El Verdadero Discípulo de Cristo

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En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.


Martín Lutero,

Sermón para un culto vespertino de Pentecostés.

Fecha: 16 de mayo de 1529.

Texto: Juan 14:23-31a.

“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mora da con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. Y ahora os he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó,así hago.”

Oisteis esta mañana el texto de la historia de Pentecostés, y lo que de él se desprende. Queda mucho por decir respecto de este importantísimo acontecimiento. Sin embargo, no debemos pasar por alto el Evangelio del día. Continuemos pues en otro momento con la exposición sobre la Epístola.

  1. El verdadero discípulo ama a Cristo sobre todas las cosas.

Sólo el amor a Cristo nos enseña a guardar su palabra. “El que me ama, mi palabra guardará”. Así respondió Cristo a la pregunta del piadoso y buen discípulo Judas. La pregunta que Judas le hiciera en ocasión de la última cena fue: “Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” (Juan 14:22). No pudo entender el por qué de esta actitud del Señor. Es entonces que Cristo le contesta: “El que me ama, mi palabra guardará”, contestación que es al mismo tiempo un juicio: “No es posible que alguien guarde las palabras del Señor a menos que tenga un sincero amor hacía ellas.” Más aún: la sentencia “El que me ama, mi palabra guardará” traza una clara línea divisoria entre los que dicen ser cristianos y también lo son, y los que no lo son. El que no ama a Cristo y no guarda sus palabras, podrá disertar y escribir mucho acerca de ellas: pero si no ama al Señor, habrá tantas cosas que le desvían de él, que ya no podrá prestar seria atención a sus palabras. Hoy en día hay muchos que quieren enseñar la palabra de Cristo y vivir en conformidad con el evangelio. Sin embargo, no llegan más allá de simple palabrería. ¿Por qué? Porque les falta el verdadero amor, el “deleite en el Señor”. Cristo empero declara: “Se tiene que tener amor hacia mí, de lo contrario no se puede guardar mi palabra”.

Quien ama a Cristo, renuncia a placeres, honores y poderío. Cristo no es oro ni prestigio ni poder terrenales; si lo fuera, por cierto tendría muchos amantes. Para decirlo en pocas palabras: Cristo no es nada de lo que el mundo considera apetecible. Es por lo tanto una palabra de mucho peso: amar a Cristo, o tener su deleite en él; si existiera en nosotros tal amor y deleite, habríamos muerto a todo lo demás. De esto desprendemos: él que ama el dinero y la gloria, podrá ser un oidor de la palabra, podrá jactarse de llevar una vida en conformidad con el evangelio; pero aquí se le dice con toda claridad que no es capaz de guardarlo. Asimismo, el que ambiciona el poder fe busca renombre entre sus semejantes, el que corre tras diversiones y delicias y todo lo que hace placentera esta vida terrenal, no ama a Cristo. Al final, la imagen que Cristo ofrece es tan repugnante que todo el mundo se aparta de él y le aborrece. Ahí tenemos la respuesta que el Señor dio a la pregunta de Judas por qué no se manifestaría al mundo sino sólo a sus discípulos: “El mundo está obcecado, entregado por completo al dinero, a las diversiones y los placeres y a todo lo que la tierra le puede ofrecer. Si no ve riquezas y deleites y honores, no ve nada. De ello resulta que yo soy un invisible para el mundo, y ese estado de cosas no cambiará. Vosotros empero que me aceptáis y amáis, vosotros me oiréis cuando os predique que no os dejéis inmutar por la cruz y la aflicción. Personas tales serán también capaces de guardar mi palabra, de arriesgarlo todo y de atenerse exclusivamente a ella.”

Por otra parte, ¿qué se les puede quitar a estas personas, ya que Satanás, el mundo y la carne no tienen lugar entre ellas? Si no doy importancia a las vanidades del mundo, la tentación proveniente de este sector me tiene sin cuidado. Honores, poder, placeres —todo esto no me interesa; y así me es posible permanecer en la palabra. ¿Por qué, en efecto, los hombres se apartan de ella? Porque no quieren renunciar a las riquezas y los honores. De esta manera la palabra les queda oculta.

