EDITORIAL Tiempo de adviento: tiempo de buenas noticias
Para los cristianos, la época de adviento antes de la Navidad señalada por el calendario litúrgico, supone una época en que recordamos la razón principal de la temporada: el nacimiento del Cristo, que nos reconcilia con el Padre a través de su mensaje de buenas noticias. Ese es el evangelio de la verdad, de la justicia, de la paz y de la reconciliación. En suma, es la suprema restauración del Reino de Dios, rescatando los valores que imperaban en el mundo antes del advenimiento del pecado que rompió esa comunión entre el Creador y su creación.
El reino de Dios, que debemos recordar y proclamar, no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pero todo ello no está limitado a una época del año, especialmente influenciada por la comercialización de todo, incluido el amor y las relaciones humanas, sino que debe ser una tarea permanente. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó que su Reino se construye todos los días, con esfuerzo, con preparación, con constancia, pero, sobre todo, con esperanza y fe en este Reino “que se ha acercado” a nosotros. Se materializa en el trato que tenemos con nuestros semejantes, especialmente con aquellos que necesitan más de ese amor que Dios provee a todos, a través ti y de mí. Dios reclama amor a Él, pero también a través del amor al prójimo:
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”.
La corona de adviento es una tradición que data desde los primeros siglos de la iglesia cristiana y que, de acuerdo a influencias culturales, ha experimentado varias modificaciones que han enriquecido su apariencia, simbolismo y utilidad didáctica.
Se forma con una guirnalda de pino, acomodada en círculo y adornada con motivos navideños, y con 4 velas distribuidas en su interior, alrededor de otra vela mayor central, de preferencia blanca. Las otras 4 velas pueden ser de diferente o igual color.
El verde de su guirnalda simboliza la vida y la esperanza que Dios nos ofrece; su forma circular, la eternidad de Dios y de la doctrina cristiana; el listón y adornos rojos, el amor de Dios; y la luz de las velas, simbolizan la fe y luz que Jesucristo trajo al mundo.
Se usa para ayudar a los fieles durante el tiempo de adviento (los cuatro domingos que preceden a la Nochebuena y Navidad), a prepararse para la mayor celebración de la cristiandad: El Nacimiento de Jesucristo, el unigénito del Buen Padre Celestial, nuestro gran Dios y Salvador.
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”.
Lc. 2:14
A todo el pueblo metodista, A cada congregación, Al cuerpo pastoral de la Conferencia Anual de México,
Estimados hermanos y hermanas en Cristo,
Ha llegado el tiempo de iniciar un nuevo año litúrgico. Con la temporada de Adviento volvemos a iniciar un ciclo que nos llevará de la espera a la afirmación de que Cristo es el Señor de todo lo que existe, en el que pasaremos por tiempos de recogimiento en Cuaresma, el duelo de la muerte en Crucifixión, la afirmación de la esperanza en Pascua y la afirmación de nuestra identidad como iglesia en Pentecostés.
El tiempo de Adviento nos coloca en medio de los marcos de referencia de la predicación cristiana: la encarnación de Dios en Jesucristo y la futura irrupción de Dios en nuestra historia. Como creyentes vivimos entre el Adviento y el Gran Adviento: Cristo vino y Cristo vendrá. Los pilares de nuestra fe están ahí: creemos que Dios se hizo carne en un bebé en Belén y que vendrá en toda su gloria para renovarlo todo. “He aquí yo hago todas las cosas nuevas” (Apocalipsis 21.5): ya lo hizo en Belén y lo hará al renovar el cosmos entero.
¡Cuánta radicalidad hay en mantenernos a la espera! El mundo se afana por vivir de manera acelerada, en “hacer”, en ser eficaces y productivos, sacrificando la vida humana y destruyendo a la Creación. La angustia del mundo está en que no puede llegar a su plenitud por sus propias fuerzas. El Adviento nos enseña a esperar, nos educa en el silencio y en la radical confianza en Dios, la cual se hará explícita en Navidad cuando confesemos que nuestra existencia entera está en manos de un Bebé.
El Presidente de la República se ha enfrascado en una lucha en contra de la corrupción, que se ha hecho un estilo de vida en nuestro país, como parte de la cuarta transformación. La corrupción ha invadido todos los estratos sociales. Por supuesto, ni la iglesia cualquiera que sea su denominación, se escapa.
Para quienes profesamos una fe y hemos aceptado al hombre que vino a pregonar los valores éticos y morales, que son signo de la armonía entre el hombre y su entorno social. Se habla de una crisis de valores: el desarrollo tecnológico, la globalización de los mercados y de la cultura, la relevancia de la información y del conocimiento de los procesos productivos y sociales, modifican las maneras de entender el mundo y bosquejan nuevas formas de relación entre las personas.
Por eso, en aquí comentaremos ¿Qué es la ética? ¿Qué son los valores? Valores… ¿Para qué? Y cuáles son las características de los valores. Vivimos en una sociedad en donde la impunidad y la corrupción ya forman parte de nuestra cultura. La falta de una cultura ética y moral, y la falta de patriotismo, nos obligan a cambiar nuestro comportamiento. Vivamos con ética. Pero eso tiene que comenzar con cada uno.
