La Venta de Indulgencias y la Basílica de San Pedro

la venta de indulgeciasLa venta de indulgencias y la Basílica de San Pedro

Daniel Escorza Rodríguez
Pachuca, Hgo.
Conferencia Anual Septentrional

Para el imaginario evangélico mexicano, el concepto de la “venta de indulgencias” forma parte de un estigma en contra del clero romano que comenzó en la Reforma del siglo XVI. La venta de indulgencias es probablemente la querella religiosa del protestantismo más influyente y uno de los aspectos de la corrupción de la Iglesia católica romana que más combatió fervientemente el monje agustino Martín Lutero. El objetivo de este texto es revisar históricamente el contexto y la importancia de las indulgencias cuyo producto se dedicó a la construcción de la Basílica de San Pedro, en Roma, durante las primeras décadas del siglo XVI. En un segundo momento nos vamos a referir a esta construcción y su relación con el concepto de templo y de lugar sagrado y finalmente haremos referencia al significado cultural de estos acontecimientos para nuestros días.

I.-

Como se sabe, la Basílica de San Pedro es quizá el templo más importante de la catolicidad romana, ya que en este recinto se realizan las principales ceremonias del Papa. Aun cuando en Roma existen otras tres basílicas papales (la de San Juan de Letrán, la de San Pablo Extramuros y la de Santa María la Mayor) la de San Pedro es quizá la más visitada y la más emblemática del poder papal y de la iglesia católica romana.

De acuerdo a datos que circulan en la red, este templo fue construido entre 1506 y 1626, es decir, en un lapso de más de una centuria, y tuvo como arquitectos a dos de los más célebres artistas del Renacimiento, como fueron Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buonarotti, entro otros arquitectos de la época.[i]  Desde el punto de vista de sus dimensiones, a esta majestuosa construcción se le ha considerado como el templo católico más grande del mundo y uno de los más visitados, después de la Basílica de Guadalupe, en la ciudad de México. Aquí surge la interrogante relativa a la conmemoración de los 500 años del inicio del protestantismo: ¿qué tiene que ver la Basílica de San Pedro con el movimiento iniciado en 1517 por Martín Lutero? Quizá muy pocos tienen la conciencia de que esta construcción católico-romana está relacionada con el movimiento revolucionario evangélico del siglo XVI.

En efecto, el financiamiento inicial para la construcción de la mencionada basílica tiene relación con la venta de indulgencias. En primer término vamos revisar en qué consiste una indulgencia. De acuerdo a su etimología, el vocablo indulgencia proviene del latín indulgeo que significa “ser complaciente”; de ahí se deriva indulgentia que quiere decir “remisión”. Según la doctrina católica romana, este concepto implica la: “remisión ante Dios, pronunciada por Su Iglesia, de las penas temporales, es decir, del castigo que un individuo debiera sufrir en el purgatorio, después de haber sido absuelto del pecado mortal (que implica eterno castigo) mediante el sacramento de la penitencia o por un acto de contrición perfecta”.[ii] De esta voz se deriva también la palabra “indulto”, es decir el perdón de una pena, o de un castigo.

            Estas penitencias o castigos temporales podían pagarse en esta realidad temporal mediante las “buenas obras”, y de esta forma, el Papa podía conceder la remisión de los pecados, tomándola del llamado “Tesoro de méritos”, que era una especie de conjunto de méritos formado por la expiación de Cristo, de la Virgen y de los Santos. Una Indulgencia parcial perdonaba solamente una parte de las penas, pero la Indulgencia plenaria libraba de todas las penas, tanto en este mundo temporal como en el porvenir.

            La historiografía de la Reforma protestante coloca en un lugar prominente el hecho de esta venta de indulgencias[iii], y por sí mismo constituye uno de los episodios más conocidos de todo el proceso reformista de las primeras décadas del siglo XVI

            Como monje agustino y confesor de la parroquia del Castillo de Witenberg, Martín Lutero no abordó el problema de las indulgencias con las 95 tesis en 1517, sino desde años antes. En su viaje a Roma en 1510 Lutero seguramente tomó conciencia por primera vez del boato y fastuosidad papal y de la venta de reliquias como parte de una estrategia eclesiástica para obtener fondos. Posteriormente, en 1516 se refirió a la cuestión de las indulgencias en uno de sus sermones  pronunciado en la parroquia del Castillo mencionado líneas arriba. Como recordaremos, éste era uno de los santuarios más conocidos que atesoraban reliquias destinadas a la devoción de los feligreses.

