La Herencia de la Reforma Protestante para la Iglesia de Nuestro Tiempo

la herencia reformaPor Leonel Iván Jiménez Jiménez

Hablar de la Reforma Protestante del siglo XVI no significa quedar en la añoranza de un pasado que fue más brillante que el presente, ni la idealización de un movimiento que fue parte importante en la transformación de la cultura en Occidente. Hablar de las y los reformadores, sus ideas y luchas es retomar la herencia que dejaron hace cinco siglos para poder traer frescura a la teología y práctica cristiana de nuestro tiempo. Como solía expresar Karl Barth, “no puede haber boca que hable del pasado sin oído que oiga el presente”. De esta manera, más que una repetición de lo dicho por la Reforma es necesaria la recuperación de su vocación en nuestra práctica teológica, eclesial, devocional y social. No era el deseo de Martín Lutero que su persona o labor estuvieran en el centro, sino a la Palabra que viene de Dios, la cual sólo puede entenderse y vivirse cuando se encarna en el mundo en que el Verbo caminó.

Por lo tanto, debemos preguntarnos qué significa hacer teología en nuestro tiempo desde la herencia de la Reforma. En un mundo eclesiástico invadido por los afanes administrativos y las complicaciones institucionales, donde las iglesias carecen de legitimidad y presencia en la sociedad de la cual parece cada vez más distante, hay una necesidad urgente por repensar el quehacer teológico y la práctica eclesiástica[2]. Sólo así la Iglesia podrá ser la voz profética frente a las corrupciones del mundo y presencia del Dios amoroso que da esperanza a una humanidad desilusionada.

En la Disputación de Heidelberg (1518), Lutero presenta la siguiente conclusión: “El teólogo de la gloria llama a lo malo, bueno y a lo bueno malo; el teólogo de la cruz denomina a las cosas como en realidad son.” (Cassese y Pérez 2005, 50) Con esto introduce una de sus preocupaciones principales sobre la teología, la cual no debía quedar en palabras y conceptos. Para Lutero, la teología era la “práctica teórica capaz de desentrañar ‘la realidad’ en su dimensión medular.” (Beros 2016, 210) Frente a los muchos engaños y ficciones que presentan los poderes en turno, Martín Lutero encuentra en la teología una fuente inagotable de claridad mediante la Palabra, la cual penetra todo hasta llegar a la médula. La teología que hereda la Reforma es crítica: no da por sentado nada, sino que se esfuerza por analizar el mundo en el que vive.

            En el espíritu de la reforma protestante, lo único que permanece es Dios y su Palabra, quien es verdadero señor del mundo, siendo capaz de juzgar lo que sucede en él. Por esta razón, el teólogo es quien se atreve a decir las cosas como son. Quien hace teología sabe que no está sometido a persona o institución alguna gracias a la libertad con la que Cristo lo ha desencadenado de todo. Hablar de Dios y desde la fe cristiana es una declaración contundente hacia el mundo: todo ha de ser juzgado por el Creador. La responsabilidad de quien hace teología cada semana en la homilía dominical, los estudios bíblicos y la consejería es hacia la Palabra de Dios y los compromisos que de ella surgen, recordando que la Iglesia es creatura de la Palabra, lo mismo que nuestra vida.

Sin duda nuestro mundo plantea complejos y diversos escenarios sobre los que debe hablar la Iglesia. Nos enfrentamos a una sociedad que mantiene los discursos y prácticas de exclusión basadas en el género, las posibilidades económicas, las características físicas, aunque el discurso político y mediático informe lo contrario. Las iglesias nos hemos concentrado en discursos que defienden ideologías morales y proponen prohibiciones acordes a las mismas. Lejos de las propuestas liberadoras que están en el corazón de la teología de la Reforma, la preocupación por la sociedad se ha confundido con la defensa moral y la participación en la ideología del Mercado que busca la perfección administrativa, la competencia y la prosperidad. Por esto, en nuestra iglesia, nuestro país y el mundo se mantienen las ideas religiosas que buscan la grandeza, la riqueza y prosperidad del creyente, la pureza moral que discrimina y excluye, y otras formas de vivir la espiritualidad, semejantes al espíritu de los poderes de nuestro tiempo.

