Condiciones en Alemania antes de la Reforma

condiciones almemania antes reformaCONDICIONES EN ALEMANIA Y EN LA IGLESIA CATÓLICA HASTA ANTES DE LA REFORMA.

RAMIRO JAIMES MARTÍNEZ

El objetivo del presente capítulo es analizar someramente los factores políticos-eclesiales en Alemania y el papado en los umbrales de la Reforma de Lutero. Según Lucien Febvre, en el siglo XVI no existía en Europa un territorio más ingrato para un reformador que Alemania, que presentaba un panorama que el historiador francés pinta como una combinación de miserias políticas e inquietudes sociales.[1] A pesar de tener una comunidad de costumbres, lengua y un nacionalismo cada vez más robusto, no era un estado nacional. Mientras otras monarquías europeas habían logrado formar uno, o estaban en vías de consolidarlo, como España, Francia e Inglaterra, los alemanes carecían de unidad política.

Si bien desde la elección de Conrado I en el año de 911 la parte oriental del Imperio de Carlomagno se separó de la autoridad carolingia franco-occidental y dos siglos más tarde tomó el nombre oficial de Imperio Romano, en realidad no constituyeron una unidad estable.[2] Ni siquiera tuvieron una monarquía hereditaria como los otros estados europeos, sino que retomaron la antigua costumbre de los pueblos germanos que entraron al Imperio Romano de la antigüedad: elegían a sus jefes y reyes por votación en una asamblea de guerreros y nobles.[3] Esta costumbre se mantuvo porque ningún monarca pudo prescindir ni someter totalmente a la nobleza, cuyo particularismo y regionalismo hubiera hecho imposible la cohesión del Imperio sin la presencia de la Iglesia. Desde los primeros emperadores, éstos se mantuvieron en el trono porque los obispos servían de contrapeso al particularismo de los duques.[4] Al igual que con el Imperio de Carlomagno, el papa concedía la legitimación religiosa, como la única institución imperial romana sobreviviente, a cambio de la protección temporal del Emperador.[5] Es por esa razón que desde el siglo X los emperadores permitieron a los obispos y abades una gran concentración de tierras y riqueza, pues eran la espina dorsal del imperio.[6]

A partir de 1356, más de un siglo después de la dinastía de los Hohenstaufen, con la dignidad imperial convertida en un cargo con poder nominal y fragmentado el mapa de Europa central en una multitud de estados territoriales autónomos, la elección del emperador quedó reducida a sólo siete nobles, cuatro laicos y tres eclesiásticos: el rey de Bohemia, el conde palatino del Rin, el duque de Sajonia y el margrave de Brandeburgo, y los arzobispados de Maguncia, Colonia y Tréveris.[7]  Para 1500 la aspiración universalista del Imperio Alemán se redujo principalmente a los territorios con población y lengua alemanas, y esta conciencia territorial, lingüística y cultural se reflejó en el nuevo nombre: Sacro Imperio Romano Germánico, precisamente durante el reinado de Maximiliano I, el abuelo paterno de Carlos I de España.[8]

Al morir Maximiliano en 1519, Carlos ya era rey de su natal Flandes, Aragón, Castilla y los nuevos territorios americanos, Nápoles, Borgoña, y los dominios alemanes de los Habsburgo. La elección de Carlos como Emperador no fue sencilla, pues Francisco I de Francia también presionó por la dignidad, sin embargo, Maximiliano ya había maniobrado para fortalecer el partido de los Habsburgo.[9] El 28 de junio de 1519 su nieto fue proclamado emperador con el título de Carlos V.[10] El escenario de la contienda entre Carlos con Francisco de Francia y el Sultán de Turquía estaba preparado. Sin embargo, el revuelo que había provocado Lutero en Wittemberg no fue de ninguna manera una preocupación menor para el nuevo emperador, en su carácter de defensor de la cristiandad y el papado, y como monarca interesado en contar con los recursos de Alemania consideró al reformador como un peligro.

