Escribir la fe: Del corazón a la página impresa

Escribir la fe: Del corazón a la página impresa

Por: Javier Alexis Perdomo González
Septiembre 2026

La urgencia de plasmar la fe

A lo largo de la historia de la salvación, la fe cristiana se ha transmitido de generación en generación mediante la proclamación oral, pero ha encontrado su ancla y preservación a través de la palabra escrita. Como creyentes, reconocemos sin vacilación que la Sagrada Escritura es nuestro fundamento inamovible, nuestra regla inerrante de fe y conducta. Como bien declara el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo 3:16-17: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Las modas literarias pasan, los libros de autores humanos alcanzan picos de popularidad y eventualmente caen en el olvido, pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre.

Sin embargo, la suficiencia de la Biblia no nos exime a los cristianos de la responsabilidad de escribir. Al contrario, nos impulsa a hacerlo. No escribimos para añadir algo a la Escritura, sino para testificar, enseñar, reflexionar y aplicar sus verdades a nuestro contexto. Los escritos contemporáneos, las reflexiones teológicas, las experiencias pastorales y los testimonios personales no pretenden sustituir a la Biblia, sino servir como un puente que aplica esa Verdad eterna a los desafíos de nuestro tiempo. Escribir la fe es una forma de edificar, consolar, capacitar y animar a la iglesia en sus vivencias actuales.

En el Nuevo Testamento encontramos un modelo claro de esta dinámica en la vida del apóstol Pablo. Sus cartas muestran cómo el Evangelio fue comunicado y aplicado pastoralmente a las situaciones concretas que enfrentaban las primeras comunidades cristianas. Pablo no se limitó a repetir los escritos de los profetas ni a quedarse únicamente con la tradición del Antiguo Testamento. Guiado por el Espíritu Santo, respondió mediante sus cartas a las necesidades, preguntas, conflictos y desafíos que enfrentaban las iglesias de su tiempo. Esas cartas, redactadas en medio de la cotidianidad de su ministerio y de sus propias luchas, se convirtieron en instrumentos de enseñanza y aliento que trascendieron su propio tiempo.

Esta urgencia de escribir cobra una relevancia aún más profunda y apremiante cuando miramos hacia nuestro contexto denominacional local. Como pastor de la Iglesia Metodista de México, observo con preocupación una marcada escasez de autores y literatura propia en nuestras filas. Mientras que otras denominaciones hermanas han cultivado con abundancia la producción de libros, ensayos y tratados para instruir a sus miembros, en nuestro entorno metodista la voz escrita se ha vuelto extrañamente escasa. Señalar esta realidad no nace de un espíritu de reclamo, arrogancia o descontento, sino de un profundo amor por la iglesia y de un celo pastoral por su edificación. La herencia de nuestra tradición wesleyana — históricamente rica en diarios, sermones impresos, himnos y producción literaria— nos desafía a romper el silencio. No basta con escuchar y predicar sermones que el viento se lleva con el paso de los días; es urgente que los creyentes y ministros de hoy volvamos a tomar la pluma para dejar un legado duradero a las siguientes generaciones.

La gestación del libro: Promesa fiel, un día Cristo volverá

Las grandes verdades teológicas rara vez nacen en la comodidad de un escritorio aséptico; con frecuencia emergen en medio de la tensión, el silencio interior y el sufrimiento cotidiano. El origen de mi primer libro, Promesa fiel, un día Cristo volverá, no provino de una ambición literaria ni de un proyecto ministerial planificado, sino del abrazo consolador de Dios en uno de los momentos más oscuros de mi vida y mi ministerio.

En el año 2016 fui asignado a un campo pastoral en un entorno rural. Desde nuestra llegada, las condiciones representaron una prueba severa para mi familia: la escasez constante de agua, la precariedad de la vivienda, las plagas y una economía sumamente limitada. Lo más doloroso como padre fue ver cómo la salud bronquial de mi hijo de apenas cuatro años se deterioraba a causa del ambiente. Como esposo, padre y pastor, el peso físico se trasladó a lo emocional y amenazaba lo espiritual. En la honestidad de mi corazón, deseé rendirme y renunciar al campo pastoral. No dudaba de mi llamado, pero sí formulaba preguntas profundas: ¿Por qué este lugar? ¿Qué propósito hay en medio de tanta resistencia?

