¿Quién Soy Yo?

quien soy“¿Quién soy yo?”

Pequeña suite sobre la vocación[1]

Leonel Iván Jiménez Jiménez

[Preludio]

En una de sus cartas, el compositor Gustav Mahler (1860-1911) escribió lo siguiente: “¿Para qué viviste?, ¿para qué sufriste?, ¿acaso todo es una vasta y terrible broma? Hemos de contestar de alguna manera a estas preguntas si vamos a seguir viviendo; incluso si sólo seguimos muriendo”[2]. Estas preguntas las alcanza a expresar de manera contundente en sus dos primeras sinfonías, las cuales cuentan la historia de un personaje heroico –Mahler mismo- que atraviesa la luminosidad de la vida, admira el vigor y la paz de la naturaleza, se enfrenta a la ironía de la muerte[3], disfruta del triunfo aparente, fallece –en el primer movimiento de la segunda sinfonía- y, finalmente, experimenta la resurrección.

            Mahler trata de encontrar sentido a la vida. Su búsqueda no era en balde. Si bien ahora se le considera una de las figuras culturales más importantes del siglo XX, en sus primeros años fue rechazado como compositor. Considerado un genio, en especial por su trabajo en la ópera, los críticos musicales pedían que se concentrara en la dirección orquestal, pero sin presentar su música, la cual parecía ajena a su tiempo. Mahler fue un errante, preso de sus obsesiones como la perfección y el miedo a una vida sin sentido. Si continuó por el camino de la composición fue gracias a su tenacidad, reflejada en los largos veranos que pasó en la soledad de los bosques austriacos componiendo las sinfonías que ahora consideramos tesoros del espíritu humano.

[Allemande]

¿Acaso no hacemos las mismas preguntas que Mahler? Todas las personas buscamos el sentido de nuestra existencia. Nos rehusamos a pensar que todo es producto del azar, carente de propósito, como si viajáramos siempre a la deriva, aunque muchas experiencias –propias o ajenas- parecen confirmarlo. Hay una fuerza permanente que nos llama a encontrar nuestro lugar, en donde se entrecruzan nuestros deseos, gustos y talentos. Sin importar la edad y etapa de vida que atravesemos, las preguntas son muy parecidas, aunque se expresen diferente: ¿para qué estudio?, ¿tiene sentido el trabajo que realizamos?, ¿qué significa vivir en familia?, ¿a qué dedicaré los próximos años?, ¿lo que hago dejará huella?

            Hay un permanente anhelo de trascender. Trascendencia es ese llamado que viene desde lo lejos que hace dar sentido a todo; es reconocer la propia finitud y pequeñez, y al mismo tiempo la pertenencia a algo mayor, eterno, inabarcable. Desear trascender es aceptar la muerte como inevitable y al mismo tiempo afirmar la continuidad de la vida; es pensar en el futuro que no veremos, pero sabemos que estará ahí; es considerar la necesidad de dejar una herencia a las siguientes generaciones.

            Hablar sobre vocación implica hacer preguntas sinceras y profundas sobre el sentido de la existencia y, al mismo tiempo, reconocer el deseo de trascender. El problema de la vocación es un llamado a hacer preguntas sobre el sentido de la vida, los alcances y propósito de lo que se emprende, el servicio a los demás y la herencia que se deja no sólo al morir sino en todo lo que se hace.

[Courante]

Para la tradición protestante y evangélica ha sido fundamental el tema de la vocación. Tal como lo estudia Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, la “profesión” (Beruf) fue entendida por la teología luterana como una carga impuesta por Dios, fruto de su Providencia. Manteniendo ideas ortodoxas, para Lutero la “profesión es aquello que el hombre ha de aceptar porque la Providencia se lo envía, algo ante lo que tiene que ‘allanarse’; y esta idea determina la consideración del trabajo profesional como misión, como la misión impuesta por Dios al hombre” (Weber 2004, 146). No hay profesiones mayores que otras, ya que cualquiera puede llevar a la realización de esa “misión” o “destino” que se ha impuesto a la persona. Para Lutero, “el cumplimiento en el mundo de los propios deberes es el único medio de agradar a Dios, que eso y sólo eso es lo que Dios quiere, y que, por lo tanto, toda profesión lícita posee ante Dios absolutamente el mismo valor.” (Weber 2004, 138) Es en la vocación donde la fe se une a las obras y la gracia ofrece sus frutos. Por lo tanto, se subraya el deber de cumplir la vocación, lejos de tener como principal objetivo la acumulación de bienes materiales más allá de los necesarios, lo cual es condenable, ya que esto sólo puede realizarse a costa del bien de los demás. La vocación es dada para responder a las necesidades del mundo. De esta manera, la vocación sirve como una máscara de Dios, asegurando el orden terreno y articulando su transformación (Strohl 2014, 365-369).