Por otra parte, el peso del papado era innegable en el Imperio, y fue de hecho uno de los elementos en la formación del nacionalismo alemán, pues se veía en los italianos la otredad que ayudó a formar su propia identidad nacional.[11] Sin el papado, el Imperio no podía subsistir, pero entre ambos era difícil evitar la rivalidad y el conflicto, esta premisa fue puesta a prueba repetidas ocasiones a partir del siglo XI. Entre el Imperio y el papado existió una relación de mutua necesidad y destrucción, el Emperador requería el dominio sobre Italia para asegurar el control sobre la iglesia alemana, y el papa no podía aceptarlo si quería controlar Italia. El uno no podía existir sin el otro, pero tampoco podían predominar si el otro se fortalecía demasiado.[12] Ante este estado de cosas, no es extraño que ni Italia ni Alemania pudieran formar un estado nacional hasta las postrimerías del siglo XIX.

De hecho, después de la Querella de las Investiduras y el Concordato de Worms, específicamente durante el reinado de Conrado III, el Imperio fue perdiendo gradualmente mucho de su poder, y en la práctica la iglesia alemana pasó progresivamente a gravitar en la órbita del papado.[13] Lo anterior muestra que a pesar de su mutua dependencia los intereses de las dos espadas colisionaban frecuentemente, y aunque en el siglo XVI se aliaron contra enemigos compartidos, como los turcos y Lutero, incluso ante esos adversarios encontraban ocasiones para luchar.[14]

No obstante, la iglesia católica y el papado se guiaban en lo fundamental por intereses políticos, y ese posiblemente fue el factor que radicalizó las posturas del monje agustino de Wittemberg.[15] En el siglo XV Europa experimentaba un Renacimiento cultural y filosófico, que infortunadamente, según Hans Küng, no lo fue en la observancia religiosa para la Iglesia católica. Mientras muchos humanistas como Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro pedían una renovación del cristianismo, los papas de esta época eran en primer lugar príncipes temporales antes que pastores. Todos fueron por nacimiento o naturalización italianos, con una curia dominada por nobles italianos y preocupados por consolidar en lo general las posesiones pontificias en la península, y en lo particular los títulos y tierras de sus familias.[16] Si bien el papado y la curia romana desoyeron los llamados para regresar a la pobreza y a la penitencia, como lo pedía el dominico Savonarola y muchos otros, sí se convirtieron en los grandes mecenas del arte y la arquitectura renacentista. Pero además, como príncipes temporales, también fueron practicantes de una vida licenciosa y mundana, que no fue un elemento menor en sus objetivos y estrategias políticas. Sobrinos, hijos y nietos fueron los medios para establecer alianzas matrimoniales y dinastías papales o cardenalicias por la vía del nepotismo y la simonía.

El papa León X, quien enfrentó a Lutero en Worms, era miembro de la poderosa familia Medici y había sido ordenado cardenal a la edad de 13 años por su tío Inocencio III.[17] El papado de León X sólo fue uno en la larga lista que comprobaba cuan fácilmente podía la riqueza y el poder apagar el compromiso y la observancia cristianas.[18] Los bienes y el poder temporal de la iglesia habían cavado una enorme brecha entre la curia romana y los príncipes obispos en toda Europa con respecto al llamado “clero bajo” y los laicos.

El papa Medici era un amante de las artes y el boato cortesano, gastó enormes sumas de dinero en la reconstrucción de la Basílica de San Pedro, por lo que no dudo en recurrir a la venta de indulgencias como forma de allegarse recursos.[19] El papa le encargó al arzobispo de Maguncia la tarea, que fue instrumentada y defendida por religiosos como Tetzel. Aunque la venta de indulgencias no era nueva, la manera agresiva como se realizó en Alemania levantó las sospechas y el clamor generalizados contra la debacle moral del clero, que fue cuestionada por Lutero en sus famosas 95 tesis en 1517.[20] 

Para ese momento, la situación de la iglesia alemana ya no era la misma que durante la dinastía de los Hohenstaufen. El creciente nacionalismo alemán, el Renacimiento y la fuerte centralización del poder eclesiástico en Roma hicieron que muchos nobles y burgueses desearan un concordato como los que Francia y España habían arrancado al papado y así tener una iglesia nacional.[21] El fortalecimiento de los nobles y de la iglesia alemana, que llegó a concentrar la mitad de las tierras, consecuencia del debilitamiento del emperador, fueron algunas de las causas del deterioro del campesinado alemán y el agravamiento de la servidumbre en el siglo XV. Las grandes sublevaciones campesinas en 1493 y 1524, en plena Reforma, fueron alimentadas por el nacionalismo y las ansias de autonomía política y religiosa.[22]

