Cristo Instituye el Bautismo

Cristo instituye bautismo______________________________________________________________________________

En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.


 

Martín Lutero

Sermón para la Epifanía de nuestro Señor.

Fecha: 6 de enero de 1534

 

Texto: Mateo 3:13-17. Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. 

Introducción:

El objeto y el significado de la fiesta de la Epifanía.

El motivo principal de la celebración de la fiesta de hoy es el hecho de que en este día fue bautizado Cristo. En verdad, un acontecimiento de la mayor importancia. Pero hay otra cosa más que queremos aprender, especialmente vosotros, los jóvenes, a saber: que en este día debemos dar gracias a Dios también por el hecho de que Cristo se reveló por primera vez a los gentiles. En efecto: aquellos magos del Oriente no pertenecían al pueblo judío, sino que vinieron a Jerusalén como gente completamente extraña. No obstante, Dios comenzó a atraer hacia sí a quienes no eran su pueblo, sino personas pertenecientes al mundo de los gentiles, para que no desesperaran de nuestro Dios y Señor como si no fueran su propiedad. Por esto se les revela aquí por primera vez. Extraemos por lo tanto de esta historia la consoladora verdad de que Cristo nos pertenece también a nosotros, y que nosotros tenemos pleno derecho de considerarle Salvador nuestro no menos de lo que lo hacían los judíos, aunque no somos su pueblo. Aquellos magos del Oriente no tenían sacerdotes del Dios verdadero ni rendían culto a Dios ni conocían la palabra de Dios.

Son incircuncisos, carecen de templos, iglesias y profetas, se vienen a Belén como gente extranjera y ciega. Y allí, en Belén, reciben ahora la luz que se llama Cristo, y en el acto caen de rodillas y le adoran; le hacen regalos, y él los acepta. Éste es nuestro consuelo por el cual hoy debemos dar gracias a Dios: que el Hijo no nos rechaza lisa y llanamente, sino que él recibe también a los gentiles. Sobre esto habría mucho que predicar. Pero en segundo lugar hay que hablar también del bautizo de Cristo, que en realidad es el motivo principal para celebrar la fiesta de hoy. Incluso me gustaría que este día se llamara “el día del bautizo de Cristo”. Pues en este día, 30 años después de la visita de los magos, Cristo fue revelado por segunda vez, en ocasión de ser bautizado por Juan junto al Jordán. Juan, todo consternado, le dice: “¿Yo te habría de bautizar a ti? No soy digno de ello”. Pero Jesús le responde: “No te opongas, pues es necesario que así se haga”. El hecho de que el Hijo se haga bautizar, a pesar de no tener pecado alguno, debe servirnos de ejemplo y de consuelo: Con esto, Cristo hace algo a lo cual no está obligado.

Nosotros en cambio no hacemos sino aquello a que se nos obliga. Y no sólo esto, sino que por  añadidura hacemos lo malo que no debiéramos hacer. ¿Cuándo llegaremos a hacer también nosotros algo que está fuera de nuestras obligaciones? Cristo es más santo que el bautismo mismo, y no obstante se hace bautizar. Con esto, podemos decir, instituyó el bautismo. ¡Malditos tendrían que ser, y arrojados a lo más profundo del infierno, los que desprecian el bautismo o se burlan de él! Habrían merecido que Dios los cubriera de vergüenza y los encegueciera por no tener suficiente oído y ojo para ver lo que aquí ocurre. Si ellos no quieren hacerse bautizar, lo hace el Hijo de Dios. ¿Y nosotros somos tan orgullosos y despreciamos el bautismo? Aun cuando éste no nos trajera ningún otro beneficio, ya por causa de Cristo mismo debiéramos tenerlo en alta estima y hacernos bautizar en honor de él. Pero la verdad es que aquí, en el bautismo, suceden las más grandes cosas: ¡al ser bautizado Cristo, el propio Dios de los cielos se volcó a la tierra!

  1. El bautizo de Cristo.

Al ser bautizado Cristo, se manifiesta el Dios Trino.

En efecto, Juan ve que el cielo se abre. Esto es una señal de lo mucho que nuestro Dios y Señor valora el bautismo que el Hijo de Dios mismo santifica al hacerlo aplicar a su propia persona. El cielo, antes cerrado, se abre, y se convierte de hecho en un inmenso portón o ventana, de modo que su interior queda expuesto a la vista. Ya no hay ninguna barrera divisoria entre Dios y nosotros, pues el Espíritu Santo descendió come paloma sobre la faz del agua. ¿No es ésta una sublime manifestación? Por esto es también que hablamos de una epifanía: porque se manifiesta

Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, con todos los ángeles.