«El tesorero corrupto, pero astuto y sagaz: la luz que vence a la corrupción»
Lucas 16:1-15
Cuando leemos esta historia, nos parece casi imposible que Jesús pueda haberla contado. Sobre todo, porque rompe moldes y casi escandaliza utilizando sin ningún tipo de protección aclaratoria un lenguaje provocador y sin anestesia. Sin embargo, nos encontramos ante una de las parábolas más contundentes sobre el reino de Dios y la manera en la que hemos de implicarnos en él. Para comprender la intención de Jesús y el sentido último de esta parábola es preciso que empecemos por el final. Ahí se encuentra la clave que ilumina el significado de este texto:
“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él. Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación».
Lucas 16:13–15
La interpretación que demos a esta parábola ha de estar en armonía con estas contundentes palabras de Jesús que, además, van dirigidas a un auditorio concreto que se encuentra ante él: Fariseos avaros (avariciosos, rapaces y mezquinos).
Jesús critica a los ricos que dan mucho para alardear de lo que tienen frente a otros; su fin no es el agradecimiento a Dios por su prosperidad, sino establecer una distinción social.
Noa Alarcón Melchor
«Jesús se sentó frente al lugar donde se depositaban las ofrendas, y estuvo observando cómo la gente echaba sus monedas en el arca de las ofrendas del templo. Muchos ricos echaban grandes cantidades».
Marcos 12:41
Al detenerme en este pasaje y mirarlo un poco más detenidamente, me doy cuenta de que muchas de mis presuntas enseñanzas sobre la ofrenda y el diezmo están mal establecidas. Soy consciente del daño que la teología de la prosperidad ha hecho en la iglesia cristiana: no solo en aquellas congregaciones donde los líderes la han establecido y aprovechado para el enriquecimiento personal, sino también en las iglesias que siempre han tomado esta teología como pecaminosa pero, por miedo a acercarse, han acabado abrazando de mala manera una “teología de la miseria” solo por precaución. Lo peor de la teología de la prosperidad es que realmente la Biblia habla mucho de la prosperidad. Lo que debería hacer dudar a los creyentes de estas doctrinas es el curioso hecho de que, aunque estos “santos” predicadores pidan dinero asegurando que Dios se lo devolverá aumentado, los únicos que parecen aumentar sus ingresos son ellos, y no la congregación. Pero, en fin. Eso para otro día. La cuestión es que este breve pasaje, este breve ejemplo de la viuda pobre (leed Marcos 12:41-44 para entenderlo mejor), nos cuenta grandes verdades.
No es “da mucho para recibir mucho”. No creo que la viuda se encontrara con un saco de dinero al regresar a su casa. La enseñanza es “da con sinceridad”. La viuda ofrendó consciente de que aún su poca ofrenda era buena y necesaria, y seguramente no esperaba que nadie la alabase. Sin embargo, Jesús critica a los ricos que dan mucho para alardear de lo que tienen frente a otros; su fin no es el agradecimiento a Dios por su prosperidad, sino establecer una distinción social.
No es dar con culpabilidad. Los que hemos pasado mucho tiempo en la iglesia sabemos bien lo eficaz que es apelar a la culpabilidad para recolectar ofrendas. Sin embargo, todo llamamiento a la culpabilidad sé que está mal desde un punto de vista bíblico. La viuda no dio precisamente porque se sintiera culpable. A mí esto, reconozco, me cuesta entenderlo, aunque sé que es así.
Dejando atrás el materialismo individualista para la misión integral, el ministerio de microfinanzas de la iglesia es un ejemplo sobresaliente de la “misión integral”.
La economía mundial actual refleja la idolatría en el corazón de la economía occidental dominante.
Lo que la iglesia necesita es un discipulado económico que equipe al pueblo de dios para vivir fielmente en la economía del rey Jesús en medio de la economía globalizada.
Brian Fikkert
Una misionera se para frente al ministerio de microfinanzas de una iglesia de Kenia y comparte su visión: “Quiero poder ayudar a las niñas masai en las regiones remotas del interior … y empoderarlas para que sean como nosotras”; pero ¿qué significaría ser “como ellas”? [1]
Todas las mujeres en esta reunión, incluida la misionera, son pobres masai, un pueblo seminómada de África Oriental que a menudo trata a las mujeres como ciudadanas de segunda clase. Además de haber nacido de nuevo, las mujeres son muy productivas y acceden al capital del ministerio de microfinanzas para iniciar negocios, pagar las cuotas escolares de sus hijos y hacer frente a emergencias.
El ministerio de microfinanzas de la iglesia es un ejemplo sobresaliente de la “misión integral”, la proclamación y demostración del evangelio que estaba en el corazón del ministerio de Jesús (Lc 4:14-21; 7:18-23; 9:1-2; 10:9).[2] El hecho de que este ministerio empoderó a las mujeres masai para superar la opresión social y la pobreza extrema es realmente notable; pero no menos notable es el hecho de que este empoderamiento produjo una misionera centrada en el reino en lugar de la persona materialista, altamente individualista y egocéntrica que se ha vuelto tan habitual en la economía mundial.