Fue inevitable que este sentimiento nacionalista considerara a Carlos V, un Habsburgo flamenco, como un soberano extranjero, que seguía una política española por lo que fue un motivo más de resistencia y reafirmación para el nacionalismo alemán.[23] Ser emperador del Sacro Imperio era, en cierto sentido, sacarse el tigre en una rifa. El cargo tenía por cierto un gran prestigio como protector de la cristiandad, pero no necesariamente riquezas y poder equivalentes. Las tierras imperiales ya no podían comprar las lealtades de la nobleza alemana, pues ya habían sido adjudicadas hacía mucho. Las Dietas, asambleas de los electores nobles y eclesiales sobre las que presidía el Emperador, en realidad le negaban recursos consuetudinariamente.[24] Es por esa razón que como Carlos I de España, el Emperador Habsburgo pudo sortear los problemas de los dineros, pues podía disponer de la plata y el oro americanos o los créditos de banqueros como los Fuggar para costear sus campañas[25], pero no pudo lograr fácil identificación con buena parte de sus súbditos alemanes.

Como se mencionó arriba, tradicionalmente los nobles alemanes se resistían al poder imperial, y para el siglo XVI mantenían aspiraciones autonómicas ante un emperador fuerte y con recursos como Carlos V.[26] Desde el siglo XV los más poderosos de ellos habían logrado formar verdaderos estados regionales, como en el Palatinado, Wurtemberg, Baviera, Hesse, Brandeburgo y Mecklemburgo.[27] Pero las ambiciones de algunos príncipes alemanes no se limitaban sólo a resistir la influencia del emperador, sino en secularizar la riqueza eclesial, que como ya se mencionó, concentraba aproximadamente la mitad de las tierras del imperio. Los ejemplos de las monarquías de Francia, Inglaterra y España, que habían arrancado al papado la autoridad sobre sus iglesias nacionales, eran considerados dignos de imitación por la nobleza alemana.[28] Asimismo las rebeliones bohemas del siglo XV, a consecuencia del malogrado reformador Juan Hus, habían mostrado que las propiedades eclesiales podían ser adquiridas por la nobleza territorial y la burguesía en medio de una revuelta religiosa.[29]

Por su parte, las ciudades alemanas también habían experimentado un gran enriquecimiento ante emperadores limitados en su autoridad. Ciudades en pleno esplendor como Augsburgo, Nuremberg, Hamburgo, Lubeck, Francfort, Leipzig, se vieron enfrentadas continuamente con los príncipes a quienes tenían que pagar por su libertad. En lo único que se ponían de acuerdo era en resistir al emperador, y eso se puede observar en las Dietas, las asambleas que trataron metódicamente de restringirlo.[30] Esta situación hace decir a Febvre que hacer triunfar una reforma por la vía política era una empresa condenada al fracaso. [31]

Sin embargo, lo anterior no quiere decir que todos los factores políticos jugaban en contra de la Reforma y más tarde del protestantismo y sus múltiples tendencias. Sin duda, al radicalizarse las posiciones de Lutero y otros reformadores por un lado, y las de Carlos V y el papa por el otro, la amenaza de Francisco I de Francia y el Sultán de Turquía le impidieron al emperador atacar con toda su fuerza a los recién nombrados protestantes.[32] Como se mencionó antes, incluso el papado no fue un aliado incondicional del emperador.

No obstante, según Febvre al cancelarse las vías políticas para una reforma en Alemania, hacía falta una personalidad sumamente hábil y sagaz para realizar una reforma religiosa, la única que en ese complicado panorama político parecía posible.[33] Esa reforma contó con las disposiciones de príncipes, burgueses y campesinos, con el impulso del humanismo y de adelantos tecnológicos-culturales como la imprenta.[34]

Sin el apoyo de los nobles como Federico el elector de Sajonia sería difícil explicar el éxito de Lutero, quien posiblemente habría corrido la suerte de Juan Hus o Savonarola. Sin la ayuda de los nobles y los consejos de las ciudades libres de Alemania y Suiza, los reformadores difícilmente habrían podido mantenerse ante Carlos V y el papa, y la Reforma no se hubiera convertido en protestantismo.[35] En otras palabras, los movimientos religiosos no se habrían institucionalizado en iglesias nacionales y denominaciones.

