Dios Manifiesta a los Cristianos su Divina Gloria

Dios manifiestaDios Manifiesta a los Cristianos su Divina Gloria


En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.



 Martín Lutero

Sermón perteneciente a un ciclo de exposiciones sobre la carta de San Pablo a Tito.

Fecha: sábado 19 de agosto de 1531.

Texto: Tito 2:11-14.

La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Introducción: Nuestro culto diario a Dios. Nos corresponde que cada mañana tributemos a Dios el debido honor y le presentemos nuestro sacrificio, es decir, que oigamos su palabra y nos ocupemos en ella, ya sea públicamente, ya sea en nuestro hogar. Tal culto a Dios ya fue establecido en el Antiguo Testamento en la forma de sacrificios matutinos y vespertinos. A fin de presentar también en este día nuestro sacrificio a Dios, tomemos un versículo de la carta de San Pablo a Tito y oigamos lo que el Señor quiere enseñarnos por medio de su apóstol.

  1. Los que han sido bautizados, están destinados para una vida venidera.

La vida presente del cristiano es un aguardar la vida eterna.

Habéis oído en la carta a Tito que en este mundo debemos vivir “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. Habéis oído además que en nuestra vida de cristianos debemos tener por meta “renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente”. Vuestra aspiración principal no ha de ser, pues, disfrutar de la existencia aquí en la tierra como los puercos y demás animales irracionales, no pensando en otra cosa que en llenarnos la barriga y pasar los días terrenales en la mejor forma posible. Antes bien, hemos sido llamados por Dios y adquiridos a gran precio para que nos desprendamos de la vana manera de vivir de este mundo, y entremos en un nuevo estado en que dirigimos nuestra expectación hacia una vida distinta de la actual. Éste es un arte que el cristiano debe aprender: diferenciar debidamente entre la vida actual y la otra.

Pocos son, en efecto, los que esperan aquella otra vida con una certeza tal que la dan por más segura que la vida presente, y que contemplan la vida presente a través de lentes coloreados, aquella otra en cambio con ojos no enturbiados por nada. Por esto se nos dice en 1ª Corintios 7 (29 y sigts.) que “los que disfrutan de este mundo, sean como si no lo disfrutasen; los que compran, como si no poseyesen; los que tienen esposa, sean como si no la tuviesen”. Ya que después de esta vida que vemos con nuestros ojos corporales viene otra vida, mejor que ésta, el apóstol nos hace aparecer la vida terrenal en una luz dudosa, para que no la consideremos nuestra vida verdadera y genuina, sino que sólo la miremos de reojo. Aquella otra vida en cambio, con miras a la cual hemos recibido el evangelio y el bautismo, ésta debemos esperarla, estar completamente seguros de ella, y tener los ojos puestos fijamente en ella. Si fuimos bautizados, si se nos predicó el evangelio, no fue con el propósito de que estableciésemos aquí nuestra residencia permanente. La forma de manejar mi vida terrenal me la pueden enseñar y me la enseñarán el emperador, mis padres, mis patrones, y también mi propia razón. El dueño del campo enseña al siervo cómo debe cultivarlo; la madre enseña a la hija a desempeñar los quehaceres domésticos. Todo esto está implantado en la naturaleza humana. Está claro, pues, que el evangelio habla de una vida más elevada, incomprensible a la razón humana. Por eso mismo nos ha sido dado ese evangelio.

La promesa de Dios es válida a pesar de nuestra mente carnal.

Quien no dirige su corazón hacia aquella otra vida, no sabe qué es la fe ni qué es el evangelio. Cree que el único objeto de su vida es comer y beber en abundancia y amontonar dinero. Pero el evangelio y el bautismo nos trasladan a otra vida que ha de ser para nosotros más cierta que la que ahora tenemos ante nuestros ojos. Ahí es, sin embargo, donde vemos nuestro infortunio y nos damos cuenta de lo terriblemente fuerte que es nuestra mente carnal y nuestra razón humana: esa mente y razón menosprecia aquella otra vida, o la pone en dudas. Raras veces el hombre se pone a pensar si después de esta vida habrá otra, y además, le tenemos miedo a la muerte, señal evidente de que no esperamos una vida.venidera ni la aguardamos. Hay una gran cantidad de personas que ceden el cielo tranquilamente a Dios.

