Sobre la Reforma Protestante

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SOBRE LA REFORMA PROTESTANTE

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La Historia de la Iglesia de Jesucristo, también llamada la familia de Dios y el cuerpo de Cristo, es una historia gloriosa, extraordinaria y llena de eventos milagrosos, portentosos y únicos. La historia del mundo entero, por grandiosa e interesante que sea, queda opacada y reducida a hechos importantes pero sin trascendencia eterna, cuando se compara con la historia del pueblo llamado cristiano por primera vez, en Antioquía (Hch 11:26).

Y es que aunque desde el principio y hasta ahora el pueblo cristiano siempre ha sido minoría en el mundo, su historia está determinada en forma sobrenatural por los designios divinos del omnipotente Dios del universo, y es por ello que aunque breve y limitada, brilla con tal intensidad que ha influido en el curso de los tiempos a tal grado, que el mismo calendario fue partido en dos, y sigue condicionado al cumplimiento de profecías dejadas por escrito, y que aún han de cumplirse al pie de la letra, en los tiempos del fin.

Pero la Historia de la religión o religiones cristianas, como la de cualquier organización humana, imperfecta, terrenal, y por lo tanto susceptible de perfeccionamiento y de caer en error, no ha sido mejor ni menos hermosa o vergonzosa que la de las otras religiones no cristianas, ya que ha tenido su ración correspondiente de líderes ejemplares; pero también de hipócritas, y sus tristes manifestaciones de celos, iras, pleitos, contiendas, y disensiones; así como sus épocas de gran oscurantismo, apostasía, y herejías que opacan el buen testimonio de los que de corazón sincero, en todos los tiempos, han servido a Dios.

El que juzga a la verdadera iglesia de Jesucristo, la espiritual, la eterna, la gloriosa, única y perfecta, por la imagen que a manera de pobre remedo presentan las miles de organizaciones religiosas que reclaman ser cristianas, está peligrosamente expuesto a sentirse defraudado y tentado a caer en la decepción que lleva a la falta de esperanza, fe y salvación.

Pero el que se atreve a levantar la mirada por encima del miasma y la falsedad de la pobre condición humana, y decide poner sus ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, simplemente porque Jesucristo jamás defrauda a nadie, permanece firme, inconmovible, confiado y persuadido de que el que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día del regreso glorioso de Jesucristo, por su iglesia, la esposa gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante (He 12:2; Fil 1:6; Ef 5:27).

A pesar de lo imperfecto de las religiones cristianas, ¡Cómo resplandece la salvación y vida abundante que Cristo ofrece, frente a las pobres alternativas que ofrecen las no menos que ridículas filosofías, idolatría, y fábulas de las otras creencias del mundo!

Por eso es que ante la constante amenaza de que nuestra religión se enrede en los engaños de los pseudo-cristianos que a manera de traicioneros espejismos, ofrecen a los creyentes alternativas de doctrina, culto, y conducta que aunque disfrazadas de cristianas, no dejan de ser falsas y apócrifas manifestaciones de sincretismo, es necesario que constantemente, Dios levante sus paladines que, como Martín Lutero, denuncien valientemente la apostasía y la herejía, y exhorten a los verdaderos cristianos a rechazar, abandonar y repudiar, cualquier dogma, práctica, o enseñanza que pudiera apartar a los creyentes de la sana doctrina. El 31 de octubre, el cristianismo celebra el día de la Reforma Protestante, en memoria del día en que el monje Martín Lutero (1517), clavó en la puerta de la iglesia de Witenberg, Alemania, sus 95 tesis o declaraciones de inconformidad con lo que se estaba enseñando y practicando en la religión cristiana oficial de su tiempo.

Esto sucedió en la época del Renacimiento, tras el oscurantismo de la llamada Edad Media, y junto con el surgimiento de la gran pléyade de notables escultores, poetas, pintores, escritores y artistas cuyas obras siguen siendo hasta ahora, un reto difícil de superar.

La trascendencia de la Reforma, no se puede exagerar, y por ello las revistas Time y Life, la colocan como el 3º de los 100 eventos más importantes de la historia de los últimos 1000 años.

El materialismo que en nada se parecía a la sencillez, humildad, y espiritualidad que Cristo predicó, infiltró a la religión, y ya no se predicaban las grandes doctrinas fundamentales del cristianismo, como son la salvación exclusivamente por gracia, la autoridad infalible y final de la Biblia en asuntos de fe y doctrina, ni que sólo había cielo e infierno.

Ya no se predicaban tampoco, las máximas paulinas inspiradas por el Espíritu Santo y contenidas en la Biblia, como son que el justo por la fe vivirá; y que justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Tampoco se proclamaba que por gracia somos salvos, por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios y no por obras para que nadie se gloríe (Ro 1:17 y 5:1; Ef 2:8-9). La organización religiosa oficial de ese tiempo reclamaba ser la única vía de salvación y el único camino para llegar al cielo, despreciando la bendita sentencia bíblica que dice que hay un sólo Dios y un sólo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, quien dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (1ª Ti 2:5; Jn 14:6). En cambio, se ofrecía la entrada al cielo al mejor postor, a base de indulgencias, o sea perdones basados en las supuestas obras de supererogación (más allá de las que ellos necesitaban para alcanzar su salvación), que los santos o piadosos, ponían a disposición de la religión, para que las vendieran en beneficio de los penitentes.

