Cristo nos Salva de la Muerte y del Juicio

Cristo nos salva______________________________________________________________

En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, en la esperanza de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.

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Martín Lutero.

Sermón para el XVI Domingo después de Trinidad.

Fecha: 28 de septiembre de 1533.

Texto: Lucas 7:11-17.

Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

  1. Cristo nos salva de la muerte.

Cristo arrebató de la muerte al hijo de la pobre viuda. Este Evangelio contiene mucho material que debiera ser expuesto y enseñado, pero me limitaré a su tema principal. Tenemos ahí a una pobre viuda que perdió a su esposo y a su hijo; y como se sabe, entre los judíos era cosa particularmente grave para una mujer el haber enviudado y no contar con un hijo. Pues la reglamentación de los asuntos civiles entre los judíos fijaba como base necesaria la existencia de herederos hábiles masculinos. Para esa mujer, tal base no está dada: ha quedado viuda, mísera y sola; y ella misma se ha de imaginar que Dios se apartó de ella y se convirtió en su enemigo. ¿Cómo no habría de estar triste su corazón? ¡Cuan fácilmente podría haber desesperado de Dios! ¿No parecía acaso como si Dios la hubiera abandonado, ya que primero había muerto su esposo, y ahora se le muere también el hijo? A esta pobre mujer, el señor la consuela devolviéndole al hijo, y su alegría es ahora diez veces mayor de lo que fue antes su dolor. No habría sido nada extraño que ella misma hubiese caído muerta de puro gozo.

Sírvanos, pues, esta historia para que aprendamos a ejercitar nuestra fe, a robustecerla y confirmarla; y para ello veamos cómo Cristo quita a la muerte todo poder e importancia. Cuando él nos presenta una imagen tal de la muerte, seguramente lo hace para que perdamos el temor ante ella. Cristo quiere crear en nosotros un corazón que recorre su senda tranquilo y no se deja turbar por la muerte. Los que con mayor facilidad aprenden esta lección son los que se hallan en un estado de tristeza y mi seria extrema como aquella viuda. ¡Fijémonos en la forma rápida y al parecer tan sencilla en que se suceden aquí los acontecimientos!

El joven ha muerto. No hay esperanza alguna de que recobre la vida física. Todo el mundo no puede sentir más que un desaliento total. Pero ahora viene él mismo, el Cristo. No aplica ningún medicamento. Solamente dice: “¡Levántate!” Así, ante sus ojos la muerte es como la vida; para él, lo uno vale tanto como lo otro, la muerte tanto como la vida. Aunque estuviéramos muertos — ante él no estamos muertos. Pues él no es Dios de muertos, sino “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” — y éstos viven, según Mateo 22 (v. 32), con lo que Cristo quiere decir: “No han muerto, sino que para mí están con vida”. Así nos resucitará también a nosotros en el día postrero.

De esto debemos aprender algo, a saber: lo grande que es el poder con que Dios obrará en nosotros en el postrer día por medio de Cristo. Con una sola palabra nos hará salir del sepulcro. “Doctor Martín”, me dirá, “ven acá”; y al instante sucederá así. Por esto no debemos dudar en lo más mínimo de que Cristo tiene el poder y también la voluntad de arrebatarnos del sepulcro. Así nos lo muestra la historia de este joven: Está muerto, no tiene ya oídos —y sin embargo oye. ¿Qué cosa rara está ocurriendo aquí? ¡El que no oye, oye; el que no vive, vive; el cuerpo está muerto, y sin embargo está vivo! No hace falta más que una sola palabra para lograr este efecto milagroso. Al ver, pues, que Cristo puede arrebatar lo a uno de la muerte con tanta facilidad, y al oír que tiene también la firme voluntad de hacerlo, y que incluso se compadece de nosotros por cuanto tenemos un miedo tan terrible a la muerte— ¿no habríamos de tener en él una confianza inconmovible? Justamente para este fin nos da aquí un ejemplo y una prueba de su irresistible poder. Con ello quiere decirnos: “No tengáis miedo. ¿Qué os puede hacer la muerte? Nada; sólo os puede infundir miedo. Pero no os fijéis en vosotros mismos y en la manera como vosotros lo sentís, no os dejéis llevar por vuestros temores; antes bien, fijaos en lo que yo puedo y quiero hacer. Yo os puedo levantar del sepulcro con tanta facilidad como uno puede despertar a otro de la cama, y no sólo puedo, sino que también quiero hacerlo. No me ha de faltar ni la fuerza ni la voluntad.” Así, el sueño de los que duermen en el cementerio es un sueño mucho más ligero que el sueño mío en mi cama. A mí me tienen que llamar como diez veces, y sin embargo no lo oigo.Los muertos empero serán resucitados con una sola palabra. Quiere decir que nosotros tenemos un sueño mucho más pesado que los que yacen en el cementerio; pues cuando el Señor les dice: “Joven” o “Lázaro” o “Niña”, lo oyen de inmediato.