Sin embargo, yo no fui bautizado ni me llamo cristiano simplemente para ser un hombre de la ciudad o del campo, un patrón o un obrero. No, para esto no fui bautizado, sino para que sea trasladado de este estado de cosas terrenal a aquel otro estado que está en concordancia con el evangelio que nos habla de una vida donde ya no habrá hombres de la ciudad ni del campo, ni  patrones ni obreros, sino donde todos serán iguales. Será una vida que ya no conocerá la muerte, en que “ya no habrá hambre ni sed ni calor”, donde “los justos resplandecerán más que el sol”, donde “ya no habrá muerte ni pecado”, en una palabra: una vida donde están Cristo y sus santos.

Para aquella vida futura fui bautizado. Cuando a un niñato se lo saca de la pila bautismal y  se le pone la camisa bautismal, se lo destina para la vida venidera: aquí en la tierra debe ser un  huésped nada más hasta que comience aquella otra vida. Por esto, Pablo enseña a los cristianos a no sumergirse demasiado en esta vida presente como los puercos que no ponen atención en lo que habrá de venir. Así piensan los hombres que no saben hacer cosa mejor que pasar sus días como si vivieran eternamente sobre esta tierra. Estos hombres, desde luego, no creen en una vida venidera; de ahí que fueron bautizados en vano, y en vano oyeron el evangelio, ya que no creen que es verdad que después de la vida presente nos espera una vida en el más allá. A esto viene la exhortación del apóstol: “Aguardad la esperanza bienaventurada”.

  1. Pese a la muerte y la descomposición física, la vida eterna es un hecho incontrastable.

Contra las objeciones de su razón, los cristianos confían en su bautismo.

Tenemos, pues, una “esperanza bienaventurada”. Hallaremos un tesoro que no se llama oro o riquezas, y que no consiste en esta vida terrenal, sino que es objeto de nuestra esperanza que es bienaventurada y nos hará bienaventurados. ¿Cuándo? “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste”. Entre tanto empero, mientras, vivamos aquí, aquella otra vida “permanece escondida aún”, a diferencia de la vida presente que es manifiesta y que puede ser percibida con los cinco sentidos y con la razón. La otra vida en cambio es invisible: no la veo con mis ojos ni la puedo abarcar con mi inteligencia; pues no se puede demostrar con argumentos racionales que este cuerpo nuestro habrá de pudrirse y heder como ninguna otra inmundicia sobre la tierra, y ser consumido por los gusanos, y no obstante, llegar a ser más resplandeciente que el sol, y más bello que ninguna otra cosa creada. La razón objeta: Lo único que yo veo es que el cuerpo está muerto y se está pudriendo; ¿cómo puedes hablar tú de una futura belleza? Y bien: para esto fui bautizado. Mi bautismo me dice: No le des importancia al hecho de que el cuerpo se pudrirá y será comido por los gusanos. Oye más bien lo que tedice el evangelio, tu bautismo y la fe, y di: Nada me importa ver la inmundicia. Yo tengo una luz que sobrepasa todo entendimiento, a saber, el evangelio y mi bautismo; éstos me aseguran que Dios transformará este cuerpo vil y hará que resplandezca más que sol. Si el evangelio lo dice, Dios así lo hará.

Nuestra muerte es siembra para un crecimiento futuro.

