Día del Niño, Reflexiones

12. El Día del Niño, ReflexionesEl Día del Niño, Reflexiones

Después de la Primera Guerra Mundial la sociedad del mundo entero se dio cuenta de todos los horrores de la guerra, uno de ellos fue la desprotección de los niños, comenzaron a ver el sufrimiento de los pequeños y las consecuencias en sus vidas después de todo lo sucedido.

Tras mucho trabajo, Eglantyne Jebb, luchando por la protección de los niños y ser uno de los fundadores de Save the Children, logró la primera declaración de los derechos de los niños.

¿Cuándo se aprobó? Fue después de que se aprobase en la Liga de las Naciones y en la Declaración de Ginebra y justo ahí fue cuando por primera vez se reconoció el Día del Niño. Pero se revistió de una mayor oficialidad cuando este día fue establecido el 14 de diciembre de 1954 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Entonces sugirió a los gobiernos la creación de un Día del Niño en la fecha que fuera más conveniente para cada país. En México se celebra todos los años y de forma oficial el 30 de abril.

Enseguida compartimos dos reflexiones sobre la importancia de la niñez dentro del núcleo familiar.


El cuidado de los hijos

Fernando Pascual, L. C.

No sabían que llegarían a ser “importantes”. Dos palomas pusieron su nido en un rincón aparentemente seguro, junto a una superficie brillante y tranquila. Pero ese rincón era un alféizar: la ventana podía ser abierta o cerrada en cualquier momento, cualquiera podría ver lo que allí pasaba.

El nido, un día, fue descubierto por unos ojos llenos de curiosidad y asombro. Habían nacido dos polluelos. La mamá paloma los protegía con su cuerpo durante horas. Quien abrió la ventana y contempló a aquella pequeña “familia”, llamó a varios niños, entusiasmados al poder ver un nido, al contemplar cómo una paloma daba su cuerpo y su vida para el cuidado de sus pequeñuelos…

Si la escena del nido de palomas conmueve, mucho más debería llenarnos de alegría el descubrir tantos miles de familias donde el padre y la madre se prodigan por cada uno de sus hijos. Es cierto que no están físicamente “sobre” ellos, horas y horas, para calentarlos con su cuerpo. Pero

sí lo están de mil maneras, con el cuerpo y con el alma, para cuidarlos, para lavarlos, para nutrirlos, para mantenerlos bien calentitos, para evitarles los mil peligros de la vida.

Ante el nido de palomas de la ventana, un adulto explicaba a una niña de 8 años. “¿Ves esa paloma? Vive continuamente atenta a sus polluelos. Así son todas las mamás: están volcadas sobre sus hijos. Así fue tu mamá contigo, cuando eras más pequeña: te cuidaba, te amaba, estaba dispuesta a todo por ti. No pensaba en sí misma, sino en protegerte a ti y a tus hermanos. Por eso hemos de ser muy agradecidos con nuestros padres, por todo lo que nos han cuidado, por todo lo que nos han dado, por todo lo que han hecho y hacen por nosotros”.

Los padres, especialmente las madres, que han pasado días y noches ante un hijo débil, ante un hijo enfermo, saben muy bien que sus sacrificios eran tan naturales como es natural el amor. Porque lo propio del amor es ese darse completamente para el bien del otro, especialmente del hijo, sobre todo cuando está necesitado, cuando es más indigente, cuando se encuentra desprotegido; sobre todo cuando es una pequeña creatura que respira ansiosamente si nota un vacío a su alrededor, y que se serena plácidamente cuando siente sobre su cara el aliento de la madre que lo ama.

Dar gracias a nuestros padres por todo lo que hicieron cuando éramos niños es no sólo un deber, sino simplemente una respuesta de amor a quienes tanto nos amaron. Gracias a ellos la vida apareció ante nuestros ojos como algo sumamente bello. Porque fuimos amados, porque fuimos acogidos, porque fuimos cuidados, porque fuimos guiados en los primeros pasos.

La vida es bella. Sobre todo, porque encontramos en nuestros padres ese amor que lleva a un hombre y a una mujer a olvidarse de sí mismos para darse por entero al nuevo hijo, fruto de un amor fecundo. Así aprendimos cuál es el camino más hermoso para vivir la aventura humana: darnos, entregarnos a los demás con alegría y sin límites, por el bien del otro, porque lo queremos, porque vale la pena cualquier sacrificio para que pueda crecer y empezar a amar un día, también él, a quienes vivan a su lado.

