EDITORIAL

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Espiritualidad de izquierda y de derecha

“Sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”.

Efesios 4:15-16

La auténtica espiritualidad cristiana nos obliga al servicio de forma natural, no forzada. Los valores del Reino son solidarios con el prójimo, a la lucha por la dignificación de las personas, a considerar al prójimo con un amor reflejo del Espíritu del mismo Dios en nosotros.

Hoy vemos disputas sociales e ideológicas, en diversas formas y manifestaciones, en diversos países del mundo y en nuestro propio país. Unos y otros se asumen como paladines de los intereses comunes, del bien común, del bien estar. Aún vemos que, izquierdas y derechas, se enarbolan como enviados de “Dios y de Su Palabra” para establecer regímenes políticos o andamiajes institucionales que “construyen” una identidad, un pueblo, un gobierno o una Nación.

¿Qué estamos construyendo?
Jesús nos ha llamado a edificar el Reino de Dios. Jesús no dijo qué era, pero nos dijo cómo era. Nos dijo que era de apariencia pequeña (como una semilla de mostaza o como la levadura), pero con alcances inconmensurables y trascendentes, capaz de transformar todo y de dar fruto. Nos dijo que era como un tesoro escondido o una perla de gran precio.

Pero también nos dijo que era como una viña a la que se llama al trabajo. En donde algunos responden y otros no, pero cada quien tiene su recompensa. En donde algunos de los llamados no se preparan y debe asumir las consecuencias de su negligencia. Es una fiesta de bodas a donde muchos son llamados, pero pocos son los elegidos. Y además, no todos los que asisten son bien recibidos, hay que ir vestidos para la ocasión.

Es un Reino que no es comida, ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Es una utopía que nos guía. No consiste en palabras, sino en poder. En poder de enseñar, de predicar y de sanar. En donde ese poder transformador está disponible para los verdaderos discípulos del Reino.

¿Cómo lo estamos edificando?
Debemos entender que la construcción de este Reino es un proceso. Debemos aceptar pasar de un estado de pobreza de espíritu, de tristeza, de hambre y sed de justicia, a un estado de ser misericordiosos, comprometidos con la limpieza de nuestro corazón y ser artífices de la pacificación de los conflictos humanos. Probablemente, la consecuencia será que sufrirás persecución e incomprensión por causa del nombre de Jesús.

¿Para qué edificas?
Edificamos para construir una comunidad autorregulada, autosustentable y auto sostenible por el amor y la justicia: una sociedad del Reino. No requeriría supervisión si todos intervienen y todos participan. Si todos se comprometen, todos sirven, todos dan. Si nadie recibe antes de dar. Si nadie exige derechos sin antes cumplir sus responsabilidades. Pero, TODO se hace con amor. Con amor y por amor: amor a Dios y amor al prójimo como a uno mismo. El que ama es capaz de vencer en cualquier situación. El amor llega a lo más profundo de cualquier corazón y en cualquier circunstancia. Es el poder del Espíritu Santo. Oremos pidiendo el poder para edificarnos para la obra del ministerio, para crecer edificándonos en amor, según la actividad de cada uno de nosotros.

Si aceptamos este compromiso, nos lanzaremos de forma natural a participar en la liberación de los oprimidos, de los marginados, de los pobres y sufrientes, de aquí cerca y de lejos, del mundo entero. Esa es la consecuencia natural de ser nuevas criaturas que siguen al Maestro. No por simple adaptación a las normas morales.

Es ocioso etiquetarnos como de derechas o de izquierdas. Nos motiva la fuerza que nos da una fe que actúa por amor. Eso está por encima de cualquier posicionamiento moral, filosófico o político. ¿En qué lugar estoy hoy? ¿Cuál es mi posicionamiento ante Dios y ante el prójimo?

La espiritualidad no es apariencia. No es reputación. Es ayuda mutua, según mi propia actividad y ministerio, para el crecimiento.

Edifiquemos con amor. Con la verdadera espiritualidad de Jesucristo.