Dios lo creó todo de la nada. También el sol con su majestuoso brillo lo hizo de la nada. Ese sol, antes de que Dios lo creara, fue una nada, menos aún que una inmundicia o un cadáver hediondo, pues éstos al menos son algo existente. ¿No habría de ser también posible para Dios resucitar y re-crear un cuerpo muerto? Ves con tus propios ojos cómo un grano es echado en la tierra y muere; y luego crece allí un fino tallito verde, que a su tiempo lleva una espiga llena de granos, iguales al que había sido echado en la tierra, y había muerto. Entonces: ¿no nos podrá dar Dios también a nosotros un cuerpo nuevo? ¡Si él mismo lo dice, y si él mismo nos ha destinado para ello! Por medio del evangelio, él nos llamó a esta nueva vida, y por medio del bautismo nos introdujo en ella. Siendo así las cosas, aguardamos esta vida nueva y gemimos por ella y oramos que el reino de Dios venga a nosotros. Pues estamos ansiosos de obtener el tesoro con miras al cual fuimos bautizados y del que nos habla el evangelio, el tesoro por causa del cual Cristo murió y derramó su sangre.

Él mismo es la garantía de que algún día, la nueva vida en los cielos será una realidad. Para esto nos dio el evangelio, y el bautismo como señal del cumplimiento de sus promesas, y el nombre de cristianos. Lo único que falta aún es la manifestación visible de aquella gloria venidera. Muy bien dice San Pablo en 1ª Corintios (15:42): “Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción”. Es, dice el apóstol, como cuando uno siembra porotos en un huerto, pensando no en lo que se entierra, sino en la planta que habrá de salir. En efecto: la mujer que siembra los porotos en su huerto, no se fija en que estos porotos se pudrirán, sino que espera con absoluta certeza el día en que de allí habrán de salir nuevas plantitas primero, y nuevas vainas después. Y si siembra arvejas, no lo hace para que queden enterradas allí, sino porque sabe: de lo que ella sembró, saldrán nuevas plantas con nuevas arvejas; para esto se siembra. Ese pensamiento debe animarnos también al ver que entierran a un cristiano; digamos entonces: Este cuerpo corruptible confíenlo tranquilamente al seno de la tierra; tened la plena certeza de que de ahí resucitará un cuerpo incorruptible. “Así también se siembra en deshonra y debilidad” (1ª Corintios 15:43), porque el cuerpo muerto hiede, lo comen los gusanos, lombrices horadan sus ojos, sus orejas, su nariz. No hay allí nada de hermoso, nada de glorioso. Sin embargo:¡resucitará en gloria! Este cuerpo sembrado en deshonra resurgirá en gloria indescriptible, libre de toda inmundicia, con una fragancia más deliciosa que el más fino bálsamo, y con una belleza como no la tiene ninguna otra creatura. Pensar de esta manera:- esto es en verdad “aguardar la esperanza bienaventurada”.

Lo que sucede en la vida de la naturaleza nos predica la fe en la resurrección.

Por lo tanto: al pasearte por tu huerto, aprende allí lo que es “creer”. Aquí, un quintero pone un carozo de cereza en su quinta, allá un campesino siembra un grano de trigo en su campo. No le importa la suerte que correrá el grano mismo; de otra manera, lo conservaría en la bolsa, para que no se pudra. Antes bien, su pensamiento es: “Esperaré; dentro de medio año saldrá de este campo un trigo que dará gusto verlo; y a su debido tiempo, las semillas de frutales que enterré se harán grandes árboles de los cuales podré cosechar las más hermosas peras, manzanas y cerezas”. Ésta debiera ser la actitud de todos nosotros en nuestro estado de cristianos. Si eres capaz de adoptar ante los objetos de la naturaleza, como granos, semillas, etcétera, la posición del que espera con certeza que de la semilla sembrada, a su tiempo saldrá una nueva planta, debes tener la misma certeza también en cuanto a la nueva vida del cuerpo. El campesino, cuando siembra, no puede decir: “Ya veo los porotos”, pero realmente, ya los ve. No mira los porotos que tiene en la mano; al menos, no los mira con el mismo ánimo con que espera las futuras vainas.

