Entrevista a Miriam Vela de Rivera

ENTREVISTA: MIRIAM VELA DE RIVERA

(Dedicada a las esposas de pastor)

Del 26 al 28 de mayo pasado se celebró en la ciudad de Tijuana, BCN, el 7° Encuentro Nacional de Esposas de Pastores Metodistas. Uno de los privilegios de asistir a esta actividad es poder convivir de cerca con esposas de pastor de gran experiencia, como la hermana Miriam Vela de Rivera, esposa del Pbro. Rubén Pedro Rivera Garza, actualmente Superintendente de uno de los Distritos de la Conferencia Anual Norcentral. Aquí transcribimos una plática que nos permitió tener con ella:

Entrevista a Miriam V. de R. 

Estamos aquí con la hermana Miriam Vela de Rivera. ¿Cuántos años tiene usted en el ministerio como esposa de pastor, hermana?

60 años

¿Y cómo fue que comenzó ese ministerio?

Bueno, el pastor (Rubén Pedro) Rivera estaba trabajando en el (Instituto) Madero como maestro de los jóvenes pre-teológicos, después de su Seminario, ya se había graduado. Yo estaba en la normal del estado estudiando; y como en el internado Madero había niños desde los cuatro o cinco años internos; entonces él tenia los sábados un club y necesitaba alguien que les diera clases de Biblia. Al mismo tiempo yo era la presidenta de la Liga de Jóvenes, y el pastor de la Iglesia Emanuel nos había dicho que había un pastor recibido que había llegado al (Instituto) Madero, que podíamos pedirle que fuera nuestro consejero de la Liga. Entonces fuimos el grupo de la Liga y le pedimos de favor que nos apoyara, y él aceptó.

Eso sucedió por mi parte. Después él pensó en la persona para sus clubes y pensó en mí porque sabía de mi carrera como maestra. Entonces estuve yendo los sábados a dar la clase de Biblia. Y de allí empezó todo: empezó el romance, empezó la conquista, hasta que nos hicimos novios; pero no fue en ese año: fue hasta el otro.

Ya de allí duramos cuatro años de novios. Durante ese tiempo le dieron a él su nombramiento a Parral, Chihuahua. Yo me quedé en Puebla, -yo soy de Puebla, de la iglesia Emanuel, allí me crié. El hace una maleta para Parral, Chihuahua; pero siendo novios, pues él se fue y yo me quedé en Puebla. Hasta el cuarto año de novios nos casamos, allí en Puebla, en la Iglesia Emanuel; porque él estuvo en Parral todavía, luego en Monclova y en Frontera, Coahuila y pues ya él pensó que nos debíamos casar y se vino a Puebla y en seis meses arreglamos nuestra boda.  Él traía su dinerito para la boda y pues gracias a Dios, una boda muy bonita, pues para nosotros era la culminación de todo, la distancia y eso. Y allí empezó mi vida de esposa de un pastor.

Casándonos, luego nos fuimos al Seminario en México. Allí estudié un curso de Teología, nada más seis meses, para que tuviera una “sancochada” de las cosas de la iglesia; de la iglesia en verdad, no, porque yo viví, nací y crecí toda mi vida en la Iglesia Emanuel y sabía lo que era estar en la Iglesia, la Escuela Dominical… todo lo que ya sabe, ya traía muchas nociones, ya sabía qué era. Pero ese curso me ayudó mucho para entender qué es la Homilética y cómo expresarse. Y de allí a los seis meses, ya de ser esposa de pastor nos mandan a nuestro primer pastorado ya casados, fue en La Trinidad de Monterrey. Era pastor asociado del Pastor Ríos.

¿Horacio Ríos?

No: era el papá de Horacio, Raúl Ríos. A los cuatro meses de estar él de asociado, se muere el hermano Raúl Ríos. Entonces los administradores no quisieron que pidieran un pastor titular: lo pusieron a él como titular, y el Superintendente no tuvo más que aceptar eso. Pero era un joven de 26 años, para una “iglesiona“ como La Trinidad, en aquel tiempo, era lo máximo, allí iba el gobernador. Era una iglesia donde las mujeres vestían precioso: sus guantes, sus sombreros, sus zapatos del mismo color; su ropa era diferente, pero guantes, bolsa y zapatos eran del mismo color.  Entonces, yo venía de Puebla, que era una provincia, y allá la ropa siempre es la misma, no hay frío ni calor.  Como era yo maestra y ya trabajaba y todo, siempre me he arreglado -como desde los 15 o 16 años empecé a pintarme, así que siempre me he arreglado; pero mi ropa era sencilla.

Cuando yo empecé a ver todo eso, fue un choque, para mí, tremendo; pero siempre el Señor tiene (aquí la voz de la hermana Miriam se cortó por la emoción. n. del e.) como el ángel de la guarda de las esposas de  pastor  -me da emoción porque me acuerdo-, una hermana, Tulos –se llamaba Gertrudis, pero le decían Tulitas- era de la Femenil; y luego, como a los tres o cuatro meses de haberme observado, me empezó a decir: “A ver, hermana Miriam, mire….” y me empezó a decir cómo era lo de los vestidos y cómo arreglarme. Sus hijas eran de dinero y traían ropa de Laredo; la gente se iba a Laredo, o a Houston a comprar sus cosas. Entonces ella me empezó a traer ropa de Laredo: vestidos muy bonitos y todo. 