[Sarabande]

Me ha parecido interesante reflexionar sobre el tema de la vocación manteniendo un diálogo entre la visión luterana sobre el tema y el excepcional libro de Avivah Gottlieb Zornberg sobre Moisés (Zornberg 2016). Sin duda, el relato que aparece en Éxodo 3 resulta paradigmático para hablar sobre las preguntas, desafíos y problemáticas que presenta la discusión sobre la vocación. Es un texto lleno de dudas –la mayoría sin respuesta aparente-, temores e inseguridades, donde Moisés no aparece como el gran líder del pueblo hebreo, sino como un hombre cualquiera, débil frente a un Desconocido que lo llama.  

La “biografía” de Moisés que aparece en los primeros capítulos de Éxodo lo muestra como una persona por la que pasan muchos caminos. Moisés no pertenece a lugar alguno, sino que es parte de muchas partes a la vez. Hasta el encuentro con la zarza que no se consume, la vida de Moisés pasa de una mano a otra, atormentado por un pasado que no puede comprenderse y un futuro incierto (Zornberg 2016, 22). Nace siendo hebreo, amenazado de muerte por faraón; es dejado en el río dentro de una canasta que recoge la hija del enemigo, quien, gracias a una hábil maniobra de la hermana de Moisés, lo entrega –sin saberlo- a su madre para que lo criara. Cuando crece Moisés la princesa lo adopta, pero le pone un nombre hebreo. El hijo adoptivo de la princesa egipcia se convierte en fugitivo luego de matar a un egipcio y ser denostado por los hebreos. Siendo errante en el desierto pasa a ser parte de la familia del sacerdote de Madián y pastor de ovejas en medio del desierto.

            La vida de Moisés parece estar marcada por el azar. Va de un lado a otro en silencio. El texto sólo registra tres frases del futuro libertador. La primera, cuando ve a dos hebreos peleando: “¿por qué golpeas a tu prójimo?” La segunda, cuando es descubierto su homicidio: “ciertamente esto ha sido descubierto”. La tercera, cuando nace su hijo: “forastero soy en tierra ajena”. Tres frases que revelan las marcas en la vida de Moisés: la preocupación por el Otro, el miedo y la no-pertenencia.

            Ya en el tercer capítulo la primera frase que es puesta en sus labios demuestra curiosidad: hay una zarza que no se consume y necesita indagar qué sucede. Cuando se acerca, escucha que le llama una voz desconocida, pero suficientemente clara como para someter su voluntad. Esa voz le llama por su nombre, el cual no había sido pronunciado desde que la princesa egipcia se lo puso. La voz que llama lo conoce y él sólo puede responder afirmando su presencia. Ese hombre que vivió de mano en mano, sometido por las circunstancias, ahora está frente al Desconocido. Es un cuadro lleno de elementos menospreciados: un hombre errante, una zarza y el desierto. Sin embargo, en la narración todo se transfigura: Moisés es el llamado para enfrentar a faraón, la zarza es trono de Dios y el desierto tierra sagrada.

            Al presentarse, Dios juega una pequeña broma a Moisés: afirma ser el Dios de sus padres. Pero, ante un huérfano y errante, ¿qué puede significar eso?, ¿quiénes son Abraham, Isaac y Jacob? La voz de la zarza no sólo conoce su nombre: también reconoce su historia. Por fin, luego de décadas de vida, alguien nombra a Moisés y resume su historia. Dios asegura que la vida de Moisés no surge de la nada.