Sin embargo, a pesar que el apoyo de nobles y burgueses resultó importante para resistir la ofensiva del emperador y del papa, tampoco debe olvidarse que las Ligas protestantes de Tragó y Esmalkalde fueron derrotadas en los campos de batalla. No obstante, a pesar que los protestantismos no pudieron presentar un frente doctrinal homogéneo que se reflejara en sus alianzas político-militares, no fueron vencidos en el campo religioso. Lograron prevalecer en su replanteamiento del cristianismo, en el rescate de las Escrituras como última autoridad, en la centralidad de la Gracia y la obra redentora de Cristo y en la reivindicación del sacerdocio del creyente.  

Bibliografía

Baubérot, Jean (2008) Historia del protestantismo, México, PUF.

Bazant, Jan (1991) Breve historia política y social de Europa Central y Oriental, México, Colmex.

Febvre, Lucien (1956) Martín Lutero. Un destino, México, FCE.

Haller, Johannes (1941) Las épocas de la historia alemana, Argentina, Espasa-Calpe.

Küng, Hans (2002) La iglesia católica, España, Mondadori.

Mayer, Alicia (2008) Lutero en el Paraíso, México, FCE.

Ornelas, Marco (2016) La diferenciación moderna de la religión: la misa latina (1517-1570), UIA.

[1] Febvre, Lucien (1956) Martín Lutero. Un destino, México, FCE, pp. 95, 103

[2] Haller, Johannes (1941) Las épocas de la historia alemana, Argentina, Espasa-Calpe, pp. 5,

[3] Si bien es cierto que existieron dinastías de emperadores alemanes (sajona, franco-sálica, Hohenstaufen y Habsburgo), que pudieron ser sucedidos por sus hijos cuando su fortaleza se los permitió, entre los siglos XIII y XIV los electores, príncipes y eclesiásticos, no necesariamente respetaron las líneas dinásticas más que el equilibrio de poder europeo. Bazant, Jan (1991) Breve historia política y social de Europa Central y Oriental, México, Colmex, pp. 24-32

[4] En la lucha entre el emperador Otón I y los duques, aquel logró disponer de las iglesias del Reich y tener al clero de su lado. En 953 los duques se rebelaron contra Otón, que recibió el apoyo de los obispos. Haller, pp. 11, 12.

[5] De hecho, la península italiana desde la época de Carlomagno era de hecho un protectorado del Imperio, situación que cambió hasta el papado de Inocencio III y sus sucesores en el siglo XIII, quien pudo consolidar los estados pontificios. Bazant, pp. 26, 28

[6] Haller, p. 13

[7] El rey de Bohemia fue excluido en 1230 por no ser alemán, mostrando que el nacionalismo dinástico comenzaba a transformarse en uno basado en la lengua.  Haller, p. 87; Bazant, pp. 24, 46, 67

[8] Haller, p. 92, 142; Bazant, p. 49

[9] Haller, p. 146; Febvre, p. 127

[10] En 1517 Lutero había hecho públicas sus 95 tesis, enviándolas al arzobispo de Magdeburgo y proponiendo un debate teológico, que inició con diferentes apologetas católicos. En 1518 inició el proceso del polemista y el elector de Sajonia negó su extradición a Roma. En julio de 1519 Lutero sostendría un debate con Juan Eck en Leipzig. Mayer, Alicia (2008) Lutero en el Paraíso, México, FCE, p. 30; Haller, pp. 145, 146, 164; Febvre, p. 128

[11] El nacionalismo alemán resentía la influencia de la corte papal, en la que se veía un poder extranjero que despojaba al pueblo de sus derechos. Haller, p. 163; Febvre, p. 104.

[12] Enrique IV y el Papa Gregorio VII se enfrentaron en una larga disputa que disolvió el poder del emperador.  Cuando la lucha entre las dos espadas terminó nunca se alcanzó una verdadera paz, sino un armisticio, un entendimiento que finalizó con la disolución del estado alemán. A la muerte de Enrique III, la regencia del Imperio ocasionó su debilitamiento y el fortalecimiento del papado (con la Reforma de la Iglesia en el Sínodo de Roma), que se desembarazó de la tutela del Imperio en 1059, pues el emperador ya no podría nombrar a los obispos del imperio ni al mismo candidato para la silla de San Pedro. Más tarde esto dio origen a la Querella de las Investiduras entre el emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII, quien fue más lejos sosteniendo la supremacía del poder eclesial sobre los asuntos temporales y efectivamente aplicó las restricciones del Sínodo de Roma al emperador. El Emperador sustituyó al Papa por el Concilio de obispos alemanes en Worms (1075) y el Papa lo excomulgó (1076). Las rebeliones en Sajonia hicieron ceder al emperador que imploró a Gregorio el perdón en Canosa (1077). Al final de la vida de Enrique y sus sucesores el Imperio no pudo recobrar su antigua fuerza, en el Concordato de Worms (1122) la iglesia de Roma y la Alemana se separaron definitivamente, y aunque el emperador mantuvo el poder de la investidura en sus dominios, el poder temporal del papado resultó fortalecido. Haller, pp. 41, 45, 47, 48, 49, 50, 61

