Muchos conocen la historia que aparece en Juan 8:1-11. Como suele suceder, ha pasado a la historia como la historia de “la mujer adúltera” y no con otros títulos. Bien podríamos bautizarla como la historia de “los jueces injustos”. En resumen, una mujer es llevada para que Jesús diera el visto bueno de su ejecución por lapidación. Había sido sorprendida en el acto del adulterio, aunque al hombre no lo llevaban, siendo que también debía ser presentado. Jesús no dice nada. Su silencio parece ser cómplice de una gran injusticia que se estaba cometiendo, hasta que dijo las inmortales palabras: “el que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (8:7). Los hombres se van y Jesús se quedó solo con la mujer. “Ella es la culpable”, decían los hombres. “La adúltera es ella”. “Seguro sedujo a…. y por eso se acostó con ella”. “Si su esposa lo atendiera bien, … no habría tenido necesidad de buscar a otra mujer”. “… No tuvo la culpa; no es adúltero, sino un hombre desatendido”. “Los hombres tienen necesidades, ¿O no?”.
Sigue el ejemplo de Jesús: guarda silencio, aboga por lo que es justo Me pregunto por qué Jesús se quedó callado tanto tiempo. Tal vez fueron segundos, pero cuando la vida de alguien está en riesgo y los verdugos tienen piedras en las manos, es demasiado tiempo. Jesús sólo escribía en tierra algo que nos es dado saber. Hay quienes dicen que escribía los pecados de los presentes. Yo creo que estaba pensando sobre lo que debía hacer y sólo ganaba tiempo. Finalmente, Jesús también era hombre, educado según los parámetros de su época y, como humano, también debía orar y reflexionar para mantener el rumbo correcto.
Jesús nos exige lo que es justo. La práctica de la justicia salva a la mujer. Hoy hay muchos que hablan y dicen; y exigen, critican y se burlan. Simplemente sé cómo Jesús: guarda silencio para pensar, no hables por ellas, interpela a tus congéneres para encontrar lo que es justo, exige justicia. El fruto de la justicia es la paz.
En mis años en el ministerio me han hecho comentarios como “¿Y dónde está el pastor principal?”, “¿A poco eres tú?”, “Pastora, la gente dejó de venir porque… pues, no quieren a una pastora; es que, la verdad, no esperábamos a una mujer como nuestra líder”, “¿Ya te diste cuenta que eres mujer?”, “¡N’ombre! En cuanto te cases o tengas hijos vas a dejar el ministerio, por eso las autoridades no les apuestan mucho a las mujeres”. Incluso escuché que, hace muchos años, a una pastora le preguntaron si no le era incomodo impartir la Santa Cena en su período (¿O sea?). Y la lista continúa.
Mi comentario no es para hacer una exégesis bíblica (que sí hay tela de donde cortar) o para convencer que somos mejores, es sólo que me llama la atención que nuestras acciones son incongruentes con lo que decimos creer. ¡A mí me impresiona ver que las mujeres pueden cantar (que por cierto es una forma de predicar), pueden cuidar niños (que también es ejercer autoridad y exposición de la palabra), pueden ser misioneras y arriesgar sus vidas (que eso es ejercer una función pastoral)! Y claro, también pueden diezmar. ¡Ah¡, pero el púlpito…, el púlpito es de varones. Definitivamente, creo que como dijo una buena amiga, somos el producto de una mala exégesis.
No me considero una feminista, creo que hay conceptos básicos en su ideología que no abrazo ni comparto. Pero en el tema que hoy nos atañe a todos, siento una admiración y gran lección.
• Para que haya una convivencia entre dos o más personas, ¿Qué es lo que necesitamos? • Para exista una comunidad ideal ¿Qué elemento es fundamental? • Para que una relación marital perdure ¿Qué necesitamos? • Para que haya un vínculo armónico entre padres e hijos, ¿Qué se requiere? • De todos los mandamientos dados por Dios, ¿Cuál es el esencial?
Las lecturas que tenemos como referencia de este artículo nos comunican este elemento tan esencial: amor. Pero no solamente se queda en un concepto que comúnmente hemos limitado.
El libro de Levítico enfatiza el amor al prójimo como una ley fundamentando en la soberanía y santidad de Dios:
“Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”.
El salmista enfatiza la importancia de aprender:
“Enséñame, oh Jehová el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin”.
La enseñanza no da sabiduría, sino el cumplimiento de esta:
“Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”.
De acuerdo a los opositores de Jesús, su interpretación de las Escrituras no solamente iba en contra de la Ley de Moisés, sino que resultaba una burla. El maestro, con autoridad enseñaba: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […] ojo por ojo y diente por diente […], amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”, y añadía: “Pero yo os digo […] cualquier que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio […]. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen […]”.
