EDITORIAL

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Ser Iglesia en tiempos de angustia

Es en tiempos de angustia cuando solemos replantear nuestras motivaciones y aspiraciones más profundas. No sólo sobrevivir sino cuestionamientos más trascendentes. ¿Cómo llegamos a ésta situación? ¿Qué hicimos? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Es un castigo divino? ¿Cuándo terminara esto?

Para los cristianos, también es el inicio de planteamientos hacia el futuro. ¿Qué estoy aprendiendo de esto? ¿Qué me está enseñando Dios? ¿En qué está puesta mi confianza? ¿En quién está puesta mi confianza? Es, también, un recordatorio de quién está a cargo de todas las cosas y, con ello, un recordatorio de que nuestra propia humanidad, con sus limitaciones e imperfecciones, tiene una profunda necesidad de volver los ojos al Creador para acogernos a Su sabia voluntad.

Y para muestra de Su voluntad, tenemos que ilustrarnos con el testimonio del propio Señor en su ministerio terrenal. Jesús criticó fuertemente al sistema de convivencia humano en su tiempo, que servía a los intereses que oprimían, que se basaba en servirse y no servir. Por eso, en aquel tiempo de opresión y angustia, llamó a sus seguidores a no ser como aquellos que promovían esos valores.

Jesús predicó un mensaje de libertad a los oprimidos, de apertura de la cárcel, de jubileo, esto es, remisión de las deudas y curación de las afrentas y heridas. Pero también, Jesús rompió con tradiciones religiosas y familiares de su época, destruyó también muchas fronteras, por ejemplo, de raza, de nacionalidad, de género, y propuso el amor y la misericordia como ética y forma de interpretar la voluntad de Dios.

Jesús compartió con los leprosos y a la mujer con flujo de sangre de forma inversa a como lo demanda Levítico, se juntó con todos aquellos que los religiosos de su época consideraban inmundos o castigados por Dios por sus pecados. Es decir, curó enfermedades y dolencia del pueblo, siempre confrontando a las condiciones sociales que generaron esas enfermedades y dolencias. Nos llamó a un reino voluntario, al que pueden pertenecer no personas de una nacionalidad determinada, sino “todo aquel que cree”. Nunca indiferente al dolor humano.

Vivimos tiempos de miedo. Desde emergencias sanitarias, hasta violencia generada por crimen organizado, pasando por falta de atención y discriminación a grupos vulnerables como mujeres, niños, grupos sociales o personas que sufren alguna enfermedad o discapacidad. Pero todo ello, tiene orígenes en nuestra propia degradación espiritual. Para todo eso, Jesús tiene una respuesta de amor y misericordia. Su amor es tan grande e incluyente que ama a sus enemigos, protege incluso a los que “no creen en él”. Su amor tiene rostro, un rostro que está con los que sufren, con los excluidos por la sociedad y la religión, con los pobres, con los oprimidos, con los lastimados por la violencia. Ese rostro es la Iglesia. Y la Iglesia es la que debe proclamar la confianza en Dios en tiempos de miedo y angustia.

La Iglesia, hoy, debe ser el brazo amoroso de Jesús, amando, sirviendo, sufriendo con el que sufre, que no está para imponer su fe, pero está por denunciar la injusticia, que aspira a ver a su prójimo herido, a tenderle una mano y a llamar al país, a gobernantes y gobernados, a ricos y pobres a imitar dicho actuar.

Compartamos la vida y pongamos todo en manos del Señor. Él nos conoce y sabe de nuestras imperfecciones y limitaciones. Por ello, no eres demasiado joven, ni demasiado pobre, ni demasiado ignorante, ni demasiado pequeño en la fe, ni insuficiente. Dios sabe que eres lo suficientemente importante para dar vida, confianza y esperanza a un mundo necesitado y plagado de miedos y angustias. Ponte en sus manos y serás herramienta de Él.

Trabajemos por la paz y la prosperidad de esta nación mexicana, adonde Él ha hecho y seguirá haciendo muchas maravillas. Pidamos al Señor por México, porque del bienestar de nuestro país dependerá el bienestar de todos los que aquí habitamos. Siempre con la confianza de que “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”.

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