El Juicio de Dios sobre el Mundo

el juicio de DiosEl Juicio De Dios Sobre El Mundo


En el marco del 500 Aniversario de la Reforma Protestante celebrándose en 2017, estamos compartiendo con nuestros lectores sermones de Martín Lutero. Eventualmente echaremos mano también de sermones de otros reformadores, con la expectativa de que nos brinden información sobre los temas bíblicos que en aquella época dominaban la mente de los héroes de la fe.



Martín Lutero

Sermón para el 26º Domingo después de Trinidad.

Fecha: 25 de noviembre de 1537.

Texto: Mateo 25:31-46.

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones;  y  apartará  los  unos  de  los  otros,  como  aparta  el  pastor  las  ovejas  de  los  cabritos.  Y pondrá  las  ovejas  a  su  derecha,  y  los  cabritos  a  su  izquierda.  Entonces  el  Rey  dirá  a  los  de  su derecha:  Venid,  benditos  de  mi  Padre,  heredad  el  reino  preparado  para  vosotros  desde  la fundación  del  mundo.  Porque  tuve  hambre,  y  me  disteis  de  comer;  tuve  sed,  y  me  disteis  de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; n  la  cárcel,  y  vinisteis  a  mí.  Entonces  los  justos  le  responderán  diciendo:  Señor,  ¿cuándo  te vimos  hambriento,  y  te  sustentamos,  o  sediento,  y  te  dimos  de  beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna. 

Introducción: En este Evangelio se enfoca el tema de las buenas obras.

En  el  calendario  eclesiástico  de  este  año  figura  un  26º  domingo  después  de  Trinidad.

Como no existe un Evangelio propio para este día, decidí predicar sobre el pasaje de Mateo que acabo  de  leerles.  A  través  de  todo  el  año  oís  hablar  siempre  de  nuevo  acerca  de  la  fe  y de las obras, y de que somos salvados exclusivamente por la pasión de Cristo. Es que como no resulta conveniente  ni  posible  exponer  todos los  puntos de la  doctrina  cristiana  en  un  solo  sermón,  hay que repartirlos sobre la serie entera de domingos y días festivos.

El  pasaje  evangélico  en  cuestión  tiene  por  único tema  las  obras,  porque  lo  de  las  buenas obras también es uno de los puntos sobre los cuales es preciso predicar. Y lo que ese Evangelio dice al respecto, lo dice con pocas palabras, pero con mucha claridad. Hay otros Evangelios que hablan solamente de  la  fe.  La verdad  es  que  en  nuestros  sermones  tenemos  que  tratar  tanto  el tema de la fe como el tema de las obras. Y bien, el Evangelio de hoy es una enérgica e insistente exhortación al bien obrar. Si uno no se siente incitado fuertemente por dicha exhortación, no sé qué podría incitarle. 

  1. Cristo vendrá para juzgar a todos los hombres, y para apartar a los unos de los otros.

La palabra de Cristo da certeza acerca del juicio que seguirá a la muerte.

En  nuestro  texto,  Cristo dice  que  el  Hijo  del  Hombre  vendrá  para  el  juicio.  Si  no  se  nos

hubiera  dado  esta  información,  tendríamos  grandes  deseos  de  saber  qué  habrá  después  de  esta vida. Ahora oímos de la  boca de Cristo  y tenemos ante los ojos lo que nos espera, a saber, vida eterna o muerte eterna. Nadie escapará al juicio, porque todos tendremos que pasar por la muerte. Y  es  cosa  segura  que  después  de  la  muerte,  los  hechos  se  desarrollarán  en  la  forma  que  aquí  se describe: vendrá el Señor, y se hará el juicio; y ante este juicio comparecerán todos los hombres, los  buenos  y  los  malos.  “Todos compareceremos  ante el  tribunal  de  Cristo,  para  que  cada  uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2ª Corintios 5:10).  Esto  es  lo  que  se  nos  ha  anunciado.  La muerte  la  vemos,  el  juicio  no;  pero  estamos notificados de que todo sucederá tal como aquí se detalla.

Con toda razón, el juicio que nos espera nos infunde miedo.

En  el  día  postrero,  Cristo  descenderá  del  cielo  con  grande  e  impresionante  majestad  y gloria,  acompañado  de  todo  el  ejército  de  los  ángeles;  en  las  nubes  será  su  asiento,  y  todos  le verán. Nadie podrá ocultarse para huir de su rostro, sino que todos tendrán que hacerse presentes. Verdaderamente  glorioso  será  el  juicio  aquel,  e  inefable  la  majestad,  cuando  todos  los  ángeles estén  sentados  en  derredor,  y  Cristo  en  medio  de  ellos.  Si  hoy  o  mañana  se  nos  apareciera siquiera un sólo ángel, no sabríamos qué hacer de puro miedo. Un ladrón  y malhechor se siente sumamente molesto cuando le llevan ante un tribunal humano; se avergüenza de su hurto y de su asesinato,  y  a  la  persona  que  le  juzga,  a  pesar  de que  ésta  es  un  mortal  como  cualquier  otro,  le tiene  una  profunda  aversión.  Un  juez  no  es  más  que un  ser  humano;  no  obstante,  cualquiera  se llena de horror al oír que le citan para estrados. 

