Editorial

sola scripturaAún pensando en el Día de la Biblia, la historia nos conduce a poner el índice sobre aquella postura de los reformadores acerca de regresar la Biblia al púlpito y a la vida de la iglesia, como uno de los grandes resultados de la Reforma Protestante. Incluso, contra nuestras suposiciones, no fue la oración (aunque lo merecía) el medio de gracia más importante para ellos, sino las Sagradas Escrituras, depositarias de la inspiración divina, revelación de la Palabra de Dios. En el conocido sermón Los Medios de Gracia, de Juan Wesley, cuidó él de explicar que es de la Escritura que dependemos para saber cuáles son esos medios, poniéndola en un primer lugar necesario. Una de las escenas más grandes de los días de la Reforma fue cuando Lutero respondió contundentemente ante la Dieta de Worms: “A menos que se me convenza con las Escrituras y la mera razón –no acepto la autoridad de papas ni concilios porque se han contradicho entre sí- mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo retractarme ni me retractaré de nada…”(1) Calvino, por su parte, escribió: “Que este sea un axioma certero, que no exista una palabra de Dios para la cual se haga un lugar en la iglesia, salvo la que esté contenida, primero, en la Ley y los Profetas, y segundo, en los escritos apostólicos”(2). En la dirección inversa, el Concilio de Trento, reaccionando a los postulados reformistas, decidió ampliar el campo de la inspiración divina concediéndosela también a la tradición de la iglesia, en su cuarta sesión del 8 de abril de 1546.

Mucha lucha fue aquella para desempolvar la Biblia, y no meramente para colocarla en una buena posición, sino para concederle el lugar de privilegio en la liturgia y en la enseñanza de la iglesia; fue una nueva forma de ver los escritos sagrados, una herencia principalísima que se nos ha confiado, para nosotros y para nuestros hijos. Sola Scriptura, suena bien, significa mucho, santo y seña de no haber perdido el camino otra vez, pero cuán difícil es pasar del propósito a la realidazación, de la idea a los hechos. Es un buen tema de predicación, los pastores podemos explicar e insistir en que solamente lo que se encuentre en la Palabra de Dios debe ser inculcado en nuestro adoctrinamiento. Pero, acto seguido, pasamos a exponer nuestra versión de lo que dice la Biblia, mas no lo que ella dice. 

Un escritor sencillo, que por tener ideas simples cae en desatinos, pero que hay que reconocerle también algunos notables aciertos, como lo es el pentecostal argentino Juan Carlos Ortíz,  escribió una vez algo que se antoja simpático: “Tenemos un Quinto Evangelio. Tenemos los Evangelios Según San Mateo, Según San Marcos, Según San Lucas, Según San Juan y el Evangelio Según los Santos Evangélicos” (Discípulo, p. 16). Ese quinto Evangelio, según él, es el nuestro, confeccionado por nosotros con medios versículos de por aquí y por allá, es nuestra sustitución del Evangelio.

Nuestros evangelistas, por ejemplo, no pueden exponer las buenas nuevas del reino de Jesucristo sin hacer el llamado a pasar al frente. Una vez tomada la decisión, los llamados al frente deberán  repetir una fórmula sin la cual no podría haber salvación, y por ello, si se repite la fórmula, se da por hecho que la conversión sucedió y se contabiliza a esas personas como exitoso resultado de la predicación. Claro que no estamos en contra de fórmulas o maneras de hacer las cosas per se. Pero está tan sacralizado el proceso mencionado que no se le perdonaría a un predicador invitado que se lo saltara. Tenemos que pensar cómo harían los Wesley y Whitefield para obtener tantos resultados masivos genuinos sin llamar a nadie a pasar al frente. Y, ¿cómo harían Jesús, Pablo y Pedro para ver a miles de personas llevadas a la fe y tocadas por el Espíritu Santo, sin pedir jamás a nadie que levante su mano para manifestar su decisión y sin repetir la “oración de fe”? ¿Dónde, en la Biblia, se menciona esa fórmula como para darla por bíblica, y esperar que sólo a través de ella actúe el Espíritu de Dios?

Las mismas preguntas haríamos con esa otra fórmula que nos gusta tanto al decir, “Yo te bendigo”. Usurpa el lugar del sujeto que bendice, y que es solamente uno, Dios en cualquiera de las tres personas de la Trinidad. ¿Dónde está en la Biblia la frase “Yo te (o les) bendigo”? Cuando se nos pide que bendigamos se nos instruye a que lo hagamos diciendo “Jehová te bendiga y te guarde…” Es curiosa nuestra actitud de censurar por un lado a los sacerdotes católicos cuando dicen “Yo te absuelvo” (facultad que pertenece sólo a Dios), y nos damos, por otro lado, el permiso de también nosotros suplantar a Dios (pero a la manera de los “santos evangélicos”) verbalizando la bendición que le toca a Dios pronunciar u otorgar. Ni los apóstoles, ni los reformadores, ni los Wesley, ni nadie en la historia acostumbró semejante acción por tener la misma razón, no está justificada en la Biblia.