Fue precisamente en ese escenario de desgaste cuando Dios se encontró conmigo de una forma inolvidable. En un culto congregacional escuché por primera vez un himno antiguo: “¿Promesa fiel faltará? Jamás…”. Esa frase no fue una simple melodía; fue una palabra viva que atravesó mis dudas. Comprendí que las circunstancias difíciles, el entorno geográfico y las limitaciones eran temporales, pero que la promesa del regreso de Cristo es eterna y soberana. Mi entorno no cambió de inmediato, pero mi corazón fue transformado. Entendí que cuando el alma vuelve a contemplar la promesa, encuentra una firmeza que las pruebas no le pueden arrebatar. De ese encuentro nació la convicción de plasmar no un tratado teórico sobre la escatología, sino el testimonio de una esperanza que sostiene al atribulado: un día Cristo volverá.

Sin embargo, recibir la inspiración no tradujo de inmediato la visión en páginas impresas, ni significó que el camino fuera sencillo. Al intentar volcar la visión en el papel, comenzó un prolongado periodo de lucha mental y emocional. El enemigo de nuestras almas y mis propias inseguridades me confrontaban diariamente con argumentos descorazonadores: “No tienes la capacidad”, “Nadie va a leer esto”, “No tienes tiempo ni mentoría”, “Te van a criticar”, “No vienes de cuna de escritores ni pastoral”. Además, en aquel momento no contaba con títulos académicos avanzados ni con una plataforma que me respaldara; sólo poseía mi licenciatura en teología y el peso de mis propias limitaciones. En mi mente, los escritores eran figuras distantes, personas con una vasta trayectoria literaria. Yo me sentía profundamente insuficiente.

En mi intento por tranquilizar esa inquietud espiritual y al mismo tiempo evadir la abrumadora tarea de escribir un libro completo, decidí «negociar» con Dios. Me dije a mí mismo que bastaría con preparar una serie de predicaciones sobre la segunda venida de Cristo para el púlpito local. Compartí dos o tres sermones consecutivos con esa temática, esperando con ello haber cumplido el encargo divino y silenciar la voz interior. Sin embargo, al bajar del púlpito, el fuego de escribir no se apagaba; continuaba ardiendo con la misma intensidad. Parecía escuchar en el espíritu una suave recriminación: “Ya ves que sí puedes; ahora estas palabras que proclamaste en el púlpito deben ser aterrizadas en el papel”.

Fue ahí cuando volví a postrarme en oración franca, exponiendo mi vulnerabilidad: le dije al Señor que tenía miedo a la crítica, al rechazo y al desánimo, y le confesé que carecía de la preparación académica que la sociedad y la iglesia a menudo exigen para respaldar un texto escrito. En mi oración sincera le pedí que, si era su voluntad que redactara este y otros libros, Él mismo me abriera las puertas para crecer académicamente. No pedí títulos por vanidad, sino por el deseo de ser un instrumento más útil en sus manos. Prometí que, si Él me abría las puertas para prepararme intelectualmente, yo asumiría el compromiso de escribir no sólo este, sino los libros que Él pusiera en mi corazón.

El sacrificio de entrega en el escritorio y la multiplicación de la visión

Dios respondió a esa oración, pero no mediante un camino de facilidades instantáneas, sino a través de un proceso de maduración de casi una década. Durante años, la redacción del libro fue un proceso imperfecto y humano. Escribía por ratos, en cuadernos sueltos, notas dispersas y archivos que en ocasiones se me traspapelaban o perdían en el ajetreo diario. Quien haya intentado escribir sabrá lo frustrante que es ver un proyecto estancado; es fácil dejar que el polvo se acumule sobre las ideas y convencerse de que el momento ya pasó. Hubo etapas de desánimo donde el borrador quedó varado por meses, pero el Espíritu Santo nunca permitió que la mecha se apagara por completo. Él mismo reavivaba la visión, me inquietaba en la quietud de la noche y me empujaba a buscar de nuevo esas hojas sueltas.