¡Qué será ante aquella majestad  y  gloria, donde vendrán no sólo tres o cuatro ángeles a juzgarnos, sino las huestes celestiales en su totalidad, y el Señor de los ángeles junto con ellos! Sería bueno que tuviéramos muy en cuenta todo esto, para que cuando llegue ese solemne momento, lo podamos enfrentar con honor y alegría. 

El juicio de Cristo significa una separación radical.

“Y  pondrá  las  ovejas  a  su  derecha,  y  los  cabritos  a su  izquierda.”  Los  que  reciben  su asiento  a  la  derecha  de  Cristo,  no  tienen  por  qué  asustarse  ni  abrigar  temores.  En cambio,  entre los sentados a su izquierda reinará el espanto y la desesperación. “Entonces se sentará en su trono de  gloria,  y  serán  reunidas  delante  de  él  todas  las  naciones;  y  apartará  a  los  unos  de  los  otros.”

Todos  vendrán,  desde  los  cuatro  vientos,  y  él  les  ordenará  con  fuerte  voz:  “¡Los  cabritos  para allá,  las  ovejas  para  acá!”  Los  llamados  “cabritos” son  los  que  omitieron  hacer  obras  buenas, “ovejas” en cambio llama Jesús a los que hicieron el bien. “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, y a los de la izquierda: Apartaos de mí.” Aquí  se  nos  describe  cómo  será  el  procedimiento  que  Cristo  empleará  en  el  juicio  final,  y  cuál será  la  sentencia.  “Apártate,  vete  al  castigo  eterno,  tú  que  hiciste  lo  malo;  vosotros  empero  que hicisteis  lo  bueno,  entrad  en  la  vida  eterna.  Pues lo que  hicisteis,  a  mí  lo  hicisteis.  Vosotros  en cambio, los que estáis a mi izquierda, a vosotros os digo:  Lo que omitisteis, en perjuicio mío lo omitisteis.” Mas todo este procedimiento, también las réplicas de los buenos y de los malos, será cosa de un solo momento; pues en aquel día serán revelados los corazones de todos los hombres.

Aquí se predican y se explican estos acontecimientos; allá se hará pública la sentencia.

  1. Los elementos de juicio de Cristo serán las obras de misericordia.

Estas obras tienen para él un carácter ejemplificador.

Podríamos   preguntarnos   por   qué   Cristo   menciona   precisamente   estas   6   obras   de misericordia  y  las  otras  6  que  son  frutos  de  un  corazón  inmisericorde.  Pues  en  última  instancia, todas  ellas  están  dentro  de  lo  que  se  nos  prescribe  en  el  5º  Mandamiento.  “No matar”, “no enojarse contra el hermano” significa, conforme a la explicación de Cristo: “Ayuda a tu prójimo con toda amabilidad, con hechos y con buenos consejos; si tu enemigo tuviere sed, dale de beber; si uno necesita una túnica, dale también la capa4. Si no lo haces a él, tampoco a mí lo hiciste.” El ser bondadosos y misericordiosos unos con otros, y en especial para con aquellos que nos dieron ocasión para airarnos, —todo esto son obras prescritas en el 5º Mandamiento.

Podríamos llamar “obras de misericordia” también el dar a la mujer, a los hijos y a la criada de nuestro prójimo el honor que les  corresponde,  el  no  robarle  sus  bienes.  El hecho  es  que  Cristo  menciona  la misericordia,  y  las  6  obras  relacionadas  con  ella, sólo  como  un  ejemplo.  En  su  enumeración faltan  las  obras  requeridas  por  el  1º,  2º,  3º  y  4º Mandamiento,  tampoco  hace  referencia  al  6º Mandamiento  que  condena  a  los  fornicarios  y  adúlteros  y  toda  impudicia.  Además,  hay  otro pasaje  en  el  Evangelio  según  San  Mateo  donde  el  Señor  usa  expresiones  mucho  más  severas, asegurando que en el día del juicio los hombres tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan  hablado.  Otros  puntos  pasados  por  alto  son:  la  disciplina  a  que  debemos  someter  nuestro cuerpo,  así  como  también  la  oración  y  el  oír  la  palabra  de  Dios  de  que  se  habla  en  el  2º Mandamiento.  El  único  mandamiento  que  se  toca  es  el  5º,  y  aun  de  éste  no  se  especifican  más que  unas  cuantas  obras;  las  relacionadas  con  el  7º,  8º,  9º  y  10º  Mandamiento  no  aparecen  para nada en esta lista. 