Por lo tanto, para nuestro Señor y Dios el estado de ellos no es el de “muerte”; solamente lo es para nosotros; para Dios es un sueño tan leve que no podría ser más leve. Esto es lo que Cristo nos quiere inculcar. Quiere quitarnos el temor, para que cuando venga la peste o la muerte, no le digamos a la muerte: “¿Por qué vienes a llevarme? ¡Tienes unos dientes tan horribles! ¡Y yo tengo tanto miedo, no quisiera morir!” ¡Así no! No debo reparar en la forma cómo actúa la muerte en sí, que cual verdugo implacable blande la espada, sino que antes bien debo pensar en la forma cómo puede y quiere actuar Dios. Él no le tiene miedo alguno a la muerte; no le importa su rechinar de dientes, sino que él dice así: “¡Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh infierno4, fusil y bala mortífera seré para ti, más aún, seré tu mismísimo infierno! Me llenaste a la gente de terror, hiciste que se resistieran al morir. ¡Ten cuidado! Por cuanto tú mataste, yo a mi vez te mataré a ti. Tú dirás: “¡a éste lo devoré, al Doctor Martín lo aniquilé!” ¡Y bien, muerte, sigue gloriándote! Pero has de saber que aquellos que me arrebataste, para mí no están muertos.

Sólo están sumidos en un sueño, y en un sueño tan ligero que los puedo despertar con el solo toquecito de un dedo. Le ha de dar no poca rabia a la muerte el notar que con todo su presunto poder sobre el hombre, lo único que logra es hacerlo dormir, de modo que cuando Cristo diga: “Venid a mí, oh muertos”, éstos, al oír su voz, saldrán de sus sepulcros, “los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”, como leemos en Juan 5:28,29.  

  1. Cristo Salva del Juicio.

Sólo para los incrédulos, Cristo aparecerá en el postrer día como juez. Esto es, pues, lo que haremos, a saber: a la voz de Cristo despertaremos del sueño de la muerte. Con esto, nos consolamos. Los monjes en cambio y los turcos no tienen este consuelo. Por lo tanto buscan refugio en sus obras, ya que hacen de Cristo un juez. Saben que no pueden eludir la muerte, y que luego tienen ante sí el infierno. De ahí que intenten correr al encuentro de Cristo con sus rezos y sus misas; creen que él es un juez que les dirá: “Has rezado tanto, has hecho tantas buenas obras, ven, sé salvo”. De este modo convierten a Cristo en juez que juzgará a  los cristianos a base de lo que hayan hecho en su vida, y con esto, Cristo llega a ser el propio diablo. En realidad, convierten a Cristo en algo peor que la misma muerte. Es por esto también que temen tanto al postrer día, porque tienen corazones llenos de maldad y frustración. Tú empero debes sostener firmemente que Cristo es juez sólo sobre los incrédulos, que no oyen la  palabra divina ni confían en eirá. En cambio yo, que he sido bautizado y confío en Cristo y creo  que él padeció por mí, no tengo por qué abrigar temores en cuanto al juicio; pues en este juicio, Cristo está sentado junto al Padre, protegiéndome y abogando por mí. Por consiguiente: cuando nuestro Señor venga en el postrer día, o cuando llegue la hora de tu muerte, piensa así: “Cristo mi Señor está observando a la muerte cómo ésta acaba con mi vida; y una vez que la muerte haya logrado ahogarme, dormiré tan ligeramente que Cristo me podrá despertar con una sola palabra.”

Y el Señor dice: “El hombre que yace ahí muerto, para mí sigue viendo y oyendo perfectamente, a pesar de que todo el mundo cree que no ye ni oye nada.” De esto hemos de aprender que un cristiano no debe abrigar temor alguno ante la muerte; porque Cristo no viene para juzgar, sino que viene como vino al hijo de la viuda y a los otros creyentes: a este joven lo libra de la muerte, y hace que se incorpore, vea, oiga y hable, a pesar de que momentos antes no veía ni oía ni hablaba. Así vendrá Cristo también a nosotros, a los que creemos en él. A los otros en cambio, es decir, a los incrédulos, los juzgará. Nosotros empero aprendamos a esperar con ansias a nuestro Salvador, y a creer en él con firmeza cada día mayor.

Los creyentes por su parte pueden esperar el postrer día con alegría: Los cristianos debemos alegrarnos, por lo tanto, cuando oigamos hablar del postrer día, o cuando sobrevenga una peste, o cuando llegue nuestra última hora. Pero si nos dejamos invadir por el terror, la culpa es del viejo Adán en nosotros, no de Cristo; pues no hay cosa más segura que ésta: que Cristo quiere volvernos a la vida. Entretanto, su voluntad es que durmamos tranquilos hasta que él venga, golpee con su dedo en el sepulcro y diga: “Doctor Martín, levántate”. Y en este mismo momento me levantaré y me gozaré con él con gozo eterno. El pensar del corazón del cristiano debe ser diferente, pues, que el pensar de los monjes y los turcos, los cuales se asustan de tal manera que no saben qué hacer. ¡Bien hecho! ¿Por qué no aprenden y creen que Cristo es un auxiliador para los creyentes y un juez sólo sobre los incrédulos? Para conmigo es un médico, un ayudador y salvador; pero para con el papa, el duque Jorge y los demonios es un juez, por cuanto ellos son servidores del diablo y de la muerte, que quieren emprender y llevar a cabo lo que es de incumbencia de la muerte y del diablo. Y allí Cristo es juez, para lograr que la gente piadosa obtenga paz.

Esto es lo que he querido presentaros a base de la historia de aquella viuda. Dios nos ayude para que aprendamos a conocer al varón Jesús tal como el Evangelio nos lo pinta.

  • Tomado de :

http://www.iglesia reformada.com