Yo me vestía como ella me decía, para mí no fue ningún problema: me sentía a gusto, y agradecida con ella. Tulitas para mí fue como una madre, porque mis papás, los dos se quedaron en Puebla. En aquel tiempo para ir al norte, a Monterrey, era como ir al otro lado del mundo; más para mi familia, que era de clase media. 

Y entonces de allí empecé mi vida. Pero como yo había sido liguera, y había sido presidenta, y había tenido cargos en la iglesia, no me fue difícil adaptarme a todo el rol: estar en la Liga de Jóvenes, la sociedad de mujeres… había tres femeniles, dos ligas de jóvenes, tres fraternidades… había mucha gente, había gente para todo. Pues allí nos tuvieron siete años.

A los dos años empecé con el embarazo de mi primera hija. Mira: mis tres primeros hijos nacieron en pañales de seda; porque la congregación, como el hermano Raúl Ríos y su esposa ya eran grandes de edad, ellos nunca tuvieron un bebé, ya sus hijos eran grandes. Entonces a nosotros nos acogieron, ¡estaban emocionados! Baby showers, yo me alivié en las mejores maternidades, en el Muguerza. Todos pagaron mi maternidad; los hijos, ropa tuvieron hasta… bueno, no me  costaron nada los tres.

¿Y los tres nacieron mientras su esposo era pastor en La Trinidad?

Ajá. Eso fue en Monterrey. Allí empecé mi vida de esposa de pastor. Pastora estudiada, no; pero todo el mundo me llamaba pastora y yo estoy acostumbrada a eso; si no me dicen eso, tampoco hay problema ¿verdad? Así empecé mi vida de esposa de pastor.

Y a los siete años de haber tenido a nuestro tercer hijo nació Ingrid, la hija más chica. Es la hija que está viviendo con nosotros, con su esposo y sus hijas. Ella es para mí un tesoro, porque es la que está al pendiente de nosotros a nuestra edad, en todo; es como una mamá.

¿Y qué recomendación le daría usted a las esposas de pastor que van empezando; y a las que no vamos empezando, pero que todavía nos falta más experiencia? ¿Qué recomendaciones nos haría?

Yo digo que debemos ser sencillas… vaya, no ofendernos: si nos dan un consejo para nuestro pelo o para otra cosa… debemos tomarlos bien. Si lo hacen es porque quieren nuestro bien. Uno no sabe, si la hermana te lo dice para darte en la cabeza o porque te quiere ayudar. Entonces debemos ser accesibles; no decir: “¡Ay, qué le importa!” Tomar con un espíritu accesible cualquier consejo, porque una está joven, sin experiencia; entonces eso ayuda mucho.  Siempre hay gente que en ciertas áreas nos da consejos y uno tiene que tomar el consejo, siempre y cuando sepamos que son gente que nos quiere ayudar. Debemos ser accesibles, no tomar a mal que nos den un consejo. Eso sí les aconsejaría: que fuéramos prudentes y accesibles, pues lo contrario sería ponerse en mal con la hermana, o cortarla, y nos lastimaríamos. Esas son las cosas que debemos cuidar: no lastimar a nuestros congregantes.

Hermana: ahorita le pudiera yo preguntar muchas cosas más. Pero lo voy a dejar aquí. Gracias por el tiempo que nos ha concedido, y que Dios la bendiga, hermana, y la siga utilizando.

Si es muy poquito tiempo, claro, para tantas cosas. Por ejemplo: los rencores. Las esposas de pastor siempre debemos tener mucho cuidado en eso. Porque si nosotros tenemos algo contra una persona, ¿cómo vamos a ministrar a otras, si traemos adentro el coraje? No podemos, no hay fruto. Es algo, de veras, con lo que tienes que luchar. Porque si uno ama al esposo, los hijos, pues te duele en tu corazón; pero ¡pues allí está el Señor…! Orar, y de veras clamar al Señor. Y si ves a la persona que ofendió, ir a saludar a la hermana, decirle “Dios le bendiga, hermana”; y si uno sigue haciendo eso en el nombre del Señor, para cuando menos uno siente ya se acabó el coraje, el resentimiento, porque nos hace mal. Es bien importante tener siempre sano nuestro corazón. Es algo con lo que tenemos que luchar las esposas de pastor.

Y algo que quiero agregar es que lo más importante para nosotras como esposas de pastor es saber que trabajamos para el Señor, él es nuestro patrón, no trabajamos para nadie más. Y que no nos salgamos de ese punto; porque si no, nuestra carne sale.

La otra cosa es que hay que ser mujer de oración: todos los días, aún no está amaneciendo y hay que acudir a la oración y a la Palabra. Y el ayuno también hay que practicarlo; si uno se propone, sí se puede hacer. Entonces la oración, la lectura de la Palabra y el ayuno son tres compañeros en nuestra vida: si no tenemos eso, no la hacemos. Eso es lo básico para que nuestra vida en el Señor crezca y podamos ser bendición para otros. De otra manera, nuestra vida será inútil, no aguantaremos la vida de esposa de pastor, no resistiremos problemas, estaremos siempre rencorosas con la gente, con el mundo, con la iglesia. Así que es bien importante nuestra vida de oración, nuestra lectura de la Palabra, el ayuno y nuestro testimonio. Doy gracias a Dios por ser esposa de un pastor; y si me volviera a vivir otra vez de joven, me casaría otra vez con un pastor.

Pues muchas gracias, hermana. Dios la bendiga.

Entrevista realizada por:

Lic. María Elena Silva de Fuentes, esposa del Obispo Fernando Fuentes Amador.