En cuanto a obras de misericordia, los evangélicos quedan bastante mal parados. 

¿Por qué será que Cristo emite un juicio tan severo en cuanto a obras que hacen también los turcos y los gentiles? Un turco trata al otro como si fuera su hermano; si uno cae prisionero y otro tiene algo que comer, sin más lo comparte con el necesitado. No cabe duda: todas estas obras mencionadas  aquí  por  Cristo,  los  turcos  las  practican  con  más  asiduidad  que  nosotros.  También los  griegos  y  los  romanos  por  su  parte  crearon  fondos  para  socorrer  a  los  indigentes.  ¿Por  qué Cristo habla con palabras tan elogiosas de tales obras? Tal vez quiera decir con ello que después de  la  revelación  del  evangelio,  los  cristianos  se  están  tornando  peores  de  lo  que  eran  antes  los paganos.  En  verdad,  mucho  me  temo  que  sea  ésta  su  opinión.  ¿No había  dicho  Jesús  ya  en  una oportunidad anterior, en el mismo Evangelio según San Mateo (19:30): “Muchos primeros serán postreros,  y  postreros,  primeros”?  Lo  mismo  hay  que  decir  también  ahora:  los  que  debieran  ser los mejores, serán los peores. La gente es hoy más mala, menos dadivosa y menos misericordiosa que antes. Bajo el papado, y en tiempos en que se practicaba un culto falso, hubo más disposición para las obras de caridad que actualmente. En el papado había que hacer fuertes donaciones para la  edificación  de  templos  y  conventos.  Asimismo,  se  podía  recurrir  confiadamente  a  cualquier príncipe  en  Alemania:  allí  se  recibía  de  beber,  de comer,  y  muchas  cosas  más.  Pero  hoy  día,  lo único  que  saben  es  desollarlo  a  uno,  y  arañar  cuanto  dinero  puedan;  cada  cual  hace  como  si  el otro fuera su enemigo. ¡Y esto sucede después de que el evangelio ha salido nuevamente a la luz!

Fíjate en toda esa gente, y luego dime: ¿dónde hay una ciudad que hace los esfuerzos suficientes como  para  reunir  el  dinero  que  demanda  la  mantención  del  pastor,  de  su  ayudante,  y  de  la escuela? Si las ciudades y aldeas no tuvieran algunos fondos de reserva de tiempos anteriores, el evangelio  ya  habría  desaparecido.  Una  ciudad  entera  no  sería  capaz  de  dar  alojamiento  y mantención a un solo pastor. Pero esto no es todo: los nobles señores incluso se apoderan por la fuerza de los bienes de la iglesia, de modo que no nos queda con qué pagar a los predicadores y maestros.  Resulta  pues  que  ahora,  con  el  evangelio nuevamente  a  su  alcance,  los  hombres  son peores que antes. Tan vergonzoso es el comportamiento de la gente, tan inmisericordes son, que hasta parece que quisieran matar de hambre al evangelio. ¡Saca la cuenta, si quieres, de lo que se aporta aquí en Wittenberg! Vosotros, sí, vosotros pertenecéis a los que no quieren dar de comer a Cristo;  quiere  decir,  no  sustentáis  a  vuestros  predicadores,  estudiantes  y  mendigos.  ¿Qué  le responderéis a Cristo en el postrer día? ¿Acaso no oísteis sus palabras: “Tuve sed, y no me disteis de beber”? Mas lo que no hiciste a los que necesitaban tu ayuda, tampoco a Cristo lo hiciste. Y si entonces  quieres  responderle  a  Cristo  diciendo:  “Señor,  no  te  vi”  — ¡al  diablo  con  esta desvergonzada excusa! ¿No hubo aquí predicadores que os enseñaron y explicaron la palabra de Dios con toda claridad? 

A los cristianos incompasivos los alcanzará el riguroso juicio de Cristo.

Y  conste  que  no  soy  yo  el  iniciador  de  todo  esto;  lo  trajo  consigo  el  desarrollo  de  los acontecimientos.  Por  eso,  los  mejores  príncipes  en tiempos  anteriores  fueron  aquellos  que fundaron parroquias, escuelas y hospitales para los enfermos. Así fue en los primeros años de la iglesia, como leemos en el libro de los Hechos. Y la misma práctica se siguió también más tarde:

que  la  congregación  debe  mantener  a  los  que  están  a  su  servicio.  Pero  en  la  actualidad,  esta práctica ya no da resultado. De ahí que si de nosotros dependiera, el evangelio ya habría vuelto a desaparecer. Si aquellos que ahora yacen en los sepulcros, no hubiesen echado las bases, hoy día no tendríamos  ni  parroquias  ni  escuelas  ni  nada.  Con  su  sórdida  avaricia,  los  campesinos  y  los nobles  habrían  acabado  con  el  evangelio  ya  hace  mucho.  Si  no  fuera  por  la  intervención  del príncipe, no sólo  ya habríamos perecido de hambre, sino que incluso habríamos sido asesinados por los campesinos, los nobles y los habitantes de la ciudad. Y eso que la gente de hoy ya no es tan pobre como la de antes; prueba de ello es el  hecho de que en la actualidad es prácticamente imposible  conseguir  mano  de  obra. 

