
Sorderas del alma
El seguidor del Maestro, no puede tener un alma sorda, ni unas manos insolidarias, ni unos pies que no estén prestos a acudir allí donde se da ese grito.
Juan Simarro
Se ha dicho que el dolor es el “megáfono de Dios”, un grito que se expande por el mundo desde aquellos momentos del Edén. Muchos dolores, muchos gritos que surgen sin cesar en medio de un mundo doliente. Yo, estando de acuerdo con esto, veo y oigo muchos otros gritos que, quizás, también están siendo aumentados por el “megáfono de Dios”, y ante los cuales muchas veces nos hacemos los sordos, aunque se expresen con tanta fuerza que parecen querer romper nuestros tímpanos, al menos los “tímpanos” del alma.
¿Quién no oye el grito de los pobres? ¿No es, acaso, un grito también ampliado por el megáfono de Dios y ante el cual, desgraciadamente, nos hacemos los sordos? ¿Hay sorderas del alma, del corazón, de la sensibilidad? Los pobres, los oprimidos, los débiles del mundo, los explotados, vejados, humillados y ofendidos. ¿No están, acaso, en el centro de la sensibilidad de Dios? ¿No son citados como destinatarios específicos del Evangelio? ¡Cómo no va a estar su grito amplificado por el “megáfono de Dios!
Quizás es que el alma tiene una sordera selectiva. Quiere escuchar algunos de los gritos amplificados por Dios, pero otros no. Parece que donde la conciencia se endurece hasta quedar sorda, es ante ese gran escándalo humano que es la pobreza en el mundo, la opresión, el despojo de los débiles, el abandono de más de media humanidad. Señor, ¿dónde está tu grito?
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