            En el proceso de la venta de indulgencias es necesario referirse a la figura del monje dominico Johann Tetzel (1465-1519), a quien Martín Lutero llamó el “predicador vocinglero”, o el “gran vociferador”, toda vez que Tetzel era el encargado de promover la venta de estos documentos papales con el propósito de recaudar dinero para la construcción de la Basílica de San Pedro, en Roma. En esta tarea principalmente llevada a cabo en la región de Sajonia (Alemania) es muy conocida la frase atribuida al propio Tetzel que pronunciaba en sus correrías y jaculatorias con el propósito de convencer a los devotos de adquirir el perdón papal y lograr así la remisión de los pecados de los propios compradores y en otros casos de sus difuntos. En sus distintas versiones al español, la frase del monje dominico en cuestión reza: “…tan pronto el dinero en la caja suena, el alma al cielo vuela”.

Esta expresión aludía a los ducados (monedas) que los catecúmenos debían pagar para obtener las indulgencias y se refería al tintineo del metálico en oro que sonaba al caer en una caja; ante ello, el alma del difunto pasaba automáticamente del purgatorio al cielo. Con este simple acto monetario, el deudo se salvaba del fuego eterno.

 Como decíamos líneas arriba, la construcción de la nueva basílica de San Pedro se inició en 1506, pero la venta formal de las indulgencias para tal efecto comenzó en 1514. Debido a la creciente necesidad de fondos para esta obra, el Papa León X (quien por cierto era hijo de Lorenzo de Médici, también conocido como Lorenzo el Magnífico) comenzó a impulsar la venta de estos documentos. El papado de León X se extendió desde 1513 hasta su muerte en 1521. La supervisión de esta colecta de fondos quedó a cargo de los banqueros Fugger.[iv] Una parte llegaba a las arcas del Vaticano, otra a Alberto de Hohenzollern, arzobispo de Maguncia, quien era acreedor de los Fugger, y otra a estos banqueros. Con ello se cerraba el negocio redondo. El profesor Roland Bainton lo señala de esta manera:

Las instrucciones declaraban que Su Santidad el papa León X había proclamado una indulgencia plenaria para solventar los gastos que exigía el remediar el triste estado de los santos apóstoles Pedro y Pablo y los innumerables mártires y santos cuyos huesos yacían convirtiéndose en polvo, sometidos a una constante profanación por la lluvia y el granizo. Los compradores gozarían de una plenaria y perfecta remisión de todos los pecados. Serían devueltos al estado de inocencia de que gozaran en el bautismo y aliviados de todas las penas del purgatorio, incluso aquellas en que incurrieran por una ofensa a la Divina Majestad. Los que buscaran indulgencias a favor de los muertos que ya estaban en el purgatorio no necesitaban estar contritos y confesar sus pecados…[v]

Además de la necesidad de fondos para la construcción de la edificación ya mencionada, la curia romana necesitaba solventar los gastos onerosos del papado, que en estos años había llegado a niveles verdaderamente escandalosos, por la voracidad y corrupción de los dignatarios eclesiásticos. Todos los historiadores coinciden en que el papado de León X se caracterizó por su dispendio y por la falta de medidas para contener el movimiento reformista de Martín Lutero y sus seguidores. Los excesos y la vida palaciega de Roma desde finales del siglo XV y principios del siglo XVI fueron proverbiales. El historiador Henri Pirenne lo resumió asi:

Piénsese en la impresión que sacaría un creyente de la capital del mundo cristiano en una época (1490) en que se contaban allí 6,800 cortesanas, en que los papas y los cardenales exhibían a sus queridas, reconocían a sus bastardos y los enriquecían a costa de la Iglesia. Resulta verdaderamente excesivo que un Borgia haya podido sentarse en la silla de San Pedro.[vi]

El contraste entre el alto clero y el pueblo era evidente y no podían ocultarse los privilegios y las canonjías de las que gozaban los altos prelados del Vaticano. De acuerdo al mismo historiador Pirenne, aun cuando las masas no comprendían cabalmente las ideas religiosas del reformador alemán, la Reforma prendió en el centro de Europa principalmente por la oposición al Clero, a Roma y a sus excesos. El odio hacia Roma, combinado con un incipiente patriotismo germano estimularon la reacción de la gente. Por lo tanto, las ideas de la justificación por la fe, en un principio solo las comprendieron e hicieron conciencia de ello un reducido número de fieles.[vii]

Por su parte, Martín Lutero observaba todas las operaciones financieras que hacía la curia romana y que esquilmaban al pueblo llano. En tal virtud, la mayoría de las propuestas contenidas en sus 95 tesis tienen que ver con la cuestión de las indulgencias. Por ejemplo de la tesis número 21 a la 29 se refiere a ello. La número 21, señala en la siguiente traducción: “Por consiguiente se equivocan los predicadores de indulgencias que afirman que por las indulgencias del Papa uno puede ser librado de toda pena y salvado.[viii]

Más aún las tesis número 50 y 51 aluden específicamente al templo que se construía en Roma. Veamos la tesis número 50 que a la letra dice: “Se debe enseñar a los cristianos que si el papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, quisiera más bien que la iglesia de San Pedro se redujera a cenizas que no fuera construida con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas”.