Esto  lo  digo  por cuanto  todas  estas  cosas  son  obras  de  la misericordia exigida por Cristo, y por cuanto en el postrer día, los cristianos seremos hallados, en lo que a tales obras se refiere, en condiciones muy inferiores a las de aquella gente, a pesar de que fue su idolatría lo que los impulsó a hacer más que nosotros. Por otra parte, si son condenados los que  omitieron  hacer  dichas  obras  de  misericordia  — ¿dónde  quedarán  aquellos  otros  que conscientemente obligan a los hermanos de Cristo a padecer hambre, los arrojan a la cárcel, y los matan? Con toda seguridad, Cristo no habrá olvidado a esos asesinos. Pues si tienen que sufrir la sentencia  condenatoria  los  que  no  hicieron  obras  de  misericordia:  ¿qué  decir  de  los  que arrebataron a la iglesia lo que los emperadores y reyes le han donado? Así, en efecto, lo hacen los obispos,  los  abades  y  canónigos:  disipan  el  patrimonio  de  la  iglesia  con  sus  comilonas,  y  sus juegos,  y  matan  a  la  gente;  entre  tanto,  los  templos  se  hallan  en  un  estado  de  lamentable abandono,  y  el  pueblo  cristiano  se  ve  privado  del  evangelio.  Si nosotros,  que  no  damos  ni ayudamos en la medida como debiéramos, somos condenados, ¡a cuánto mayor profundidad del infierno serán arrojados los que arrebatan el Dan a aquellos a quienes la iglesia debiera proveer el alimento!

Tan horrendo es esto, que alguno de .esos obispos o monjes rapaces debieran preferir haber muerto en el seno de su madre, o haberse ahogado la primera vez que le bañaron. Son todos unos asaltantes, no de los ricachones, sino de los pobres, a quienes les quitan la última camisa y les sacan el bocado de entre los dientes, a saber, a las pobres iglesias parroquiales, a las escuelas y los  hospitales.  Ladrones  patentes  son,  a  quienes habría  que  desterrarlos  al  último  confín  de  la tierra. No es necesario que preguntes si vale la pena estar bajo el papa; míralos a ellos: viven en la mayor tranquilidad, y como si esto no fuera suficiente, cometen asaltos y robos, les quitan a los pobres el pan cotidiano y se entregan a todos los lujos y placeres. Estos ejemplos son en verdad horribles: tienen la muerte ante sus ojos, el juicio ya los está esperando, y todo sucederá tal como el Evangelio nos lo describe. En ese Evangelio, Cristo nos muestra que si los cristianos, habiendo recibido la gracia, procedemos como los perros y los puercos mencionados en 2ª Pedro (2:20-22), los cuales, después de lavados, se vuelven a revolcar en el cieno, somos en realidad mucho peores que  los  gentiles.  Un  cristiano,  cuando  comienza  a  ser  cristiano,  es  un  “primero”;  pero  en  el momento  menos  pensado  puede  convertirse  en  “último”,  en  “puerco”.  Y a la inversa,  “los postreros serán los primeaos”, es decir, aquellos de quienes no se lo esperaba, se hacen cristianos. 

  1. Precisamente de los cristianos, Cristo puede esperar obras de misericordia.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, los cristianos deben ser misericordiosos.

En segundo lugar: el motivo por qué Cristo menciona aquí obras de piedad y de impiedad relacionadas  con  el  5º  Mandamiento,  es  el  hecho  de que  los  cristianos  hemos  recibido  misericordia.  Pues  nuestro  amado  Señor  Jesucristo  nos  ha  redimido  de  la  ira  divina,  del  pecado también  contra  el  5º  Mandamiento,  y  de  la  muerte  eterna.  En  efecto:  somos  ahora  objeto  de  la misericordia. La ira eterna de Dios ha sido aplacada por Cristo. Gracias a él, el Padre tiene para con  nosotros  pensamientos  de  amor  y  bondad,  nos  hace  mil  favores  y  nos  colma  de  bienes espirituales y corporales. Ya que Cristo calma la ira del Padre y nos granjea su favor, justo es que sigamos  este  ejemplo.  Cristo  obró  nuestra  salvación;  pero  además  de  esto,  también  ha  querido darnos  un  ejemplo.  Si  su  bondad  es  tan  grande  que  le  impulsó  a  agotar  todos  los  recursos  para darnos un alimento que nos deja satisfechos por siempre jamás, ello debe impulsarme a mí a no seguir  pecando  contra  el  5º  Mandamiento,  sino  a  mostrar  misericordia,  afabilidad,  amor  y bondad, de modo que el móvil para mi actuar debe ser no sólo el temor al juicio que sobrevendrá, sino en medida mayor aún el ejemplo de Cristo. Es verdad: la mayoría de la gente va de mal en peor;  no  obstante,  siempre  habrá  algunos  en  quienes  el  buen  ejemplo  tuyo  surtirá  efecto. 

