EDITORIAL

1) EditorialLa Universalidad de la Gracia

Durante la primera quincena de febrero dos días alientan nuestro ánimo de diferente manera, y nos referimos al 14, Día del Amor y la Amistad, y al 15, Aniversario del Natalicio de Martin Luther King Jr. Invitamos a nuestros lectores a buscar en la presente edición dos artículos elaborados sobre esos dos temas. Por nuestra parte, dedicaremos las siguientes líneas a recordarnos una de las doctrinas prominentes del metodismo, énfasis para la IMMAR durante el año 2018, y nos referimos a La Universalidad de la Gracia.

Dos aspectos, entre otros que hoy no nos ocupan, de esta formulación doctrinal llaman nuestra atención: La concesión universal de la gracia de Dios, y la operación preveniente de esa gracia. Tal vez no haya otra palabra más generosa en la Biblia que la palabra gracia, atribuyéndola a Dios. El sermón más elocuente y argumentativo que Juan Wesley jamás haya predicado fue el que él intituló Free Grace. Nadie sabe si debería traducirse como Gracia Libre o como Gracia Gratuita, y es lamentable que tan excelente sermón no haya sido traducido para incluirlo ni en las colecciones de sermones wesleyanos en nuestro idioma, ni en la versión española que tenemos de las Obras de Wesley, por lo que sólo está disponible en inglés. En el mencionado sermón, predicado en 1739 como parte de su discusión sostenida con ánimos subidos con su gran amigo Jorge Whitefield, establece el principio de que para que la gracia sea gracia debe ser gratuita y debe ser para todos.

Efectivamente, la gracia tiene una intención universal, es para todos. Pero debemos puntualizar que cuando estamos hablando de la universalidad de la gracia no queremos decir sólo que está disponible para todos, sino que, de hecho, está ya en todos. Ro. 5:12-21 es la cita bíblica que mejor expone la universalidad del pecado heredado desde Adán, y es la cita que muestra la otra cara de la moneda, que también por el segundo Adán, Jesucristo, la gracia ha sido dada a todos. Se habla aquí del mismo grupo (no de dos), de la humanidad entera, de todos los descendientes de Adán. San Pablo asegura que a los mismos que afectó el pecado es a quienes la gracia ha alcanzado. Es decir, el pecado y la gracia son co-extensivos, alcanzan a la misma cantidad de personas. Ningún cristiano duda que el pecado original haya sido heredado a todos, pero algunos cristianos dudan que la gracia haya sido concedida a todos, aunque así sea, pues no sólo hemos nacido con el pecado original, sino que también todos hemos sido dotados con la gracia divina. Y aún más, el Apóstol se goza en decir que es más segura la abundancia de la gracia que la del pecado, pues “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (v. 20).

Lo anterior no quiere decir que la salvación sea universal. Uno de los padres de la iglesia, como lo fue Orígenes de Alejandría, cayó en ese error. (1) Él creía que al final toda la humanidad sería redimida en Cristo, aun los que ya viven en el infierno, pues razonaba con una lógica extraña: La pérdida que sufrió Dios por la caída adámica no puede ser más grande que el remedio provisto por Cristo para remediar la pérdida. Lo que queremos decir es que la gracia de Dios ha sido dada a todo ser humano para evitar que el pecado le degrade al cien por ciento, para promover en él una conducta constructiva aun entre los no convertidos, para restringir en alguna medida la maldad destructiva del corazón, para incentivar el conocimiento científico, y sobre todo, para ayudar a los individuos a buscar a Dios y eventualmente creer en Jesucristo. Es este el modo como Jesús es “aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn. 1:9).

Así pues, la gracia prepara al ser humano para la salvación, por eso la llamamos estratégicamente gracia preveniente. No significa que Dios tenga dos o más gracias, es una sola, pero la llamamos preveniente en la etapa que antecede a la justificación, para luego ser gracia salvadora cuando la persona se rinde a Cristo. Cambia de nombre únicamente por el tipo de beneficio que recibe el individuo, pero, reiteramos, es la misma gracia. Nuestros hermanos calvinistas sostienen que la gracia de Dios no está actuando en el género humano inclinándolo hacia Dios y hacia Cristo, sino solamente para proveerle bienes temporales, y por eso manejan el concepto de una gracia dividida, dedicando una parte a la salvación (gracia salvadora) y la otra al bien pasajero (gracia común). Pero Wesley alegaba que si Dios se mostrara favorable al hombre sólo para darle cosas comunes, pero no para procurar su salvación, sería como engordar un buey para el matadero, y que en tal caso la gracia común no sería otra cosa que gracia condenatoria. (2)

Decíamos que la gracia es generosa, pero no solamente por su abundancia, pues está en todos, sino también por su cualidad de gentileza. No obliga, no arrastra, no es algo irresistible. Es algo gratuito, gentil, persuasivo, en el individuo. Estas son las grandes diferencias que tenemos con la teología reformada o calvinista. Mientras ellos suponen que la gracia que ofrece salvación no es para todos sino para unos cuantos escogidos, y que se derrama en éstos de manera irresistible al grado que nadie puede decir “no” a la salvación… nosotros afirmamos que la gracia es para todos, está en todos, pero nos salvará respetando nuestra voluntad.

La gracia debe ser universal pues Pablo dijo: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). Y San Juan escribió: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1ª Jn. 2:2). En congruencia, Jesús nos envió a todos, según Mr. 16:15, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Hay esperanza, entonces, para todos ante un Dios incluyente.

Pbro. Bernabé Rendón M.

  • Ropero, Alfonso, Lo Mejor de Orígenes, Ed. CLIE, Barcelona, 2002, pág. 112-117.
  • Wesley, Juan, La predestinación: una reflexión desapasionada, Obras de Wesley, Tomo VIII, Wesley Heritage Foundation, Inc., Henrico, NC, 1994, pág. 315.

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