La Resurrección de Jesús

la resurreccion Drenrestocontreras@hotmail.com 

¡Gloria a Dios! ¡Cristo resucitó! Prácticamente todos los cristianos festejan el domingo de Resurrección, uno de los más trascendentales y fabulosos sucesos de la historia. En los días llamados por los cristianos Semana Santa o Semana Mayor, recordamos los tremendos sucesos de la última semana del ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo: La última cena en el aposento Alto, la agonía del huerto de los Olivos, la terrible experiencia de la traición de Judas, la burla del juicio somero a que fue sometido Jesús; y el martirio de la tortura y la crucifixión, seguida por la dolorosa experiencia del descenso del cuerpo de la cruz, y la sepultura.

Pero ¡Gloria a Dios! También recordamos, y celebramos que ¡Cristo resucitó! ¡Cristo vive, y los cristianos alabamos a Dios por ello! La resurrección de Jesucristo es un hecho histórico y no una fábula, un cuento de hadas, o el producto de una mitología. No es el invento de la mente engañada, enferma, o mentirosa de un pseudo-profeta.

¡Es un hecho histórico! Los Evangelios, que son considerados documentos históricos de indiscutible autenticidad, relatan este hecho histórico así: Después del sábado, al amanecer del primer día de la semana, muy de madrugada, siendo aún oscuro, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro llevando las especias aromáticas que habían preparado. Y he aquí, hubo un gran terremoto; porque el ángel del Señor descendió del cielo, y al llegar, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura era blanca como la nieve. Los guardias temblaron por miedo de él y quedaron como muertos. Y respondiendo el ángel dijo a las mujeres: No teman ustedes, porque sé que buscan a Jesús, quien fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, así como lo dijo. Vengan y vean el lugar donde estaba puesto; y al entrar en el sepulcro, no hallaron el cuerpo de Jesús. Y aconteció que estando perplejas por esto, se pusieron de pie junto a ellas dos hombres con vestiduras resplandecientes y como ellas les tuvieron temor y bajaron la cara a tierra, ellos les dijeron: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, más ha resucitado. Acuérdense de lo que les habló cuando estaba aún en Galilea, como dijo: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.” ¡Vayan de prisa y díganle a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos! Y que he aquí, que va delante de ustedes a Galilea, y allí le verán.

Entonces Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Los saludo! Y acercándose ellas, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No teman. Vayan a dar las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea. Allí me verán. Entonces ellas se acordaron de sus palabras, y salieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo, y corrieron a dar las nuevas a sus discípulos, y volviendo del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los once y a todos los demás. Entonces, María Magdalena, Juana, María madre de Jacobo, y las demás mujeres que estaban con ellas, dijeron a los apóstoles que habían visto visión de ángeles, los cuales les dijeron que Cristo está vivo, pero sus palabras les parecían a ellos locura, y no las creyeron, pues aún no entendían la Escritura, que le era necesario resucitar de entre los muertos. Sin embargo, Pedro se levantó y corrió junto con Juan, el otro discípulo, y fueron al sepulcro, y llegando Simón Pedro, entró en el sepulcro y cuando miró adentro, vio los lienzos solos, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte, pero a Él (Jesucristo), no le vieron. Y en la misma hora se levantaron y se volvieron a Jerusalén asombrados de lo que había sucedido, y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, quienes decían: ¡Verdaderamente el Señor ha resucitado y ha aparecido a Simón!

Las evidencias sobre la resurrección de Jesucristo fueron muchas. La Biblia, que es la Palabra de Dios, nos dice: Mientras hablaban estas cosas, Jesús se puso en medio de los apóstoles y les dijo: “Paz a ustedes.” Entonces ellos, aterrorizados y asombrados, pensaban que veían un espíritu. Pero Él les dijo: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria?” Y comenzando desde Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que decían de Él. Entonces les dijo: “¿Por qué están turbados, y por qué suben tales pensamientos a sus corazones? Miren mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpen y vean, pues un espíritu no tiene carne ni huesos como ven que yo tengo.” Y al decir esto, les mostró las manos y los pies. Y como ellos aún no lo creían por el gozo que tenían y porque estaban asombrados, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Entonces le dieron un pedazo de pescado asado, y lo tomó y comió delante de ellos, y les dijo: “Estas son las palabras que les hablé, estando aún con ustedes: Que era necesario que se cumpliera todas estas cosas que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas, y en los Salmos.” Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Mt 28:1-10; Lc 24:1-12; 22-45;Jn 20:1- 10).

Pablo, bajo inspiración del Espíritu Santo, resume las evidencias del hecho histórico de la resurrección de Cristo así: “Además, hermanos, les declaro el evangelio que les prediqué y que recibieron, y en el cual también están firmes; por el cual también son salvos, si lo retienen como yo se los he predicado. De otro modo, creyeron en vano. Porque en primer lugar, les he enseñado lo que también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que apareció a Pedro y después a los doce; y luego apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía y otros ya duermen; y luego apareció a Jacobo, y después a todos los apóstoles. Y al último de todos, como a uno nacido fuera de tiempo, me apareció a mí. Pues yo soy el más insignificante de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.”

