EDITORIAL

1. EditorialDimensión Social de Nuestra Fe

Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová” (Sal. 41:1). “El cristianismo es una religión esencialmente social y tratar de hacerla solitaria es destruirla… La religión que nuestro Señor describe en las palabras ya citadas, no puede existir sin la sociedad, sin que vivamos en conversación con los hombres… Una religión secreta, escondida, no puede ser la religión de Jesucristo” (Juan Wesley, en su 4° sermón sobre el Sermón del Monte). “El evangelio de Cristo no conoce otra religión que la social, ni otra santidad que la santidad social” (Juan Wesley, en el Prefacio del himnario que publicó en 1739). Uno de los textos bíblicos más amados y  mencionados por el reformador inglés, era, “La fe que obra por el amor” (Ga. 5:6).

El metodismo original fue una expresión, entre otras, de la dimensión social con que el cristianismo fue presentado a la humanidad en el siglo I. Las primeras iglesias en las tierras del Nuevo Testamento no solamente cultivaban su relación espiritual con su Señor mediante la oración y demás medios de gracia, sino también procuraban aliviar el hambre, la enfermedad, la pobreza, la soledad de hombres y mujeres con desventajas sociales. Así como su Maestro durante su ministerio terrenal, ellas también sentían compasión por los sectores marginados. Jesucristo había dado como evidencia de ser el Mesías, el que “a los pobres les es anunciado el evangelio” (Mt. 11:5). Así que se dedicaron a hacer bien no solamente al alma de los hombres, sino también a sus cuerpos (Ro. 15:26; 1ª Tm. 5:9-16).

La iglesia primitiva no elaboró una teología especulativa que colocara al cuerpo como inferior al alma, de hecho, bien entendida la Biblia, notamos que ni siquiera hizo alguna separación entre diferentes dimensiones del ser humano. Su antropología era integradora, en el sentido de describir la identidad humana como seres completos no divisibles. Los conceptos que subordinaban (y hasta menospreciaban) el cuerpo al alma, la tierra al cielo y lo secular a lo sagrado (ámbitos que deberían incluirse entre sí, no contraponerse entre sí) vinieron hasta después del siglo IV, en la era en que la persecución había terminado, y la iglesia comenzó a institucionalizarse convirtiéndose a veces en colaboradora de los intereses de los poderes políticos, y a veces en competidora de ellos. Así, la teología cristiana fue abandonando su contexto práctico, para terminar en una la teología de asuntos intangibles.

En el metodismo convergen la corriente cristiana original y la herencia del movimiento wesleyano. Una de las razones por las que el movimiento metodista es respetado por otras iglesias y otras religiones, es porque no se perdió en alguna dirección extremista, sino que conservó el equilibrio en su misión, fue un avivamiento espiritual fogoso, a la vez que se dedicó a una obra de restauración social en medio de una nación que, debido a la revolución industrial, había discriminado a la clase obrera. Aquellos metodistas sentían “un fuego extraño” en sus corazones también por el bien de las clases vulnerables. El librito Genio y Espíritu del Metodismo Wesleyano, del Dr. Gonzalo Báez-Camargo, señala magistralmente, en pocas palabras, aquel bendito equilibrio que aseguraba que en uno de los platillos de la balanza estuviera una actitud misericordiosa hacia las víctimas del sistema social.

Sentir dolor por la suerte de las clases oprimidas debería ser una inclinación natural del corazón de un creyente cristiano, pues allí está el Espíritu Santo, el cual sensibiliza y despierta la compasión en el alma de él. Pero no basta sentir empatía, se necesita hacer algo por el rescate de quienes son víctimas de los sistemas injustos. La pobreza no se debe, en primera instancia, a la flojera e irresponsabilidad administrativa de los pobres. Este es el diagnóstico simplista y cruel que algunos cristianos se atreven a hacer, por su falta de amor y respeto. Siendo tan largas las jornadas de trabajo y tan bajos los salarios, hay familias mexicanas donde deben trabajar el papá, la mamá y los niños, y ni así poder aspirar a una economía doméstica suficiente, quedan cuentas por pagar. Luego entonces, el origen de su pobreza está en las estructuras impías con las que una sociedad funciona. Y por eso es que no puede resolverse esa anomalía, ese pecado condenable, simplemente con limosnas o programas asistenciales (sin que dejemos de reconocer el valor de éstos). Se necesita corregir todo el sistema que ahoga a las víctimas del estatus quo. 

El modelo de procuración de alivio de las carencias de quienes menos tenían, implementado mediante las leyes del Antiguo Testamento, tenían la finalidad de evitar la creación de un sistema injusto y tender hacia el Shalom divino, al Jubileo del reino de Dios, hacia una nación llena de la paz y la justicia de Dios. Teniendo a la vista las elecciones presidenciales y la renovación del cuerpo legislativo en México, los cristianos deberíamos confrontarnos a nosotros mismos. Puesto que no es posible para la iglesia lograr una reestructuración económica de la Nación, ¿no deberíamos desear que nuestro próximo gobierno se avoque a ello? ¿No deberíamos preferir al/los candidato(s) que represente(n) la oportunidad de un cambio estructural de fondo de nuestros sistemas injustos? A veces nos vemos tan triviales y nada cristianos buscando cualidades como por ejemplo el manejo de idiomas extranjeros, u otras “virtudes” accesorias, para decidir nuestra preferencia electoral. ¿Por qué no poner atención a las posibilidades de al menos reducir las causas de la pobreza, mediante un proyecto que favorezca a los desposeídos?

En su Diario, Juan Wesley fue muy severo con aquellos que decían que los pobres lo eran debido a que eran flojos e ignorantes y que estaban recibiendo un castigo de Dios, y los reprendió denominando ese análisis como “aberrante, diabólico y falso”. En cambio, señaló que la pobreza era un problema más complejo, un problema social. Bien dijo Dave Hunt que “Si lo que uno cree no puede crear una realidad, entonces lo que uno cree es sólo un derivado de la realidad imperante”. Dios tenga misericordia de nosotros, nos ilumine y auxilie.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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