Es Consolador para el Cristiano que Sufre…

18) Es Consolador del cristiano que sufreEs Consolador Para El Cristiano Que Sufre,

Saber Que Otros Sufren Con Él

Martín Lutero

Sermón para el sexto Domingo después de Trinidad.

Fecha: 13 de julio de 1539.

Texto: 1 Pedro 5:9b. Sabed que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.

  1. Satanás somete a la iglesia a las más duras pruebas.

Por su propia experiencia adquirida en las tribulaciones, Pedro puede brindar eficaz consuelo.

El domingo pasado oísteis que el diablo es nuestro adversario que “anda alrededor” sin darse tregua, siempre pronto para el ataque. Y las acechanzas que nos arma no son ninguna broma; antes bien, lo que está en juego es nuestra vida eterna — o nuestra muerte eterna. El blanco de sus ataques son ante todo los cristianos que han sido llamados al reino de Cristo y que se aferran a la Simiente prometida a nuestros primeros padres. Es que el diablo quiere desplazar a Cristo por todos los medios a su alcance. Es evidente, pues, que los cristianos han sido llamados no a un estado en que pudieran sentirse tranquilos y seguros, sino a un estado en que importa ser sobrio y velar para que no decrezca jamás la fervorosa dedicación a la palabra de Dios, tanto escrita como predicada, y a la oración.

Y ahora, el apóstol prosigue: “Sabed que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”. Por cierto, una verdad muy consoladora. Y no sólo una verdad que Pedro extrajo de las Sagradas Escrituras por vía de la reflexión, sino que él mismo experimentó personalmente. Esta experiencia la hizo en casa de Caifas, después de haber negado al Señor tres veces. Tan grande fue en aquellos momentos la desesperación de Pedro, que con toda seguridad habría seguido el ejemplo de Judas si Cristo no hubiera dirigido hacia él su mirada. Por eso, una vez resucitado, Cristo ordena a María Magdalena dar aviso en primer lugar a Pedro, para consolarle. Y ya antes, al instituir la Santa Cena, le advierte personalmente: “Pedro, tú sufrirás una horrorosa caída; pero cuando esto suceda, no des lugar a la desesperación, porque yo he rogado por ti, que tu fe no falte. Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Y esto es lo que el apóstol está haciendo de una manera muy especial en este pasaje de su carta: está confirmando a sus hermanos.

  • Las tribulaciones más duras son las de índole espiritual.

“No quedaréis sin padecimientos”, se dice aquí a los cristianos. En las tribulaciones relacionadas con la primera tabla de la ley, el padecimiento es en extremo grave; en cambio, en las que tienen que ver con la segunda tabla, el padecimiento es de menor intensidad. 

Tribulaciones de este segundo tipo son p. ej. cuando le quitan a uno sus haberes, su casa, sus campos — sin embargo, esto solo ya es suficiente para hacerle perder el juicio a más de uno. Otro se ve en tribulaciones a causa de vehementes apetencias carnales. Satanás “busca devorar” a cada cual mediante una tribulación adecuada al caso: a los jóvenes mediante la voluptuosidad, a los viejos mediante la avaricia, etc. Pero todas estas tribulaciones encuadradas dentro del marco de la segunda tabla no son nada en comparación con la que menciona aquí el apóstol, que tiene que ver con la primera tabla. De aquellas otras tribulaciones los hombres se dan perfecta cuenta; saben muy bien de qué se trata. Por ejemplo: si una persona tiene una irresistible inclinación hacia la avaricia, la raíz de su mal es el excesivo amor al dinero. Todas éstas son tribulaciones y tentaciones concretas y palpables. Según las fuerzas que uno tenga, Dios le impone una cruz de mayor o menor peso. Un niño no puede manejar una espada; por lo tanto, tampoco lo enviarán a la guerra. Idéntico criterio se aplica también aquí: cuales las personas, tales las tentaciones. Las tentaciones verdaderamente graves empero que le pueden sobrevenir a un cristiano son de tal magnitud que nadie las puede entender a menos que las haya experimentado en carne propia. Son las que le hacen a uno atentar contra el Primer Mandamiento.