La diferencia fundamental entre los líderes de todas las demás religiones y filosofías, y Jesucristo, es que Cristo resucitó y está vivo hasta ahora, a diferencia de los demás que como mártires de su causa, todos murieron y permanecen en sus sepulcros. El cristianismo es superior a todas las demás creencias porque Cristo resucitó. ¡Cristo vive! ¡Nuestro Señor y Dios, reina por los siglos de los siglos! Sólo Cristo puede ofrecer vida eterna a los que le aceptan por Salvador y Señor, porque es el único que triunfó sobre la muerte, y resucitó con un cuerpo glorificado, incorruptible, perfecto, y eterno.

Jesucristo dijo: “Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Jn 10:17-18).

Pablo escribe en cuanto a lo trascendental de la resurrección de Cristo así: “Ahora bien, si Cristo es predicado como que ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos entre ustedes dicen que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también es nuestra fe, y somos hallados falsos testigos de Dios, porque hemos atestiguado de Dios que resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si se toma por sentado que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana; y todavía estamos en nuestros pecados. En tal caso, también los que han dormido en Cristo, han perecido. Y si en esta vida solo hemos tenido esperanza en un Cristo que no resucitó, ¡somos los más miserables y dignos de conmiseración de todos los hombres!

Pero ahora, ¡Gloria a Dios! Cristo sí resucitó de entre los muertos, como primicias (el primero resucitado con cuerpo glorificado), de los que durmieron. Puesto que la muerte entró por medio de un hombre (Adán), también por medio de un hombre (Jesucristo), ha venido la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida; y después, el fin, cuando Él (Jesucristo), entregue el reino al Dios y Padre, y cuando haya anulado todo principado, autoridad, y poder. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el último enemigo que será destruido es la muerte.”

Habiendo agotado las evidencias y los argumentos divinos en cuanto a la resurrección, Pablo, bajo inspiración del Espíritu Santo, escribe: “Si como hombre batallé en Éfeso contra las fieras, ¿de qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos, que mañana moriremos! Pero no se dejen engañar. Y por lo tanto, no tienes excusa, oh hombre, no importa quién seas tú (pues sabemos que el juicio de Dios es según verdad). ¿Supones que escaparás del justo juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su bondad, paciencia, y magnanimidad, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, acumulas sobre ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro 2:1-11).

Gracias a los avances de la ciencia, actualmente muchas personas son resucitadas en los hospitales con medicamentos especiales, equipos de alta tecnología, y maniobras sofisticadas hechas por médicos altamente capacitados, pero todos los que resucitan, lo hacen con su mismo cuerpo deteriorable, enfermizo, y mortal, que a final de cuentas se volverá a morir. En cambio, Cristo fue el primero en resucitar con un cuerpo glorificado, perfecto, e inmortal. Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” ¡Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor! Sí, dice el Espíritu, para que descansen de sus arduos trabajos; pues sus obras les seguirán (Jn 11:25-26; Ap 14, 13).

En cuanto a la resurrección de los salvos, ese portentoso acontecimiento que todos los hijos de Dios esperamos con ansia, las Sagradas Escrituras dicen: ¡Gloria a Dios por la bendita esperanza de la resurrección que nos sostiene como firme columna, durante nuestra peregrinar terrenal y pasajero! Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, esta tienda temporal, se deshace, tenemos un edificio de parte de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Pues en esta tienda gemimos deseando ser revestidos de nuestra habitación celestial. Porque los que estamos en esta tienda gemimos agobiados, porque quisiéramos ser revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Pues el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado la garantía (las arras o primicias) del Espíritu. Así vivimos, confiando siempre y consideramos que presentes o ausentes, nuestro anhelo es serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho estando en su cuerpo, sea bueno o malo (2ª Co 5:1-10). He aquí, les digo un misterio: No todos dormiremos (o moriremos temporalmente), pero todos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles. Y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ¡Sorbida es la muerte en victoria!

Demos honra, gloria y alabanza a Jesucristo resucitado: Nuestro gran Dios y Salvador (Tit 2:13). Y con todos los redimidos digamos: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Gracias sean dadas a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!

Así que, hermanos míos amados, permanezcamos firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que nuestro arduo trabajo en el Señor no es en vano. Estemos firmes y retengamos las doctrinas en que hemos sido enseñados, sea por palabra o por la Sagrada Escritura. Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y nuestro Padre Dios quien nos amó y por gracia nos dio eterno consuelo y buena esperanza, anime nuestros corazones y nos confirme en toda obra y palabra buena. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos nosotros (1ª Co 15:1-58; 1ª Ts 2:15-16; 3:18). ¡Gloria a Dios! AMEN. ¡ALELUYA!

Ernesto contreras