EDITORIAL

1. EditorialUna bandera para las naciones

Los mexicanos celebramos anualmente el Día de la Bandera, cada 24 de febrero, como acto de admiración y honor no a ella misma, sino a los valores patrios que representa. Es necesaria una en cada país, pues ella identifica la nacionalidad en el extranjero, y es un emblema de hechos y significados dentro de una nación. Una bandera para México fue posible hasta el final de su categoría de colonia española, al inicio de la guerra de independencia. Antes de esa etapa de nuestra historia, se usaban en nuestro territorio estandartes que representaban el dominio de ciertos monarcas sobre el mismo. Los tres colores no tienen una interpretación uniforme debido a que su significado no está incluido en la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, pero en la época juarista significaron: el verde, esperanza; el blanco, unidad; el rojo, la sangre de los héroes nacionales. Y el escudo nacional representa el origen del pueblo autóctono que los españoles vinieron a someter. Es lamentable que nuestra bandera nos recuerde con orgullo valores del pasado, pero no realidades del presente, puesto que nuestro país está viviendo una cruda crisis de falta de credibilidad en aquellos que administran nuestras instituciones, nuestra esperanza es ahogada día tras día por quienes han elegido el camino del enriquecimiento personal a través del ejercicio político. El espíritu que fascinó a los “vende-patrias” combatidos por el movimiento liberal en el pasado, está hoy operando en quienes venden porciones de nuestro bien común nacional, quienes, sin atisbo de pena alguna, piden nuestro voto para asegurar que tal mancilla no finalice.

No obstante, podemos tomarnos un respiro para valorar una de las muchas notas distintivas de aquel Mesías prefigurado en el Antiguo Testamento. Nos interesa hoy el anuncio de Is. 11:10, “Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa.” El pasaje completo, los vs. 1-10, describen al mismo personaje futuro que vendrá, un rey cuyo reinado lleno de esplendor contrasta con el reinado caduco y condenado de los asirios, descrito en los capítulos 9 y 10. Un rey cuya majestad se describe antes de su llegada, a diferencia de las costumbres de Oriente de exaltar a sus soberanos mientras estaban en su trono, y podemos citar al asirio Tiglat-pileser, de quien también se dijo era “el retoño de la ciudad de Asur que trae justicia a su pueblo”, según el Comentario del Contexto Cultural del Antiguo Testamento. El Mesías de Is. 11:10 provendría de David, “la raíz de Isaí”, un enviado de Dios como un retoño cuando el trono de David ya no existiera (v. 1).

Una cualidad interesante de este Mesías se introduce en el v. 10, llamándolo “pendón a los pueblos”, una bandera para las naciones. Lo primero que notamos aquí es el contraste entre ser una raíz y ser una bandera, porque la raíz está oculta, mientras una bandera se levanta. Es una disparidad que a los cristianos nos hace recapacitar en las dos naturalezas de Jesucristo, una de la tierra y otra de los cielos. Obtener este dogma cristiano, formulado en el IV Concilio Universal, el de Calcedonia, en el año 451, no fue sencillo. Los conflictos doctrinales cristológicos habían iniciado desde más de un siglo antes, y continuaron por otros dos siglos después. Este concilio, el más concurrido de la antigüedad (520 obispos participantes), logró acuerdos maduros acerca de la persona de Cristo. Allí se elaboró el Credo de Calcedonia, donde hallamos estas líneas: “Uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, confesado en dos naturalezas, sin confusión, sin conversión, sin división, sin separación…” (1) Ni una sola palabra estaba de más, porque cada una contrarrestaba a las diferentes herejías que se habían difundido en las iglesias.

Para los antiguos, el conocimiento de Jesús fue a partir de su humanidad, le habían visto y fueron testigos de ello a las generaciones siguientes, razón por la que sus dificultades estaban en lograr entender la deidad del Maestro. Para nosotros es lo contrario, hemos sido educados en la iglesia con un énfasis en la deidad del Señor, por lo que batallamos para admitir la realidad de la entera humanización de él. Quizá nos suene irrespetuoso hablar de los temores de Jesús, de sus tristezas, de sus enojos, de sus lágrimas y de sus dudas. No admitimos que alguien que fuera Dios (y aún lo es) pudiera sufrir esas inclinaciones y sentimientos muy humanos. Pero la grandeza de Jesucristo no se debe sólo a su deidad, sino también a su humanidad. Ernesto Renán, cuya Vida de Jesús alcanzó renombre por su erudición, no creía, sin embargo, en el aspecto milagroso de su ministerio. Escribió la Vida de Jesús enfocando enteramente en su humanidad, pero aun así, dice: “La historia entera resulta incomprensible sin ÉlAquella confusa mezcla de presentimientos y sueños, aquella sucesión de decepciones y esperanzas, aquellas aspiraciones incesantemente rechazadas por una odiosa realidad, encontraron al fin su intérprete en el hombre incomparable al que la conciencia universal ha concedido, con toda justicia, el título de Hijo de Dios, puesto que ha hecho dar a la religión un paso al que ningún otro pudo ni podrá probablemente ser comparado.” (2) Su idea al escribir esa obra no era tanto hablar de Cristo, sino de explicar el inicio y desarrollo primitivo del cristianismo, pero admitió, según sus palabras, que para entender el cristianismo no bastaba con conocer sus doctrinas, sino a la persona que lo fundó, pues era más grande él que las doctrinas sobre él.

La finalidad de una bandera es convocar a un ejército o a un pueblo a reunirse alrededor o detrás de ella. Esa es la connotación más conocida en la Biblia. Las tribus israelitas se reunían y marchaban siguiendo su bandera, durante el éxodo (Nm. 2:2). Así, Jesucristo ha sido levantado, como él mismo lo anunció en Jn. 12:32, “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” Su atracción está en operación, su influencia es poderosa, su convocación alcanzará al universo. No importa si nuestra atención se detiene en su humanidad o en su divinidad (sin detrimento de una por la otra), desde cualquier punto de vista él es una maravilla, la más grande. Su plan es de una inclusión universal, y culminará cuando todos los que estén en los cielos, en la tierra, o debajo de la tierra, proclamen su nombre arrodillados. Entonces será el pendón levantado para las naciones. Y nosotros hoy hemos de orientarnos por ese espíritu de inclusión fraternal. 

Pbro. Bernabé Rendón M.

  • Orr, James, El Progreso del Dogma, CLIE, Barcelona, 1988, pág. 162.
  • Renan, Ernest, Vida de Jesús, Biblioteca EDAF, Madrid-México, 1985, pág. 72, 82.

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