EDITORIAL

EDITORIAL
Normalidad anormal

Martin Larios

“¿Entienden lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues bien, si yo, el Señor y el Maestro, lavé sus pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros”.

Juan 13:12b-14 (RVA-2015)

El 15 de mayo es el Día del Maestro en México. La fecha es significativa y altamente simbólica, porque fue el día en que México logró su segunda independencia, al triunfar la República en 1867. El Congreso de la Unión lo decretó así en 1918, porque entendía que el maestro era el artífice de la Nación y que sería el verdadero formador de las generaciones de mexicanos libres, patriotas y comprometidos con las más nobles causas de pueblo.

La educación es parte del ADN metodista. El metodismo nació en los salones de clase de la Universidad de Oxford en Inglaterra, cuando John Wesley y su hermano, Carlos Wesley, iniciaron su ministerio en el campus universitario con el Club Santo. En esa iniciativa, combinaron el anhelo del conocimiento con el desarrollo espiritual y la santificación; conectaron la fe y la razón; vincularon la piedad vital y el conocimiento; y estudiaron la ciencia y la Escritura.

Esta perspectiva teológica y pedagógica inspiró varios proyectos educativos. John Wesley fundó Kingswood School en 1748. Escribió muchos sermones como una forma de teología sistemática para predicadores practicantes. Creó una biblioteca cristiana para educar a aquellos que la gente llamaba “metodistas”. Tenía la esperanza de que, educando a la gente común, ellos podrían entender los límites de la naturaleza humana, aceptar la gracia de Dios y alcanzar la santificación a través de la disciplina, como medio indispensable.

Para Wesley, el fin de la educación era asegurar la salvación. ¡La educación era parte de la salvación! Esta visión se ha expandido al resto de Europa, Estados Unidos, Asia, África, América Latina y otras partes del mundo, durante los siguientes tres siglos.

Jesús, el Maestro y Señor, nos ha dado ejemplo y nos ha enseñado lo que debemos hacer. En su tiempo, en cada hogar había un recipiente con agua para lavarse los pies, porque se los ensuciaban caminando por las calles polvorientas de los pueblos. Y era una señal de honor para un anfitrión proveer un siervo para lavar los pies de los invitados; era una falta de hospitalidad no hacerlo.

Jesús les dijo a Sus discípulos que, así como Él había lavado a cada uno los pies, así debían ellos lavarse los pies los unos a los otros. El apóstol Pablo nos explicó en su carta a los Gálatas, cómo hemos de llevarlo a la práctica. Dijo él en Gálatas 6:1:

“Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, ustedes que son espirituales restauren al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

Gálatas 6:1 (RVA-2015)

El día de hoy, ante el reto del distanciamiento social involuntario por condiciones sanitarias, uno de los dilemas de la educación ha sido no sólo qué enseñar sino cómo enseñarlo. Pasaron a segundo término los contenidos y está adquiriendo una gran relevancia el verdadero sentido de la educación. Se vuelve imperativo, ante el colapso de las relaciones sociales y económicas, la formación de ciudadanos que ejerzan la fraternidad, la solidaridad y la responsabilidad como verdaderos ejes rectores de su vida.

Además de lo limitante que pueden ser los contenidos temáticos de cualquier grado escolar, nos enfrentamos a una virtual segmentación de la sociedad: los que tienen acceso a tecnologías de interconexión (que no necesariamente de comunicación) y los que no lo tienen. Ello acrecienta una brecha entre ricos y pobres que, a priori, no sabemos las consecuencias posteriores que pueda generarnos de encono y polarización social.

La iglesia, por consiguiente, también está sujeta a este dilema. Como brazo pedagógico del Evangelio del Reino, se ha enfrentado al reto de seguir proclamando Su mensaje, pero sin la “comodidad” de tener centros de reunión disponibles. Algunos han optado por tratar de replicar sus prácticas “normales” (como en los sistemas educativos seglares), pero ahora a través de medios audiovisuales, en vivo y asíncronos. No es difícil, ahora, ver “cultos virtuales”, “reuniones de oración virtuales”, “conferencias virtuales”, y aún en un ambiente de competencia en donde los feligreses pueden darse la oportunidad de “elegir” el culto que más les plazca, no importando horario o lugar del mundo. Hasta vemos recolecciones de ofrendas y diezmos “en línea”. Mismas acciones, diferentes medios y procedimientos. Mismas liturgias, diferentes plataformas.

Quizás ha llegado el momento de repensar a la iglesia, desde un punto de vista de la misión evangélica y de las necesidades que Dios nos está mostrando a través de la crisis mundial que se está viviendo: que apenas comienza con una manifestación sanitaria, pero que repercutirá en diversos aspectos de la vida mundial, desde lo económico, hasta lo ambiental y, por supuesto, en lo espiritual. Quizás ha llegado el momento de pensar en una iglesia nueva.

Todo es nuevo cuando Dios es invocado en momentos de angustia. No se trata de que resuelva a nuestra voluntad, sino de hacernos sentir la seguridad de Su presencia. Y eso es lo que genera nuevas actitudes y nuevas criaturas. No seres que, simplemente, cambian de dios como cambian de Canal de Youtube.

John Wesley creía que la educación era un aspecto esencial de la salvación, inspiró a los primeros metodistas y continúa inspirando el día de hoy. Además de celebrar nuestra historia en el mes del metodismo, ello debe motivarnos a continuar el movimiento metodista, creando cambios sociales positivos a través de la educación, el cuidado y la asistencia espiritual.

Dios quiera que no regresemos a la “normalidad”, sino que lo normal sea la nueva actitud del Evangelio de amor.