Alan Sánchez Cruz
En diversos pasajes de la historiografía nacional abundan las masacres referentes a la lucha por nuestro territorio, como el despojo que se le hizo a México en 1848, cuando tuvo que ceder California, Nuevo México, Tejas -así, con “J”- y otros estados, a los Estados Unidos de América, después de firmar el Tratado Guadalupe-Hidalgo. Por práctica general, el sector de “los poderosos” abusa de “los menesterosos”, y, dicha práctica es para nada evangélica.
Es cierto que Jesús dijo en el Evangelio “a los pobres siempre los tendrán entre ustedes”[1], pero no se refería a una predicción que se tenía que cumplir para no romper con las leyes del universo -valga la expresión estrafalaria- sino como una advertencia para sopesar nuestra soberbia, nuestro egocentrismo que, en esta época particular, nos esclaviza para enaltecer el ego. ¿Dónde queda, entonces, aquel mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”[2]?
México, por ejemplo, tuvo hace no muchos años al hombre más rico del mundo. ¿Nos deberíamos felicitar por ello?, o, ¿deberíamos dar por cierto lo dicho por el economista y filósofo escocés, Adam Smith, ya en el siglo XVIII? Él escribió algo así: “Dondequiera que hay gran propiedad, hay gran desigualdad. Por cada hombre rico debe haber por lo menos quinientos pobres”[3]. Como se ha planteado, tal práctica va en contra del ideal evangélico. Por supuesto, antes que resultar en un sermón, el presente escrito tiene como fin revelar el compromiso -sustentado en la fe en Cristo- de mujeres y hombres que se añadieron a la lucha revolucionaria. Debe destacarse, en cuanto al protestantismo, la participación de tres denominaciones: Congregacional, Presbiteriana y Metodista.
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