Aparta, pues, su vista de los granos o porotos que tiene en la mano, y la dirige con mucho más interés al trigo y a los porotos que espera cosechar de lo que ahora sembró. Detalles como éstos, tan comunes y corrientes en la naturaleza, deben incitarnos a pensar: “Si soy un cristiano bautizado, soy una semilla sembrada por Dios. Yo soy su siervo, él es mi Señor. Los cristianos somos entonces las vainas y los porotos de nuestro Señor”. Primeramente somos sembrados por medio del bautismo, luego nos descompondremos mediante la muerte física. Por lo tanto debo pensar: “Deja que el cuerpo muera y se pudra; tiene que correr la misma suerte que el grano, que también tiene que pudrirse para dar fruto. ¿No espero acaso que el árbol me dé frutos, aunque todavía no los veo? Con tanta y aún mayor certeza espero mi vida futura, aunque soy sembrado para muerte y descomposición, como el poroto, que asu tiempo ha de resurgir como algo muy distinto de lo que es ahora.”

La esperanza del campesino, una útil lección para el cristiano.

Ésta debiera ser la mentalidad del cristiano. Pero ¿dónde están los que tienen esta mentalidad? Por desgracia, nuestra actitud no es la de quienes aguardan la vida venidera y gimen por ella. No poseemos esa virtud en que se ejercita el campesino respecto de sus porotos, esperando que crezcan y le den su fruto. Es muy triste si un cristiano no se comporta en su esfera del mismo modo como se comporta la razón en la suya. Cristo no quiere que en la cristiandad se piense: “Hoy vivo, mañana quizás ya no; moriré, masno sé cuándo; tengo que partir, y no sé hacia dónde; me extraña que me sienta tan alegre”. Al contrario: un cristiano debe decir: “Aguardo otra vida, que es para mí una realidad más concreta que la vida que tengo ante mis ojos. Pues tengo la palabra de Dios; soy bautizado, soy el poroto del Señor, es decir, un grano del que con toda seguridad saldrá algo; él ya me plantó por medio del bautismo y del evangelio”. En verdad, un campesino podría hacer de su campo, en cierto sentido, una verdadera Biblia: podría leer allí el evangelio de la resurrección de los muertos, y decir: “Como yo, así también el grano que estoy sembrando, será demudado; pero de ese grano nacerá un tallo, tan alto como yo mismo, que llevará fruto a ciento por uno”. Y la campesina podría decir: “Las arvejas las siembro en mi huerto; éste es mi Biblia, de él puedo aprender algo que fortalece grandemente mi fe”. Abre pues tus ojos; mira lo que el Señor quiere enseñarte mediante la obra de tus propias manos, y piensa: “Así como yo estoy sembrando ahora mi semilla, el Señor me está sembrando a mí; yo soy su poroto y su grano. Cuando muera, me pudriré como un poroto. Pero después pasaré de esta vida hedionda a la vida verdadera, la vida bienaventurada que no hederá más.”

Que no pensemos así, es por culpa de nuestro adversario, el Maligno. En lugar de ello nos afanarnos por juntar más y más dinero, y hacemos como si no existiera una vidafutura, y al fin de cuentas, arruinamos nuestra vida cristiana totalmente: de nombre seguirnos siendo cristianos, pero de hecho somos puercos. ¿Pensar en aguardar la esperanza bienaventurada? ¡Ni por asomo! Sin embargo, el campesino, al mirar su grano, no es de esta idea. Aningún campesino se le ocurre sembrar su grano simplemente para que quede en la tierra y se pudra. Pero nosotros, cometemos tal tontería, si pensamos que poseemos el evangelio y recibimos el bautismo sólo para permanecer por siempre en esta tierra.

Amigos míos: hay algo que importa mucho más que nuestra vida terrenal. Conocemos el dicho aquel: “Cuida tu vida mientras la tengas.” Y bien: ésta es una verdad a la que se atienen también los puercos. Pero ¿será éste el fin para el cual “se ha manifestado la gracia de Dios para salvación a todos los hombres”? En resumidas cuentas: lo que tú debes hacer es esperar y aguardar la otra vida para la cual fuiste llamado. Pues el Señor vendrá con toda seguridad, afirma el apóstol, y aparecerá y se mostrará a todos como el verdadero Dios y Salvador. Aquello será, por cierto, un día glorioso.

