Alejandro Zenteno Chaves

alejandro zenteno.pngSemblanza

Nació en la Ciudad de México en 1955. Actualmente se desempeña como editor, fotógrafo y corrector de estilo. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero su formación es mucho más autodidacta que académica. Ha publicado los volúmenes de poesía Las venas iracundas (edición de autor, 1989), Acento al rojo vivo (Nubes y Arena, 2008), Sinfonía de la Sangre (Nubes y Arena, 2012), Huellas de un pasado remoto (Instituto Politécnico Nacional, 2014), Una habitación de la Caza Chica (VersoDestierro, 2014) y Entre Camilo y Zapatadiálogo en sonetos con Roberto López Moreno— (El Ala de la Iguana, 2016), además de la novela Mariana y el General (Vozabisal, 2015) y el ensayo El conocimiento en la mira. Reflexiones sobre la educación, la cultura y la ciencia en México (coedición de cuatro editoriales). También ha ejercido el periodismo con artículos, ensayos y fotorreportajes sobre múltiples temas como literatura, arte y artesanía, historia, arquitectura, arqueología, paleontología, vulcanología, salud y deporte, y cultura en general. Su obra poética ha recibido comentarios elogiosos de grandes poetas como Carmen de la Fuente, Rubén Bonifaz Nuño y Enrique González Rojo Arthur. Actualmente tiene varios poemarios inéditos así como algunos ensayos en preparación sobre temas de literatura, antropología e historia.

Alejandro Zenteno Chávez

MARIANA Y EL GENERAL

DE ALEJANDRO ZENTENO

Esta novela histórica, publicada a fines de 2015, es un trabajo que merece estudio y que abre vetas de investigación en la llamada Revolución Mexicana.

     Es de común conocimiento lo que se ha denominado la novela histórica mexicana, con autores como Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Francisco L. Urquizo, Vicente Magdaleno y Miguel N. Lira, entre otros. Lo cierto es que la mayoría de éstos pertenecieron o estuvieron muy cercanos a la facción triunfante, al llamado constitucionalismo. Por otra parte, la historiografía oficial ha creado una serie de mitos y deformaciones de la realidad que no han hecho sino confundir al común de los mexicanos, y lo cierto es que a estas alturas, un siglo después, muy poca gente tiene una idea clara de lo que aconteció. La situación es compleja, porque incluso muralistas como Aurora Reyes, y no se diga Jorge González Camarena, quien pintó a Carranza con la estampa de un dios del Olimpo, creyeron en el mito de la “revolución”, si bien aquélla, con el transcurrir de las décadas y los movimientos de los 50 y los 60, experimentó un fuerte desencanto.

     Alejandro Zenteno, con base en un estudio profundo de la realidad histórica, tiene muy claros los hechos: la llamada “Revolución Mexicana” fue un levantamiento campesino cuyo resultado fue su aplastamiento y la toma del poder por una burguesía reciclada del porfirismo. Tiene también claro que el estallido de 1910, además de consecuencia de la excesiva concentración de la riqueza en un pequeño grupo, fue precipitado en parte por los gringos, debido a la inclinación de Porfirio Díaz por atraer capitales de las potencias europeas.         

     Lo cierto es que la facción burguesa, los carrancistas o constitucionalistas, tuvieron una visión más amplia, un proyecto de país más completo que inclinó la balanza a su favor. Los convencionistas, comandados por Villa y Zapata, al no superar una visión regionalista, desaprovecharon el momento de mayor auge de la movilización campesina –diciembre de 1914- y al no unificar sus fuerzas, la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur, y retornar cada quien a su zona de influencia, permitieron a Obregón, estacionado en Veracruz, el respiro que necesitaba, dándole tiempo de fortalecer su ejército con armas, municiones, hombres y suministros. Las batallas en el Bajío, a mediados de 1915, decidieron el destino del levantamiento campesino. Posteriormente, los constitucionalistas redactaron la Carta Magna de 1917, cooptaron o liquidaron a los líderes campesinos que quedaban, robaron las banderas y las consignas del enemigo vencido para confundir al pueblo, realizaron un reparto agrario a su modo, ajustaron cuentas entre ellos durante toda la década de los 20 y consolidaron el poder a fines de esa década con Plutarco Elías Calles.

     Mariana y el General narra la historia de un personaje de innegable importancia, aunque bastante desconocido, de la revolución, y en particular del zapatismo: Benigno Nestor Zenteno Hernández, quien al momento de su levantamiento, el 10 de mayo de 1911, en Tepetitla Lardizábal, Tlaxcala, se le confirió el cargo de coronel por la Segunda Junta Revolucionaria del Estado de Puebla. Posteriormente, Zapata lo nombraría general brigadier y, durante la toma de Cuernavaca, en 1914, General de División.

     Benigno Zenteno representa a un sector de revolucionarios del que se ha hablado muy poco: los metodistas, pertenecientes a una de las llamadas “iglesias históricas” del protestantismo, junto a los bautistas y presbiterianos, y que se difundieron desde mediados del siglo XIX por todo el país, impulsados por los liberales como una manera de contrarrestar la hegemonía del catolicismo. Las ironías de la historia también se expresan aquí, tal y como sucedió con Maximiliano, quien era más liberal que los liberales de su tiempo y a quien los conservadores dieron la espalda al declarar el entonces emperador que en México habría libertad de cultos y por su intención de acabar con la tienda de raya. De igual forma, un sector de metodistas, en vez de entregarse a la ideología capitalista de muchos liberales, como Juárez y Lerdo de Tejada, se incorporaron a comunidades del campo abandonadas por el proyecto burgués del porfirismo, y se radicalizaron, influidos por corrientes de pensamiento revolucionario como el socialismo y el anarquismo. Entre los líderes metodistas que tuvieron relevante participación en el zapatismo están Otilio Montaño y José Trinidad Ruiz (firmantes del Plan de Ayala) y los hermanos Benigno y Ángel Zenteno. Otro personaje metodista de gran importancia, incorporado al zapatismo en 1915, cuando era un jovencito de 14 años, fue Rubén Jaramillo, quien siguió luchando por la justicia para los campesinos incluso hasta inicios de los 60.

