No pertenece a la fe en Jesús la soberbia del que se cree mejor que nadie. Cuando una persona sólo ve apostasía e inmoralidad fuera del grupo de sus correligionarios, su discurso estará sembrado de juicio y condena.
Ignacio Simal
“¿Acaso somos nosotros también ciegos?”, le preguntaron unos fariseos a Jesús. Nuestro Señor les respondió, “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn. 9:40-41). Y es que no hay peor cosa que creerse y confesar a tiempo y a destiempo, que somos “guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas” (Ro. 2:19), sin caer en la cuenta de que, en el mejor de los casos, estamos afectados por puntos de ceguera existencial. No pertenece a la fe en Jesús la soberbia del que se cree mejor que nadie, sino la humildad consciente del que se sabe en camino hacia la perfección.
Cuando una persona solo ve, fuera del grupo de sus correligionarios, apóstatas e inmorales, no hay duda de que está enfermo en lo más profundo de su espíritu. Su discurso estará sembrado de juicio y condena, a años luz de distancia del espíritu perdonador del espíritu de Jesús (Lc. 6:37). No en vano tendrá la pretensión de formar parte del selecto grupo de “los siete mil que no han doblado sus rodillas ante Baal” (Ro. 11:4). Triste existencia la que les espera a los tales. Triste, muy triste, considerarse, de facto, superior a su maestro, de tal manera que cree que su voz ¡es la misma Voz divina! Profetas a los que Dios nunca ha hablado.
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