Hace poco, en un ejercicio de memoria y curiosidad, me preguntaba cuántos personajes o cuántas menciones sobre protestantes y evangélicos podía recordar en cuentos y novelas de autores y autoras mexicanas. En ese momento me arrepentí de no haber anotado en algún lugar cada vez que aparecía una referencia en las diferentes lecturas realizadas.
La aparición de personajes protestantes o evangélicos es rara en la literatura mexicana. Por supuesto, abundan las menciones y personajes católico-romanos, pero es difícil encontrar a personajes que correspondan a minorías religiosas. Curiosamente, sí hay un buen número de textos que reflexionen sobre textos bíblicos y temas teológicos, incluso que presenten una recreación de personajes, pasajes o libros bíblicos completos.
A la mente vienen, en primer lugar, dos favoritos: El evangelio de Lucas Gavilán de Vicente Leñero (1979), esa increíble re-creación del Evangelio según Lucas; junto con El joven aquel… (1997), donde Ricardo Garibay juega de manera maravillosa con el Cantar de los Cantares. Otros tres ejemplos de recreación es la serie de cuentos titulada La Biblia encarnada (2022) de Danush Montaño, joven escritor que creció en ambiente evangélico; Aparta de mí este cáliz (2009) donde Luis Humberto Crosthwaite ofrece a un Jesucristo norteño de barrio y lleno de sueños; y La primera que camina (2024), una curiosa reinterpretación del Antiguo Testamento hecha por Ana Francis Mor.
La poesía ofrece tantos nombres, por ejemplo, la obra de Enriqueta Ochoa, las Cosillas para el nacimiento de Carlos Pellicer, la obra de Manuel Ponce o los poemas profundamente teológicos de Elisa Díaz Castelo, entre decenas más. Hay otros libros que aún me falta explorar y que están esperando sobre la mesa: El libro de Eva (2020) de Carmen Boullosa y Vals para lobos y pastor (2024) de Ernesto Lumbreras.
En la literatura estadounidense y europea hay cantidad de menciones y personajes protestantes y evangélicos, pero ¿y en la mexicana? Responder a esta pregunta requiere de tiempo y cuidado. También se necesita un repaso exhaustivo de las lecturas hechas por varios años y el diálogo con especialistas. Recuerdo que, principalmente, estas menciones aparecen de vez en vez en la obra de autoras recientes, principalmente en la narrativa de autoficción o testimonial. De momento, he elegido un puñado de cuentos y novelas en donde aparecen personajes evangélicos o protestantes:
- Juan José Arreola, La feria
- Alma Delia Murillo, La cabeza de mi padre
- Rosario Castellanos, “Arthur Smith salva su alma” (en Ciudad real)
- José Revueltas, “¿Cuánta será la oscuridad?” (en Dios en la tierra)
En estos ejemplos hay una constante: quienes aparecen como protestantes o evangélicos no aparecen como personas seguras, las iglesias no parecen tener una misión liberadora, el amor parece estar supeditado a las “buenas costumbres”. Sin duda, esto me ha preocupado.
La primera referencia está en La feria (1963) de Juan José Arreola. El tiempo de la fiesta patronal ha llegado a Zapotlán y toda la vida del pueblo gira en torno a los preparativos. Arreola recorre la vida y problemas del pueblo a través de sus habitantes, desde el sacerdote local hasta los caciques. En medio aparece Don Isaías, “protestante”, quien “tiene don de lenguas y la boca llena de Biblia a todas horas.”

Don Isaías no aparece como un protestante que demuestre, en apariencia o verdad, una moral celosa de la santidad tradicional ajena al alcohol, la fiesta y el juego. En su brevísima aparición está jugando cartas y bebiendo cerveza junto con sus compañeros. Sin embargo, considerando que tiene “la boca llena de Biblia a todas horas”, Arreola hace una jugarreta llena de humor. Cuando Don Isaías va al baño, explica sus intenciones con las palabras más elevadas: “Iré a lugares secretos y haré obra de abominación. Orita vuelvo.”