Esto quiere decir que se creía que María, los santos y otros piadosos, con sus buenas obras y milagros, habían hecho más méritos de los que necesitaban para entrar al cielo, y esos méritos (obras de supererogación), se podían vender a favor de los que no tenían suficientes para merecerse la gloria, despreciando y negando que la preciosísima sangre que derramó Jesucristo en la cruz del Calvario, es más que suficiente para pagar por todos nuestros pecados pasados, presentes, y futuros (con sólo reconocerlos, pedir perdón, y aceptar a Jesucristo como propiciación, pago sustitutivo y más que suficiente, por todos nuestros pecados), y no sólo por los nuestros, dice la Escritura, sino por los de todo el mundo (1ª Jn 2:2).

“En el momento en que se escucha el sonido de las monedas cayendo a la caja recaudadora”, decían los pregoneros, “el alma penitente de sus amados que se encuentra pagando por sus faltas, y penando en el purgatorio, es transportada al descanso y la gloria del cielo”.

¿Qué importaba lo perverso de la vida que se llevara en este mundo si después de la muerte había una segunda oportunidad de salvación, y el perdón de los pecados podía obtenerse en cualquier momento, con dinero, misas, novenarios, etc., etc.?

Si bien esas fueron las principales causas del movimiento de reforma de ese tiempo, eso no quiere decir que actualmente no haya religiones que se dicen cristianas y que de una u otra forma, siguen cayendo en similares apostasías (apartarse de la sana doctrina bíblica) y herejías (decir que Dios miente en algo que específicamente dejó por escrito en la Biblia). Son muchas las sectas que han surgido sobretodo desde finales del siglo XIX, que presumiendo de cristianas, niegan la deidad de Jesucristo, la salvación exclusivamente por gracia, la infalibilidad única de la Biblia, ó la existencia del cielo y del infierno. Por ejemplo, se llama simonía, en referencia a Simón el Mago, a quien Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero (Hch 8:9-25), a cualquier forma en que se pretenda justificar, la práctica de vender las bendiciones y la gracia de Dios a los feligreses

Esta es actualmente, práctica muy socorrida por muchos predicadores, individuos, grupos, y organizaciones religiosas que se dicen cristianas, que solicitan dinero a cambio de interceder en oración por los necesitados, ya sea en el templo, o a través de la radio, o la televisión; o como ofenda por una rosa, un trapito o un pañuelo bendito; un frasco con agua bendita del Jordán, etc., etc., con supuestos poderes milagrosos o mágicos.

En contraste, Jesucristo dijo: “Y yendo, prediquen diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanen enfermos, limpien leprosos, resuciten muertos, echen fuera demonios; de gracia recibieron, den también de gracia (Mt 19:7-8).

Por estas causas y por la constante tentación de caer en el pecado de buscar la fama, el favor, y el aplauso de los congregantes en vez de su bendición y edificación; la autoridad y poder sobre los feligreses; y el enriquecimiento a cambio de proveer servicios religiosos, en vez de seguir el consejo de Jesucristo que dice que el que quiera ser el primero, debe ser siervo de todos; es que, ejerciendo la libertad que tenemos en Cristo, debemos continuar cuidando que en nuestra religión, se reformen, corrijan, y mejoren constante o periódicamente, todas y cada una de las prácticas, ritos, ceremonias, y formas de culto y gobierno que lo ameriten, eliminando todo lo que, aunque parezca inocente y lícito, no tenga fundamento bíblico, no sea Cristo-céntrico, no dé honra a Dios, no sea de edificación para la iglesia, ni de buen testimonio cristiano para el mundo que nos rodea. La Biblia dice: Todo me es lícito, mas no todo conviene; todo me es lícito, mas no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro (1ª Co 10:23-24).

La Biblia recomienda que todo se haga siempre decentemente y con orden, y que al cambiar algo bueno, estemos seguros que siempre es por algo mejor, y no a la inversa. Así, sólo debemos incorporar formas de culto, alabanza, o adoración, que estamos convencidos que serán de mayor edificación para nuestra familia de la fe. Hacerlo sólo porque está de moda o por cualquier otra razón, generalmente es una señal de infantilismo espiritual e inmadurez cristiana. Al respecto, la Biblia dice: Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, y escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará cuenta a Dios de sí. Por tanto, determinemos no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. Así que los que somos fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo para su bien, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo. Cuidemos pues de no ser fácilmente movidos de nuestra manera de pensar, ni seamos conturbados ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera de inspiración divina (Ro 14:10-13 y 15:1-3; 2ª Ts 2:2).

Jesucristo dijo: ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! A cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgara al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiera en lo profundo del mar (Mt 18:6,8)

Amados hermanos: Teniendo nosotros pues este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayemos. Antes bien renunciemos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la Palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad, recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos suyos, por amor de Jesús. Así que, amados, teniendo tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Que Dios nos conceda siempre, decir con Pablo: “A nadie hemos dañado, a nadie hemos corrompido, a nadie hemos defraudado (2ª Co 4:1-5 y 7:1,2). AMEN. ASI SEA.

Ernesto contreras