He oído hablar de ciertos monjes que deploraban el hecho de que en su convento no se sentían expuestos a tentaciones, motivo por el cual se pusieron a pedir a Dios que les enviara alguna. A uno de ellos realmente le fue concedido lo que había pedido: soñó con que estaba en Roma, en medio de un corro de bailarinas que excitaban su pasión. Horrorizado, deseó ser librado de esta tentación, y Dios se la cambió por otra contra la primera tabla, con el resultado de que el pobre monje hubiera preferido volver a la tentación anterior.

Las tentaciones contra la primera tabla son de suma peligrosidad; a ellas pertenece el dudar de Dios, desconfiar de él y blasfemar contra él. Por consideración con los que carecen aún de experiencia, ni me atrevo a mencionarlas todas. El hombre así tentado cae en confusión, desfallece y se marchita. Aquellos de entre vosotros que algún día serán guías espirituales observen cuidadosamente este texto; pues es muy común que ellos tengan que sufrir tales tentaciones. Pero tampoco las mujeres y las jóvenes están exentas de ellas; he visto a más de una mujer atormentada por tribulaciones de esta índole.

  • El mal se agrava por la creencia de que uno mismo es el único que lo padece.

“Sabed que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.” ¿Por qué mencionará el apóstol a los hermanos en todo el mundo? Con esto quiere decirnos: “Aquí hay una enseñanza que debéis aprender. Acabo de hablaros del diablo, y de cómo éste anda alrededor buscando devorar a los cristianos. Esto mismo lo experimentaréis también vosotros. Mas cuando os aconteciere, no penséis que estáis solos en tan difícil trance, ni que sois los primeros que tienen que sufrir tales tormentos. Alegría es para los míseros hallar compañeros en la desgracia7. El apóstol nos consuela de una manera extraordinaria al recordarnos que no es uno solo el que tiene que sufrir los ataques del diablo, sino que este sufrimiento abarca a la cristiandad entera. Ya antes, en el capítulo 4 (v. 12), había escrito: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese”. No digas, por lo tanto: “La cruz que yo tengo que llevar es una cruz peculiar, única, diferente de la que tienen que llevar otras personas”. No es así, sino que vuestros hermanos experimentan tribulaciones similares; tanto en la India como en Francia padecen lo mismo. A algunos, el diablo los ataca en una forma especial. No es que se vean afectados por la sensualidad u otras tentaciones carnales — a pesar de que también cosas como éstas les dan bastante que hacer.

Pienso p. ej. en los jóvenes y en los hombres que son enviados al exilio, viéndose así separados violentamente de su patria y de su familia. Pero esto no es lo peor; peor es cuando el diablo viene y te escoge a ti de entre muchos otros y te sugiere pensamientos blasfemos, y tú te imaginas entonces ser el único que tiene que sufrir semejante infortunio. En cambio, si eres consciente de no estar solo, el diablo no te puede atacar tan desvergonzadamente. No es bueno ni tolerable que un adolescente ya tenga sobre sus hombros y sea capaz de llevar la cruz de un Pedro o un Pablo. Mas cuando le toque sufrir las tentaciones que podríamos llamar grandes, no diga entonces ni piense que él solo es víctima de tentaciones que le llevan al borde de la desesperación y le hacen odiar a Dios, juzgar y condenar el proceder del Señor, y creer que el gobierno de Dios es en realidad el gobierno de Satanás.

En tales circunstancias, el hombre fácilmente llega a pensar: “Padecimientos como los míos, ni Pedro ni Pablo los han tenido que soportar”. Vi una vez a una muchacha que experimentó una terrible tentación nada menos que estando en la iglesia: al ser elevado el Sacramento, la joven pensó: “¡Qué embustero más grande es el que el sacerdote está elevando allí!”, pensamiento sacrílego que la aterró de tal modo que se desplomó al suelo. Esta joven sí podría haber dicho en este momento: “Yo sola sufro tamaña tribulación”. Ahí tenemos pues el motivo por qué Pedro ofrece consuelo a los así atribulados, fiel al encargo que recibiera de Cristo según Lucas 22 (v. 32). El papa aplica dicho pasaje a sí mismo para confirmar con él su potestad y dominio, convirtiéndose así en tirano de sus hermanos. Pedro en cambio consuela a sus hermanos, tal como Cristo se lo ordena; pues “Confirma a tus hermanos” no quiere decir “Ejerce el dominio sobre el orbe”.

  1. Al que está en tribulación le fortalece el saberse unido y apoyado por la iglesia

sufriente.

Desde los tiempos de Adán, la iglesia entera sufre junto con el atribulado.