Lejos de esto, para Martín Lutero la legítima teología debe hacerse desde la pasión de Cristo y la cruz, desde donde se conoce a Dios. “No se puede hallar a Dios sino en los padecimientos y en la cruz”, dice el reformador[3]. Así la cruz se convierte en la gramática con la que se elabora la teología. Mientras que el ser humano, en su pecado, busca autoafirmarse mediante la construcción de teologías que le permitan mantener las relaciones de poder y el cumplimiento de sus deseos egoístas, “pensar a la luz de la cruz significa, por el contrario, pensar de manera crítica y practicar la crítica ideológica.” (Hoffmann 2014, 53) La teología cristiana y, en consecuencia, la práctica eclesiástica debe hacerse desde la encarnación y la cruz de Jesucristo. La revelación de Dios no está en la gloria, en donde, al ser especulativo, todo puede abstraerse y manipularse, sino en lo concreto: el Dios que está en los márgenes de la historia.

Como lo han afirmado las teologías latinoamericanas y otras teologías liberadoras, es urgente regresar la mirada al Dios que se revela en la cruz. Desde ahí se hace la teología que es heredera de la Reforma: desde los márgenes de la sociedad; desde las cruces de nuestro tiempo[4]. Sin la experiencia histórica de des-cubrir y acompañar a quienes viven en los márgenes (los crucificados de nuestro tiempo) todo discurso sobre Dios, el ser humano y el mundo es vacío, “mera palabrería” según Lutero. La teología sólo es legítima cuando busca la justicia que se revela en el Crucificado[5]

Por lo tanto, corresponde a las y los herederos de la Reforma el hacernos preguntas cuyas respuestas sean escritas con la gramática teológica crítica y liberadora. A manera de ejemplo, proponemos dos asuntos que consideramos urgentes de resolver en nuestras Conferencias Anuales, tratando de motivar que todas y todos reflexionemos desde el Dios liberador que se manifiesta en la cruz de Jesucristo.

  1. La práctica de la justicia al interior de la Iglesia. Desde la publicación de las 95 tesis en 1517, Martín Lutero demostró un interés primordial por la práctica de la justicia dentro de la iglesia como institución. Se preocupó por señalar las prácticas corruptas que prevalecían, recordando que la iglesia es creatura de la Palabra y, por lo tanto, presencia de Cristo en medio del mundo (Daniel 2014).

Hoy debemos reflexionar qué debe cambiar en nuestra institución para que sea el eficaz signo de Dios dentro de la historia que la Iglesia está llamada a ser. En palabras del teólogo y mártir Ignacio Ellacuría: “la Iglesia debe ser toda ella y en cada una de sus actuaciones signo de Jesús salvador” (Ellacuría 2000, 697). Por tanto, para que la Iglesia tenga credibilidad en el mundo debe reconocer con toda honestidad cuáles de sus prácticas no son signo de justicia, sino fruto del pecado, entendido como todo aquello que limita la libertad humana y no promueve la vida en plenitud. Para ello, y como ejemplo de algunos temas, debemos pensar si en nuestra iglesia hay una verdadera justicia de género al momento del ejercicio pastoral en todos los niveles, si la forma actual del pastorado itinerante favorece la vida plena de las y los ministros, o si nuestra administración se organiza en su estructura y finanzas siendo modelo de lo que se espera de la administración pública.

  1. Revisión de la presencia de la iglesia en la sociedad. Para las y los reformadores la transformación del mundo era un asunto indispensable de la labor de la iglesia. Lejos del asistencialismo de las limosnas, lucharon por crear condiciones en que la justicia de Dios se hiciera presente en el mundo. Por ello, a lo largo del desarrollo de la reforma protestante, surgieron proyectos para tener “ciudades cristianas” donde se viviera según la fe, programas de alfabetización, promoción de la lectura de escritos teológicos, entre muchas otras cosas.