El Espíritu Santo viene como una inocente palomita. La paloma se destaca entre todas las demás aves por su modo de ser suave y amoroso, ajeno a toda ira. Así se presenta también el Espíritu Santo en una forma lo más llena de amor y gracia, sin la menor señal de ira. El Hijo de Dios, que no habría tenido necesidad del bautismo y no obstante se sometió a él, se manifiesta no sólo para darnos un ejemplo, sino impulsado además por su gracia. Y también el Padre se hace oír mediante una voz de los cielos que dice: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. No sería nada extraño que cielos y tierra se estremecieran ante esta voz; si nuestro Dios y Señor nos hablara — ¡yo caería sobre mi rostro! Y sin embargo, en ese Dios todo es amabilidad, gracia y misericordia; pues nos dice: “Aquí tenéis a mi Hijo; éste fue bautizado en beneficio vuestro”.

¿Queréis saber, entonces, quién es nuestro Dios? Os lo diré: No es un Dios que lleva espada; no viene con estruendo de bocinas como en el Sinaí, sino que todos los detalles de esta manifestación configuran un cuadro apacible, todo son gestos amorosos: El Hijo es un hombre sin culpa que al hacerse bautizar hace más de lo que está obligado a hacer el Espíritu Santo desciende en una forma que revela su gran bondad; el Padre tiene una voz amable que dice: “No envío ningún profeta, apóstol ni ángel; antes bien: aquí os doy a mi Hijo en quien tengo toda mi complacencia”.

Esta manifestación la debemos recibir con agradecimiento y obediencia. Estas palabras encierran el mandato de que dirijamos nuestras miradas hacia el Hijo, ya que Dios no escatimó esfuerzos para hacernos anunciar a todos: “Prestad atención, hombres todos: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, lo que quiere decir: “Si queréis que yo sea para vosotros un Padre lleno de gracia, no tendréis ninguna dificultad en conseguirlo; ateneos a mi Hijo, oíd y haced lo que él os dice”. A esta voz debiéramos seguir, aunque fuera por un camino sembrado de espinas. ¿Acaso nuestro Dios y Señor no rompe aquí el cielo y envía al Espíritu Santo, en forma de paloma, y le hace decir con amorosa voz: “Aquí tenéis a mi Hijo, mi corazón, mi tesoro y todo lo que soy”?

Así, el Espíritu Santo, el “YO” del Padre, y el Hijo, se nos han manifestado hoy en tres personas, pero en una sola esencia divina, para que sepamos qué postura debemos adoptar ante Cristo; porque lo que él dice y lo que él nos manda hacer, es del agrado de Dios y cuenta con la cordial complacencia del Padre. ¡Cuán bienaventurados seríamos si actuáramos de esta manera y nos atuviéramos al Hijo! Por otra parte, ¿no son unos malvados los que ante el dulce son de esta voz pasan de largo como si no la oyesen? Pensándolo bien: si uno no es capaz de tributar a la amabilidad y al ‘corazón paternal de Dios más honor que éste: permanecer frío e indiferente, ¿no sería diez veces preferible que estuviera muerto? Yo al menos no lo aguantaría.

Por eso, hijos amados, ¡aprended mientras aún podáis aprender! Hubo un tiempo en que no sabíamos nada de todo esto. El cielo estaba cerrado, y a nosotros no nos quedaba otro remedio que escuchar, por las funestas artes del diablo, lo que los monjes nos contaban acerca del purgatorio, duendecillos, etc. Ahora en cambio se enseña claramente todo lo que concierne a este don inefable. ¡Quiera Dios que lo aprendamos! Y aun cuando el mundo se muestre desagradecido y ciego, agradezcamos al menos nosotros a nuestro Dios por estos beneficios. Hoy, él puso de manifiesto ante nosotros su corazón y su tesoro: al Espíritu Santo en forma de paloma, al Hijo en su forma humana, y a sí mismo en una voz majestuosa y bella.

¿Quién no habría de condenar al que en tales circunstancias no agradece al Señor ni se llena de regocijo y en cambio se resiste a aceptar al Hijo con alegría? El Hijo está de pie en el río Jordán; el Espíritu Santo está descendiendo sobre él; se escucha la voz del Padre; Dios está tan cerca como de aquí a la pared. Sí, tan de cerca se mostró. Hubo también ángeles presentes; porque donde se manifiesta el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, allí están presentes todos los ejércitos de los cielos y de la tierra, la plenitud de la creación. Aprended pues a valorar debidamente esta fiesta. Lo de aquellos magos es sin duda importante. Pero mucho, muchísimo más importante es lo que sucede aquí junto al Jordán; aquí están los verdaderos tres reyes: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

  1. El bautizo de los cristianos.

 Nuestro bautismo no es solamente agua, puesto que Dios actúa por medio de él.

Que esta manifestación del Dios Trino se haya hecho en ocasión del bautizo de Cristo en el río Jordán, es muy significativo. Podría haber ocurrido también en el desierto, o en el templo, si Dios hubiera querido disponerlo así; pero no quiso —sin duda para realzar la importancia del bautismo. Por eso se debe tener el bautismo en alta estima, y a los bautizados se los debe considerar como gente convertida en santos, más aún, como santos recién creados.

