Al General José Trinidad Ruíz

AL GENERAL JOSÉ TRINIDAD RUIZ

Por Alan Sánchez Cruz
Enero de 2020

Para Agur Arredondo Torres, profesor y amigo.

Avejentado por sus años en el poder, Porfirio Díaz concedió una entrevista a James Creelman para la Pearson’s Magazine. Era 1908, y Díaz declaraba que esperaba paciente a que México eligiese un gobernante. Según él, el país tenía la suficiente madurez para una transición pacífica, y esto le permitiría aislarse de la vida pública. Por supuesto, muchos desconfiaron de las palabras del entonces mandatario y comprobarían que no estaban errados cuando, en vísperas de las elecciones de 1910, Díaz presentó su candidatura y se reeligió a expensas de la opinión popular. Así, “el país entró en una situación política inédita debido a la efervescencia que tuvo lugar con motivo de la reelección de Díaz y con los movimientos nacionales de oposición a ella” [1].

Los principales opositores al régimen porfirista eran los hermanos Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón y su periódico Regeneración, publicado desde 1901; Francisco I. Madero quien, con la bandera del antirreeleccionismo, convocó al levantamiento armado en todo el país en 1910; y las hermanas y hermanos Serdán quienes, ese mismo año, fueron asesinados al ser descubierto el cuartel general de la Revolución en Puebla. Entre los antecedentes de lo que hoy se conoce como Revolución Mexicana se cuentan también las huelgas obreras de Cananea y de Río Blanco, en 1906 y 1907 respectivamente.

Es sabido, por la labor de los historiadores del metodismo en México, que tanto pastores como laicos participaron en aquellos movimientos armados. Claro, hubo quienes tomaron distancia, aunque no estuvieron necesariamente en contra. Jean Pierre Bastian, al entrevistar a Gonzalo Báez Camargo, le interpela acerca de John Wesley Butler -hijo de William Butler- y su opinión:

Mire, don Juan W. Butler era un gran amigo personal de don Porfirio Díaz; tanto así, que entre sus reliquias conserva el tintero y creo que la pluma que sirvieron a don Porfirio Díaz cuando firmó su renuncia. […] Después que vino la Revolución, y como yo era un muchacho y él un misionero en jefe de la Iglesia metodista, no tenía mucho contacto con él, no le puedo decir; no creo que haya expresado algo en contra de la Revolución [2].

Debido a su labor y a su carácter de extranjeros, los misioneros se mostraron respetuosos con las autoridades, aunque esto no limitó que los metodistas nacionales se involucrasen en el movimiento. La huelga de la fábrica textil de Río Blanco, Veracruz, que estalló en 1907, fue dirigida por el pastor José Rumbia y el activista Andrés Mota, por ejemplo. A lo largo del territorio nacional, los metodistas se comprometieron con la causa: Victoriano D. Báez, Gregorio Osuna, Benigno Zenteno, el propio Gonzalo Báez Camargo, y José Trinidad Ruiz, entre otros. Acerca de este último casi no se ha escrito, pues la información es escasa. Al rescatar algunos aspectos de su vida, las presentes líneas pretenden honrar a uno de los pastores metodistas cuya existencia ha quedado, casi, en el olvido: al General José Trinidad Ruiz.

Nació en Tlapala, Estado de México. Estudió en la escuela de Miraflores “Hijos de Hidalgo” e ingresó, en 1888, al Instituto Metodista Mexicano, en Puebla, donde concluyó su carrera ministerial. Por el libro del Jubileo de la Fundación de la Iglesia Metodista Episcopal en México se sabe que fue pastor desde 1897 hasta 1909, en las congregaciones de Panotla, Apizaco, Tepalcingo, Tlaltizapán, Atlautla y Celaya [3].

Era un pastor consagrado a la obra, de gran elocuencia al predicar y al dirigirse a los grandes auditorios. El pastor Rubén Pedro Rivera, en sus memorias, comparte una anécdota que comprueba lo dicho. Cuenta que “un 30 de septiembre, a principios del siglo XX”, la ciudad de Cuautla estaba engalanada debido a los festejos del natalicio de José María Morelos y Pavón. Aquel día, la celebración culminaría con una velada literaria-musical en el teatro “Carlos Pacheco”, adornado para la ocasión. Además de los invitados, coincidieron los metodistas Victoriano D. Báez y José Trinidad Ruiz. Mientras disfrutaban de una amena charla, el organizador del evento, Alberto Castillo, les invitó a ocupar un sitio de honor entre las autoridades civiles. Ambos eran reconocidos en la sociedad de aquel entonces. Se entonó el Himno Nacional, se dio la bienvenida a los funcionarios estatales, municipales y demás concurrencia; una dama recitó un poema patriótico y se llegó al discurso principal que, de acuerdo a Rivera, fue “una perorata cansina”.

El maestro de ceremonias ofreció luego tribuna libre a quienes quisieran hacer uso de la palabra, ¡y allí fue! José Trinidad Ruiz aceptó la invitación. Su figura sólida y de buena estatura, piel bronceada, cabello hirsuto, además de una voz de trueno y fogosidad impetuosa, captaron de inmediato la atención del público. Ya desde sus días de estudiante, don José Trinidad se había distinguido por sus dotes de orador y las había perfeccionado con el uso frecuente como pastor metodista, de modo que a dondequiera que lo había llevado su itinerancia ministerial, los ciudadanos lo solicitaban como el orador principal en los actos oficiales de la comunidad.