La referencia al costo material de la obra es la expoliación y el engaño que se hacía al pueblo alemán en particular, para subvencionar la magna obra arquitectónica de Roma. Todo indica que la cuestión de las indulgencias fue el asunto que más impactó a Martín Lutero para llevar a cabo la redacción de las 95 tesis y de ahí se extendió a todo el movimiento protestante para dignificar y purificar a la iglesia.

II.-

De acuerdo a la tradición católico-romana, la Basílica de San Pedro fue construida en el lugar en donde ocurrió la muerte de este apóstol de Jesucristo, cuyo nombre significa “piedra”. La primera construcción data desde tiempos del emperador Constantino en el siglo IV. Durante la Edad Media se fueron edificando diversos templos, hasta llegar a la construcción de la Basílica actual que fue encargada al arquitecto Donato D’Angelo Bramante, en el año de 1506, bajo el pontificado de Julio II, y que continuó en el papado de León X, quien estuvo al frente del Vaticano entre 1513 y 1521, precisamente los años del inicio de la Reforma protestante de Martín Lutero. A la muerte de Bramante, en 1514, se hizo cargo de la obra el insigne artista del Renacimiento Rafael Sanzio, y a partir de 1520, Antonio de Sangallo, hasta el año de 1546, cuando tomó la dirección de la obra nada menos que el escultor y pintor Miguel Ángel Buonarroti, a los setenta y dos años de edad, y a quien ya se le había encomendado en 1508 la decoración de la Capilla Sixtina.[ix] Como se sabe, Miguel Ángel es también el autor de las magníficas esculturas como “La Piedad”, el “Moisés” y el “David” que han llegado a ser ejemplos eximios de la escultura en toda la historia del arte universal.

            La Basílica de San Pedro, se terminó de construir formalmente en 1626, aunque los trabajos de estabilización y los detalles exteriores concluyeron hasta 1667, cuyo colofón es la plaza del mismo nombre con su columnata característica, obra del notable arquitecto Gianni Lorenzo Bernini, completada entre 1656 y 1667.

No deja de ser sugerente la relación que existe entre el hecho histórico del financiamiento del más significativo templo de la cristiandad católica romana con el movimiento reformista evangélico del siglo XVI. El más grande templo cristiano del orbe es sinónimo del lujo y de la opulencia en contraste con los templos protestantes que desde Martín Lutero se asimilaron a la moderación y la austeridad. Los templos protestantes comenzaron a instalarse en las pequeñas capillas, libres de toda la parafernalia de imágenes y del abigarramiento ornamental, así como de las proporciones colosales de muchas catedrales y basílicas católico-romanas.

De acuerdo al historiador de las religiones, Mircea Eliade, para las grandes civilizaciones orientales, el templo era considerado como la reproducción terrestre de un modelo divino. Es decir, era un imago mundi; una imagen de lo trascendente pero en la tierra, por lo tanto el templo era considerado como un espacio sagrado en oposición al espacio profano.[x] Me parece que los templos evangélicos no se sustraen a esta idea. El templo como espacio sagrado en donde el mundo se purifica. Por eso la expresión muy evangélica en las denominaciones históricas del protestantismo mexicano para referirse al templo como “casa de Dios”, “lugar de adoración”, entre otros. Comparados con los templos católicos romanos, nuestros templos son pequeños en dimensiones, porque el trabajo evangélico está afuera, y no dentro del espacio sagrado, según decía John Wesley con el apotegma de “El mundo es mi parroquia”.

III.-

A 500 años de distancia, la figura de la venta de indulgencias para la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma sigue vigente en el imaginario religioso, no solamente en el ámbito del cristianismo católico romano, sino en el de otras tradiciones cristianas herederas de la Reforma protestante del siglo XVI.

Si miramos retrospectivamente la Reforma iniciada por Lutero nos daremos cuenta de que muchas de las causas que la propiciaron no han desaparecido.  En el México de los inicios del siglo XXI, las iglesias evangélicas continuadoras del movimiento reformista del siglo XVI (metodistas, bautistas, presbiterianos, anglicanos, entre muchas otras) ahora son denominadas oficialmente como Iglesias Protestantes Históricas o Reformadas, de acuerdo a una reciente clasificación del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.[xi] De alguna u otra manera estas iglesias protestantes que en su conjunto somos una minoría dentro de los evangélicos, hemos sido conscientes de esta herencia y de la historia que hemos construido en el imaginario cultural. Si bien es cierto que en términos generales nuestras iglesias no son partícipes del espectáculo mediático en el que se ha convertido el “cristianismo” moderno, en contraste nos hemos orientado más a la “planeación y organización”, a los rituales tradicionales, a la burocracia excesiva y en general a la abdicación de la misión evangélica. Quizá sea tiempo de reflexionar en una reforma y regresar al concepto de la justificación por la gracia que Lutero enarboló hace 500 años. Esta justificación parte de un término poco usado en nuestras iglesias que es la elevación del estado de conciencia. El ser conscientes de esta historia es lo que nos otorga esa dimensión.