[13] A pesar que el papa Inocencio III pudo imponer al Imperio sus exigencias, tampoco pudo consolidar su supremacía sobre los poderes temporales. Por ejemplo, en 1302 el rey de Francia depuso al orgulloso papa Bonifacio VIII y cambió la sede papal a Aviñón. Bazant, p. 65

[14] En una vuelta de tuerca de la política europea, el papa Clemente VII se había coaligado con Francia contra Carlos, para liberarse de su influjo. Este hecho desembocó más tarde en el saqueo de Roma en 1527.

[15] Al iniciar sus ataques a la venta de indulgencias Lutero sólo quería reformar la iglesia, no dividirla. Pero su excomunión y la intransigencia del emperador y del papa en Worms le empujaron hacia el cisma. De hecho rechazará la violencia de las armas lo más posible, tanto de los campesinos a quienes dirige duras condenas, como de los caballeros, a los que no puede recriminar abiertamente. Baubérot, Jean (2008) Historia del protestantismo, México, PUF, pp. 10; 23 ; Febvre, p. 135;

[16] Küng, Hans (2002) La iglesia católica, España, Mondadori, pp. 159-160

[17] Küng, p. 161

[18] Bazant, p. 83

[19] Febvre; Haller, 163

[20] Bazant, p. 84

[21] Fue por esas causas que la controversia planteada por Lutero con sus 95 tesis lo convirtieran rápidamente en una especie de héroe nacional. Haller, p. 162, 163, 164

[22] Bazant, p. 79, 80, 83

[23] Haller, p. 152 168

[24] Febvre, p. 96.

[25] No obstante, cuando los galeones de las colonias americanas se retrasaban por las largas travesías atlánticas, los ejércitos españoles, italianos y alemanes de Carlos podían ver retrasada su paga y cobrarse por medio del saqueo, como el que sufrió la mismísima Roma en 1527.

[26] Incluso esperaban aprovechar las ambiciosas campañas europeas de Carlos V para arrancarle algunas concesiones parlamentarias. Haller, p. 166

[27] Febvre, p. 97

[28] Haller, p. 162; Febvre, p. 103

[29] Sin duda el movimiento husita fue una experiencia muy útil para Lutero también. Al igual que Lutero, la crisis del reformador bohemo explotó con la venta de indulgencias. Así como Lutero, Hus fue excomulgado y protegido por un sector de la nobleza, y también tuvo una intensa campaña escrita en lengua vernácula que interesó al pueblo en el movimiento contra la corrupción clerical y que apelaba al sentimiento nacional. Finalmente al igual que lo sería Lutero, Hus fue convocado a un Concilio para defender sus ideas (Constanza en1414), al que acudió con un salvoconducto del emperador Segismundo. Pero finalmente éste no lo respetó y Hus pereció en la hoguera. En consecuencia, en 1419 estalló una revuelta en Bohemia dirigida por los nobles contra el rey Wenceslao (que murió sin herederos ese año) y muchos de ellos entraron en posesión de los bienes de la iglesia. Finalmente la revuelta fue derrotada y los derechos eclesiásticos restituidos en 1436, así como la autoridad de Segismundo, que además fue nombrado rey de Bohemia. Bazant, pp. 71-75

[30] Fevbre, p. 99, 100, 102, 105; Haller, p. 104.

[31] Febvre, p. 103

[32] El movimiento de Lutero se denominó primeramente como “evangélico”, y los decretos de Spira (1529) y Augsburgo (1530) que en su contra emitió Carlos V provocaron la protesta de los príncipes que apoyaban al reformador, por lo que a partir de ese momento su partido fue llamado “protestante”. Mayer, p. 37; Baubérot, p. 7

[33] Febvre, pp. 103, 109

[34] Ornelas, Marco (2016) La diferenciación moderna de la religión: la misa latina (1517-1570), UIA, pp. 139-145

[35] Baubérot, pp. 9, 23