No es una novedad que esta pandemia puso en jaque a todas las organizaciones. Gobiernos, empresas, organismos no gubernamentales, familias y también a las iglesias locales.
Fernando A. Rimoldi
Todos los proyectos, sueños y labores tuvieron que detenerse. No importaron la cantidad de recursos, los conocimientos, la pericia o el estrato social. La crisis global golpeó con dureza sin hacer acepción de personas.
En medio de esta situación, las iglesias locales se volvieron a enfrentar a un viejo desafío conocido, pero esta vez a escala mundial: ¿Cómo seguir extendiendo el mensaje de Jesús sin reuniones presenciales?
Está claro que en muchas partes del mundo esta realidad no les es ajena. Además, en sus más de 2.000 años, la Iglesia ha tenido muchos períodos de persecución, en donde los cristianos han experimentado serios obstáculos para reunirse.
No cabe duda que en el último año se produjo un cambio de paradigmas. En medio de esta situación crítica, la tecnología dio respuesta a muchas de las inquietudes.
Diferentes plataformas de streaming se convirtieron en templos digitales. Monederos virtuales y medios de pago en línea permitieron que llegara a tiempo la ayuda financiera. Aplicaciones de videoconferencia se convirtieron en aulas, patios de juegos, oficinas y salones de reunión.
Los portales de compra y las empresas de entrega a domicilio fueron los encargados de llevar la provisión oportuna a personas en necesidad. Internet se transformó en un insumo básico indispensable. Tuvimos que aprender a manejar tecnología que no sabíamos que existía e instruimos con paciencia a nuestros adultos mayores en esta materia.
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