            Luego de la presentación hay una coincidencia entre Dios y Moisés: ambos son sensibles a los sufrimientos de los esclavos. Moisés defendió a un hebreo ocasionando la muerte de un egipcio y Dios ha escuchado el clamor de su pueblo sufriente. Ninguno de los dos personajes es ajeno al dolor de quien sufre opresión. Ahí se encuentran Dios y Moisés: en la preocupación por el Otro. Como subraya Zornberg, Dios afirma que también ha escuchado el clamor del pueblo por lo que ahora, Moisés y él, serán “aliados en empatía” (Zornberg 2016, 52). Sin embargo, los dos están lejos. Los dos escuchan el clamor, pero ambos aparecen en el desierto. Dios llama a Moisés para una misión en común. Ese hombre forastero y temeroso será el que desafíe a los poderes de su tiempo y saque de Egipto a un pueblo de esclavos. El viejo y débil Moisés hará una labor para la que sería mejor confiar en un militar experto, un valiente o un gobernante de igual poder que faraón.

            Nos preguntamos por qué Moisés es el elegido. En el texto Moisés hace la misma pregunta: “¿quién soy yo…?”. No hay pregunta más importante en el texto que esa: es el centro del problema de Moisés y la reflexión sobre las vocaciones. Moisés sabe su condición y reconoce que no es capaz de emprender la misión encomendada. A sus ojos él no es más que un forastero que pastorea ovejas en el desierto; a ojos de Dios él-es la mejor opción para liberar a su pueblo. A ojos de Moisés, es imposible enfrentar al pueblo esclavo y a faraón; a ojos de Dios él es indispensable para la tarea. Para Moisés habrá dudas, preguntas, oídos cerrados y desconfianza; para Dios la victoria está asegurada. Moisés debe ser la “máscara de Dios” en Egipto.

[Gavotte]

Dios se especializa en no responder las preguntas que se le hacen. Frente al “¿quién soy yo?” de Moisés Dios sólo responde un “estaré contigo”. Se funda una alianza entre Dios y Moisés en donde saber quién es cada uno pasa a segundo plano. Dios no contesta la pregunta y, cuando Moisés quiere saber el nombre de quien habla, sólo hay una respuesta: “yo soy” o, siguiendo la propuesta de Pablo Andiñach, “yo soy el que estoy” (Andiñach 2014, 102-105). El Dios que se presenta es uno que va en el camino del creyente. Es el que ha estado con Abraham, Isaac y Jacob y que seguirá caminando con su pueblo. La precisión de su persona o sus características no es lo importante: lo trascendente es que está ahí y seguirá estando[4].

            Las preguntas “¿quién soy yo?” y “¿quién eres tú?” queda en el aire y se irá respondiendo a medida que se camina con Dios. No es posible encasillar a Dios ni a Moisés en una definición. A lo largo del texto iremos descubriendo que Moisés es profeta y que Dios es quien libera, pero en ese primer encuentro en el desierto sólo importa que hay una misión liberadora y que Dios acompañará a ese hombre errante.

            Moisés será la máscara de Dios y la voz frente a faraón, aún con sus pretextos y pretendida torpeza de lengua. Dios será su respaldo y quien libere al pueblo oprimido. Ahí está el resumen de la vocación: la alianza entre Dios y el ser humano para la liberación.

[Bourrée]

¿Acaso no es Moisés el prototipo de toda persona que vive errante en la búsqueda de significado para su vida?, ¿acaso no condensa en sus preguntas las cuestiones que tratamos de responder en diferentes momentos de nuestro caminar?

            Frente a las preguntas aparece un Dios que promete acompañar en todo tiempo porque estar-ahí es su esencia. No es un Dios ajeno a los dolores del mundo: es aliado en empatía con todos y todas aquellas que escuchan el clamor de su pueblo. En esa alianza es indispensable la participación de ambas partes: Dios es el respaldo y el ser humano es su máscara; Dios llama y el ser humano responde; Dios es la voz y el ser humano el medio; Dios presenta nuevas posibilidades y el ser humano las hace realidad.