Paralelamente, Dios comenzó a mover las piezas para cumplir la parte académica. De manera milagrosa e inesperada, se abrieron las puertas para cursar la Maestría en Teología en el Seminario Juan Wesley y, simultáneamente, la Licenciatura en Psicología. La carga parecía imposible: el ministerio pastoral, los estudios dobles, los gastos familiares y las colegiaturas. No obstante, mi esposa y yo fuimos testigos de cómo la mano de Dios proveyó de forma sobrenatural cada recurso económico, tal como sostuvo al pueblo en el desierto. Durante esos siete años de intensa formación —que culminaron con dos maestrías— ocurrió algo maravilloso: la obediencia en lo poco comenzó a multiplicar la visión. Mientras trabajaba en la estructura de Promesa fiel, un día Cristo volverá, el Señor comenzó a hacer germinar en mi corazón la semilla de nuevos proyectos nacidos del andar pastoral cotidiano. De esa misma dinámica de disciplina y oración surgió la redacción de mi segundo libro, titulado Santidad a ras de suelo, una obra que hoy se encuentra en su fase final y que pronto estará lista para llegar a las manos del lector. Comprendí entonces que cuando uno le entrega la pluma a Dios, Él no solo concluye el primer escrito, sino que abre una fuente continua de edificación para su iglesia.

Concluir la etapa académica no significó que el libro se redactara solo. Para trasladar las notas acumuladas a un manuscrito final y estructurado, fue necesario entrar en una etapa de disciplina radical y sacrificio personal. La visión requirió ajustar el uso del tiempo y establecer prioridades inflexibles. Tuve que renunciar a actividades de ocio, dejar de lado la televisión, posponer proyectos personales y reorganizar por completo mi agenda ministerial y familiar. Fueron meses de trabajo en silencio´, donde la jornada continuaba cuando la casa dormía: madrugar antes del amanecer o prolongar la noche hasta altas horas de la madrugada frente al teclado. Escribir no fue un arrebato de inspiración poética, sino un acto de obediencia que exigió sudor, perseverancia, orden y el cansancio físico puesto al servicio del Reino.

Finalmente, en mayo de este año 2026, el trayecto de diez años alcanzó su cumplimiento al sostener en mis manos el primer ejemplar impreso de Promesa fiel, un día Cristo volverá. El sentimiento predominante no fue el orgullo por la meta alcanzada, sino una abrumadora gratitud hacia Dios por su paciencia, su fidelidad y por no haberme dejado tirar la toalla. Presentar el libro ante el altar fue la entrega de una ofrenda que siempre le perteneció a Él.

Dios confirmó de forma contundente que cada desvelo, cada lágrima en el campo rural y cada hoja perdida valieron la pena. La mayor confirmación no estuvo en el papel, sino en el impacto: saber que a la fecha se han distribuido más de 600 ejemplares y que continúa llegando a manos de creyentes que necesitan renovar su esperanza. Aquellas voces iniciales que aseguraban que «nadie lo leería» fueron silenciadas por la gracia de un Dios que toma nuestras limitaciones, nuestras “negociaciones” y nuestros sacrificios para transformarlos en un instrumento de edificación para su Iglesia.

El valor de escribir como un acto de servicio y discipulado

La producción literaria dentro de la iglesia no es un mero pasatiempo ni un ejercicio de vanidad académica; es una necesidad espiritual de primer orden. Cuando un creyente, un líder o un pastor decide sentarse a redactar una reflexión, un artículo, un libro o himnos y cantos congregacionales, está activando un poderoso medio de gracia que cumple tres funciones indispensables para el cuerpo de Cristo: edificar a los creyentes, preservar la memoria de la iglesia y proclamar la esperanza del Evangelio en el lenguaje de nuestro tiempo.

En primer lugar, los escritos nacidos de la vivencia cristiana tienen el poder único de conectar con las luchas reales de las personas. La teología formal es fundamental; pero cuando esa teología se encarna en la experiencia de alguien que ha atravesado la escasez, la enfermedad o la prueba y lo plasma en papel, el mensaje cobra una frescura conmovedora. Al leer cómo Dios sostuvo a otro hermano en su quebranto, el lector encuentra consuelo, empatía y la certeza de que no está solo en su batalla.

En segundo lugar, la escritura preserva la memoria espiritual de una comunidad. ¿Qué ocurre con una iglesia que no escribe sus historias? Corre el grave peligro de sufrir amnesia espiritual. Cuando una generación olvida o no registra las maravillas, las respuestas de oración y los avivamientos que Dios obró en su tiempo, las siguientes generaciones crecen sin referentes locales de fe. Una iglesia que no escribe deja que el viento se lleve la riqueza de su legado, obligando a sus jóvenes a buscar modelos espirituales en otros lugares porque desconocen las victorias de su propia casa. Escribir es un acto de fidelidad histórica que asegura que las obras de Dios en el presente sean recordadas y celebradas en el futuro.