Hoy, hemos caído en el error de defender “la sana doctrina” y el cumplimiento de la Ley a costa de casi todo. Olvidamos que el fin de ésta es el amor, cuando enjuiciamos a uno de los nuestros que ha caído; cuando pedimos cuentas a la chica que “salió embarazada”; o cuando un pastor o pastora tiene crisis de fe a pesar de que, se supone, “está más cerca de Dios”. Aquél “Pero” de Jesús nos enseña que no debemos adelantarnos a juzgar sólo porque aquello va “en contra” de la Ley/doctrina sino abrazar a aquel y a aquella que, cuando han caído, no desea sentir el juicio de una ley de hombres mas que del amor de Dios.
Tomado del boletín dominical de la Iglesia Metodista El Divino Redentor de San Vicente Chicoloapan, Mex. Febrero 16, 2020.
Estaba leyendo a Nadia Bolz-Weber, cuando cuatro palabras, entre otras, quedaron grabadas a fuego en mi “aposento interior”: “algo mejor es posible”. Algo mejor es posible para nuestras comunidades de seguidores y seguidoras de Jesús de Nazaret, el “Señor de la gloria” (1 Cor. 4:8).
Y ese “algo mejor” guarda relación con la experiencia de comunidad como huella visible de la gracia de Dios para todas las personas que participan de ella. Ya que decir “gracia”, es decir acogida, abrazo y perdón incondicional. Decir “gracia” es decir encuentro con personas ante las cuales puedo mostrarme desnudo, vulnerable, sin vergüenza para mostrarnos tal como somos, y no vivir ocultando nuestra desnudez con el delantal de hojas de las convenciones religiosas y de la “santidad” que las acompaña, tal y como se espera de nosotros. Solamente así podremos ser comunidades donde las personas puedan sentirse realmente conectadas unas con otras.
Pero no, entendemos la vida como un “Facebook” gigante, anhelando llenarla de cientos “me gusta”, convirtiéndonos en una parodia humana, ocultándonos en nuestro simulacro existencial de cara a la galería. Sin embargo, detrás del simulacro se encuentran las lágrimas y el dolor, y como “la Zarzamora” de la copla, andamos llorando por los rincones de nuestra interioridad, allí donde nadie nos ve. Y así, la comunidad, en lugar de ser una huella de la gracia de Dios, se convierte en una no-comunidad, en un espacio que añade más dolor al dolor al exigir, de facto, el ocultamiento de nuestra vulnerabilidad*.
MUJERES METODISTAS EJEMPLARES El legado de Linda Browm
El 20 de febrero, pero de 1943, nació la gran Linda Brown.
Linda fue una mujer cristiana parte de la Iglesia Metodista Episcopal Africana en USA, que cuando tenía 9 años en 1951 su padre, Oliver Brown, trató de inscribirla en la Escuela Primaria Sumner, entonces una escuela completamente “blanca” cerca de su casa en Topeka.
Cuando la escuela bloqueó su inscripción, su padre demandó a la Junta de Educación de Topeka. Este caso llegó a la Corte Suprema de USA quien falló contra la satánica segregación en las escuelas de USA, cuya base teórica era la doctrina de “segregados pero iguales”, declarándola contraria a la Constitución.
Por este motivo ella se convertiría en una ferviente activista por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, luchando toda su vida contra la discriminación y la segregación racial. Ella, su familia, las asociaciones negras y eclesiales que lucharon contra esta horrible discriminación y segregación dieron forma y cambiaron a Estados Unidos para siempre, con uno de los casos más emblemáticos seguidos ante la justicia de EE.UU. Linda Brown partió a los brazos de nuestro Señor Jesucristo el 26 de marzo del 2018, con su testimonio nos legó un ejemplo de amor al prójimo, valentía, hambre y sed de justicia que han perdurado hasta el día de hoy, con consecuencias que perdurarán más allá de su vida.
La vida eterna inicia en el momento que nos entregamos a Jesús e iniciamos una vida digna. Dios nos invita a ser luz en el camino de los migrantes, a dar de beber al sediento y de comer al hambriento
Guillermo Niño Fernández
La migración es un problema que se puede ver en la Sagrada Escritura. Les comparto brevemente algunas historias bíblicas.
El Eterno llama a Abram, posteriormente llamado Abraham, de Ur su tierra a la tierra prometida que no verá, con el objetivo de iniciar un pueblo santo (Génesis 12). Abraham, junto con su padre, esposa y sobrino fueron migrantes.
El pueblo hebreo fue esclavizado por el dictador del Faraón. La Escritura nos dice en Génesis 3 que Dios escucha el clamor de su pueblo, mira su aflicción y desciende para liberarlo. El pueblo hebreo, siendo migrante en Egipto, es violentado. La reflexión bíblica nos dice que el Eterno caminó junto con ellos y los liberó para darles la tierra prometida que había jurado a Abraham.
David, antes de ser rey de Israel, fue migrante en Jericó donde se fue a refugiar por las amenazas de muerte de parte del rey Saúl. El mismo Señor Jesucristo siendo un recién nacido tuvo que salir de su tierra natal por la amenaza de muerte de Herodes.
Autoridad: Jesucristo, la Escritura, el Espíritu Santo
Jesucristo se presenta deliberadamente como el Maestro autoritativo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […]. Pero yo os digo”.