     Alejandro Zenteno retoma la historia, motivado por documentos de gran valor que la viuda del general Zenteno, Mariana López González, pudo rescatar de aquel convulsionado periodo. El hecho de que ambos personajes (Benigno y Mariana) hayan sido sus abuelos, representó un gran desafío al escritor-investigador, para no caer en lo que suelen hacer muchos parientes de los caudillos: defenderlos por el simple hecho de tener un vínculo sanguíneo o por ser sus paisanos y no por los méritos que objetivamente pudieran comprobarse. En tal forma, es posible encontrar en el estado de Morelos a parientes de Jesús Guajardo, asesino de Zapata, que se esmeran por reivindicar su figura. De igual manera, Donald Trump también ha de considerar a los racistas, asesinos, linchadores impunes y fanáticos del Ku Kux Klan como sus héroes, tan sólo por ser blancos.

     El estudio de los materiales rescatados por Mariana, como el Proyecto para las Colonias Agrícolas Militares, redactado por Benigno tal vez en 1916 (quedó inconcluso), la narración que Mariana hizo para solicitar una pensión al gobierno de López Mateos (y que nunca le concedieron), o los discursos de Ángel Zenteno, uno de los cuales se reproduce íntegro en la novela, le revelaron al autor que estos revolucionarios estaban muy lejos de los arquetipos de machos, matones y locos representados tradicionalmente en muchas páginas de la llamada novela de la revolución o en muchas cintas del cine mexicano. Un Demetrio Macías no tiene nada que ver con Benigno y Ángel Zenteno, o con José Trinidad Ruiz y Rubén Jaramillo. Se ha hablado, y con gran justicia, sobre revolucionarios católicos como Camilo Torres; pues resulta que medio siglo antes del testimonio de este hombre ejemplar de Colombia y Latinoamérica, hubo pastores protestantes, en especial metodistas, que entregaron su vida por la redención del humilde. Medio siglo antes también del surgimiento de la Teología de la Liberación.              

     El autor de este volumen, quien tiene una amplia experiencia en la investigación de múltiples temas y en la redacción de artículos, ensayos y reportajes, se planteó de qué manera rescatar la historia. Había la posibilidad de trabajarla como un estudio histórico. Sin embargo, consideró que éste no podría tener los alcances de una novela, por lo cual decidió abordarla de esta forma. Aquí valoró la reproducción no sólo de los documentos originales de la época, sino el apego objetivo a los acontecimientos, además de la verosimilitud de la narración, tanto con los hechos mismos como con el pensamiento de los personajes. Hay pasajes que a muchos les podrían parecer ficticios, pero que están basados en el estudio de los materiales preservados. El proemio del Proyecto para las Colonias Agrícolas Militares es prácticamente un ideario. El discurso de Ángel en el Liceo Melchor Ocampo, el 27 de noviembre de 1913, es una declaración de principios, la rúbrica de un guerrero que se prepara a la batalla donde el honor es mucho más importante que la vida o la muerte. Es curioso que en la historiografía oficial, en la novelística tradicional, no se profundice en estos personajes, y se quiera, en muchos casos, insistir en el bandolerismo (que sí lo hubo) como el canon entre los hombres que participaron en el conflicto. Por eso el autor consideró de gran importancia rescatar este testimonio de revolucionarios auténticos, no por el hecho de haber sido sus parientes sino porque tales personajes son el modelo a seguir en un país donde la corrupción y la injusticia son epidemia. Por eso otorga también gran importancia al rescate de figuras como el general Felipe Ángeles, un verdadero Quijote, tan grande o más, según opinión de Zenteno, que Villa y Zapata.                              

    La manera en que Alejandro Zenteno resolvió los tiempos narrativos también es muy interesante. Decidió que los acontecimientos de 1911 a enero de 1917 se narraran en presente. Esto tiene un tinte cinematográfico, al representar la historia como en un film color sepia. Los pasajes de 1959-1960, cuando Mariana redacta su documento, se narran en pasado, porque son más de seis décadas desde que transcurrieron. Hay también una narración intemporal, que es la del autor, quien establece los enlaces que otorgan estructura a la obra. Las cualidades líricas de Zenteno también se plasman en ciertos pasajes de prosa poética. La reflexión de Benigno en el calabozo donde estuvo durante 70 días en Mérida, Yucatán, es un ejemplo. De igual forma algunas descripciones de la montaña y otros lugares.

     En síntesis, Mariana y el General es una obra donde se combina, exitosamente, la historia con la literatura. Es una novela que a la vez de abrir vetas para el investigador profesional, otorga a todo tipo de lectores la posibilidad de recrear la gesta iniciada en 1910 con amplia calidad, profundidad, verosimilitud y convicción.

Editores de Vozabisal

  • Enviado por la Conferencia Anual del Sureste,

por aportación literaria del Sr. Tomás Silva A.