Un Pueblo Nuevo y Una Iglesia Nueva

UN PUEBLO NUEVO Y UNA IGLESIA NUEVA

Por Alan Sánchez Cruz
Domingo 3 de mayo de 202
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Soy el pastor Alan Sánchez Cruz. Para iniciar el mensaje de hoy, deseo compartirte lo que parece ser una noticia esperanzadora: De acuerdo a las estadísticas y a un análisis serio de las mismas, la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur, revela que el COVID-19 terminaría en México el 4 de septiembre, pues el 24 de junio desaparecería al 99 %. Es una aproximación, aunque, claro, todavía no se puede dar una fecha exacta de cuándo terminará el confinamiento y regresaremos a la vida normal. Por una parte, el que se nos dé una fecha aproximada tiene o tendría que ver con el Evangelio, pues esto representa aquella buena noticia, que brinda alegría y esperanza. Hay gente que ya no soporta estar en su casa, ya que anhela salir a divertirse, a hacer ejercicio, a visitar a los amigos, y esto no está mal. Muchos lo anhelamos. Pero, por otra parte, antes de que esto termine será interesante preguntarnos, ¿realmente queremos regresar a la normalidad?

En definitiva, nuestra rutina diaria se ha visto afectada -para bien o para mal- desde la dificultad para conciliar el sueño; los horarios cambiantes para quienes continúan trabajando, como las maestras y los maestros que ahora tienen que dar clases en línea con ayuda de la computadora o un dispositivo móvil (no hay que olvidar a niños y maestros que no tienen acceso a este tipo de tecnología, y el gran esfuerzo que hacen por compartir el conocimiento); los horarios de comida se han visto afectados en algunos hogares; la economía, así como la despensa han ido mermando. Repito, para bien o para mal, muchas cosas han ido cambiando de acuerdo a la perspectiva de cada uno, pero, ¿qué sucede con la Iglesia? ¿Qué tanto han cambiado nuestras dinámicas?

Cuando se dio la indicación de que los templos debían cerrarse, no todos la quisieron atender al principio. Por ahí se escuchó: “Si de por sí no vienen, no son constantes en la iglesia, ahora menos”, “y, ¿cómo le vamos a hacer con el dinero si la gente no asiste?”. Hemos optado por llenar las redes con publicaciones diarias, y dedicamos nuestro tiempo para pensar en la siguiente reflexión, porque esperamos que cuando este mal termine regresaremos a la normalidad. Nos miramos, en un futuro no lejano, todos reunidos en nuestros templos, continuando con la dinámica que hemos venido desarrollando por años. Sin embargo, trayendo a la mente estos términos que algunos leímos únicamente en libros de Historia como “pandemia”, “cuarentena”, ¿quién nos dijo que la cuarentena era algo malo o inconveniente para nuestro ser y quehacer como personas y como Iglesia de Dios en el mundo? Tal vez era necesario que la Iglesia tomase un respiro, una pausa, para analizar su misión en este tiempo que demanda: que las y los líderes estén mejor preparados, no para presumir que se tiene un título sino para servir mejor a los suyos, a los que están bajo su cuidado, para generar proyectos que convengan a las comunidades en que se encuentra la iglesia que dirigen. Tal vez era necesario confrontar nuestras prácticas de poder, de autoridad, pues, aunque nos cueste reconocerlo, hay sectores dentro de nuestras comunidades de fe que han ostentado una posición o poder económico por años. No hablamos del tema porque pareciera que no es Palabra de Dios. Tal vez -y sólo tal vez- esta cuarentena era necesaria para percatarnos de que nuestras prácticas no eran las correctas, y de que necesitamos más de Dios y de los demás que de nuestro propio renombre.