Quien ama a Cristo, no busca su propia santidad y sabiduría. La tentación de parte del mundo es tanto más fuerte cuando ofrece como galardón el prestigio que otorga la gran sabiduría, la gran piedad, la gran erudición. Muchos hay que adoran estos ídolos; mas el Dios verdadero es aquel que no se conforma hasta haber anonadado también nuestra sabiduría. Hubo en tiempos pasados no pocos gentiles que desdeñaban el oro y evitaban los cargos elevados y sometían a su cuerpo a severa disciplina mediante duro y permanente trabajo. Pero a ninguno se encontró, ni tampoco es posible encontrarlo hoy día, que no busque ser elogiado y respetado por ser tan bueno, sabio e inteligente.

Santidad y sabiduría son cosas que no se pueden rechazar con ninguna argumentación lógica; y los hombres que las buscan, son los que más amor tienen a otra cosa que a Cristo. El Señor dice: “El que quiere que yo sea suyo, no debe amar su propia sabiduría y santidad”. Con esto, él rechaza de plano todo mi renombre, poder y santidad. “Si así son las cosas, entonces que Satanás ame a Cristo”, responden airados los amantes de sus propias virtudes. Por ende, la fe, el evangelio y el Espíritu no pueden permanecer ni ser guardados donde no hay deleite en el Señor.

Todo el énfasis recae, pues, en el pronombre “ME”, “me ama”. “Amar” es una palabra que anda en boca de todos. “Amarme a Mí” empero es una plantita rara. Demasiado molesta es la actitud de Cristo, demasiado frío su aspecto. El aspecto del mundo en cambio es de lo más agradable y atrayente; porque “Satanás puede disfrazarse también como ángel de luz” (2ª Corintios 11:14).

Por esto, Cristo dice a Judas: “El motivo por qué no me manifiesto al mundo es que el mundo no me quiere oír ni ver”. El conocer a Cristo es algo que no crece naturalmente en el campo de la carne y del corazón, sino que tiene que ser obrado por el Espíritu Santo.

  1. El discipulado verdadero está ligado sólo a la palabra de Cristo.

Ninguna doctrina humana debe desligarnos de la palabra de Cristo. “Mi palabra guardará el que me ama.” Al decir esto, acentuando el “MI”, Cristo apunta ti lo mismo que cuando recalca: “el que ME ama”. Así como mediante el pronombre ME, él se distancia de todo lo que no es Cristo, así la expresión “MI palabra” coloca en un plano aparte todas las palabras y doctrinas que no son palabras y doctrinas de Cristo. Todas las demás doctrinas y palabras se entienden y aceptan con más facilidad que las de Cristo. ¿No ves cómo cualquier doctrina humana encuentra una gran cantidad de oyentes? ¡Y eso que antes, en el papado, ningún maestro era tan tonto como para que no hubiera promulgado también alguna que otra enseñanza complicada! Repito: todo el énfasis recae en el pronombre “MI”. La única palabra que vale es la que procede de la boca de Cristo. De este modo, al insistir en el MI, él nos sujeta a la palabra de su boca.