Nadie piense: “¡Qué tentaciones más grandes y horribles son las que me tocan justamente a mí!” Ni tampoco piense que lo suyo es algo especial, nuevo e inusitado. Antes bien diga así: “¡Alabado sea Dios! Yo no soy el único que tiene que afrontar tales padecimientos. El mismo Señor Jesucristo padeció siendo tentado, para socorrer a sus hermanos que son tentados, según Hebreos 2 (v. 18). No os quepa la menor duda: los padecimientos les han de servir a los cristianos para hacerlos progresar en el perfeccionamiento. Los mártires fueron sometidos a pruebas no menos inauditas de lo que puedan ser las pruebas vuestras. Ningún corazón humano podrá imaginar ni explicar jamás lo que padeció Adán cuando el Señor le dijo: “Adán: ¿dónde estás?” 

Hasta el día de hoy, este padecimiento no ha sido descrito, ni lo será en lo futuro; ni jamás habrá quien pueda medirlo o comentarlo en todo su alcance. Te lo demuestra bien a las claras el hecho de que después de la caída, Adán y Eva no volvieron a hacer vida en común por espacio de por lo menos treinta años, ni tampoco habrían retornado a ella si no hubiera sido por la amonestación de un ángel. Cuando en el postrer día Adán entre en discusión con nosotros, tendremos que confesar que nosotros no somos más que simples aprendices, él en cambio es el padre de cuantos atribulados existen en el mundo. Y lo mismo tendremos que confesar si nos comparamos con otros, con los profetas y patriarcas, etc. Sin embargo, el caso de Adán y Eva fue el más desconcertante de todos, porque ellos no contaron con ningún ejemplo anterior con que pudieran haberse consolado. Nadie diga por lo tanto: “¡Dios mío, lo que yo tengo que sufrir es demasiado horrible! ¡Jamás hombre alguno ha tenido que soportar una carga tan pesada como la que tengo que soportar yo!”

No, amigo mío; si eres un cristiano, has de saber que no te encuentras en una situación tan fuera de lo común, sino que todos los hermanos tuyos padecen lo mismo; y no solamente los que murieron en la India (aunque también el de ellos es un ejemplo luminoso), sino todos los que aún están en vida contigo, puesto que todos ellos tienen como adversario al mismo diablo que persigue y odia a nuestro Señor Jesucristo por causa del cual aquéllos padecen tentaciones y otros males. Por lo tanto di: “No soy yo solo el que sufre, sino que conmigo sufre la iglesia entera, que vive y vivirá hasta el fin de los siglos”. En nuestros días actuales hay personas que padecen las mismas cosas o cosas peores aún que tú y yo. Éste es nuestro más grande consuelo: que la iglesia entera sufre junto con nosotros. El diablo no me busca solamente a mí; así como me busca a mí, así busca también a los demás cristianos. Por eso hay que orar por todos los cristianos de la tierra, y brindarles consuelo. Y por eso es que el Señor le dice a Pedro: “Confirma a tus hermanos”. 

  • Quien permanece libre de tentaciones, ya ha sido derrotado por el diablo.

En años pasados pensé que algún día, yo me pondría a discutir con San Pedro y San Pablo para ver cuál de nosotros tuvo que enfrentar las tentaciones más fuertes. Muchas veces me vi incapaz de refutarle al diablo sus argumentos; pero en tales casos le remití a Cristo y las palabras de éste. Si Cristo nos abandona, el diablo se hace demasiado fuerte para nosotros como para que podamos resistirle. Es tan poderoso y tan inteligente que a ningún cristiano le es posible desvirtuar sus objeciones, a menos que nos asista el Espíritu Santo y nos sugiera, para fortalecernos, este texto de Pedro o algún otro texto similar. El diablo desbarata todo mi saber, me arrebata la espada de la mano, y nos combate con nuestras propias armas. 