  Si algo aportó al mundo moderno la Reforma Protestante del siglo XVI fue el resquebrajamiento de lo que entonces se conocía como la Cristiandad occidental. El monopolio espiritual de la iglesia Católica Romana se fraccionó y desde entonces la multiplicidad y diversidad de cristianismos en el mundo es parte de la herencia que se inició con Martín Lutero. Me parece que ahora más que en otra etapa de la humanidad hay que referirse a los cristianismos, en plural, como expresión de esta diversidad de grupos muchas veces opuestos entre sí.

 Es muy posible que hoy las denominaciones históricas del protestantismo se enfrenten a su propia Reforma. Algunas voces dicen que esta nueva reforma se ha iniciado desde finales del siglo XX, con la modernidad religiosa cristiana de diversos grupos y sociedades que tratan de suprimir el nombre de las denominaciones evangélicas en aras de una globalización cristiana mal entendida. Los grupos autodenominados solamente como “cristianos” ganan miles de adeptos cada año en detrimento de la feligresía de las iglesias protestantes históricas. En el mismo tenor, la aparición del adjetivo “cristiano” aplicado a todo tipo de productos relacionados con los bienes simbólicos de salvación, ha propiciado una industria por sí misma, que se ha colocado en la cultura popular, por ejemplo: “música cristiana”, “películas cristianas”, “conciertos cristianos”, “literatura cristiana”, entre muchos otros artefactos de consumo masivo.

            A la miseria moral y la decadencia del mundo actual hay que contraponer el evangelio que se reinventa y se re-contextualiza en cada época. Esta quizá sea la lección más significativa de la historia y del espíritu de la Reforma protestante para nuestro tiempo.

NOTAS

[i] Véase la entrada de Basílica de San Pedro, en www.es.wikipedia.org, y la página oficial del Vaticano, www.vatican.va, consultados el 20 de marzo de 2017.

[ii] E. Royston Pike, Diccionario de Religiones, adaptación de Elsa Cecilia Frost, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 237. Véase también el sitio www.es.catholic.net, consultado el 20 de marzo de 2017.

[iii] Entre los trabajos más accesibles en español se encuentran los de Roland H. Bainton, Lutero , trad. De Raquel Lozada de Ayala Torales, versión digital, www.escriturayverdad.cl; Lucien Febvre, Martín Lutero, un destino, 10 reimp., trad. De Tomás Segovia, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, (Breviarios, 113); Gonzalo Balderas Vega, La Reforma y la Contrarreforma, dos expresiones del ser cristiano en la modernidad, México, Universidad Iberoamericana, 1996;  y E. Troeltsch, El protestantismo y el mundo moderno, México, Fondo de Cultura Económica, 1979 (Breviarios, 51)

[iv] Véase, Historia de las Religiones. Las religiones constituidas en Occidente y sus contracorrientes I, bajo la dirección de Henri-Charles Puech, vol. 7, México, Siglo Veintiuno, 1981, p. 261.

[v] Bainton, op. cit., p. 31

[vi] Henri Pirenne, Historia de Europa. Desde las invasiones al siglo XVI, versión española de Juan José Domenchina, 5 reimp., México, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 407.

[vii] Pirenne, op. cit., p. 412.

[viii] Las referencias a las tesis en su traducción al español, de esta y de sucesivas citas se han tomado del folleto: Martín Lutero y las noventa y cinco tesis, México, CUPSA, [sin año].

[ix] Véanse las páginas electrónicas mencionadas en la nota número  de este texto.

[x] Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Colombia, Labor, 1992, (Labor, Nueva Serie, 21), p. 56 y ss.

[xi] De acuerdo a la clasificación del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en este rubro de la Iglesias Protestantes Históricas o Reformadas, se encuentra la iglesia metodista. El INEGI hace la diferencia de éstas con otros grupos, sociedades, e iglesias identificados muchas veces sólo como “cristianos”, como Amistad Cristiana, Casa de Oración, Centros de Fe y Esperanza, y un gran número de iglesias de corte pentecostal. Véase el documento Clasificación de Religiones, 2010, México, INEGI, 2015, versión digital en http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/nueva_estruc/702825064983.pdf, consultado el 8 de abril de 2017.