La observación de Arreola es más que atinada: pareciera que los evangélicos y protestantes nos distinguimos bien por utilizar palabras que nadie fuera del círculo puede entender.
En “¿Cuánta será la oscuridad?”, cuento escrito en 1944, José Revueltas narra sobre una comunidad protestante perseguida. El primer personaje que aparece es el pastor del grupo que está escondido en el desierto lejos de sus perseguidores. El pastor ya no puede ver. No sólo su vista se va diluyendo conforme pasa el cuento, sino que tampoco puede ver “las cosas del espíritu”. Ha visto demasiado dolor: sus ojos “estaban llenos del asombro de la vida y de la muerte y por ello secos en definitiva”. El pastor, quien debiera ver más allá de lo evidente, es incapaz de obtener revelación alguna.

A diferencia del pastor, los miembros de su comunidad recibían una revelación de “lo nunca visto y lo definitivo.” Tal revelación no está cargada de esperanza, sino de sinsentido. El llanto de una niña herida por la violencia de los perseguidores revela la “inutilidad de la vida”. Al escuchar a la niña, una mujer recibe de golpe el dolor del mundo entero. Un matrimonio encuentra que todo ha terminado en su relación. Otra mujer descubre que sería capaz de abandonar la fe protestante para salvar a su hija. A fin de cuentas, en este desierto de magueyes también hay revelación. Al igual que el pueblo hebreo, este grupo de protestantes están lejos de faraón, pero inmersos en un vacío absoluto y rodeados de una oscuridad que se va haciendo cada vez más profunda hasta que ya no pueden ver, justo como sucede con su pastor.
Rosario Castellanos escribió una dura crítica al proyecto colonial de las misiones protestantes en México y Latinoamérica en “Arthur Smith salva su alma”, cuento que cierra Ciudad real (1960). El cuento es un viaje por la conciencia de Arthur Smith, misionero de los Hermanos de Cristo, que llega a un campamento en Chiapas, cerca de San Cristóbal de las Casas, donde debe servir como lingüista en la traducción de la Biblia al tzotzil.

Smith, un hombre lleno de dudas que trata de encontrar su vocación y camino, ve “desde arriba”. No en balde el cuento inicia con su llegada en helicóptero al campamento misionero de Ah-tún. Descrito como una especie de asceta estadounidense, busca metáforas que traten de explicar la vida y lo divino. Lo importante está en saber mirar: “La confusión viene de una mirada desatenta y rápida. En cuanto el ojo se detiene puede discernir, puede calificar con exactitud.” Él se mira como un agente civilizador. Es cierto que busca ser una especie de misionero de aventura, pero no puede dejar atrás las comparaciones ni las comodidades que tenía en Estados Unidos. Su superioridad aparenta ser una bendición, la cual sólo puede ser encontrada en oposición a los demás: él no es como los indígenas, él no es como los católicos.
Por otra parte, está el Pastor Williams, encargado del campamento misionero. Un hombre piadoso que parece entregado en cuerpo y alma a la misión evangelizadora, pero que pronto se descubre como otro agente colonizador, seguro de su superioridad frente todo lo que no es estadounidense o protestante. Finalmente, como lo asegurará el pastor en el cuento, “la Religión y la Patria siempre van juntas”. Sin embargo, su piedad no es congruente: se le acusa de ser infiel a su esposa, tiene hijos fuera del matrimonio, tiene a indígenas por amantes, su esposa lo acusa de violencia emocional. Este pastor, en apariencia cercano a la gente, se desdibuja como un burócrata al servicio de la agencia misionera (la “Organización”) y a los intereses estadounidenses en la región.