Cuando se dio la indicación de que los templos debían cerrarse, no todos la quisieron atender al principio. Por ahí se escuchó: “Si de por sí no vienen, no son constantes en la iglesia, ahora menos”, “y, ¿cómo le vamos a hacer con el dinero si la gente no asiste?”. Hemos optado por llenar las redes con publicaciones diarias, y dedicamos nuestro tiempo para pensar en la siguiente reflexión, porque esperamos que cuando este mal termine regresaremos a la normalidad. Nos miramos, en un futuro no lejano, todos reunidos en nuestros templos, continuando con la dinámica que hemos venido desarrollando por años. Sin embargo, trayendo a la mente estos términos que algunos leímos únicamente en libros de Historia como “pandemia”, “cuarentena”, ¿quién nos dijo que la cuarentena era algo malo o inconveniente para nuestro ser y quehacer como personas y como Iglesia de Dios en el mundo? Tal vez era necesario que la Iglesia tomase un respiro, una pausa, para analizar su misión en este tiempo que demanda: que las y los líderes estén mejor preparados, no para presumir que se tiene un título sino para servir mejor a los suyos, a los que están bajo su cuidado, para generar proyectos que convengan a las comunidades en que se encuentra la iglesia que dirigen. Tal vez era necesario confrontar nuestras prácticas de poder, de autoridad, pues, aunque nos cueste reconocerlo, hay sectores dentro de nuestras comunidades de fe que han ostentado una posición o poder económico por años. No hablamos del tema porque pareciera que no es Palabra de Dios. Tal vez -y sólo tal vez- esta cuarentena era necesaria para percatarnos de que nuestras prácticas no eran las correctas, y de que necesitamos más de Dios y de los demás que de nuestro propio renombre.

Seguramente, si aceptamos que hemos perdido el rumbo, tendremos que acudir a dos porciones de uno de nuestros libros de estudio para este año: “Pero tengo una cosa contra ti: que ya no tienes el mismo amor que al principio. Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios y haz otra vez lo que hacías al principio” (Apocalipsis 2:4-5a DHH). Aunque el énfasis y el pasaje que le da título a esta reflexión se encuentra en el capítulo 21:1-3, que dice:

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, y también el mar. Vi la ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de la presencia de Dios. Estaba arreglada como una novia vestida para su prometido. Y oí una fuerte voz que venía del trono, y que decía: «Aquí está el lugar donde Dios vive con los hombres. Vivirá con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

La sociedad está cambiando ya, a pesar de que hay quienes se esfuerzan porque esto no sea así. Sectores marginados de la misma se están solidarizando con los más vulnerables. Personas en situación de calle están recibiendo alimentos de parte de un colectivo de mujeres trans, por ejemplo. Aquellos grupos que por siglos la Iglesia ha juzgado, marginado, invisibilizado, son quienes están velando por su prójimo, mientras muchos de nosotros permanecemos en casa. No se necesita estar fuera de nuestros hogares todo el tiempo para ayudar, hay otras maneras para solidarizarnos con las y los más necesitados. Pensar en esas maneras es lo que nos corresponde.

Decía que la sociedad está cambiando, y, ¿qué hay de la Iglesia? Pienso que ya no deberíamos preguntarnos cuándo sino cómo vamos a regresar a las calles, al encuentro con la otra, con el otro. Será interesante reelaborar, reescribir, repensar, aquello que dijo ver el escritor del Apocalipsis para que, a su vez, lo digamos nosotros así:

Después de esto, vi un pueblo nuevo y una Iglesia nueva; porque aquella sociedad e Iglesia primeras habían dejado de existir. Vi que el Reino, aquel proyecto divino de solidaridad y justicia, bajaba del cielo, de la presencia de Dios. Escuché una voz que salía de todos los confines de la tierra; no de arriba, sino de cada rincón habitado, que decía: «Aquí está el lugar donde Dios habita con la humanidad y con su Creación entera. Vivirá con los seres humanos y serán su pueblo, porque estarán en contra del egoísmo, de las prácticas de autoridad y poder vertical que favorecen solamente a unos cuantos. Buscarán la colaboración de todas y todos en armonía, en paz, y Dios estará con ellas, con ellos como su Dios».

¿Crees que esto sea posible algún día? Comencemos haciendo nuestra parte como hijas e hijos de Dios. Oremos.