Martyn Lloyd-Jones
La autoridad de Jesucristo: el testimonio de los Evangelios
Permítaseme recordar brevemente el alegato que se presenta en el Nuevo Testamento en defensa de esta gran aseveración de la autoridad definitiva y suprema del Señor Jesucristo. Es interesante advertir cómo el Nuevo Testamento asevera ese hecho al comienzo de todas sus afirmaciones. Lo hace en el mismísimo comienzo de los Evangelios. Pensemos en Mateo 1:23. Esto sucederá —se nos dice— a fin de que se verifique la siguiente afirmación: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Ahí lo tenemos, al comienzo, justo en la mismísima introducción del Evangelio.
De la misma forma, el ángel que se apareció a María y le anunció esto hace la siguiente afirmación extraordinaria con respecto a este ser “santo”, a este niño que habría de nacerle: “Y su reino no tendrá fin”, el Señor eterno y universal. Luego, recordemos que el ángel que habló a los pastores dijo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Ahora bien, esa clase de afirmación se hace al mismísimo comienzo. ¡Qué trágica es la frecuencia con que, debido a nuestra gran familiaridad con las Escrituras, pasamos por alto cosas como esta! Los Evangelios se escribieron con un propósito muy claro y deliberado en mente. No fueron unos simples testimonios escritos, una mera recopilación de hechos. No, no cabe la menor duda de que tenían la intención de presentar las cosas desde un punto de vista concreto. Todos ellos presentan al Señor Jesucristo como el Señor, como esta Autoridad última.
El mensaje de Juan el Bautista fue esencialmente el mismo. Ahí lo tenemos solo, tras haber predicado y bautizado al pueblo en el Jordán, cuando oye las murmuraciones de la multitud. Hablan entre ellos y dicen: “Sin duda, este ha de ser el Cristo. Nunca hemos oído una predicación como esta. Cuando vemos su rostro, ¿acaso no se percibe su autoridad? Este tiene que ser el Mesías que esperábamos”. Pero Juan se dirige a ellos burlándose y dice: “No soy el Cristo”. “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Lucas 3:16-17). ¡Observa la aseveración! “Yo no soy el Cristo, no soy quien posee la autoridad. Preparo el camino; soy el precursor, el heraldo. Él es la autoridad y está aún por venir”. Nuevamente, toda la idea gira en torno a aseverar la autoridad de Nuestro Señor. ¡Con cuánto cuidado estos Evangelios hacen esa afirmación una y otra vez!
Cincuentenario del templo Príncipe de Paz en San Juan Ixhuatepec
El domingo 16 de febrero el Templo «Príncipe de Paz» en San Juan Ixhuatepec, Estado de México, estuvo de manteles largos, festejando su 50 Aniversario. ¡Con la Gracia de Dios! Eben-ezer: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, ya que desde 1970 se ha manifestado en este lugar. Se contó con la presencia del obispo Moisés Morales quien encabezó la celebración
Culto de Confesión, Intercesión y Compromiso Frente a la Violencia de Género
El domingo 16 de febrero por la tarde, tuvimos un Culto de Confesión, Intercesión y compromiso frente a la violencia de género, en la Iglesia Metodista La Santísima Trinidad en Gante 5 en la Ciudad de México. Ante la difícil situación por la que atravesamos hoy en día, ¡Tengamos en oración a nuestro país!
Si somos seguidores de Jesús la iglesia del Cristo resucitado debe de ser voz de los que no tienen voz, es decir, demandar el pecado social que daña.
Pastor Guillermo Niño Fernández
El ministerio de Jesús se caracterizó por acercarse a los grupos más vulnerables para darles una vida digna. Las sexoservidoras, los leprosos, el grupo de personas con capacidades diferentes, los endemoniados y oprimidos por el sistema corrupto, las mujeres que no tenían voz ni voto en su comunidad, los gentiles, incluso alaba la fe del centurión que es gentil y servidor del Imperio Romano (para algunos intérpretes de la Biblia el siervo del centurión es su pareja sexual, si es así Jesús no lo juzga, pero sí lo sana).
Si somos seguidores de Jesús la iglesia del Cristo resucitado debe de ser voz de los que no tienen voz, es decir, demandar el pecado social que daña. Los feminicidios, los secuestros, las extorsiones y otros deben de ser demandados por la iglesia. Pero también fomentar la esperanza en Cristo por medio de su iglesia.
Entonces, la intervención de la iglesia es acompañar pastoralmente a los desplazados por la sociedad e incluso en ocasiones por la iglesia. Hay que acompañar a los niños que son abusados sexualmente, violentados en las escuelas y otros espacios, a los ancianos que son ignorados por sus familiares y otros, a las sexoservidoras que son vistas como un pedazo de carne, a los indígenas que son ignorados y viven injusticias sociales.
Otro punto es que lleguemos a las personas que hacen el mal en nuestras comunidades, por medio de visitas a los vecinos, posiblemente conozcamos a un miembro de la iglesia que conoce a un ladrón, narcotraficante, drogadicto, o una persona que violenta la sociedad.