El cuento describe los conflictos entre católicos y protestantes en la región. Los protestantes están en la zona para ejercer dominio político y el clero católico se enriquece mediante los oficios religiosos que ofrece a los indígenas. En medio, los indígenas católicos y protestantes, azuzados para ser violentos, se agreden y matan entre ellos por causa de su religión. Tanto la violencia, como la muerte y el dolor de la pobreza, es vista con indiferencia por los misioneros. Basta subrayar la muerte de un niño, hijo de Mariano Sántiz Nich, a causa de la tifoidea. Mariano Sántiz, ayudante de Smith en la traducción de la Biblia, es regañado en lugar de ser consolado a causa de su ignorancia: no sabía que el agua se debe hervir antes de consumirla.
¿Cómo es que Smith salva su alma? A lo largo del cuento, Smith viaja “hacia abajo”. Empieza a darse cuenta de que la misión evangélica es una fachada para mantener operaciones militares y de espionaje en territorio mexicano. La muerte a machetazos de Mariano Sántiz lo transforma: Smith descubre que ese hombre era justamente como él y que su vida era igualmente valiosa. Smith tiene una conversión cuando reconoce al prójimo como semejante.
Alma Delia Murillo hace una crítica feroz a muchos elementos que bien podríamos encontrar en cualquier iglesia evangélica. En La cabeza de mi padre (2022), Murillo relata el viaje que hizo en busca de su padre ausente haciendo un recuento de muchos temas familiares y personales. En uno de los primeros capítulos, ella se describe como “renegada del cristianismo” luego de conocer al “horrible y autoritario Dios judeocristiano” durante su infancia y adolescencia.

Su madre emprendió una búsqueda de Dios por diferentes iglesias, según cuenta. Fue así como llegaron a conocer dos vertientes: bautistas y pentecostales. De los bautistas, Murillo cuenta que ella y sus hermanos los apodaban “bautristes” por la extrema seriedad de los congregantes quienes parecían estar siempre a punto de llorar. Los pentecostales no reciben mejores comentarios: Murillo los llama “cristianos tropicales” por cantar “alabanzas a ritmo de cumbia acompañadas de percusiones, palmas y movimientos de cadera como cualquier fiesta tropical.”
Si los comentarios sobre su experiencia religiosa quedaran ahí, no habría mayor problema más que quitarse de la mente lo tropical cada que se escuchara una alabanza. Sin embargo, Murillo subraya elementos que no son ajenos a muchos espacios de fe. Primero, habla de los pastores como personas que abusaban del poder: “los autoproclamados pastores o ministros de culto eran sádicos, autoritarios, abusivos, narcisos de manual, convencidos de su grandeza sin mayor razón que la fe en sí mismos antes que en el Dios que predicaban.” Luego pasa a mencionar la manipulación emocional que se da en muchos espacios religiosos para explotar la vergüenza, la culpa y el miedo en nombre de la santidad y bajo lecturas opresivas del texto bíblico. Además, Murillo hace hincapié en la centralidad del diezmo, aún a costa del bienestar de quienes ofrendan.
En la reflexión de Murillo, el discurso religioso convirtió a Dios en un intento de substituto del padre ausente que tanta gente experimenta. Lo efectivo en el discurso evangélico no era sólo el miedo, sino la promesa de pertenencia a una familia: “y es que el miedo era efectivo pero más aún la promesa de llamarse hijos de Dios. Quién no querría tener a Dios por padre luego de generaciones de sufrir las dificultades de enfrentar un mundo con el sello de bastardos en la frente.” Lejos de ser una experiencia liberadora, la fe evangélica que se le presentó a Murillo fue verdaderamente sádica y abusiva.
Esperemos que, en el futuro, aparezcan más personajes pertenecientes a las minorías religiosas de nuestro país dentro de la narrativa. Mayor es la esperanza de que nuestras iglesias sean parte visible de la vida pública, pero no para actuar como resonadores de los discursos que generan violencia y exclusión, de tal manera que sus apariciones en la literatura de nuestro país vayan en consonancia al evangelio de Jesucristo.
Pbro. Leonel Iván Jiménez Jiménez
Superintendente del Distrito “Centro” de la Conferencia Anual de México
