EDITORIAL

las indulgenciasLAS INDULGENCIAS NO FUERON EL PROBLEMA

Ya estamos llegando a agosto, y luego vendrán septiembre y octubre. Pronto estaremos en plenas fiestas por el 500 Aniversario de la Reforma, aunque algunas iglesias y conferencias ya comenzaron, teniendo a la vista como evento mayor el Encuentro Nacional de Pastores en Monterrey, del 26 al 28 de octubre, con exposiciones magistrales del Dr. Justo L. González. Por otro lado, CUPSA publicó en junio un libro que representa el enfoque metodista de la Reforma, obra agotada pero que esperamos promover una vez que tengamos disponible el siguiente tiraje.

En esa dirección, podemos escribir aquí algunos breves pensamientos sobre el asunto que encendió el movimiento reformador, asunto que no era importante de modo intrínseco pero que cobró gran categoría por el modo como se dieron las cosas. Estamos hablando del tema de las indulgencias.

La diferencia fundamental entre la teología católica y la protestante está en el entendimiento sobre cómo se aplican al creyente los beneficios de la expiación de Cristo. La expiación en sí no es motivo de controversia, sino la aplicación de ella a quienes tienen fe, y es el tema subyacente en las así llamadas cinco solas (la fe sola, la gracia sola, Cristo solo, la Biblia sola y la gloria sólo a Dios –o el Espíritu solo- como se quiera entender).

En la doctrina católica se explica que cuando un creyente peca, se vuelve acreedor de una culpa y una pena temporal (para diferenciarla de la pena eterna). La iglesia diseñó un dispositivo para evitar que ese pecador vaya al infierno o al purgatorio, resolviéndole el doble problema de la culpa y la pena temporal. El alivio de la culpa se obtiene gracias a la muerte de Cristo por los pecadores y es recibido cuando el sacerdote absuelve a nombre de Dios al culpable cuando éste recurre a la Confesión. La pena o castigo, que es la consecuencia de haber desobedecido a Dios, tiene que llevarla el pecador mismo como una disciplina que le haga ver que todo pecado es un asunto serio. Así, la iglesia se vuelve como una madre tierna para el penitente, ayudándole a obtener su reconciliación, ¿de qué manera? Le prescribe formas de cubrir su pena temporal de manera supervisada, y recibir de este modo un segundo beneficio de la cruz de Cristo. Las penas serán, en orden de importancia: someterse a las penitencias que se le ordenen, o realizar buenas obras, o convertir sus tribulaciones que esté sufriendo en la vida en un medio de pago de su pena, o adquirir indulgencias. En este proceso, según la dogmática católica, aclarado de manera explícita, las indulgencias son secundarias, no se pueden comparar con el beneficio que se obtiene con una penitencia, y la mayoría de ellas logran sólo un pago parcial de la deuda que se tiene con Dios por la pena temporal.

Por el concepto anterior, perfectamente conocido por Lutero, jamás habría él escrito sus 95 tesis contra las indulgencias. Pero lo hizo, mas no porque fuera un tema relevante para él ni para nadie en aquella época, sino por el modo abusivo como se ofrecieron las indulgencias a principios del siglo XVI. Es más, el tema de las indulgencias no volvió al centro durante la gran contienda de la Reforma en los años subsiguientes. Si no se hubiera hecho un uso escandaloso de las indulgencias en aquello años, Lutero no hubiera iniciado ninguna Reforma, o si la iniciara, hubiera sido por alguna otra razón que por lo pronto él no tenía en mente. La protesta de Lutero no iba contra todo el sistema de la Iglesia Católica, ni contra las indulgencias en sí, sino solamente contra el uso indebido de ellas. Como este tema simple no se resolvió, Lutero le siguió, colocando la autoridad y las acciones del papa en entredicho, y de allí se pasó a poner en duda incluso las instituciones y concilios de la iglesia sobre diversos temas… Y así vino su excomunión, y el rompimiento, y la separación voluntaria de muchos, y el gran fenómeno histórico de la Reforma con sus muchos adalides y modalidades.

El error que cometieron en el siglo XVI los papas Julio II y León X, fue el querer acercarse fondos para remozar la basílica de San Pedro, pidiendo a la gente la extraña medida de ofrecer ofrendas a cambio de indulgencias. Y un segundo error lo cometieron los predicadores que promovían esta campaña financiera papal, prometiendo beneficios que no estaban considerados en la doctrina de las indulgencias. Todo aquello degeneró en una mercadería con las almas de la gente religiosa. La inconformidad de Lutero fue contra esta situación, y sería exagerado e impreciso presentar la historia de otro modo.

Ahora nosotros, sin la presión de una guerra ideológica como la que sufrieron los reformadores, podemos examinar la idea de las indulgencias en sí misma, y observamos que se construye con varios supuestos. Por ejemplo, se supone que los méritos de Cristo, más los de su madre María, más los de todos los santos, suman un tesoro de gracia que se le ha confiado a la iglesia para que lo administre. Estos méritos, se supone también, son concedidos al pecador arrepentido por el papa mediante las indulgencias. Y se supone que pueden tramitarse indulgencias para librar de la pena temporal tanto a gente viva como a gente muerta cuya alma está en el purgatorio. Por otro lado, no aparece en la Biblia la enseñanza de que el perdón de Dios quite la culpa del pecado pero no la pena, la cual tendría que ser quitada en una segunda aplicación de la gracia de Dios. De hecho, toda esta construcción es ajena a la Biblia, por lo que se arma sólo con elementos tomados de la tradición.

Estos pormenores fueron dejados fuera por los reformadores, para ir a los elementos importantes que darían sustento a una nueva construcción de la doctrina de la aplicación de los beneficios de la expiación de Cristo en los seres humanos. La Biblia debía estar sola al momento de elaborar los principios doctrinales, sin tomar en cuenta como fundamental a la tradición. La fe debía estar sola, sin buenas obras, sin penitencias, sin indulgencias, al momento de recibir la plena liberación divina de la culpa y la pena por el pecado. La gracia debía estar sólo en Dios, y no en María, ni en los santos, ni en nosotros en la hora de nuestra redención, y sólo por ella y no por méritos humanos se nos declara justos y somos adoptados como hijos. Cristo debía estar solo como fuente de la salvación en su nombre y por su sangre, y no la iglesia, ni María, ni los santos, ni el penitente. Y sólo el Espíritu de verdad nos llevaría a sacar estas conclusiones bíblicas, sin hacerse necesarios los maestros (el Magisterio) de la iglesia. Así pues, hay una justificación completa y segura para todo impío que crea que la sangre de Jesucristo es suficiente para adquirir el perdón de Dios, y esto es un hecho por la gloria de un Dios de gracia que no ve ni verá cómo anda de méritos propios tal impío, dejándolo con una alegría exultante por no llevar ya más culpa ni castigo, y ser guiado por el Espíritu por una vida terrenal superior y abundante, hasta que algún día sea trasladado al lugar donde todas las promesas de Dios serán finalmente cumplidas.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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