No todos  van  por  el  camino  del  constante  deterioro.  Un  cierto  número  está  entre  los  “primeros”  y permanecerá  también  en  este  grupo;  pues  Cristo  habla  de  dos  partidos.  Trata  tú  de  estar  en  el grupo  a  su  derecha;  entonces  puedes  esperar  la  llegada  del  día  postrero  con  ánimo  alegre.  No tienes  por  qué  temer  la  sentencia  del  Señor,  ya  que  estás  a  su  lado  derecho,  esperando  su  juicio favorable. Por lo tanto: ¡si quieres prepararte para la vida venidera, empieza ahora, sigue ya ahora el ejemplo de Cristo! Mas si eres un cristiano malo, escaparás al juicio tan poco como escapará el gentil malo. El buen cristiano empero suspira por el advenimiento del Cristo rodeado de su gloria para aquel juicio glorioso, para poder oír de su boca la invitación: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”.

Los cristianos aguardan el juicio con alegría. 

Este  juicio  lo  esperamos  con  corazones  ansiosos.  En  primer  lugar,  porque  tenemos  que

habérnoslas  constantemente  con  nuestro  adversario  el  diablo  que  nos  oprime.  En  segundo  lugar nos oprime nuestra propia carne que no quiere tolerar que creamos en Dios. Además nos oprimen también  los  gobiernos  tiránicos,  los  obispos,  luego  los  vecinos  del  campo  y  de  la  ciudad,  y  los nobles. Tan grande es la miseria y el malestar que tenemos ante los ojos a diario, que no podemos menos que cansarnos y exclamar: “¡Señor, ven y libéranos!” Por ende, es seguro que no faltarán personas  que  obtendrán  esta  gracia;  éstas,  que  ahora  padecen  tribulaciones,  esperarán  aquel  día con  gozo  y  buena  conciencia.  Y  estas  mismas  personas  serán  halladas  también  como  creyentes verdaderos; y siendo tales, harán también aquellas obras de misericordia. Pues el que cree que por Cristo  ha  sido  liberado  de  la  ira  divina,  comparte con  gusto  sus  bienes  con  otros,  y  tiene  un corazón  bondadoso  incluso  para  con  sus  adversarios,  de  modo  que  si  los  ve  padecer  hambre  y sed, no titubea en socorrerlos en todo lo que pueda. El que responde a este cuadro, el que nota en sí  mismo  las  señales  de  la  fe  en  Cristo,  el  que  es hallado  en  esta  senda,  el  tal  se  llene  de  gozo; pues  a  él  le  espera  la gozosa  sentencia:  “Ven  a  mí;  tú  eres  uno  de  estos  mis  hermanos  más pequeños,  tú  has  tenido  sed  por  causa  mía,  o  has  hecho  un  bien  a  otros,  y  te  has  ejercitado  en obras de caridad; tú eres un cristiano genuino.”

Los demás, los que quieren ignorar el juicio, tienen sobrados motivos para temerlo. 

