Mi Llamado y tu Llamado

Mi llamado y tu llamado

David Almanza

“Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido… Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude”.

Jeremías 20:7, 9

Mi llamado así fue.

Fumar, beber alcohol, usar drogas ocasionalmente, tocar en una banda de heavy metal, pelear a golpes al menos una vez por semana, rebelde, interesado en el oscuro, ya era padre y solo tenía 16 años.

Mi vida no tenía sentido y mi futuro no era incierto, más bien era seguro que no viviría mucho; el desastre sería el resultado de mis días.

Cuando Jesús me rescató y yo lo acepté como mi único y suficiente Salvador, no pensé que habría algo bueno para mi vida. Me conformaba (y es bastante) con que rescatara mi alma de la perdición eterna en el infierno al cual estaba destinado por mi pecado.

Pero había más para mí. Sí, Dios no solo rescataba mi alma, también mi espíritu y mi cuerpo, mi dignidad como persona, mi tiempo, mis decisiones, mi nombre y todo lo que me rodeaba. Porque como dice el salmista: La ley de Jehová es perfecta que hace sabio al sencillo. Salmo 19:7.

Y sí, como dice ese canto antiguo que a muchos no les gusta, pero a mí me encanta: “sacó mi vida del anonimato, me dio corona y vestido real, así es Jehová que exalta al pequeño, por causa de él, yo me haré más vil”.

Con el paso de los días, después de haber recibido a Jesucristo y mi decisión de seguirlo hasta el fin de mis días; mi vida fue cambiando. Empecé a cambiar mi conducta, mis hábitos, mi léxico, mis prioridades y hasta mis gustos. Pronto aquel David que era agresivo, vicioso, rebelde, fue muriendo y fue creciendo en mí un nuevo David, uno que busca asemejarse a Jesús.

Pues bien. Una noche del mes de julio del año 1992, intenté compartirle a mi padre, esta fe que estaba cambiando mi vida. Él estaba haciendo cuentas en la barra de un restaurante que tenía, cuando yo me acerqué a él, me senté en un banquito y me acerqué a la barra, y le dije:

  • Yo: Papá, quiero hablar con usted.
  • Papá: ¿De qué?
  • Yo: De la Biblia, Jesús cambió mi vida y quiero explica… (interrumpido).
  • Papá: No no no, yo no quiero saber de eso. Eso que traes es temporal, al rato serás igual.
  • Yo: Papá no, usted verá el cambio en mi vida, y verá que Jesús me salvó.
  • Papá: Mira, no sabes lo que dices, es más, ni siquiera entiendes la Biblia. Te voy a hacer una pregunta y si me la contestas bien, te dejaré hablar. ¿Te parece?
  • Yo: Si, dígame.
  • Papá: Dime los libros de la Biblia de memoria en orden desde génesis hasta apocalipsis.
  • Yo: No me los sé.
  • Papá: Ya vez..! No sabes. Pero está bien, te doy otra oportunidad. Dime las 12 tribus de Israel en orden.
  • Yo: (Mi cara de frustración y tristeza pues no sabía ni siquiera que había tribus). No sé.
  • Papá: (Riendo) Ya vez, pero bueno, una última oportunidad, dime un capítulo de la Biblia, de cualquier libro, de memoria; aunque sea el salmo 117, lo que tú quieras de memoria.
  • Yo: No se me nada de la Biblia de memoria.
  • Papá: (me dio todas las respuestas de memoria, incluyendo las 12 tribus) Bueno, cuando sepas vienes y me hablas de eso.

Me sentí tan triste, tan frustrado, me sentí tan mal conmigo mismo. Me dolió en mi corazón pues yo estaba experimentando tantos cambios y amor de parte de Dios, que quería que mi familia lo supiera.

Sin embargo, esa noche, mi papá provocó algo en mí, que aceleró mi proceso de crecimiento en la fe, y que fue la forma en que Dios inició el llamado en mi vida.