  • Tomado de la página del Dr. Ernesto Contreras Pulido.

¿Quién educa a mi hijo?

Victoria Cardona,

Escritora y orientadora familiar. 

Con el título “¿Quién educa a mi hijo?” he reflexionado en mi último libro sobre la necesidad de navegar acompasadamente y al unísono familia y escuela durante todos los años decisivos de la formación de nuestros hijos, desde la entrada en la escuela infantil hasta terminar su proceso educativo.

Uno de los aspectos más preocupantes que se detectan en las relaciones entre familia y escuela es que las relaciones que las familias mantienen con el conjunto de la sociedad se han trasladado a los centros de enseñanza. Las familias empiezan a considerarse “clientes”, consumidores de los servicios educativos, a los que demandan mayor calidad en los productos, olvidando que es la familia la protagonista de la educación de sus hijos.

Reflexionemos en el compromiso de educar; una tarea comprometida que debemos compartir con buena voluntad y sabiduría todos los agentes educativos: padres, profesores, alumnos y, también la sociedad. Una sociedad, en la actualidad, más enriquecedora por la incorporación de nuevas culturas que hacen progresar la diversidad de formas de vivir y de convivir y más empobrecida porque cree que todo se puede relativizar y que puede conseguir la felicidad sin hacer el mínimo esfuerzo.

Padres, maestros y sociedad estamos comprometidos en la educación y trabajamos para trasladar al educando nuestro bagaje cultural, nuestros conocimientos y el testimonio de valores vividos.

Cualquier madre o padre tiene la capacidad de mejorar con el fin de atender mejor a sus hijos y no abdicar de su primera responsabilidad, una responsabilidad que sigue aunque vayan a la escuela porque saben que son los primeros educadores de sus hijos y viven su tarea con generosidad e ilusión. Saben, también, que cuando esta tarea se vive con ánimo positivo en casa y se colabora con la escuela, su hijo obtiene beneficios excelentes. Podemos asegurar que el éxito escolar nace en casa y los profesores esperan que nuestros hijos lleguen al centro escolar con unos hábitos de comportamiento, higiene y alimentación ya adquiridos en casa.

La función del centro educativo es, fundamentalmente, la de impartir unos conocimientos que los padres no pueden dar y de ser el refuerzo y el apoyo complementario para ayudar al alumno a desarrollar su formación completa en todos los ámbitos de su personalidad. Es el brazo que se alarga y acoge, también, a los padres de familia al invitarles a participar en actividades de la escuela a través de las Asociaciones de Padres de Alumnos. Si los padres corresponden a la invitación del colegio aprovecharán la orientación que reciban y en las entrevistas con el tutor de su hijo encontrarán el aliado eficaz que canalizará sus preocupaciones o sus inquietudes.

Seguimos con padres ocupados en formar a sus hijos y en buenos docentes que quieren educar al escolar. A nuestro escolar lo que le despierta interés por un tema, por una ciencia o por alguna de las artes, es la atención y la dedicación de un maestro que le acompaña en su aprendizaje, con cercanía y con afecto.

El buen docente, impregnado y enamorado de su profesión, sabe animar y dejar al alumno ejecutar sus iniciativas, sin prisa y con paciencia; sabe fomentar y hacer crecer en ellos su curiosidad intelectual, además de crear un ambiente de compañerismo y aumentar los valores personales en el aula.

Al alumno, a nuestro hijo, también le interesa encontrar en casa un afecto constante, un referente de buenos modos y maneras y una comprensión infinita para su persona. Todo esto lo tenemos, pero debemos encontrar este punto de conciliación entre familia y escuela. En “¿Quién educa a mi hijo?”, editado por Viceversa, damos ideas para adecuarlas a las circunstancias de cada familia. Se tratará de no perder la esperanza y seguir trabajando, la esperanza de seguir con la finalidad propuesta, con tenacidad y sin desánimo. Una esperanza compartida entre escuela y familia para conseguir la educación del niño o del adolescente. Nuestros hijos, nuestros alumnos bien merecen un compromiso de ambas partes, dos sinergias unidas en la misma dirección.

  • Tomado de la página del Dr. Ernesto Contreras Pulido.