Carta Pastoral de Adviento

Navidad y Fin de Año 2019

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”.

Lc. 2:14

A todo el pueblo metodista, A cada congregación,
Al cuerpo pastoral de la Conferencia Anual de México,

Estimados hermanos y hermanas en Cristo,

Ha llegado el tiempo de iniciar un nuevo año litúrgico. Con la temporada de Adviento volvemos a iniciar un ciclo que nos llevará de la espera a la afirmación de que Cristo es el Señor de todo lo que existe, en el que pasaremos por tiempos de recogimiento en Cuaresma, el duelo de la muerte en Crucifixión, la afirmación de la esperanza en Pascua y la afirmación de nuestra identidad como iglesia en Pentecostés.

El tiempo de Adviento nos coloca en medio de los marcos de referencia de la predicación cristiana: la encarnación de Dios en Jesucristo y la futura irrupción de Dios en nuestra historia. Como creyentes vivimos entre el Adviento y el Gran Adviento: Cristo vino y Cristo vendrá. Los pilares de nuestra fe están ahí: creemos que Dios se hizo carne en un bebé en Belén y que vendrá en toda su gloria para renovarlo todo. “He aquí yo hago todas las cosas nuevas” (Apocalipsis 21.5): ya lo hizo en Belén y lo hará al renovar el cosmos entero.

¡Cuánta radicalidad hay en mantenernos a la espera! El mundo se afana por vivir de manera acelerada, en “hacer”, en ser eficaces y productivos, sacrificando la vida humana y destruyendo a la Creación. La angustia del mundo está en que no puede llegar a su plenitud por sus propias fuerzas. El Adviento nos enseña a esperar, nos educa en el silencio y en la radical confianza en Dios, la cual se hará explícita en Navidad cuando confesemos que nuestra existencia entera está en manos de un Bebé.

El Adviento nos invita a ser comunidades de esperanza y ternura para los que andan con el corazón roto resultado de las realidades humanas. Esperanza: “espera” en Aquel que vendrá; “espera” en Quien llegará. La espera de Adviento está llena de ternura: ángeles se aparecen para anunciar buenas noticias, hombres y mujeres son redimidos, personas marginadas son engrandecidas y hombres poderosos son hechos humildes. Somos llamados a ser iglesia viva en el Adviento: iglesia que anuncia la llegada del Señor y sepa esperar junto a quienes tienen el corazón roto, el cuerpo molido y el espíritu acongojado.

Cuatro semanas dura la preparación del Adviento para llegar a Navidad. ¿Qué sucede en Navidad? Bajo la mirada de los poderosos no sucede nada. No hay valor alguno en un pesebre y en un niño pobre. Por eso no están Herodes ni los principales del pueblo en Belén. Sin embargo, para las y los humildes, pobres y heridos en Navidad sucede todo. Encontramos a un Bebé que es como cualquiera y, al mismo tiempo, es Dios. En Navidad vemos cómo todas las cosas son hechas nuevas. No vemos a un Dios todopoderoso, sino a un Bebé que llora; no a un Dios de los ejércitos, sino a un Bebé frágil; no a un Altísimo, sino a alguien que duerme en paja; no a un Victorioso, sino a un recién nacido que duerme bajo la sombra de la cruz. ¿Acaso eso no es nuevo y buena noticia? Dios se ha hecho carne en un Bebé: ha venido al mundo para que el mundo se vuelva Cielo. Nunca más el Cielo y la Tierra estarán separados: Dios está aquí.

Dios se hizo carne. Por eso la celebración de la navidad no podemos desligarla de la realidad histórica donde Jesús nace. Las circunstancias en las que nace Jesús nos llevan a una espiritualidad encarnada. No podemos “creer bien” (ser ortodoxos en la doctrina) sin vivir la fe en el tiempo que nos toca recorrer. Jesús nació siendo dominado por un imperio y bajo el poder de un rey sanguinario, en medio de convulsiones sociales e instituciones religiosas que estaban lejos de la realidad del pueblo. El imperio y sus poderes hablaban de paz, pero promovían la violencia, la desigualdad y la exclusión.

Nuestra Latinoamérica está en convulsión. Hay quienes dicen buscar la paz y promover la justicia, pero sus acciones provocan más muerte y dolor. Vivir el Adviento bajo circunstancias adversas es estar a la espera de que la justicia llegue y la paz irrumpa. Vivir la Navidad en medio de la agitación social es saber que el Dios que se encarnó sigue naciendo en los corazones de quienes buscan justicia, paz y gozo para sus pueblos.

La iglesia está llamada a trabajar en el Belén que le corresponde: en esos pequeños espacios marginados, lejanos, mudos y empobrecidos. Tal vez no logremos cambiar la economía mundial, ni la política de las naciones (el Bebé tampoco lo hizo), pero sí podemos acercarnos a quienes hoy ocupan el lugar de los pastores, extraños, mujeres estériles y sacerdotes afligidos para anunciar la mayor de las noticias: ha nacido un Niño que es el Príncipe de Paz, Dios con nosotros, quien es el Principio y el Fin de la historia, en quien todo subsiste; ha nacido la Luz.

Toda nuestra existencia, la existencia de nuestras familias y la existencia de la iglesia están en manos de un Bebé. Y ahí están a salvo.

¡Feliz Navidad y bendecido año 2020!
¡Gloria por siempre a Cristo!

Obispo Moisés Morales Granados