
Dejando de inculparnos
Pbro. Abner Alaniz Rangel
¡Tú tienes la culpa!, sin más, le espetó la esposa al pobre marido que llegaba todo acongojado, por haber sido despedido del trabajo. Desahogamos nuestras frustraciones y temores, por doquier encontramos acusación tras acusación. El esposo a la esposa y viceversa; los padres a los hijos y viceversa. Los alumnos al maestro y viceversa; los empleados al jefe o patrón y viceversa. Al gobierno, al médico, al abogado.
En el ámbito eclesial suele suceder lo mismo. El combinar las cualidades que menciona el apóstol Pedro en su primera carta capítulo 3, verso 8, es un contraluz de actitudes que generan acciones que se vuelven hábitos capaces de neutralizar nuestro deseo de inculpar a alguien. “En fin, vivan todos ustedes en armonía, unidos en un mismo sentir, y amándose como hermanos. Sean bondadosos y humildes, no devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto, al contrario, devuelvan bendición, pues Dios los ha llamado a recibir bendición”.
Te distraigo de tus múltiples ocupaciones, porque hoy me ha dado por filosofar. Huelga decir, que no estás obligado a leerme; sin embargo, me atrevo a usar este medio, en la lejana esperanza que algo tenga de utilidad. Nuevamente te reitero una gratísima perspectiva de abundantes bendiciones de Dios, para ti y tu respetable familia, esperando que goces de salud y bienestar; y te invito a pensar sobre, lo que es la vida.
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