EDITORIAL

1) EditorialCUARESMA 2018

 En lugar de escribir un Editorial nuevo sobre el inicio de la Cuaresma, que en el 2018 inició el miércoles 14 de febrero, estamos copiando el Editorial que publicamos el 28 de febrero del 2015.


Estamos ya en la estación del calendario cristiano denominado la Cuaresma, y así nos integramos a las aspiraciones de nuestros hermanos cristianos de todos los tiempos. Cuando los metodistas reconocemos a la Tradición como una de nuestras cuatro fuentes de información teológica, queremos decir que somos capaces de reconocer el trabajo del Espíritu de Dios a través de la historia de la iglesia, y que no suponemos un espacio vacío desde la era del Nuevo Testamento hasta hoy. Lo que otras generaciones entendieron y decidieron, bien apegadas a las Sagradas Escrituras, representa la herencia que hemos venido transmitiéndonos unos a otros, siendo lo que somos, un todo, un solo cuerpo, donde nos pertenecemos unos a otros trascendiendo distancias y tiempo, entre otras cosas.

La Cuaresma y la Semana Santa son derivados de la primera fiesta cristiana que fue acordada por los cristianos de la antigüedad. Ninguna de nuestras fiestas es más antigua que la celebración de la Resurrección del Señor. Y no sólo fue la primera, sino la principal de todas las solemnidades del pueblo cristiano. La acción rápida de la iglesia cristiana fue la de establecer el primer día de la semana como día de celebración semanal, y esto es observable desde la época de los apóstoles, como es el caso de Hechos 20:6-12. Una referencia importante de ésta, la primicia de las fiestas cristianas, es la defensa escrita por Justino Mártir en su Primera Apología (*), enviada al Senado Romano en el año 150. En la parte final del documento él describe cómo era el orden de un culto cristiano. Esa descripción es de suma importancia pues no tenemos ninguna anterior a esa, cuando ni siquiera en el Nuevo Testamento hallamos un orden de culto preciso. Allí menciona dos veces que las reuniones cristianas eran celebradas el primer día de la semana, por la razón de que ese día había resucitado Jesucristo.

Luego se dio el paso natural, definir cuál domingo del año era el correcto para el Gran Día Anual de la Resurrección de nuestro Salvador. Esto fue sencillo tomando en cuenta que la Resurrección había ocurrido en los tiempos de la Pascua judía, así que quedó establecido el domingo posterior a la luna llena del equinoccio de primavera.

Más tarde se estableció la Cuaresma como tiempo de preparación necesaria para llegar dignamente al Día anual de la Resurrección; y todavía más tarde se acordó guardar la Semana Santa y el Miércoles de Ceniza como partida de la Cuaresma. Por cierto, resulta difícil hallar el beneficio que obtenemos la mayoría de las iglesias evangélicas de México (incluidos los metodistas) al abstenernos de observar el Miércoles de Ceniza. Nuestra antipatía, abierta o disimulada, hacia el catolicismo nos ha hecho perder una oportunidad para la contrición de espíritu. Para los judíos sinceros del Antiguo Testamento era frecuente mostrar su dolor a través de la aplicación de ceniza, y Dios se agradaba de esa acción. El mismo Jesús lamentó que algunas ciudades no hubieran llegado al tipo de arrepentimiento mostrado a través de la ceniza (Mateo 11:21). Es increíble cómo pesan más en nuestra conciencia nuestros prejuicios que los mismos principios bíblicos.

La espiritualidad cristiana no se integra sólo de gozo, música y algarabía, incluye también el dolor, la pena ante Dios porque no hemos llegado a ser lo que él espera, porque no hemos amado lo suficiente ni a él ni a nuestros semejantes, porque hemos pecado después de conocer la verdad, porque nuestra sociedad sufre dolores de parto sin dar a luz nada, porque no hemos odiado suficientemente lo que el Señor odia, ni hemos amado tanto como podríamos hacerlo aquello que él ama. Necesitamos ver el dolor del Nazareno por causa de nosotros, vislumbrar su entrega ensangrentada por personas como nosotros a quienes él procuró redimir, y reflexionar sobre estas cosas. Para esto es la Cuaresma, porque, ¿cómo podríamos celebrar de manera sensata y esperanzadora la Resurrección de Jesús, si no vemos cuánto dentro de nosotros, y fuera de nosotros, refleja de tantas maneras el aluvión de muerte?

“Así que, celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1ª Corintios 5:8).

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Latourette, Kenneth Scott, Historia del Cristianismo, Tomo I, CBP, El Paso, Tex., 1997, p.       250-254.

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