            El punto de partida de la vocación es la empatía por el dolor del pueblo. Ahí se encuentran Dios y el ser humano; de ahí surge una primera alianza. En esa empatía nace la vocación, misión impuesta por la Providencia, que puede tener muchos rostros y diversas formas de llevarse a cabo, pero cuyo propósito es uno: ser máscaras de Dios para la construcción de un mundo que pueda vivir en plenitud. Las preguntas se responderán mientras caminamos hacia esa Tierra Prometida.

[Gique]

“¡Arte! Sólo el arte me disuadió. ¿Cómo podía ser posible abandonar el mundo antes de traer todo lo que sentía era mi vocación producir?” (Beethoven s/a, 35). Son las palabras de Ludwig van Beethoven (1770-1827) en su famoso “Testamento de Heiligenstadt” de 1802, donde expresa su desesperación y tentativa de suicidio debido a su condición de sordera. Ya en 1800 Beethoven escribe a Franz Wegeler que su audición se venía deteriorando desde tres años atrás (lo mismo que su digestión), siendo incapaz de escuchar a la orquesta y los cantantes durante los conciertos. A los 27 años de edad, el gran compositor empezaba a estar sordo (Beethoven s/a, 22-23).

            La mayor parte de su música la escribió en esa condición. Todas sus composiciones más famosas fueron hechas en el silencio. ¿Qué hubiera pasado de haberse suicidado? No pudo hacerlo por su vocación, la cual iba más allá de cualquier circunstancia, incluso en el absurdo: ser sordo siendo músico.

            Dice su fiel secretario y amigo Anton Schindler que Beethoven tenía en su escritorio las siguientes palabras, encontradas en una inscripción en Egipto por Champollion-Figeac: “Soy lo que es. Soy todo lo que es, que fue y que será. Ningún mortal ha levantado mi velo. Él es de él mismo y es a su soledad que todas las cosas le deben su ser.” (Schindler 1996, 365-366)

            Algún día se responderán todas las preguntas.

Trabajos citados

Andiñach, Pablo. 2014. El Dios que está: teología del Antiguo Testamento. Navarra: Verbo Divino.

Beethoven, Ludwig van. s/a. Beethoven’s letters: 1790-1826. Vol. I. Boston: Oliver Ditson.

Lebrecht, Norman. 2010. Why Mahler? How one man and ten symphonies changed our world. New York: Anchor Books.

Schindler, Felix Anton. 1996. Beethoven as I knew him. Mineola: Dover.

Strohl, Jane. 2014. «The framework for christian living: Luther on the Christian’s callings.» En The Oxford Handbook of Martin Luther’s Theology, de Robert Kolb, Irene Dingel y L’Ubomír Batka. Oxford: Oxford University Press.

Weber, Max. 2004. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Fondo de Cultura Económica.

Zornberg, Avivah Gottlieb. 2016. Moses: a human life. New Haven: Yale University Press.

Leonel Jimenez

[1] Texto presentado en el Campamento Vocacional “Mística y espiritualidad” del Seminario Metodista “Dr. Gonzalo Báez-Camargo” el día 1 de julio de 2017 en Real del Monte (Hidalgo).

[2] Citado en Norman Lebrecht. 2010. Why Mahler? How one man and ten symphonies changed our world. New York: Anchor Books, p. 51.

[3] Norman Lebrecht comenta el tercer movimiento de la primera sinfonía como reflejo de esa ironía, cuando Mahler utiliza como base la canción infantil Frère Jacques a manera de marcha fúnebre, la cual es interrumpida por tonadas judías, cual si salieran de una taberna mientras pasa el cortejo fúnebre del infante. En medio de la muerte, la vida bulliciosa e indiferente continúa.

[4] “Lo que se ha revelado es la condición del Dios de Israel de estar. En el discurso que Moisés deberá presentar a los israelitas, lo central es transmitirles que es la presencia de Dios lo que caracteriza su modo de relacionarse con su pueblo. El Dios de Israel no es el de la guerra, la fertilidad ni el destino. Puede ser que por momentos y en distintos contextos literarios sea algo de cada una de esas características, pero lo que lo hace distinto de otros y define su identidad es que el Dios de Israel es el Dios de la presencia.” (Andiñach 2014, 104)