Y podríamos seguirle con aquella “enseñanza” neocarismática acerca de que cuando se lee la Biblia ella es logos, y cuando se aplica a la vida de la persona ella es rema. Dios nos perdone por hacer estos malabarismos con su Palabra. Ciertamente ambas palabras griegas se usan en el Nuevo Testamento, pero jamás con la finalidad de hacer la distinción mencionada. No hay un solo caso donde así ocurra.

Y podríamos seguir con 100 temas parecidos más. Bien, el principio “sólo la Escritura” nos intenta comprometer con la santa Palabra de Dios, en su pureza, en su sana doctrina, con su verdad, con su autor. ¿Deseamos toda la gloria para Dios? No se la daremos si no terminamos de arreglar este asunto. Ya le sucedió a Roma, se asfixió bajo la ciénaga de sus creencias pseudobíblicas, y podría pasarnos lo mismo. Si el principal medio de gracia no está en su lugar, muchas cosas no lo estarán. Así lo creyeron los santos varones que nos precedieron. Eso lo podríamos aprender de ellos.

Pbro. Bernabé Rendón M. 

  • Bainton, Roland H., Martín Lutero, CUPSA, México, 1989, p. 204.
  • Calvino, Juan, Institutos de la Religión Cristiana, Tomo II, Fundación Editorial de Literatura Reformada, Barcelona, 1994, p. 913.

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2 comentarios sobre “Editorial

  1. Estimado Pastor Rendón, le saludo con gusto y comento que se me hace inadecuado considerar como “formula”, a la invitación a confesar a Jesucristo como su salvador, a quien, hubo escuchado lo que la escritura dice de aquel que cree en Jesús.
    En el supuesto de que Wesley y Whitefield, Jesús, Pablo y Pedro, expusieran lo que la palabra de Dios dice sobre la salvacion por la fe en Jesus y preguntaran, solo preguntaran: ¿Quién cree que Jesus es su salvador?, ya obligarian a responder levantando la mano: “yo creo que Jesus es mi salvador”, identificandose a si mismos como personas llevadas a la fe y tocadas por el Espíritu Santo.
    La llamada “oración de fe” (entrecomillado suyo) no es sino la herramienta que el maestro necesita, para que el discípulo reafirme, con sus palabras, su convicción de lo que ha creído, no se trata de una necesidad del evangelista, sino la necesidad del que creyó con la simplicidad del evangelio de salvación en Cristo.
    No veo correcto que quien hace la invitación a confesar a Jesús como su salvador, crea que ese es el único medio para salvación y esperar que sólo a través de ella actúe el Espíritu de Dios, Sabemos que solo Dios conoce los corazones, su sinceridad y su convicción, por lo que solo El puede juzgar a quien ha expresado con su boca, haber creído en Jesús.
    En Juan 1:12 dice: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, por lo que no veo ninguna “anormalidad bíblica” que teniendo este versículo, se invite a recibir a Cristo como su salvador, apelando a la sinceridad del nuevo creyente
    Efesios 3:17-18 muestra las intenciones de Pablo pidiendo “…el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,”. Por lo que creo congruente con la Escritura, el llevar al creyente, por la fe, a invitar a Cristo a habitar en su corazón.
    Este editorial advierte a no tratar con ligereza el mensaje de la salvación en Cristo, pero deseo que no se disuada a nuestros evangelistas, a reafirmar en el corazón de los nuevos creyentes, su salvación en Jesús, con una oración de fe.
    Reciba mi respeto y mi aprecio
    Su Hno. En Cristo, Jorge Ordóñez Rascón

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    1. Hno. Jorge, dado que usted es una persona distinguida por su prudencia, recibo con humildad y apertura su reflexión. En realidad, yo mismo comenté que no estamos en contra de ninguna fórmula (en el mejor sentido de la palabra), sino en dar por bíblica, única y necesaria una que, por estar ausente en la Biblia, no lo es. Si dicha oración fuera necesaria, ¿por qué nuestro Señor no la hizo repetir a Nicodemo a la samaritana o a tantas personas con las que tuvo conversaciones? Nos es sabido que el proceso de levantar la mano, pasar al frente y repetir una oración nació durante el siglo XVIII con el Gran Avivamiento Americano, pero estuvo ausente en los dieciocho siglos anteriores. Por supuesto que es recomendable que el pecador arrepentido verbalice su nueva fe en Cristo, y por eso es que existe el Credo de los Apóstoles, éste se fue elaborando gradualmente a partir del siglo II para que el nuevo creyente confesara su fe al bautizarse. Pero la orientación bíblica de confesar a Cristo no es equivalente al método en cuestión. Incluso, se ha considerado que esa oración es tan eficaz en sí misma que se da por hecho la conversión del que la hizo, cuando muy frecuentemente tal conversión no sucedió en la experiencia del candidato. La intención del párrafo en cuestión era solamente que tengamos cuidado de no dar por bíblico lo que no aparece tal cual en la Biblia. Me ha tocado ver momentos celestiales cuando personas sentadas en su banca, al escuchar el Evangelio se han convertido sin que nadie les haga repetir nada, exactamente como en Hechos 10 cuando Pedro no pidió a nadie levantar su mano, pero todos los ahí reunidos creyeron y fueron llenos del Espíritu Santo. Dios lo siga bendiciendo, hermano.

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