiana, de nuestros esfuerzos para ser santos. Sólo hay un modo, y este es: Porque nuestros pecados fueron todos puestos en la cuenta (imputación) de Cristo, y porque la justicia de Dios es puesta a cuenta de nosotros (imputación) por la muerte de Jesucristo, somos declarados perdonados, justos y aceptados por Dios. 

La doble imputación que nos asegura la justificación por la fe, nótese bien, no sucede en nosotros, es un asunto entre el Padre y el Hijo, aunque nos beneficia porque así somos totalmente perdonados y tenidos por justos ante los ojos de Dios, nuestras deudas con Dios son todas canceladas y somos declarados libres, gracias al pago que Cristo ofreció al Padre a favor de nosotros. Si esta transacción no sucede en nosotros, entonces la justificación no es una experiencia para nadie.

Ahora bien, ¿qué de la santificación? ¿Nos es imputada del mismo modo como se nos imputó la justicia de Dios? ¿Podemos decir que Cristo es santo por nosotros? Recordemos, la imputación no es una experiencia, luego entonces, ¿la santidad no es una experiencia? ¿No necesitamos ser santos puesto que Cristo lo es a cuenta de nosotros? ¿Él ofrece su santidad al Padre por nosotros de tal manera que podamos elegir si queremos o no buscar alguna santidad personal? No sabemos de ninguna iglesia denominacional que tenga esta doctrina tan peligrosa. La tuvieron los moravos, y por eso Wesley se separó de ellos. A esta doctrina se le llama antinomanismo (estar contra la Ley) y está presente en algunas iglesias no históricas y en algunos líderes cristianos.

Los metodistas creemos que la santidad de Cristo se nos imparte, se nos transmite, se nos transfunde por la actividad del Espíritu Santo. Y de este modo es una experiencia en nuestra vida. Algún amigo podría pagar una deuda que no podemos saldar, y de ese modo nuestra deuda se le imputa a él, mientras que su pago se imputa a nosotros; pero su carácter moral no puede ser imputado a nosotros. Nadie puede ser santo por otro. La santidad es personal o social, pero proviene de Cristo, su carácter nos es impartido.

Es lo mismo con la frase “santidad posicional”. Esto quiere decir que somos santos porque nuestra posición de personas aceptadas por Dios en Cristo, hace que él nos vea santos y sin mancha. Siendo así, somos santos no porque experimentemos una transformación de la vida, sino porque la santidad de Cristo es un manto que nos cubre sin importar cómo esté nuestra vida. El teólogo bautista W. T. Conner (El Evangelio de la Redención, p. 213-215) maneja la idea de la santidad posicional, pero no sabemos hasta dónde su denominación la comparta.

Terminemos: Juan Wesley tenía un alto sentido de la dimensión experimental de la religión cristiana. Para él, la Biblia no nos habla de otra santidad (preferentemente social) que no sea una experiencia diaria. Nuestra santidad es de Cristo, no por nosotros, sino en nosotros. Esta santidad reconoce en la tierra tres momentos: 1) Una santidad inicial, que tenemos absolutamente todos los cristianos, y que es debida al nuevo nacimiento experimentado en el momento de la justificación por la fe; 2) una santidad progresiva debida a la impartición del carácter de Cristo por medio del Espíritu Santo, en un proceso que dura toda la vida; y 3) una santidad entera o perfección cristiana (en la que lamentablemente nuestros hermanos calvinistas no pueden creer), que es recibida de Cristo mediante nuestra fe (y que, por la falta de fe, muchos no la logran), en algún punto de la santidad progresiva. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48).

Pbro. Bernabé Rendón M.

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