Los papistas, es verdad, argumentaron con lo que Cristo dijo momentos después: “El Consolador os enseñará todas las cosas” (Juan 14:26). En esta declaración de Jesús se hicieron fuertes, objetando: “Cristo no lo enseñó todo, sino que algo reservó para el Espíritu Santo que había de ser el maestro de los apóstoles, de modo que posteriormente, los apóstoles establecieron muchas cosas de que Cristo mismo no había hecho mención”. No obstante, aquí dice: “MI palabra guardaréis” (lo que implica, por cierto, que también la doctrina de los apóstoles es palabra de Cristo). Salta a la vista que esta interpretación papista contiene un peligroso veneno. Al oír que “Cristo no lo ha dicho todo, ni los apóstoles lo han enseñado todo”, puedo parar mientes en ello y pensar: ‘”Así que tendrá que seguir algo más”; y sin duda me apresuraré a curiosear acerca de lo que “todavía no está”. ¿Qué podrá ser? “Lee los decretos y las decretales de los papas”, me aconsejan. La consecuencia es el tandifundido vicio de que ya no se da mucha importancia a la palabra de Cristo y sus apóstoles, en detrimento de ésta misma palabra. Esto es precisamente lo que el diablo, quiere. Contra este peligro ármate con palabras tales como las que están escritas aquí. Permanece en todo lo que enseñaron Cristo y los apóstoles, y no permitas bajo ningún concepto que alguien te venga con agregados.

La palabra de Cristo está por encima de la de Moisés y de todas las tradiciones humanas. Cristo contrasta sus propias palabras con las de Moisés,’ como quien predica en un nivel más alto que Moisés. “MI palabra”, dice; no quiere repetir las palabras de Moisés ni las de los profetas, sino traer algo distinto, más elevado. ¿Qué pueden decretar todos los papas y obispos que resista una comparación con lo decretado por Moisés? Analiza el Concilio Apostólico y todos los demás concilios de la cristiandad: ¡a versi jamás establecieron leyes tan excelentes como las de Moisés!

Piensa además en las ceremonias: ¿acaso no son mil veces más hermosas que todas las inventadas por el papado? O fíjate en la ley moral promulgada por Moisés, el Decálogo, por ejemplo el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). ¿Dónde hay otro legislador que haya dado mandamientos tan sublimes? Los papistas en cambio decretan: Un cardenal tiene que llevar tal vestidura, un cartujo tal, y un franciscano tal otra. ¡Sin embargo, Cristo quiso decir algo más elevado todavía que Moisés, ese mismo Moisés de quien con todos tus concilios no eres digno de limpiarle los zapatos!

Lo que Cristo ordena, ¿no habría de ser entonces algo mucho más precioso que todo lo que los hombres suelen ordenar? Lo que pueden disponer los hombres, no lo tiene que inspirar el Espíritu Santo; ya está implantado en la naturaleza humana desde la creación, Dios no tiene más que conservarlo. En Génesis (1:28), Dios dice: “Sojuzgad la tierra, y señoread en los peces delmar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” En ese “Señoread” y ”Sojuzgad” está contenido todo el conocimiento que poseen los juristas y los médicos. El hombre fue creado como un ser provisto de razón para que ejerciera dominio sobre todas estas cosas: los padres tienen su razón para que eduquen a su hijo, los gobernantes tienen la suya para que velen por el bien del pueblo. En estaesfera de actividades, Dios nos ha dado la razón para que seamos capaces de cumplir con nuestra función rectora. Por consiguiente, no necesito al Espíritu Santo para decir: “el obispo de Maguncia debe ocupar un rango más elevado que el de Brandeburgo”. En este orden de cosas, la intervención del Espíritu Santo se limita a mantener en vigencia lo que ya ha sido ordenado y dispuesto en la creación. Gobernar las iglesias de tal o tal manera, enseñar a los niños en la escuela a cantar en tal y tal forma, esto es simplemente asunto de la razón. También los gentiles sabían cómo educar a sus hijos y cómo  crear y manejar escuelas.

La función específica del Espíritu Santo es trabajar con la palabra. Por lo tanto, fíjate nuevamente en la expresión: “MI palabra”, y luego en la otra: “El Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho”. Con esto, Cristo liga al Espíritu Santo a su palabra y a su boca: “Lo que salió de mi boca, esto es lo que también el Espíritu Santo ha de comunicaros.” De esta suerte, nosotros recibimos la palabra de la boca de los apóstoles, tal como ellos la recibieron a su vez de la boca de Cristo, para que de este modo, la palabra de Cristo siempre permaneciese con nosotros. La palabra de Cristo sobrepasa por mucho la palabra de Moisés y de los profetas. Éstos decían: “Tiempo vendrá en que se predicará la palabra; nosotros no nos atrevemos a predicarla”.

