Después de los 500 Años 1

despues de los 500 años
Después de los 500 años

Discutir sobre la Iglesia guiados por el “Padre Nuestro” (1/4)

Leonel Iván Jiménez Jiménez

Luego de la icónica fecha en que se conmemoraron los cinco siglos del inicio de la Reforma Protestante, toca a la Iglesia pensar cómo seguir su caminar. Pasado medio milenio desde que Martín Lutero inició una insospechada revolución religiosa y cultural que transformaría al mundo entero, el legado protestante debe ser repensado para no quedar en una mera conmemoración, ni en una añoranza de tiempos mejores, sino en una fuerza que revitalice a una Iglesia que debe dialogar con un mundo muy diferente al de Lutero (o al de hace diez años).

En pasados trabajos, nos hemos dado a la tarea de discutir sobre las condiciones culturales en las que vive nuestra sociedad mexicana y global. También hemos analizado diferentes aspectos del pensamiento de las y los reformadores del siglo dieciséis. Ahora, deseamos participar en la discusión sobre el futuro de la Iglesia y su creciente necesidad de renovarse teológica y eclesialmente. Es común la afirmación de que la Iglesia no puede mantenerse en las condiciones actuales, marcada en mucho por la falta de objetivos comunes, si desea no sólo sobrevivir, sino ser genuina buena noticia en medio de nuestra sociedad. Tal es la visión protestante y evangélica: ser Iglesia-en-el-mundo, testigo fiel del Dios que se revela en la Biblia en amor a la Creación entera.

Para guiar la reflexión, hemos seleccionado la oración que tenemos en común todas las tradiciones cristianas: el Padre Nuestro (Mateo 6.9-13). Esta oración no está pensada únicamente para la devoción individual, sino que es el resumen de la espiritualidad cristiana comunitaria. Como tal, tiene mucho que decir para la comunidad cristiana actual: la Iglesia.

I

Frente a los retos actuales, la Iglesia no puede enclaustrarse en la teología y práctica de tiempos anteriores. Esto no quiere decir que se deba olvidar la tradición del pueblo cristiano, más bien se debe reinterpretar la historia y teología de la Iglesia a la luz de las necesidades actuales para elaborar una teología y eclesiología actual que logre renovar la vocación de la Iglesia. Como sabemos, la teología es moldeadora de espiritualidades y diferentes formas de encontrarse con el mundo. Toda eclesiología y espiritualidad conllevan una determinada teología, aunque no se le nombre como tal.

Teniendo en mente lo anterior, afirmamos la necesidad de articular una espiritualidad creativa con dos objetivos principales. Primero, lograr acompañar las preguntas contemporáneas. Paul Tillich, teólogo alemán del siglo veinte, afirmó que el deber principal de la religión es responder a las “preocupaciones últimas” del ser humano, refiriéndose a aquello que define la existencia de cada persona. Este “responder” no lo debemos entender a la manera de quien tiene la respuesta última a pregunta alguna, sino como una reacción-responsable ante aquello que define la existencia. Sería infructuoso afirmar que la Iglesia puede ostentar la solución o la verdad ante las diferentes preguntas de la sociedad, siendo que va en el mismo peregrinar que el pueblo en el que habita. Sin embargo, el deber de acompañar es esencial. El acompañamiento que implica apertura hacia la sociedad, escucha atenta ante las preguntas e inquietudes de la existencia (aunque muchas de estas incomoden a la teología y práctica de la Iglesia) y un caminar solidario, aun cuando no se pueda decir cosa alguna.

El segundo objetivo de una espiritualidad creativa es permitir a la Iglesia hacer suyas las palabras de Jesucristo con legitimidad. No podemos escapar a la realidad de la mayoría de instituciones eclesiásticas, las cuales, por diversos motivos que van desde la ausencia total de la vida pública hasta escándalos morales y legales (como corrupción, robo, abuso de confianza, acoso sexual o pederastia), no cuentan con legitimidad para hacer propio el mensaje del Evangelio. A las iglesias –y con mucha razón- se les ve con sospecha. Muchas viven en el férreo fundamentalismo, tachando como erróneo todo aquello que les parece ajeno; otras se han puesto en contra de derechos humanos básicos (como los relativos a la identidad y práctica de la sexualidad individual); otras caen en opacidad administrativa. Sobra citar demasiados ejemplos para el grave problema de no contar con la legitimidad necesaria para anunciar las buenas noticias de Dios y, al mismo tiempo, denunciar de aquello que es injusto. Afirmamos que sólo el acompañamiento verdadero y una vida coherente con los valores del reinado de Dios permitirán a la Iglesia la recreación del Evangelio –las buenas noticias- en nuestro contexto. No son “buenas noticias” en lo abstracto, sino verdadero anuncio del mensaje de Dios a mujeres y hombres de carne y hueso, en un lugar, tiempo y condiciones específicas. Sólo en la verdadera encarnación de la Iglesia en su mundo es que puede dar testimonio de la Palabra encarnada.