Hoy hemos perdido esa vocación por transformar el mundo. Pareciera que la meta es “ganar almas”, olvidando que la herencia evangélica y reformadora nos exige la preocupación por el todo del ser humano y la Creación. La predicación del Evangelio sólo es completa cuando se busca la liberación de la injusticia y la liberación para la vida plena, lo cual va más allá de lo solo-espiritual. Ellacuría consideraba que

el cristiano tiene que salir a la historia, en cuanto cristiano: en la confesión de que Jesús, el Cristo, es el Señor de la historia, y en la realización de la salvación cristiana. El mundo no le va a creer, no le puede creer, si los que se dicen cristianos no muestran en la historia su amor al hombre, su odio al pecado, su esperanza operante. Cristo está hoy en manos de los cristianos, a manos de la Iglesia, para hacerse creíble a un mundo que aparentemente está muy lejos de Él (…) Es en la historia donde ella [la Iglesia] debe ser signo de credibilidad del evangelio. (Ellacuría 2000, 683)

En verdad Cristo está en manos de su Iglesia para hacer de las buenas nuevas de Dios un asunto creíble en el mundo. Eso sólo será posible si la iglesia está comprometida con la justicia y la liberación del ser humano de todo aquello que produce esclavitud: consumo, violencia, discriminación, exclusión. Por tanto, debemos preguntar quiénes están quedando en los márgenes de la acción y atención de la iglesia, qué temas y problemas son silenciados en la reflexión teológica o pastoral, qué relaciones se tienen (o desean tener) con los diferentes poderes sociales, tales como gobiernos, partidos políticos u organizaciones diversas. Cabe preguntar cuáles programas promotores del bienestar social han desaparecido o puestos a un lado dentro de nuestras áreas de trabajo, tal como escuelas, clínicas, consultorios, etcétera. También es necesario responder sobre nuestro compromiso con el cuidado del medio ambiente, teniéndolo como problema urgente y primordial en la agenda teológico-pastoral de nuestro tiempo.

Mucho se puede abundar sobre estos temas. Sirva lo anterior como una invitación para celebrar con dignidad y legitimidad los cinco siglos de la reforma protestante: con una iglesia que pone en el centro la Palabra del Dios revelado en la cruz, para construir una gramática teológica crítica que tenga por vocación la liberación del ser humano y la Creación, en el compromiso de un evangelio que busca un mundo donde toda creatura pueda vivir en plenitud. A quinientos años de la reforma protestante nuestra iglesia requiere ser reformada. Es buen tiempo para ello.

Trabajos citados

Beros, Daniel. 2016. «El límite que libera: la justicia “ajena” de la cruz como poder de vida. Implicaciones teológico-antropológicas de una praxis política emancipadora.» En Radicalizando la Reforma: otra teología para otro mundo, editado por Martin Hoffmann, Daniel Beros y Ruth Mooney, 209-234. San José: La Aurora-UBL.

Cassese, Giacomo y Eliseo Pérez. 2005. Lutero al habla. México: La Aurora-El Faro-ELCA-AETH-LSPS-Bethesda.

Daniel, David. 2014. «Luther on the Church.» En The Oxford handbook of Martin Luther’s theology, editado por Robert Kolb, Irene Dingel y L’Ubomír Batka, 333-352. Oxford: Oxford University Press.

Ellacuría, Ignacio. 2000. Escritos teológicos. Vol. I. San Salvador: UCA.

Eire, Carlos. 2016. Reformations: the early modern world, 1450-1650. New Heaven: Yale University Press.

Hoffmann, Martin. 2014. La locura de la cruz: la teología de Martín Lutero. San José: DEI.