El bautismo, es cierto, ha sido un bautismo con agua. Pero hoy día hay quienes afirman que es agua común y nada más. ¡Que se los lleve el diablo! Mi perrito Bodoque, un cerdo o una vaca también saben lo que es agua común. Pero a mí me interesa saber qué más hay en el bautismo. Esto es lo que hay: Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo, y todos los ángeles. Ahora ya no es simple agua, sino un agua en que se baña el Hijo de Dios, un agua sobre cuya faz se mueve el Espíritu Santo, y predica Dios Padre. Esto es lo que se llama “bautismo”: no la presencia de simple agua, sino la presencia, con el agua, de las palabras: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Por ende, aún hoy día, cuando yo aplico el bautismo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, se encuentran allí presentes el Hijo que santificó el bautismo con su cuerpo, el Espíritu Santo que lo santificó con su presencia en forma de paloma, y el Padre que lo santificó con su voz. Cuando están presentes estas palabras, ya no se trata de simple agua, sino que está presente el cielo todo. Por esta misma razón no se debe considerar el bautismo como una obra del hombre. No soy yo el que bautiza, sino Dios y todos sus ángeles, que acuden espontáneamente. Cuando nosotros efectuamos el acto del bautismo, no realizamos una obra propia nuestra, sino que se agrega: “Te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Nuestro bautismo es un remedio divino contra el pecado y la muerte.

¿Quién, pues, podrá despreciar todo esto? ¿Quién se atreverá a llamar “agua común” el agua del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo? ¿No vemos acaso qué condimento le añade Dios al agua? Si al agua le agregas azúcar, etc., ya no es agua sola, sino un exquisito jarabe o cosa por el estilo. ¿Por qué, entonces, quieres separar aquí en el bautismo la palabra del agua? ¡De ninguna manera! El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en el agua bautismal, que es el baño de Cristo, la presencia del Espíritu Santo, la predicación del Padre. De ahí que sea un agua que quita el pecado, la muerte y toda tristeza, y ayuda a llegar al cielo: hasta tal punto se convierte, mediante la presencia en él del propio Dios, en un precioso bálsamo y medicamento. Dios puede dar vida, y este Dios está en el agua del bautismo; por tanto es en verdad un agua de vida.

Así es como se debe aprender a entender el bautismo, y consecuentemente, apreciarlo, por cuanto encierra en sí el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, o el nombre de Cristo solo, como leemos en el Libro de los Hechos, pues es suficiente ser bautizado en el nombre de Cristo, porque donde está Cristo está también el Padre y el Espíritu Santo. No separes pues el agua de la palabra, sino di: “El agua ha sido prescrita por Dios para que nos purifique por causa de Cristo, el Padre y el Espíritu Santo; éstos, en efecto, están presentes en el agua para que en virtud de ello seamos limpiados del pecado y de la muerte.” Por consiguiente: al que se halla sumido en el pecado, métasele en el agua bautismal, y el pecado queda extinguido. Al que es presa de la muerte, métasele en el agua bautismal, y la muerte está devorada. Pues el bautismo posee un poder divino, a saber, el de aniquilar el pecado y la muerte.

Sobre esta base y con este propósito es que hemos sido bautizados. Si después de bautizados fuimos víctimas del error o caímos en pecados, no por ello quedamos privados de los beneficios del bautismo, sino que nos remitimos a él y decimos: Dios me ha bautizado, me ha metido en ese bautismo que es el bautismo del Hijo, del Padre y del Espíritu Santo; a esto retorno ahora y confío en que el bautismo me quite los pecados, no a causa, de mí mismo, sino a causa del hombre Cristo que lo instituyó.

Conclusión:

El verdadero significado de la fiesta de la Epifanía.

Esto sobrepasa en mucho la manifestación de Cristo ante los tres reyes. Por lo tanto, la verdadera celebración de la Epifanía es la celebración del bautizo de Cristo. En el papado la festividad tiene una duración de más de ocho días; pero allí dan a lo menor una importancia como si fuese lo mayor. En realidad, lo correcto sería conmemorar con esta fiesta el bautismo y llamarla “fiesta del bautizo de Cristo”. Así tendríamos una buena ocasión para predicar acerca del bautismo, en contra de los “iluminados” y el diablo. Pues el diablo nos hace ver con mucho gusto cualquier cosa, menos a nuestro mayor tesoro, Cristo; de éste trata de apartarnos a toda costa.

Aprendamos por lo tanto que en el día de hoy, el Padre se nos manifestó mediante una hermosa predicación acerca de su Hijo; lo que el Hijo hace con nosotros, y nosotros en unión con él, en esto el Padre tendrá su complacencia. Así que el que es obsecuente al Hijo, disfruta del amor especial de Dios. Igualmente, el Padre manifestó al Espíritu Santo en la forma de una paloma. De esta manera, nuestro Señor y Dios se exteriorizó en el bautismo con toda su amabilidad y gracia.

“Aquí tenéis a mi Hijo”, nos dice, “no a un ángel, sino al Hijo y a mí mismo”. Es éste el más alto grado de manifestación que el Padre pudo emplear. Si el que predica es el Padre en persona, predica el más grande servidor de la palabra; otro mayor no existe. Al que no cree esto, que se lo lleve consigo el diablo. Ni siquiera es digno de oírlo.

  • Tomado de: iglesia reformada.com