  1. Los cristianos esperan la manifestación de Cristo quien lo transformará todo y hará glorioso lo que ahora es despreciado.

Los días actuales en cambio son todo menos gloriosos. Un cristiano, una vez muerto, hiede no menos que un mahometano (lit. “turco”) muerto. Por lo tanto, en este sentido no hay diferencia entre creyentes y no creyentes. Además, parece ser una ley que los cristianos tengan que server de trapo de piso a todo el mundo: se los condena, se los persigue, se les quitan sus bienes, somos odiados por nuestros propios vecinos, etcétera. Así que, mientras el cristiano viva en este mundo, no hay en él nada de glorioso. Lo glorioso es el mundo: a éste se le adora y se le colma de alabanzas, en tanto que a los cristianos se los pisotea.

La gloria de Cristo en esta tierra es que se le desprecia y rechaza. Pero un día, el Señor vendrá y se manifestará y traerá consigo una gloria que ahora no podemos ni imaginarnos. Toda la creación será entonces mucho más hermosa de lo que es ahora; el sol, los árboles, los frutos, todo será siete veces más bello. Y en aquel día, yo también saldré de mi sepulcro como un astro reluciente, y los que fueron quemados por el mundo como mártires, surgirán cual cometas y se elevarán al cielo. Y allí se reunirán en coro todos los santos, y el Señor mismo vendrá en una nube, y el mundo entero será transfigurado y glorificado por él, de modo que será cien mil veces más majestuoso de lo que es ahora. Con razón habla el apóstol de la “manifestación gloriosa” de nuestro Señor.

La majestad de Dios, ahora oculta, se revelará en aquel día.

En aquel día, nuestro Dios será en verdad el “gran Dios” (Tito 2:13). Actualmente parece más bien un Dios pequeño. El emperador y los grandes señores se burlan del evangelio y de los cristianos como si Dios fuera un muñeco que no ve ni siente. Ese Dios permite que a Pablo le decapiten y a Pedro le crucifiquen, y a sus fieles los deja en la miseria, al extremo de que a veces ni tienen de comer y beber. ¿No es un Dios impotente y pueril, un Dios que contempla impasible nuestra desesperada situación?a tan mal, y que San Juan Bautista tiene que morir por causa de una adúltera; si él ve y sabe todo esto, y sin embargo no interviene, entonces o no quiere ayudar —mas entonces, no es un Dios justo— o no puede ayudar. Mas si no puede ayudar, es un Dios impotente, que no tiene ojos para ver ni manos para actuar, y que tampoco tiene corazón, ya que no quiere socorrernos. Por consiguiente: en la actualidad, Dios es un Dios pueril. Permite que los hombres hagan con su palabra, con sus sacramentos, con sus cristianos, lo que se les antoje. No dice una palabra a todo esto, porque es un Dios pequeño: está durmiendo, tiene las manos flojas y el corazón cansado. Mas cuando despierte, será como un valiente (Salmo 78:65) y herirá a todos sus enemigos como hirió a los filisteos.

La confianza de los cristianos perseguidos no será en vano.