Para  esto,  el  Hijo  del  Hombre  vendrá  acompañado  de todos  los  santos  ángeles;  pero también  para  juzgar  a  los  que  se  comportan  con  altanería  como  si  para  ellos  no  existiera  la muerte. Si creyeran y pensaran que algún día habrán de morir como todos los demás, se cuidarían muy  bien  de  hacer  aun  el  más  insignificante  mal,  y no  cometerían  adulterio.  Tan  ciega  y  tan empedernida  es  la  carne:  ven  que  todos  los  hombres de  épocas  anteriores  han  muerto,  y  sin embargo cierran sus ojos ante esta realidad para nover lo que tienen que ver. Además, un hombre tal  oye  que  tiene  que  comparecer  ante  el  tribunal  de  Cristo  y  recibir  su  sentencia  por  no  haber hecho  lo  que  se  manda  aquí  en  nuestro  Evangelio,  sino  justamente  lo  contrario:  Si  tiene  un enemigo, no descansa hasta haberse vengado en él. Más aún: si su amigo tiene hambre, esto no le conmueve  en  lo  más  mínimo,  sino  que  si  le  puede  infligir  algún  daño,  lo  hace.  ¿No  te  importa nada la muerte ni el tribunal, ante el cual tendrás que comparecer? Pues bien: allá ya está dictada tu  sentencia:  “Apartaos  de  mí,  malditos,  al  fuego  eterno  preparado  para  el  diablo  y  sus  ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber”. Imagínate el momento en que resucites de entre los muertos y levantes la tapa de tu ataúd: entonces verás que tienes motivos más que suficientes para asustarte aun ante el juicio más benigno, y desearás que no venga jamás el Juez aquel que tiene la potestad para dictar esta sentencia. Entonces quedarás cubierto  de  vergüenza  ante  los  ojos  de  todos,  como el  hombre  que  no  hace  las  obras  de misericordia  y  no  obstante  se  viene  con  excusas  tardías.  Un  hombre  tal  tiene  de  cristiano  nada más que el nombre, y se ha convertido de uno de los “primeros” en uno de los “últimos”.

En vista del juicio de Cristo urge orar y velar.

Los otros en cambio recibirán una sentencia que sonará dulcemente en sus oídos: “Venid, benditos  de  mi  Padre,  heredad  el  reino  preparado  para  vosotros  desde  la  fundación  del  mundo. Porque  tuve  hambre,  y  me  disteis  de  comer,  etcétera”.  Aquí  en  esta  vida  terrenal  tienen  que padecer opresión y diversas otras contrariedades. Y aun en momentos en que no los afecta ningún dolor  en  particular,  sienten  no  obstante  en  su  corazón  la  malicia  del  diablo  y  de  los  muchos tiranos que hay en  el mundo. Hartos de todo ello, su anhelo cotidiano es ver aquel día postrero. Los  otros  en  cambio,  los  “malditos”,  anhelan  justamente  lo  contrario:  que  este  día  tarde  lo  más posible  en  llegar,  para  que  ellos  puedan  seguir  dedicándose  a  la  vida  disoluta,  a  la  violencia,  al robo.  Pero  aquí  se  te  dice:  tú,  como  cualquier  otro,  tienes  delante  de  ti  la muerte  y  el  juicio.  La muerte te muestra su rostro amenazante y te impedirá continuar con tus fechorías; el juicio te dará la  recompensa  merecida  por  las  maldades  que  cometiste.  Y  esto  no  es  un  invento  nuestro;  son palabras  del  Señor.  Allí  ya  no  habrá  escapatoria;  indefectiblemente  tendrás  que  presentarte  ante Dios, sus ángeles y todos los santos. Por lo tanto vuélvete de la dureza de tu corazón, acepta con fe  la  palabra  de  tu  Dios,  eleva  a  él  tu  voz  en  oración  sincera,  y  aprende  a  ser  bondadoso, misericordioso y afable para con tu prójimo. Y empieza con ello ahora mismo que todavía tienes tiempo, para que en aquel día seas hallado entre los que están a la derecha del Señor. En Lucas 21 (v. 34,  35)  leemos:  “Mirad  por  vosotros  mismos,  que vuestros  corazones  no  se  carguen  de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra”. En vista de  que  todo  esto  sucederá  inexorablemente,  es  preciso  que  oréis  y  veléis  para  que  podáis comparecer ante el Hijo del Hombre. Actuemos de una manera tal que en aquel día tengamos un

corazón  alegre,  libre  de  aprensiones;  porque  de  todos  modos,  no  podremos  eludir  el  encuentro con  nuestro  Juez.  Hagamos  pues  obras  buenas  y  oremos,  para  que  podamos  aguardar  su  juicio confiadamente, y para que puedas oír de su boca las palabras: “Tú perteneces a los que están a mi derecha”. 

  1. Sólo las obras verdaderamente buenas tienen validez ante el juicio de Cristo.

“Buenas” son las obras hechas en bien de Cristo y de los suyos.

Pero  ¿qué  obras  son  buenas?  También  esto  lo  enseña Cristo  en  nuestro  Evangelio.  Él quiere  que  se  haga  una  diferencia,  entre  las  obras verdaderamente  buenas,  y  las  obras  de  los turcos  y los gentiles. Obras buenas, conforme a la interpretación de Cristo, son las que se hacen “a él”. Ahí es donde los impíos quieren que se los excuse por el hecho de que ellos no tuvieron la oportunidad de ver al Señor. Pero él aplica el 5º Mandamiento a su propia persona y dice: “A los pobres  siempre  los  tendréis  con  vosotros”  (Juan  12:8),  y  “lo  que  hicisteis  a  uno  de  estos  mis hermanos más pequeños; a mí lo hicisteis”. Esto se valorará como la obra más grande: si hacemos un bien a un “hermano de Cristo”, es decir, a un cristiano. Y a la inversa, la obra más detestable será hacer un mal a un cristiano, como es costumbre entre nuestros obispos, nobles, ciudadanos y campesinos,  culpables  no  sólo  por  no  dar  de  comer  a los  pobres  y  a  los  predicadores,  sino también por arrebatar a la iglesia lo que otros han aportado para el sostén de la misma. Por eso, si en aquel día quieres estar a la derecha de Cristo, tienes que pertenecer a los que parten su pan con el pobre y contribuyen en el nombre de Cristo al mantenimiento de la parroquia y de la escuela.