Moltmann, Jürgen. 2010. El Dios crucificado. 3ª edición. Salamanca: Sígueme.

Leonel Jimenez

[1] Texto presentado durante los periodos de sesiones de la Conferencia Anual del Sureste (San Felipe Teotlalzingo, Puebla) y la Conferencia Anual Septentrional (Ciudad Sahagún, Hidalgo) los días 6 y 7 de julio de 2017.

[2] Carlos Eire menciona seis problemas principales en la iglesia de principios del siglo XVI, los cuales parecen muy similares a los que ahora nos aquejan: 1) corrupción papal; 2) la falta de visitación de los obispos, quienes en muchos casos vivían lejos de sus diócesis; 3) la sobrecarga de oficios eclesiásticos en pocos miembros del clero; 4) la práctica del nepotismo y la simonía; 5) el elitismo del alto clero; y 6) un clero con poca educación y falto de ética (Eire 2016, 44-47).

[3] Disputación de Heidelberg, 21.

[4] “De las ‘entrañas’ de los sacrificados surge la pasión (passio) que es esencialmente la auténtica teología –ello es, una teología que brota de una experiencia personal y colectiva que recibe decisivamente su forma y su ubicación concreta de, a través y con la Palabra de Cruz (1 Co. 1,18).

            Por recibir esa ‘forma’, ese ‘contorno’ –tan alejado de todo pathos dolorista, romántico y narcisista- la fe es llevada a ubicarse político-históricamente y a tomar parte activa de la com-pasión liberadora de Dios en Jesucristo con las y los violentados y marginalizados en medio de los conflictos y dilemas de la historia. Solo así, dejando que valga incondicionalmente para ella ese juicio y Palabra en el seguimiento del Crucificado, es que la comunidad cristiana y su teología pueden esperar le sea dado testimoniar con autenticidad aquella palabra que es capaz de decir ‘quod res est’”. (Beros 2016, 211)

[5] “Es precisamente el sufrimiento de Dios en Cristo rechazado y muerto en la lejanía de Dios, lo que cualifica a la fe cristiana como fe y como no-deseo (…) Actualizar la cruz en nuestra cultura significa practicar la liberación experimentada respecto del miedo por sí mismo; significa no acomodarse a esta sociedad, a sus ídolos y tabúes, a sus hostilidades y fetiches, sino, en nombre de aquel a quien la religión, la sociedad y el Estado sacrificaron en otro tiempo, solidarizarse hoy con las víctimas de la religión, la sociedad y el Estado del modo como aquel Crucificado se hizo su hermano y su libertador.” (Moltmann 2010, 62; 64)

3 comentarios sobre “La Herencia de la Reforma Protestante para la Iglesia de Nuestro Tiempo

  1. Mucho se alaba a Martin Lutero como si el hubiera sido el unico que hizo la Reforma Protestante ,cuando que hubo otros personajes que dieron su vida. Además hay un hecho histórico negro de Lutero por su actitud hacia los campesinos alemanes que exigían justicia, púes el se coloco sin ambigüedades del lado de los príncipes y condeno severamente los campesinos insurrectos..Aquí transcribo los que dijo al respecto: “Contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre: Sus integrantes deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados, en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se matan a los perros rabiosos”.
    Espero algún comentario del autor del articulo del Evangelista.

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    1. Gracias por ser directo, Hno. Job, así se construyen los diálogos. Dejamos al Pastor Iván la respuesta. Mientras, sólo una breve reacción. Los comentarios inmoderados de Lutero (que no le pasamos por alto) iban en el contexto de las presiones que él sufría en su época, inclusive por la presión de su propio temperamento. No obstante, él jamás tomo la vida de ningún semejante. La misma Iglesia Católica que lo ha acusado de todo, la del siglo XVI y la de los siglos siguientes, jamás ha fincado alguna acusación contra él basada en algún homicidio. Su gran debilidad fue la falta de templanza. Bendiciones.

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