Entre tanto, pues, los cristianos y los que fueron bautizados en el nombre del Señor, tendrán que resignarse y dejarse pisotear, porque por ahora, Dios es todavía un Dios pequeño. Pero a su tiempo vendrá y se manifestará como Dios que no es nada pequeño, sino que lo vio todo y que tenía no sólo la voluntad sino también el poder de ayudar. Por el momento, él oculta buena voluntad y el poder. Puede ayudar, fuerza y voluntad suficientes no le faltan. Sin embargo, su modo de actuar en este tiempo presente debemos aceptarlo con la fe, y no discutirlo con la razón. Pero cuando juzgue llegada la hora, vendrá como “Dios grande” haciendo plena justicia a esta designación, de modo que todos tendrán que confesar: éste es en verdad “el gran Dios y Salvador Jesucristo”. Hasta el momento no se dio a conocer como tal, sino que permitió que el evangelio fuera lapidado; no abre la boca cuando sunombre es blasfemado, y no se inmuta cuando reyes y emperadores nos huellan con sus pies. ¿Y a este Dios habríamos de llamarle nuestro Auxiliador? Hasta el momento, aún no lo es de hecho; todavía la realidad no coincide con las palabras. Pero llegado el día, Satanás y todos los tiranos tendrán que reconocer: “No sabíamos por qué los cristianos llamaban a Jesucristo “Salvador”; sin embargo, ahora él demuestra inequívocamente que este nombre lo llevaba a toda honra.” En este día, él se levantará en toda su majestad, y nos convertirá a todos nosotros en estrellas y soles. Y entonces quedará de manifiesto que su voluntad y su poder de ayudar fueron en sí permanentes, sólo que en algún tiempo no quiso aplicarlos; y su sabiduría y señorío serán visibles para todos.

A éste debemos esperar: al Salvador y gran Dios, aguardando la manifestación de su omnipotencia, sabiduría, gloria y majestad. Es verdad: por el momento vemos todo lo contrario; pero esto es justamente para que confiemos en la palabra de Dios y esperemos con paciencia hasta que llegue la hora de la manifestación de su misericordia y poder, como el campesino espera su cosecha.

  1. Fortalecido por su esperanza, el cristiano cumple gozosamente con su deber.

Obras “buenas” son las mandadas por Dios, no las escogidas por el hombre.

“Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” Aquí se nosenseña cómo debemos pasar la vida presente mientras esperamos la vida futura, a saber: con buenas obras. Por medio del evangelio y del bautismo hemos vuelto a aprender qué son buenas obras. Cuando aún vivíamos bajó el papado, no lo sabíamos. En aquel tiempo llamábamos “buenas”las obras que nosotros mismos habíamos escogido, por ejemplo peregrinar a Santiago de Compostela, o hacer una donación a un convento. Uno dedicaba velas a los santos, otro ayunaba a pan y agua. Para estas obras no existe mandato divino alguno. “Hacer buenas obras” significa, por lo tanto: obedecer a Dios de la manera como él mismo nos lo prescribió para nuestra vida en esta tierra.

Un siervo tiene sus “buenas obras” cuando cumple de buena voluntad lo que su señor le ordena, por ejemplo, cuando da de comer a los cabal los, etcétera, siempre, por supuesto, que previamente ya haya sido justificado por la fe. El tal anda en buenas obras que realmente le corresponden, y de esta manera hace obras mejores que un cartujo, puesto que son obras de Dios; porque si como cristiano bautizado aguarda la esperanza bienaventurada, y entre tanto obedece en esta forma a su señor, sus obras son agradables a Dios. Sin embargo, como son tan poco espectaculares, parece absurdo pensar que trabajos como acarrear bolsas al molino fueran buenas obras.

Una sirvienta por su parte hace buenas obras cuando obedece las órdenes que le da su patrona. Tampoco estas obras parecen gran cosa. No se pueden medir, en lo que a brillo y renombre se refiere, con las de un cartujo que anda vestido de cilicio y observa sus cinco horas de oraciones por noche, y con todo esto no hace obra buena alguna.

Lo mismo vale para ti que eres hombre del campo o de la ciudad: Trata de ver en qué puedes ser útil a tu prójimo. Si descubres que está a punto de sufrir un daño respecto de su mujer, su servidumbre, su campo o sus animales, adviérteselo. Si necesita tu ayuda o tu consejo, dáselo; y hazlo aún cuando tales obras no llamen la atención a nadie. Además, respeta las autoridades superiores; en esto, un cristiano debe poner mucho cuidado. Las autoridades superiores, por su parte, castiguen a los malhechores y protejan a los hombres de bien.