El párroco y el maestro no ejercen cargos pertenecientes a la autoridad secular. Por esto tampoco

poseen bienes propios. Si nadie se muestra dispuesto a darles el sustento, por amor de Dios y de

Cristo,  carecen  totalmente  de  recursos.  Ellos  no  tienen  que  ver  con  el  régimen  secular  ni  con negocios  terrenales;  más  aún:  si  se  meten  en  tales negocios,  se  ponen  al  margen  del  régimen espiritual.  Tan  preciosa  obra  es  el  dar  algo  a  uno de  estos  humildes  servidores  de  Cristo,  que  el Señor  no  tiene  reparos  en  declarar:  “El  que  da  de  comer  o  de  beber  a  uno  de  ellos,  me  da  de comer y de beber a mí mismo. Estos pobres son mis pies y mis miembros: son mis hermanos más pequeños  en  cuanto  a  bienes,  son  los  que  no  poseen nada.  Los  demás,  los  que  no  están  en  esta situación, pueden mantenerse sin ayuda ajena. Pero como ellos no tienen el derecho de ocuparse en negocios terrenales, es preciso que otros les faciliten los medios para la subsistencia; y lo que se  da  a  ellos,  lo  considero  como  dado  a  mí  mismo.” ¿Por  qué  los  que  ejercen  la  autoridad  no reconocen  esto?  Porque  lo  consideran  cosa  de  poca  monta.  Un  obispo  se  preguntará:  “¿Qué motivos hay para ponderar como asunto importante a los ojos de Dios lo mucho o poco que .se da a  un  simple  maestro  de  escuela?”  Hay  motivos,  y  de mucho  peso.  Si  no  existieran  maestros, párrocos,  coadjutores  y  hospitales,  no  habría  más  que  paganos.  Sin  embargo,  ellos  siempre tuvieron  que  conformarse  con,  una  remuneración  ínfima.  Por  lo  general,  los  predicadores  y maestros son unos tristes pordioseros; por eso la mayoría de la gente no llega a comprender que es  algo  tan  grande  darles  el  sustento  necesario;  y tampoco  llegan  a  comprender  que  lo  dado  a estos  hermanos  más  pequeños  equivale  a  una  dádiva  presentada  a  Cristo  mismo. Tampoco  yo podría ver las cosas de esta manera. Sólo Cristo las ve así; pues sin escuelas y sin el ministerio de la palabra, su reino no podría subsistir, y el mundo entero se convertiría en una Sodoma.

El que omite estas buenas obras, comete el pecado de los de Sodoma.

En  cierto  pasaje  de  su  libro,  el  profeta  Ezequiel  llama  a  Jerusalén  una  “hermana  de Sodoma”. Dice textualmente: “He aquí que ésta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y .sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido  y  del  menesteroso…  Y  tú  multiplicaste  tus  abominaciones  más  que  ellas”  (Ezequiel  16: 49, 51). Los habitantes de Sodoma amontonaron riquezas, y en su estado de hartura se entregaron a los vicios más abominables. Por esto fueron aniquilados con azufre y pez. Nuestros ciudadanos y  campesinos  de  hoy  amontonan  dinero,  el  pueblo  alcanza  una  prosperidad  siempre  mayor,  se llenan la barriga, beben mosto en cantidad, y del bueno, y nadie quiere dar una mano a los pobres estudiantes. En su opulencia se hacen orgullosos y se olvidan de los indigentes; por esto tampoco se acuerdan de sus predicadores. Y si este estado de cosas se prolongara por mucho tiempo, ya no sabrían cómo vivir, ni qué hacer con su abundancia. 

De modo que o se avecina el postrer día, o le sobrevendrá a Alemania  una catástrofe que lo trastornará  y  arruinará todo. Nosotros por nuestra parte procuramos la paz; pero todo el mundo hace lo que quiere, no hay orden, no hay disciplina, a pesar de que todos tienen la muerte ante sus ojos. Por un lado, los adversarios papistas matan a los  predicadores  del  evangelio,  y  entre  los  evangélicos  los  dejamos  morir  de  hambre.  Hasta  tal extremo,  Alemania  está  sumergida  en  pecados  bochornosos,  en  presunción  y  en  opulencia.  A Cristo en cambio y a sus hermanos más pequeños se los desprecia; en lugar de darles el alimento necesario, se lo arrebatan.