¿A predicar qué? Lee el sermón que predicó Pedro en el día de Pentecostés que hoy conmemoramos: “Sepa, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Esta palabradel arrepentimiento para perdón de los pecados es la que Cristo predicó en todas partes. Moisés encambio predica: “Amarás al Señor tu Dios; no tendrás otros dioses delante de mí; no hurtarás, etcétera”. ¿De dónde sacar fuerzas para no caer bajo la maldición de semejantes mandamientos? Aquí dice de dónde las hemos de sacar, pues esta predicación que comenzó con Cristo, es el perdón de los pecados. Todos sabemos que es imposible cumplir aquellos mandamientos. Por esto nos llega aquí otra predicación: “Lo que vosotros no podéis hacer, yo os lo daré de gracia; vuestra deuda os será perdonada”, siempre, por supuesto, que creas en Cristo. A esto se lo llama palabra de la gracia; a aquello, palabra de la ley. Y ambas palabras las debemos mantener separadas cuidadosamente, a diferencia de los que intentan convertir la palabra de la gracia y del Espíritus, Santo en una ley.

Si no quieres tributar al Espíritu Santo otro honor que el de imaginártelo sentado en un concilio emitiendo decretos acerca de cómo se debe practicar el ayuno, cómo los hijos deben obedecer a sus padres, etcétera — todo esto fue asentado en libros ya hace muchísimo tiempo, y además, el mundo lo sabe en virtud de sus propias facultades intelectuales, como por ejemplo los emperadores, que recurrieron a su razón para crear leyes que luego compilaron en códigos a fin de que llegasen al conocimiento de sus pueblos. Y resultó de gran beneficio que dichas leyes hayan sido producidas por los emperadores y no por los cristianos, ya que en materia de legislación, aquéllos poseían una inteligencia muy clara. Ciertamente, todos los obispos y papas juntos no serían capaces de componer lo que figura en el Derecho civil. Por lo tanto, no se le debe atribuir al Espíritu Santo la función de dictar leyes respecto de aquellos asuntos puramente externos, como tampoco es función del Espíritu Santo hacer que un niño reciba la vista y el olfato; estos órganos ya los trae consigo al nacer. Antes bien, la función del Espíritu Santo es que el niño, con todos sus sentidos, sea conservado en la fe en el perdón de los pecados que Dios le otorgó en el bautismo. Así, pues, cuando Cristo dice: “Guardaréis MI palabra”, se refiere con ello a la palabra que nos ayuda a ser cristianos; y el “ser cristianos” consiste en tener paz de conciencia, de lo cual Moisés y los profetas no enseñan nada.

  1. El discípulo verdadero toma la palabra de Cristo por palabra del Padre.

Quien recibe con fe la palabra del perdón, lo posee todo. “El que me ama, mi palabra guardará.” Esto va dirigido al corazón y a la fe. Si alguien guarda las palabras de Cristo, consiguientemente guardará también aquellos 10 Mandamientos de Moisés. Por supuesto que con anterioridad debe haber sido asentado en el libro de la misericordia de Dios; mas una vez ocurrido esto, sigue como cosa natural que se comporte también en la forma debida con su prójimo. “Guardar la palabra de Cristo” significa, por lo tanto, creer firmemente en el perdón de los pecados. Y esto lo hace sólo aquel que, según las palabras de Cristo, “tiene su deleite en mí y me ama”. Muchos usan la palabra de Cristo en forma meramente superficial, irreflexiva, puesto que no necesitan al Señor: tienen dinero suficiente, tienen gobernantes que les son propicios, gozan de buena salud, tienen la reputación de ser personas correctas e inteligentes. Aquél empero que necesita a Cristo, el que se halla en la misma situación que los apóstoles cuando, completamente abatidos, se reunieron tras puertas cerradas por miedo de los judíos: tales personas sí que tienen necesidad de este consuelo, y finalmente dirán: “Prefiero perder mi fortuna y todo antes de perder la palabra del perdón”. Éstos se asen entonces de la palabra y se prenden de ella; les gusta oírla y hablar de ella; el oír la palabra es realmente “gozo y alegría de su corazón”. En estas condiciones permanecerá bien guardada.