Por esto, los sectarios y la gente que se siente tan segura de sí misma, son en realidad unos pobres idiotas. Habiendo leído algunos pensamientos de la Biblia, ya están convencidos de que entienden a Dios perfectamente. Y por no tener ninguna experiencia en materia de tentaciones, terminan por causar divisiones en la iglesia. Yo sé que no soy menos erudito que cualquier otro doctor en teología; sin embargo, tengo que darle a Satanás el testimonio de que si nos ponemos a discutir el uno con el otro, él sale vencedor. Y con aun mayor facilidad los vence a aquellos sectarios, a quienes no tarda en enturbiarles la vista, de modo que ya no son capaces de ver claramente y creen hallar confirmados en las Escrituras sus propios errores. Y entonces juran con imperturbable convicción: “Esto es palabra de Dios”, y no quieren darse cuenta de que tienen un vidrio coloreado delante de sus ojos. Y el diablo, astuto como es, los hace sentirse muy cómodos, no les destruye sus falsas creencias, sino que se las confirma, para que se aferren a ellas con tanto mayor ahínco. Esto es una señal de que no conocen en absoluto al diablo.

Müntzer estaba tan firmemente convencido de sus propias ideas que hasta llegó a declarar: “Cristo no significaría nada para mí, si no hablara conmigo en espíritu”. La firmeza de personas como Müntzer se debe a que el diablo los deja en paz. Los cristianos verdaderos, por su parte, al ser acosados por tentaciones, se ven en las mayores dificultades, y los tortura el temor de no poder retener en sus manos la espada de la palabra, Hay quienes se glorían diciendo: “Ni el propio Dios me quitará la palabra de las Escrituras”. Pero la realidad es muy distinta. Por esto, los que ostentan tal firmeza y se oreen capaces de tragarse al diablo, son los primeros en caer. Si no te asiste el Espíritu Santo con su ayuda, el diablo te devorará infaliblemente. Los fieles de verdad, por lo tanto, son débiles, y confiesan con tristeza, como el apóstol Pablo, que “no hacen el bien que quieren” (Romanos 7:19). Los otros en cambio, los presuntos fuertes, creen haber hecho el bien ya hace mucho. Aprende pues el significado de esta exhortación, para que seas capaz de consolar a los que se sienten sin fuerzas.

 

  • Los confiados de sí mismos incluso se sienten unos mártires.

Por supuesto: los que se tienen por iluminados directamente por el Espíritu, creen haber devorado al diablo ya hace tiempo, cuando en realidad ellos mismos ya han sido devorados siete veces por Satanás. Arrio quien con su herejía produjo una confusión tal que apenas dos obispos permanecieron fieles a la doctrina correcta, se quejaba diciendo: “Yo tengo que sufrir, y tengo que compartir la suerte de los mártires, a causa de la verdad divina que todo lo vence”. ¿Y por qué esta queja? Porque su obispo en Alejandría u había censurado el error de Arrio y había defendido en contra de él la tesis de que Cristo es no sólo una creación de Dios, sino el Creador mismo. Esto fue todo el padecimiento y martirio de Arrio: que no se le concedió el derecho de blasfemar contra Cristo. En efecto, el obispo no hizo más que decirle: “Haces mal en difundir entre la gente aquella blasfemia”.

Del mismo modo se creyó mártir Tomás Müntzer, porque nosotros rechazamos su falsa enseñanza, si bien ninguno de los nuestros le infligió el menor daño. Y así, un buen día llamarán mártires también a nuestros amigos los antinomistas porque no les dejamos enseñar como ellos quisieran. También ellos han oído decir que la iglesia tiene que sufrir; pero ¿por qué tienen que sufrir ellos”? Porque blasfeman de la palabra de Dios. El padecimiento de la iglesia cristiana es algo muy distinto del padecimiento de aquellos “mártires”. La iglesia no sufre por difundir enseñanzas blasfemas, sino por defender la doctrina sana. Y los cristianos verdaderos tampoco son tan orgullosos y jactanciosos como los que se denominan a sí mismos “mártires”; pues conocen muy bien las artimañas del diablo. 

Aquellos sectarios en cambio no sienten las tentaciones del Maligno; por eso se muestran tan seguros. En una laudatoria para el duque Jorge de Sajonia se afirma que éste padeció dura persecución por parte nuestra, a pesar de haber sido un príncipe tan cristiano y piadoso. ¿Cristiano y piadoso? ¡Justamente lo contrario! ¿Por qué llaman “mártires” a tales personas? Sólo porque no se les quiere permitir que maten a Cristo y sofoquen nuestra enseñanza. Con el mismo derecho se podría llamar a una mujer de mala vida una gran “mártir” porque no se le permite seducir libremente a otras jóvenes. También se puede decir que Juan Kohlhaas es un eximio mártir porque el príncipe elector le persigue y le quiere aplicar la pena capital. ¿No es una verdadera vergüenza que los que causan daño y seducen las almas, aún quieran llamarse mártires? ¡A los cristianos que a causa de los ataques de Satanás sufren un martirio verdadero, no se les ocurre gloriarse de ello!