Con esto en mente, podemos pensar en una teología que retome el vigor de las y los reformadores del siglo dieciséis en su afán de transformar las realidades que les rodeaban. Aquí mencionamos cuatro elementos que forman parte indispensable de una teología que lleve a la Iglesia a encarnarse en su mundo.

Primero, la lectura de la Biblia y la elaboración teológica deben ser desde el contexto. Esto, que ya han discutido las teologías contextuales, no debe ser olvidado, ya que, de ser omitido, se caería en el peligro de las abstracciones y los discursos que nada tienen que decir al ser humano. Cuando hablamos del contexto no nos referimos sólo a la utilización de herramientas de otras disciplinas que nos ayudan a entender los complejos mecanismos sociales. No es el individuo en soledad dedicado a estudiar su entorno: el contexto es el lugar de experiencia de la comunidad. El enfoque no está en lo que sucede con el individuo, sino en lo que se-vive-en-común. La pregunta es la siguiente: ¿qué es lo que en-común experimentan nuestras comunidades?

La voz de la comunidad suele estar silenciada. Es silenciada por la voz de las y los predicadores que hablan aquello que creen conviene a la comunidad sin antes escucharla. Esta escucha no es la de un censo o un cuestionario, sino la de la plática y observación cotidiana. Es la escucha de lo que se dice y también de lo que se calla. La voz comunitaria también es silenciada por los medios de comunicación, quienes hablan a toda la sociedad sobre los problemas y necesidades que creen deben ser comunicados, pero que no reflejan necesariamente la vida diaria de las comunidades. Tomar el contexto, la vida-en-común, como primer principio para la elaboración teológica y la interpretación bíblica, es un signo de amor por la vida de la gente que ríe, llora, sufre, espera y experimenta en las comunidades.

Segundo, la lectura bíblica y la teología deben seguir en el firme compromiso por la liberación. Tal como lo han expresado las teologías latinoamericanas y del Sur global desde hace cincuenta años, la humanidad y la Creación viven sujetas a diversas esclavitudes producto de los sistemas que el ser humano ha creado para obtener lo que desea. Sabemos que gracias a la ambición humana y el sistema económico imperante la Creación vive oprimida al ser vista como un objeto y no como un todo-viviente, explotando sus recursos más allá de lo razonable y provocando un daño ambiental irreversible. Del mismo modo, las esclavitudes del ser humano le convierten en objeto –“recurso humano”-, donde la vida de los pobres y grupos marginales no es apreciada, sino considerada como intrascendente. Es esencial identificar las formas en las que mujeres y hombres son esclavizados y hablar de ello. Por ejemplo, la esclavitud de la psique provocada por los miedos a la delincuencia o al fracaso, lo mismo que el estrés; la esclavitud del cuerpo provocada por la pobreza, las extenuantes horas de trabajo y traslados, la violencia doméstica o de género; la esclavitud en las identidades provocada por la discriminación de género y racial; la esclavitud de lo espiritual provocada por las expresiones y estructuras religiosas malsanas que se aprovechan de la esperanza y el dolor humano; la esclavitud de lo social provocada por los altísimos niveles de violencia en que vive la sociedad; la esclavitud ambiental provocada por la contaminación y las consecuencias de la explotación del medio ambiente.

El quehacer teológico liberador es aquel que no teme hablar de estos temas, promoviendo prácticas alternativas dentro de las comunidades de fe. No se puede separar el discurso teológico y la práctica de la iglesia en su estructura. Hacer teología es una labor temeraria: se debe aprender a desnudar la realidad para entender sus mecanismos y hablar de ello, aunque sea incómodo para la mayoría, apostando por un cambio, aunque provoque enemistades en todos los niveles. No puede hacer teología con vocación liberadora quien busca la conciliación en asuntos que no pueden pasarse por alto o quien intenta estar en buenos términos con todas las personas. Leer la Biblia y hacer teología no puede hacerse desde la búsqueda del favor de las mayorías.