Finalmente, la palabra escrita es una herramienta poderosa para comunicar el Evangelio en la cultura contemporánea. Un libro o un artículo web puede cruzar fronteras, entrar a hogares, salas de hospital y oficinas a donde la voz del predicador a menudo no puede llegar. La literatura viaja en silencio, pero habla con fuerza al corazón del lector en sus momentos de mayor intimidad y necesidad.

Para que la literatura florezca en nuestras congregaciones, es urgente desmitificar el acto de escribir. Debemos dejar de ver la publicación de un texto como una meta personal o un pedestal de renombre humano, y comenzar a entenderla como lo que verdaderamente es: una herramienta de servicio y discipulado.

Así como el maestro enseña en la escuela dominical, el diácono sirve a los necesitados y el músico dirige la alabanza, el escritor cristiano pone su pluma al servicio del Reino. Escribir es lavar los pies de la congregación a través de las palabras; es tomar la mano del desanimado para guiarlo de vuelta a las Promesas de Dios. Cuando comprendemos que nuestro texto no se trata de nosotros, sino de la edificación del prójimo, el temor a la crítica y el miedo al fracaso pierden su fuerza.

Por esta razón, es crucial que en la Iglesia Metodista incentivemos a nuestros miembros, líderes y jóvenes a perder el miedo a la página en blanco. Necesitamos desesperadamente que nuestros jóvenes plasmen su fe en el contexto universitario y digital; que nuestros líderes documenten las experiencias del trabajo pastoral urbano y rural; y que nuestros ancianos dejen por escrito el testimonio de una vida de fidelidad. Escribir no es el privilegio de unos cuantos eruditos; es el deber de una comunidad agradecida que se niega a guardar silencio ante las grandes cosas que Dios ha hecho.

Un llamado a tomar la pluma y vencer el silencio

Llegados a este punto, la pregunta para ti, querido lector, ya no es si Dios sigue hablando o si la iglesia necesita nuevas voces; la verdadera pregunta es: ¿qué vas a hacer con el mensaje que Él ha puesto en tu corazón?

Tal vez al leer estas líneas te has visto reflejado en mi propio proceso. Quizá tienes guardada en un cajón una libreta llena de anotaciones, un borrador estancado en la computadora desde hace meses, o el deseo ardiente de escribir un libro, un artículo o una reflexión devocional. Tal vez arde en tu corazón la inquietud de componer un poema cristiano, diseñar material para la formación en la fe de niños, adolescentes, jóvenes o adultos, o escribir himnos y cantos congregacionales, pero no te has atrevido a empezar. Las voces del temor, la falta de tiempo, la sombra del perfeccionismo y el miedo a la crítica o al rechazo son reales, pero nunca deben ser más fuertes que la voz de Aquel que te ha llamado a ser testigo de su gracia.

Si hoy tienes un manuscrito a la mitad o una idea olvidada por «falta de tiempo”, déjame decirte que el tiempo no se «encuentra»: se arrebata con determinación y fe.

Si hoy sientes que te falta capacidad o preparación, recuerda que la falta de preparación no tiene por qué convertirse en una excusa para no comenzar, pero la preparación también forma parte de la obediencia. Dios puede llevarnos a crecer mediante la formación, la disciplina, el estudio y la perseverancia. Si sientes que necesitas mayor formación, búscala con fe; si necesitas mentoría, pídela en oración (Mateo 7:7-8). Escribir exige sacrificar lo secundario para darle espacio a lo eterno: implica apagar la televisión una hora antes, levantarse media hora más temprano, organizar la agenda con disciplina y entender que el cansancio de hoy se convertirá en el fruto que edificará a otros mañana.

No esperes a que las condiciones sean perfectas para empezar, porque la perfección del entorno rara vez llega. Si ya tienes un manuscrito terminado, da el paso de fe y llévalo a una imprenta o editorial; si apenas tienes una idea que arde en tu espíritu, toma la pluma o abre el procesador de textos hoy mismo. No permitas que el temor a la página en blanco silencie el testimonio que Dios te ha dado.

Pon tus dudas, tus borradores y tus limitaciones en las manos amorosas del Señor. Él, que proveyó los medios, los recursos económicos y la fuerza para que un servidor pudiera concretar este sueño, es el mismo Dios fiel que respaldará tu obediencia. Toma valor, confía en su guía y pon tu corazón en la página impresa: la iglesia y las futuras generaciones pueden recibir un legado que quizá solo tú estás en condiciones de contar.

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