He aquí las mejores “buenas obras”, pero eso sí: obras que carecen de brillantez. Todo cuanto un cristiano es y hace en esta tierra, no debe “aparentar”. Las obras de un siervo, de un señor, de una patrona, de una sirvienta, de un juez o de un alcalde no impresionan a nadie; no obstante, son mejores que las de todos los monjes juntos. Si sumáramos todas las así llamadas buenas obras de los monjes, no valdrían lo que valela obra de una sola sirvienta que aguarda aquella esperanza bienaventurada y que mediante su bautismo fue destinada para la vida venidera.

El cristiano no busca una gloria pasajera, sino la vida eterna.

Tales obras buenas quisiera ver Pablo en los creyentes. En primer término trata de hacernos reconocer nuestro estado particular de cristianos, o sea, que como cristiano has sido hecho heredero de una vida diferente, eterna. Luego, una vez hecho cristiano, debes poner tu modesta obra, por insignificante que la considere el mundo, al servicio de tu prójimo. Todas las obras de esta índole llegan a ser preciosísimas a los ojos de Dios, tan preciosas que ningún monje es considerado digno de verlas y conocerlas. Lo mimo sucede cuando yo desempeño mi oficio de predicador: puesto que Dios me abrió la esperanza de una vida futura, debo y quiero cumplir gustosamente con mis obligaciones en la vida presente, sin preocuparme por la poca estima de que goza mi trabajo en la opinión del mundo.

Sea como fuere: no quisiera cambiar por nada con las obras de todos los monjes y monjas, pues ya tengo mis informaciones concretas: mediante el bautismo pertenezco a la otra vida, y en lo que concierne a mis quehaceres en la vida presente, me sirve de guía la palabra divina. Así, pues, me dedicaré a lo que es propio de mi cargo. Del mismo modo, una esposa que cumple fielmente con sus obligaciones, es una santa viviente, puesto que aguarda la vida futura, y motivada por esta fe hace lo que a una esposa le corresponde hacer, y por esa misma fe goza del beneplácito de Dios. Resulta, pues, que tales obras, tan insignificantes en opinión del mundo, son en realidad las más excelentes. El mundo no es digno de conocer una sola buena obra, porque piensa: la sirvienta que ordeña la vaca, el agricultor que ara su campo, todo esto no es nada; pero sentarse en un rincón, poner cara agria, andar en cilicio, esto sí es lo que vale.

Fortalecido por su esperanza, el cristiano cumple gozoso con su deber.

Por consiguiente: nadie tiene una idea clara ni de la vida presente ni de la futura, sino solamente el cristiano, que dice: Dios me destinó para predicador, agricultor, patrón, peón, etc. Si Dios así lo dispuso, quiero ser un fiel peón, patrón, agricultor o predicador, y hacer lo que a él le agrada. Al que piensa así, la vida le resultará grata, no gravosa; no se quejará ni murmurará. Y aunque la vida fuera ingrata, sin embargo el estado en que vivo y la obra que hago son buenos, y por sobre todo tengo la esperanza de la vida eterna.

Animados por este espíritu, los cristianos soportan la vida presente con buena conciencia y corazón contento. A otro en cambio su vida se le hace una pesada carga, y si toma un rumbo contrario al que él habría deseado, se pone a rezongar. Un hombre tal pasa la vida presente con quejidos y lamentos, y para colmo pierde la otra, la eterna. Pero en esto no piensa, sino que cree que aquí tiene que vivir como un puerco, y cuando le llega la hora de morir, dice con tristeza y amargura: “¡Qué vida más penosa fue la mía!” ¿Por qué no aprendió cómo se ha de vivir? Un cristiano en cambio, aunque no fuese más que un simple peón, está de buen ánimo, canta y hace su trabajo con alegría. Si su patrón le reprocha injustamente, no se amarga por ello, porque espera otra vida. A la inversa, los que no son cristianos no saben apreciar correctamente la vida actual por cuanto no tienen otra; por esto, todo cuanto hacen es cosa superficial.

Habría mucho más que predicar sobre este tema; pero por hoy baste con lo ya dicho.

  • Tomado de iglesia reformada.com