Esto es, pues, lo que el Señor quiere que su discípulo aprenda de su respuesta: “Que yo no me manifieste al mundo se debe al hecho de que el mundo no es capaz de amarme ni de guardar mi palabra. El defecto no está en mí; yo tengo la mejor voluntad de dejarme crucificar y de mostrarme abiertamente al mundo. Pero el mundo no me aceptará. Por eso me mostraré a vosotros, quiere decir, a los que preferís abandonarlo todo antes que abandonar mi palabra.” En el postrer día se verá lo que valía Cristo. Entonces los que ahora le rechazaron, se lamentarán: “¡Ay de nosotros! ¡Ojalá le hubiéramos aceptado!” Sigue la antítesis: “El que no me ama, no guarda mis palabras”. Esto quiere decir: “Para el que encuentra su deleite en otra cosa, quedo oculto; a un hombre tal no me puedo manifestar.”

El que goza del amor perdonador de Cristo, goza también del amor del Padre. Luego, el Señor añade: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. Me siento demasiado pequeño para explicar estas palabras. Cristo no quiere ser el único que tiene que ver con nosotros; pues en tal caso, nuestra conciencia dirá: “¿Qué hay con que me ames tú? ¡Quién sabe lo que pensará de mí el Padre!”

Satanás siempre trata de inculcarnos los peores pensamientos. Esto lo sabía Cristo muy bien; en consecuencia, se apresuró a incluir en su exposición al Padre, tomando a su propia persona y al Padre en conjunto. Donde no se tiene en cuenta esta unión de Cristo con el Padre, ocurrirá que Satanás, maestro en el arte de engañar a la gente, nos hará ver en Dios no al Padre amoroso, sino la Majestad divina que inspira temor, como lo hizo con Cristo según Mateo (26:36 y sigtes.) En este caso te ayudará la observación que Cristo hizo a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, (Juan 14:9). Por esto mismo dice también aquí: “Mi Padre le amará”, y no sólo “Yo le amare”, vale decir: “El que guarda mi palabra, no tiene por qué sentir temores. Nadie ni nada habrá de quitarle la certeza de que el Padre le ama; porque el Padre y yo uno somos” (Juan 10:30). Si un hombre desprecia los groseros deleites dé este mundo y se deleita en el Cristo despreciado por su aspecto vergonzoso de Crucificado, este hombre recibirá como premio el amor del Padre. Cristo no dice: “El Padre le regalará un imperio” sino “el Padre le amará”, toda ira habrá desaparecido. Esto requiere, por supuesto, que se tenga fe en su, palabra. De ahí también que Cristo agregue: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.

Nada debe haber ya en el cielo y en la tierra, ninguna criatura, que pueda afectarte con estallidos de ira; si guardas mi palabra, puedes enfrentar tranquilamente la ira del mundo entero”. Aquí está escrito: “El Padre te amará”. Ésta es la maravillosa consecuencia del amor de Cristo. Aunque el diablo con todos sus ángeles se cuelguen del hombre que tiene a Dios por amoroso Padre —no le podrán causar el menor daño. Esto es algo que el mundo no alcanza a ver. No en vano se dice: “me manifestaré”, pero no al mundo que está apegado a sus riquezas materiales. “Y haremos morada con él.” Cristo quiere hacer también de obispo auxiliar y edificar un templo. 

  • Tomado de iglesia reformada.com