Aquella noche, el verbo improvisado, pero no por ello menos encendido, de José Trinidad Ruiz, sacudió los sentimientos de cada oyente. Sus frases certeras, describiendo la obra de Morelos, fueron interrumpidas muchas veces por estruendosas salvas de aplausos, hasta que al llegar al clímax los vivas y aplausos hicieron retemblar el edificio. Al término del magistral discurso, el gobernador, visiblemente emocionado, se apresuró a felicitar al tribuno con un efusivo abrazo y, tras él, muchos más se disputaron el honor de felicitarlo también [4].

Añade Rivera que “la velada, que amenazaba con ser un castigo de aburrimiento, se transformó en una gran fiesta de verdadero júbilo patriótico” [5].

Cuando José Trinidad Ruiz se encontraba en Tlaltizapán, conoció al profesor Pablo Torres Burgos, con quien trabó amistad, para unirse posteriormente a su movimiento revolucionario. Siendo parte de los “alzados”, conoció a los generales Emiliano Zapata Salazar y Otilio Edmundo Montaño Sánchez. Con este último formaría una dupla intelectual cuya mayor gloria sería la redacción del Plan de Ayala, documento que concentraría el ideal de los zapatistas. La Revolución Mexicana le hizo dejar el ministerio por servir a su Patria [6].

El mencionado Plan de Ayala tiene su predecesor inmediato en el Plan de Tlaltizapán, del que poco han hablado los historiadores de la Revolución Mexicana y/o del zapatismo en sí, publicado el 26 de julio de 1911 por José Trinidad Ruiz. Tal documento [7] revela el bagaje bíblico-teológico con el que contaba Trinidad Ruiz, pues se lee en algunas de sus líneas lo siguiente: “Henos aquí, señores hacendados, en el nombre de Dios y de los pueblos”, “y desde ahí, dizque llorar sobre las ruinas de la Heroica Cuautia [sic], Morelos, como Jeremías el piadoso lloraba sobre las ruinas de la Ciudad Santa”, “caiga como la sangre de Abel sobre la cabeza de nuestros Caínes burgueses y hacendados, como un anatema, como una maldición eterna para todos los tiranos”, o “Presentadas las bases de nuestro Plan, no nos queda sino sostenerlo y defenderlo en el nombre de Dios y de los pueblos oprimidos”.

Cosa curiosa es la rúbrica del documento: “Dr. José Trinidad Ruiz”. Si esto se quisiera explicar, podría hacerse de dos maneras: 1) Debido a que, en aquellos años, los pobladores de las comunidades -muchas de ellas rurales- donde se encontraban las congregaciones metodistas no contaban con los recursos suficientes, cuando algún hermano o hermana enfermaba, desde los pequeños pueblos, debían trasladarse a las grandes ciudades en busca de un médico o de un medicamento costoso. Por ello, algunas iglesias metodistas se surtían de medicamentos básicos y, en ocasiones extremas, los pastores fungirían como médicos (o doctores); 2) Otra posibilidad es que el pastor haya continuado sus estudios hasta conseguir el grado de excelencia académica resultando, entonces, “Doctor” en Teología.

Cuatro meses después del de Tlaltizapán es redactado el Plan de Ayala [8]. Se cree, y con razón, que el documento final fue escrito por Otilio Montaño y José Trinidad Ruiz, “pues en el mismo texto existen cambios en letras como la D, S, L, X, P, además de inclinaciones diferentes en las palabras” [9]. Se sabe que, terminado el Plan, Montaño le concede a Trinidad Ruiz ser el segundo en firmar, después del general Zapata.

El cuartel del grupo armado al mando del general José Trinidad Ruiz se acuartela en Hueyapan, en el atrio de la iglesia, apoyando a las tropas de Felipe Neri y a Zacarías Torres, quienes luchaban en aquella zona. Según apunta Amador Espejo Barrera, muere el 25 de enero de 1915, “en uno de los combates en los que se enfrentan los convencionistas con los carrancistas, por los rumbos de Texcoco” [10]. Sirvan las presentes líneas como un homenaje al hombre y pastor sensible de Dios y de su prójimo, ¡al General José Trinidad Ruiz!


NOTAS

  1. Felipe Arturo Ávila Espinosa y Pedro Salmerón Sanginés, Historia breve de la Revolución Mexicana (México, SIGLO XXI, 2015), 54.
  2. Jean-Pierre Bastian, Una vida en la vida del protestantismo mexicano. Diálogos con Gonzalo Báez-Camargo (México, CENTRO DE ESTUDIOS DEL PROTESTANTISMO MEXICANO, 1999), 38.
  3. 1873-1923: El Cincuentenario o “Jubileo” de la Fundación de la Iglesia Metodista Episcopal en México (México, CUPSA, 1924), 84-85.
  4. Rubén Pedro Rivera, Sucesos del metodismo mexicano. Mis recuerdos y mis días (México, UMAD, 2009), 26-27.
  5. Ibídem.
  6. 1873-1923: El Cincuentenario…; Op. Cit.
  7. https://www.bibliotecas.tv/zapata/1911/z26jul11.html?fbclid=IwAR3B9_DxWAJj08tXleE46gxtDFa5XAp2MxVGIfoBm5GVUVWqVpF_dklr_d8; Consultado el lunes 13 de enero de 2020.
  8. Quien lee puede consultar el artículo “En nombre de Dios que muere inocente”, acerca de Otilio Montaño y el Plan de Ayala, con fecha de 31 de mayo de 2019. También en El Evangelista Mexicano.
  9. Amador Espejo Barrera, Guerrilleros y lugares de Zapata (México, 1999), 113. Con apoyo del H. Ayuntamiento del Mpio. de Ayala 1997-2000 y de la Secretaría de Bienestar Social de Gobierno del Estado.
  10. Ibídem.