Con su comportamiento, Alemania se acarrea un juicio terrible.

No me gusta hacer de profeta. Pero si no es el postrer día el que se acerca, de seguro que será  el  turco,  y  éste  nos  tratará  de  una  manera  tal  que  diremos:  “Aquí  estaba  alguna  vez Alemania”.  Y  si  no  es  el  turco,  es  otro  tirano.  Ya que  gozamos  de  tanta  prosperidad  material, queremos  vivir  a  nuestro  antojo,  y  a’  raíz  de  ello vendrá  sobre  nosotros  el  juicio  de  Sodoma. Aunque muchos de los papistas no sepan o no quieran saber que habrán de morir, y que habrán de ser  colocados  ante  el  tribunal  de  Cristo:  los  evangélicos  sí  lo  sabemos,  pues  lo  hemos  oído  y entendido; no obstante, nos comportamos como si no tuviéramos la menor idea de ello. Por esto digo  que  Alemania  todavía  cometerá  una  grandísima  tontería  contra  nuestro  Dios  y  Señor,  y pronto la tendrá que pagar. Nuestros adversarios mismos tienen que admitir que nuestra doctrina es verdadera, y no obstante, matan a los que adhieren a  ella. Y aquí, por el lado nuestro, somos desidiosos,  descuidamos  las  obras  de  misericordia, y  sólo nos entregamos a la rapiña. 

¿Y si cae sobre nosotros el turco?  ¡Cuál no  será  entonces  nuestro  descalabro  y  nuestro  lamento!  Pero, amigos  míos,  ¿qué  otra  cosa  podría  hacer  nuestro  Dios  y  Señor?  A menos que el  pecado  nos ocasione grave daño, no queremos renunciar a nuestras maldades. Pero tampoco queremos sufrir el  merecido  castigo;  incluso  nos  oponemos  al  turco,  enviado  por  Dios  como  azote  de  la cristiandad relajada. Esto significa endurecer el corazón contra las advertencias de Dios; antes de doblegarnos bajo Su mano, preferiríamos crucificar y matar a Cristo y cargar con la ira de Dios, como Caifas, quien dijo: “Nos conviene que un hombre muera por el pueblo” (Juan 11:50). ¡Ya se sabe cuan conveniente les resultó! 

Lo mismo pensaban los habitantes de Jerusalén cuando se vieron atacados por los babilonios: “¿Por qué no se elimina de una vez a ese Jeremías? Entonces ya nos libraremos del dominio babilónico”.  Los de Jerusalén andaban conforme a la carne; por esto se desencadenó luego sobre ellos el juicio divino, de modo que de la ciudad de Jerusalén no quedó piedra sobre piedra. Por causa de todo esto, Dios tiene preparado para Alemania un juicio que caerá sobre la nación como una red. Al pensar en ello se me llena de horror el corazón. Existe entre  nosotros  un  evidente  endurecimiento  de  los  corazones,  señal  de  la  ira  extraordinaria  de Dios. El juicio, pues, no ha de tardar mucho en producirse, sea que lo ejecute el turco, o sea que nos   destruyamos   entre   nosotros   mismos.   En   efecto:   nuestros   adversarios   reconocen   que predicamos la verdad, y no obstante nos persiguen; y nosotros mismos nos creemos muy seguros, robamos con avidez hasta los bienes que poseía la iglesia, y hacemos que el evangelio se muera de hambre. Y una vez que lo hayamos expulsado del país, ¿entonces querremos que Dios derrote a los turcos? ¡Esto sí que no ocurrirá! Al contrario: ni bien el primer turco pise nuestro suelo, sin que  nadie  le  hubiera  llamado,  todos  nos  daremos  a  la  fuga.  Alemania  es  una  nación  poderosa mientras  el  Señor  nos  ayude  y  mientras  los  nuestros  no  le  pongan  trabas  al  evangelio.  Pero cuando Dios nos es adverso, se viene abajo todo nuestro coraje. Sin embargo, todo el mundo hace oídos sordos.  Me  temo  que  mi  profecía  se  convertirá  en  realidad;  porque  los  hombres  son impenitentes, nadie quiere escuchar lo que dice la palabra de Dios. Por esto, el Señor acabará con Alemania. No puede tolerar que se blasfeme de su nombre y se desprecie su palabra; jamás lo ha tolerado. Esfuércese pues cada cual por retener este evangelio para que lleguemos a estar entre la multitud  de  los  benditos  del  Padre  colocada  a  la  derecha  del  Rey,  y  para  que  así  podamos aguardar el juicio sin temor, con la esperanza segura de entrar en la vida eterna. Amén.

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