 

  • Los cristianos en cambio necesitan el consuelo de sus compañeros en el sufrimiento.

 

Hace mucha falta, pues, que Pedro consuele a los que se ven atacados por tan grandes tentaciones. Hace falta que se les diga que tienen razón; porque ellos están en dudas acerca de si la tienen o no. No tienen esa terquedad de los sectarios que dicen: “Lo que yo afirmo es correcto, aunque vengan mil diablos a discutírmelo”. Esta seguridad los piadosos no la conocen, sino que en las grandes tentaciones pierden a Dios y a Cristo y al Padrenuestro. En este caso, Cristo tiene que decir a Pedro: “Confirma a tus hermanos”. Y Pedro por su parte ‘tiene que decirte: “No eres un caso único por lo que te está sucediendo ahora. Si no lo quieres creer, echa un vistazo a la casa de Caifas. Yo le había jurado a Cristo en aquel día: “Iré contigo a la cárcel y a la muerte misma”. Pero cuando se me acercó la criada y me dijo: ‘Tú también eres uno de los discípulos de Jesús’, yo le contesté: ‘No conozco a este hombre’. Ya ves cuan fuerte era yo en estos momentos.”

Así, pues, los cristianos no son vanagloriosos ni orgullosos ni tercos, y no obstante permanecen firmemente en pie en estas tentaciones. Me refiero a las tentaciones de especial gravedad, y lo menciono pensando en los que algún día habrán de ser predicadores, y en varios otros de los que estáis sentados aquí, para que se le pueda decir a un alma atribulada: “¡No desesperes! ¡Aguanta y ten paciencia!” Tú dirás: “Nadie sufrió torturas como yo”. Es que no has visto lo que tuvieron que sufrir nuestros primeros padres, y lo que tuvieron que sufrir todos los santos.

San Pedro te llama la atención al hecho de que tú no eres el único que sufre, y quo tus padecimientos no son nada nuevo; mas si te parecen nuevos y extraordinarios, ten presente que hay muchos otros que pasan angustias similares a las tuyas. Por algún tiempo, yo también pensaba que los apóstoles no estaban agobiados por tantos pensamientos torturantes como yo; pero la realidad es que Pedro pasó por una escuela mucho más severa que yo, y los demás cristianos tampoco ignoran tales tentaciones. Pablo dice que él ha venido a ser como la escoria del mundo (1ª Corintios 4:13). Y en cuanto a Cristo, tal vez se me ocurriría afirmar que los padecimientos suyos no fueron de la misma intensidad que los de otros, pero en el 2º capítulo de la carta a los Hebreos leemos (v. 17) que él “debía ser en todo semejante a sus hermanos”. Más aún: nadie sudó gotas de sangre como Cristo en el huerto de Getsemaní”, ni siquiera un Pedro o un Pablo.

Por esto, cuando vienen las grandes tentaciones y Satanás te quiere amedrentar, dile. “En lugar mío te responderá aquel que por mí sudó gotas de sangre”. Claro: los que se creen iluminados, no sienten tales tentaciones: mientras se tenga delante de los ojos un vidrio coloreado, se ve todo color de rosa. Con todo, las tentaciones nuestras no pueden ser tan terribles como las que sufrieron los apóstoles, y ni remotamente se acercan a las que sufrió Cristo cuyo co-mártir eres. No dudes, pues, y di a ti mismo: “Yo también soy de la misma compañía, por lo tanto yo también quiero poseer ese título de “mártir”. Pero además quiero ser también una ayuda a mis hermanos en la obtención de la salud venidera”. Así que, por grandes que sean los males que tengamos que padecer: tenemos por compañeros en el sufrimiento a Pedro, a Pablo, a todos los profetas y patriarcas, y ante todo a Cristo. Ellos nos consuelan y confirman y nos enseñan a esperar en la resurrección y en la gloria que ha de venir.

TRANSFORMADO A FORMATO DIGITAL POR

ANDRES SAN MARTIN ARRIZAGA, 13 DE FEBRERO DE 2007

  • Tomado de: iglesiareformada.com