El Nacimiento de Jesús

7) El nacimiento de JesúsEl Nacimiento De Jesús

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En los manuscritos que datan del primer siglo de nuestra era, se nos relata que el nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, mientras aún era virgen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería avergonzarla públicamente, quiso dejarla secretamente.

Y pensando José en esto, un ángel del Señor en sueños le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS (que quiere decir Salvador, o ‘Dios salva’), porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

Todo esto aconteció para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, muy obediente, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a María como esposa.

También el ángel le dijo a María: No temas, porque haz hallado gracia delante de Dios. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y concebirás en tu vientre, por lo que el Santo Ser al que darás a luz, será llamado Jesús, Hijo del Dios Altísimo. Este será grande, y Dios le dará el trono de David su padre, reinara sobre Israel, y su reino no tendrá fin.

Entonces María dijo: “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra. Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Todopoderoso; Santo es su nombre.”

Para que se cumpliera la profecía de que el Mesías debía nacer en Belén, Dios oportunamente, hizo que en aquellos días, Augusto César promulgara un edicto para que todo el mundo fuera empadronado. Y José fue a empadronarse con María su esposa embarazada, de Nazaret en Galilea, a Belén de Judea, ciudad de David, pues era de la casa y familia de David.

Y después de que María completó el largo viaje a lomo y trote de burro, la Biblia dice que aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento; y José apuradamente, procuró encontrar una partera, un mesón, y un lugar adecuado para que María diera a luz, mientras le rogaba inútilmente que se esperara un poco, como si estuviera en ella el poder retrasar el parto.

Ahora se sabe que es el bebé, por mecanismos no conocidos perfectamente, el que determina al final del embarazo, el inicio del parto, a base de hacer que se envíen las señales que desencadenan la secreción de la hormona Oxitocina, que provoca las contracciones intermitentes, dolorosas, y cada vez más frecuentes del útero, que expulsan al bebé.

Al ver que su marido no encontraba lugar, y siendo inminente el nacimiento de Jesús, ella, más práctica, se internó en un establo, y quizás colocando una sábana limpia, previamente preparada, sobre la suave paja, se dispuso a sufrir, sudar, y soportar dolores durante unas 12 horas, como cualquier adolescente primeriza, para al fin, dar a luz a su hijo primogénito.

Parece que veo a María, ya aliviada, con la satisfacción legítima que experimenta toda madre que da a luz exitosamente, y a José, todavía tembloroso por la experiencia que por primera vez había vivido como espectador del glorioso pero traumático suceso que es ver a una mujer dar a luz, observar asombrado, al niño que seguramente era perfecto.

Me imagino cómo con toda ternura, María envolvió en pañales al niño Jesús; le cantó una canción de cuna, se lo puso al pecho, y después de unos breves momentos, ya dormido, lo dejó descansar de sus trabajos, acostándolo en un pesebre, que es el cajón que sirve de comedero para los animales que comen paja, porque no había lugar para ellos en el mesón.

Luego, el ángel, mientras los rodeaba de un grande resplandor, le dijo a unos pastores: “No teman, porque les traigo nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto será por señal: que hallarán al niño envuelto en pañales, y acostado en un pesebre.”

Y repentinamente fue con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, que alababan a Dios, y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para los humanos. Y cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores vinieron aprisa, y hallaron a María, y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, hicieron notorio lo que les había sido dicho acerca del niño. Y todos los que los oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se regresaron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, tal y como se les había dicho.

Posteriormente, quizás después de más de un año de viaje, unos hombres sabios del oriente, siguiendo un astro que los fue guiando, llegaron hasta donde éste se detuvo; y regocijándose en gran manera, entraron en la casa, y vieron al niño con María su madre, y postrándose le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.

Hoy, Dios sigue buscando lugar para Jesús, pero ahora, en el corazón y vida de todos los humanos, y Él espera que tú no le niegues el lugar principal de tu vida. El quiere que le digas que en tu corazón, sí hay lugar para Jesús el Salvador, y que ahí puede El reinar y vivir, por siempre. Simplemente dile: “Señor ven a mi corazón, y se mi Salvador.”

Y es que aún hasta nuestros días, los humanos verdaderamente sabios y prudentes, siguen con diligencia, buscando a nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo, pues saben que no hay otro nombre debajo del cielo en que podamos ser salvos; y que el que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, por ese simple hecho, y no por sus muchos pecados, o lo inmenso, espantoso o abundante de su pecado, ya es condenado.

Yo te invito a que en esta Navidad, glorifiques a Dios con cantos, himnos, y villancicos; y te animo a que muestres tu buena voluntad para con todos, especialmente los menesterosos y pobres; pero sobretodo, te invito a que te reconcilies con Dios, que estés en paz con El; y con todos tus parientes, amigos, compañeros de trabajo, y todos los demás.

El mensaje angelical de aquella primera navidad, sigue siendo el mismo de esta navidad: “He aquí les doy nuevas de gran gozo: Que ha nacido en Belén, nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo. ¡Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz, y buena voluntad para todos los humanos!”

Por último, pídele a Dios que te llene de compasión por las almas que vagan perdidas sin luz, sin Dios, y sin esperanza, para que con especial dedicación, puedas llevar cuando menos una persona a la experiencia de aceptar, recibir, y confesar a Jesús como su Salvador; y a encontrar así, propósito, razón y felicidad para el resto de su vida. Amén. Así sea, ¡Feliz Navidad!

Ernesto contreras