Enojado conmigo, y frustrado por no conocer bien la Biblia, todas las noches, llegaba a mi casa entre las 8 y las 9 p.m. con mucha prisa y deseo de llegar ya; así como los enamorados desesperados por verse, así llegaba desesperado para leer mi Biblia. La leía desde las 9 de la noche hasta la 1 o 2 de la madrugada. Apuntaba todo lo que no entendía, anotaba también lo que me parecía que me serviría para explicarle a mis amigos.

En 6 meses, leí 7 veces la Biblia completa. Al principio que no entendía, iba con mi pastor a preguntarle, él muy amablemente me explicaba; después como que me sacaba la vuelta o me daba diccionarios teológicos y comentarios para que yo buscara; y entiendo pues yo iba muy seguido.

Al paso de estos 6 meses, además de leer 7 veces la Biblia y conocerla bien, sin tener un año siquiera de convertido, fui con mi papá de nuevo. Para ese entonces mi vida había cambiado tanto que la gente me veía con extrañes, no morbo, sino que se preguntaban qué me había pasado. Era una conversión tan drástica, que era increíble.

Pues bien, una noche igual que esa noche 6 meses atrás, esperé que papá y yo estuviéramos solos y le dije:

  • Yo: Papá
  • Papá: Si, dime.
  • Yo: He estado leyendo y estudiando la Biblia, para aprender y conocer más a Dios, pero también para responder sus preguntas, pregúnteme.
  • Papá (con una sonrisa que no olvidaré nunca): No te preocupes, dime lo que quieras.

Esa noche le hablé del amor de Dios que había sido derramado en mi vida, me desbordé lo más que pude, pero, aun así, mi papá no aceptó al Señor, pero al menos me dejó hablarle.

Lo que papá no supo, y que antes de que muriera le dije, es que, él creó en mí la necesidad de estudiar la Biblia. Necesidad que no ha menguado después de 28 años. Así, comencé a predicar, en las calles, en mi iglesia local, a niños, adultos, jóvenes, en todo lugar, y creó en mí una necesidad de “pesar” cada palabra, cada doctrina, cada pensamiento, cada declaración, cada acción, con la regla de fe: la Biblia.

Así comenzó mi llamado. Mi iglesia y pastores amigos, me veían y escuchaban y me decían: “David, Dios te está llamando a servirle”. Era tan convincente en mis prédicas, en la evangelización, que todos me insistían en que debería servir al Señor de tiempo completo. Para 1993, ya estaba estudiando en un instituto bíblico local en mi ciudad natal y pronto, en 1997, recibí mi primera responsabilidad como pastor; por supuesto, después de haberme preparado más en un seminario.

Hoy, 28 años después, sigo estudiando teología pues me gusta. Pero sigo leyendo la Biblia con igual o más emoción que antes, esperando que Dios me hablé.

Mi llamado se evidenció por mi pasión. Pasión por orar, por leer la Biblia, por predicar, por servir en mi iglesia, por crecer y nunca estar de ocioso en el evangelio. Además, se confirmó por mi iglesia, por mis pastores y por diferentes personas.

Recientemente mientras oraban por mi esposa y por mi, me dieron una palabra donde Dios me dice que me está llevando al ministerio de apóstol y profeta, de restaurador y reformador. Aunque no entiendo bien cómo puede ser esto pues, después de 2 institutos bíblicos, 2 licenciaturas y una maestría en teología, aun no comprendo todos los misterios del Señor.

 ¿Cómo fue tu conversión a Cristo? ¿Aún recuerdas tus primeros pasos en el Señor? ¿Sigues enamorado de Jesús?

 En estos tiempos de contingencia, muchos estamos desesperados. No sabemos cuándo vamos a regresar a reunirnos como iglesia, no sabemos cuando terminará este encierro, no sabemos qué pasará con la economía, no sabemos si regresarmos todos para estar juntos otra vez.

Pero como dice Jeremías: “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude”. Jeremías 20:7.

No te resistas, no te alejes, no abandones, no renuncies.

Recuerda de dónde te sacó el Señor. Recuerda las veces que te ha demostrado su amor. Recuerda que esta vida, es temporal, pero la vida que Él ofrece, es eterna.