Esto nos lleva al tercer punto: la lectura bíblica y el quehacer teológico es un deber subversivo. Mientras que en la modernidad tardía se promueve todo aquello que sea indoloro y cómodo, tal como las máquinas para “ejercitarse” sin ejercicio o las espiritualidades sin compromiso, el quehacer teológico liberador es siempre incómodo. Debe provocar a quienes hacen, leen y escuchan teología. Si luego de leer la Biblia y hacer teología hay calma sin choque alguno, entonces hemos hablado desde nuestra comodidad. Un ejercicio provocador es aquel que no puede pasar por “normal”: debe penetrar en nuestra piel y mente para provocar una reacción. Aún el mensaje más pastoral y anunciador de esperanza debe provocar un desafío para encontrarse con el mundo y el prójimo de una manera diferente. Visibilizar lo que no-es-visible y que provoca opresión (lenguaje, discurso, estructuras, formas de relacionarse, etcétera) debe provocar la incomodidad necesaria para un cambio. Por ello, los profetas y Jesús fueron siempre personajes que molestaron a tantos: hablaban de lo que nadie quería escuchar, pero cuya proclamación era necesaria.  

Usamos la palabra “subversión” porque el quehacer teológico no puede estar comprometido con estructura alguna y debe rebelarse ante cualquier intento de sometimiento. El ejercicio crítico (y autocrítico) debe superar la tentación de la auto-afirmación, en donde se busca justificar lo propio y aquello que conviene a los intereses individuales o de grupo alguno. La teología subversiva es crítica y rebelde porque así muestra su amor por la humanidad: toda crítica comprometida desea un cambio hacia una mejor vida y convivencia. Así, y en consonancia con la vocación de las y los reformadores del siglo dieciséis, no estar de acuerdo, hablar, subvertir es uno de las mayores muestras de amor y compromiso: se arriesga todo –prestigio, posiciones, comodidad- por lo que es justo. Es imposible trabajar por la liberación sin ser subversivos. La subversión teológica es afirmar que, bajo la óptica del evangelio, siempre hay algo que cambiar en pos de construir condiciones de vida plena para toda la creación. En palabras de Gioacchino Campese: “la meta de la teología no es simplemente entender, sino entender para transformar la realidad de opresión, violencia y pecado en que la gente vive mientras viajan hacia la realización del reinado de Dios.[1]

Así llegamos al cuarto y último de los elementos: la intercontextualidad. La lectura bíblica y el ejercicio teológico deben mirar hacia otros contextos para lograr una perspectiva diferente a fin de ser instrumentos de liberación. Llega un momento en que el estado de las cosas se convierte en costumbre cuando uno se mantiene sujeto y limitado por un solo contexto. Tanto los aciertos como las injusticias se convierten en norma –“lo normal”- y, por lo tanto, se cae en la auto-afirmación. Quien hace teología, por momentos debe tratar de alejarse de su contexto mediante la investigación, la curiosidad, la charla, el estudio o cualquier medio que lo permita. Es necesario preguntarse qué de otros contextos ofrece una perspectiva diferente a nuestro quehacer teológico (y eclesiológico). Estas perspectivas cumplen con la labor crítica que posibilita el avance en el cumplimiento de nuestra vocación.

No sólo es necesario el diálogo interdisciplinar que informa a nuestra teología sobre el estado del mundo, sino también el diálogo y trabajo ecuménico. Hay un peligro enorme cuando se pretende vivir en soledad institucional y teológica o cuando se cierran los oídos a otras voces. Cuando se hace esto, se abre la puerta a uno de los peores enemigos de la vocación teológica liberadora: el fundamentalismo. Debemos entender que el diálogo entre-diferentes abre la posibilidad de aprendizaje y autocrítica, tan necesaria en la delicada labor de hacer teología. No puede haber teología liberadora ni anuncio genuino del evangelio sin apertura a quienes son diferentes. Esta apertura no es para crear una extraña mezcla de tradiciones e ideas, sino para ser inspirados en diferentes perspectivas que mucho dicen a nuestras propias prácticas y pensamiento. Una iglesia-institución que pretende vivir alejada de otras iglesias y tradiciones está condenada a sumergirse en las peligrosas aguas de la auto justificación, en donde no hay posibilidad de una mirada crítica.

II

¿Por qué el “Padre nuestro”?

Como hemos mencionado, el texto del “Padre nuestro” se encuentra en todas las tradiciones cristianas como elemento central para la devoción individual y comunitaria, por lo que es un punto de unidad en la Iglesia. Por lo tanto, su contenido es privilegiado para la común reflexión sobre el significado de la fe cristiana desde las dimensiones devocional, teológica y eclesiológica. Es devocional porque forma parte de la vida litúrgica de los individuos y las comunidades de fe, repitiéndolo constantemente como muestra de unidad entre el pueblo creyente; es teológico porque establece consideraciones acerca de Dios, la humanidad, la creación y cómo se relacionan entre sí; es eclesiológico porque fue pensado para la comunidad de seguidores de Jesús en su conjunto. Estas tres dimensiones van siempre de la mano y se determinan mutuamente: de la manera en que hacemos teología también vivimos la fe y la Iglesia; la manera de ser Iglesia influye en el quehacer teológico y la vida devocional; la experiencia de la devoción informa a la teología y a la comunidad de creyentes.

El “Padre nuestro” presenta el reto de volver a la simplicidad de lo necesario. Frente a las estructuras económicas, políticas y teológicas complejas, globales y provocadoras de prácticas que olvidan la vida de la humanidad y de la creación, la oración enseñada por Jesús ofrece la oportunidad de volver a pensar en lo necesario para la vida. Esto fue parte del corazón teológico de la Reforma protestante y lo sigue siendo para las espiritualidades monásticas, donde la simplicidad en todos sus niveles es un elemento deseable. Por ejemplo, la Reforma luterana se enfrentó al complejo y elitista mundo teológico y eclesiástico de su tiempo para retomar una espiritualidad simple y necesaria en el entendimiento de la relación entre Dios y el ser humano, en donde toda persona puede acercarse a Dios y reflexionar en su Palabra sin intermediarios, ya sea en la devoción individual o litúrgica.

El marco textual del “Padre nuestro” está marcado por la ignorancia de los escuchas de Jesucristo. En la versión del Evangelio según Mateo (6.1-15), Jesús opone su oración a la religiosidad que busca exhibir fervor frente a los demás, mientras que en la otra versión (Lucas 11.1-13) se marca que sus discípulos no saben cómo orar, al menos desde la perspectiva que Jesús ofrece. En este contexto, los evangelios revelan la existencia de una necesidad que debe ser aceptada. Esta necesidad es el punto de partida para el “Padre nuestro” y para nuestra reflexión.

Reconocer que hay necesidad se convierte en una actitud subversiva dentro de la Iglesia, donde se presume la posesión de la Verdad. El “Padre nuestro” parte de reconocer que, primero, solemos construir religiosidades que se alejan a las actitudes propias del evangelio y, segundo, que lejos de poseer verdades, la teología se construye de preguntas. La teología es una suma de preguntas cuyas respuestas podemos acariciar sin alcanzarlas por completo, sólo para formular nuevos cuestionamientos. La Iglesia no puede vivir sin hacerse preguntas. Quien no hace preguntas supone que lo sabe todo, pero quien las hace se enfrenta a su ignorancia y por ello puede vivir. Preguntar es el reflejo de nuestro peregrinar. El “Padre nuestro” busca que recordemos que estamos en el camino, lejos de establecernos en un lugar.

En el reconocimiento de la necesidad también hay una actitud subversiva frente al sistema económico, donde el valor principal se encuentra en el consumo. Como lo veremos a detalle más adelante, el “Padre nuestro” expone los deseos humanos de tener-más para devolvernos a la búsqueda de la simplicidad. El tener-más no es sólo asunto de bienes materiales, sino que, al igual que el sistema económico, también se refiere a la búsqueda por obtener poder y prestigio. En el deseo humano se ha construido la obsesión por siempre tener algo-más y así encontrar satisfacción y significado. Sin embargo, en la oración de Jesucristo se busca devolverse a lo simple al preguntarse por aquello que es indispensable para vivir. Por lo general, el afán de consumir y tener crea necesidades ficcionales, convirtiendo a objetos periféricos en asuntos indispensables para la vida. El “Padre nuestro” busca limpiar nuestro deseo para buscar aquello que verdaderamente es esencial para vivir.

Leer el “Padre nuestro” es la disposición por conocer lo-que-es-necesario para la Vida. Parte de la carencia y la debilidad por lo que no hay deseo o ambición por obtener algo, sino la urgencia de sobrevivir (o empezar a vivir). Es una “escuela del deseo”, ya que no busca aquello que deseamos, sino que invita a preguntar qué necesitamos. El cambio en la pregunta ya trae justicia y posibilidad de una vida transformada, ya que ésta sólo puede darse en el reconocimiento de la propia vulnerabilidad. Así, cuando el individuo acepta su propia necesidad –afirmando que es vulnerable- puede reconocer la necesidad y vulnerabilidad del prójimo para reaccionar responsablemente, asunto imposible cuando se considera que se tiene la verdad –en oposición a quienes no la tienen- o se busca lo deseado –infiriendo que ya se tiene lo necesario-. Partir de la necesidad y la vulnerabilidad provoca la vocación por la justicia, el amor y la solidaridad. Así, el “Padre nuestro” busca situarnos, confrontando nuestra imagen propia con el mensaje del evangelio. 

En la siguiente sección (2/4) comenzaremos a comentar las secciones del “Padre nuestro”.

[1] Gioacchino Campese, “The irrumption of migrants: theology of migration in the 21st century”, en: Theological studies, 73 (2012), 6. Traducción propia.

Leonel Jimenez

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