Sobre el Pentecostés

19. Sobre el PentecostésSobre el Pentecostés

Sermón 8 de Juan Wesley

Las primicias del Espíritu

Romanos 8.1

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

  1. Con la frase «los que están en Cristo Jesús» San Pablo sin duda alguna se refiere a los que verdaderamente creen en él; a quienes, justificados por la fe, tienen paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.(1) Quienes creen de esa manera ya «no andan conforme a la carne», ya no siguen los impulsos de la naturaleza corrompida, sino que andan «conforme al Espíritu». Tanto sus pensamientos como sus palabras y sus obras están bajo la dirección del bendito Espíritu de Dios.
  2. No hay «ninguna condenación» para éstos. No hay condenación por parte de Dios, por cuando han sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.(2) Dios ha perdonado todas sus iniquidades, y ha borrado todos sus pecados. Y tampoco hay condenación por parte de su conciencia, porque no han recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepan lo que Dios les ha concedido, el Espíritu que da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios.(3) A esto se añade el testimonio de su conciencia, de que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, se han conducido en el mundo.(4)
  3. Pero, debido a que esta doctrina ha sido mal interpretada con frecuencia y en forma tan peligrosa; debido a que hay infinidad de personas indoctas e inconstantes,(5) personas que no han sido enseñadas por Dios, y que, por tanto, no están arraigadas en la verdad que es según la piedad,(6) la cual han torcido para su propia destrucción,(7) me propongo demostrar tan claramente como pueda, primero, quiénes «están en Cristo Jesús» y «no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu»; y segundo, cómo «no hay condenación» para estas personas. Concluiré con algunas deducciones prácticas.

 

  1. 1. Primeramente, voy a mostrar quiénes «están en Cristo Jesús». ¿No son los que creen en su nombre? ¿Quiénes son hallados en él, no teniendo justicia propia por la ley, sino la justicia que es de Dios por fe?(8) Los que han alcanzado redención por su sangre son los que están en él, porque moran en Cristo y Cristo mora en ellos.(9) Esas personas están unidas al Señor, siendo un Espíritu con él. Han sido injertadas como ramas a la vid;(10) están unidas como los miembros a la cabeza, de una manera tal que las palabras no llegan a expresar, ni podían sus corazones concebir antes de la regeneración.
  2. Todo aquel que permanece en él, no peca;(11) no anda según la carne. La carne, en el lenguaje común de San Pablo, significa la naturaleza corrompida. En este sentido usa la palabra, cuando les escribe a los gálatas: «manifiestas son las obras de la carne»(12) y también al decir: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.»(13) Para probar que los que andan en el Espíritu no satisfacen los deseos de la carne, añade inmediatamente: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.» Las palabras se traducen literalmente no como «para que no podáis hacer lo que quisiereis», como si la carne hubiera conquistado al espíritu. Dicha traducción no tiene nada que ver con el texto original del Apóstol, lo cual haría su argumento inútil, pues de hecho afirmaría lo opuesto de lo que él quiere probar.(14)
  3. Los que «están en Cristo», los que permanecen en él,(15) han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Se abstienen de todas estas obras de la carne: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías(16)—de cualquier designio, palabra y obra a los cuales nos guía la corrupción de nuestra naturaleza. Si bien sienten en sí mismos la raíz amarga, sin embargo, son investidos con poder de lo alto para hollarla ésta bajo sus pies constantemente, de modo que no pueda levantarse para molestarlos. Así cada nuevo asalto es una nueva ocasión para la alabanza, para exclamar: «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»(17)
  4. Andan «conforme al Espíritu tanto» en sus corazones como en sus vidas. El Espíritu les enseña a amar a Dios y a su prójimo con un amor que es como fuente de agua que salta para vida eterna.(18) Y por el Espíritu son guiados a cada deseo santo, a cada sentimiento divino y celestial, hasta que cada pensamiento que nace de sus corazones es santidad al Señor.
  5. Los que andan «conforme al Espíritu» son guiados por él hacia toda santidad en la conversación. Su palabra es siempre con gracia, sazonada con sal,(19) con el amor y el temor de Dios. Ninguna palabra corrompida sale de su boca, sino la que es buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.(20) En esto también se ejercitan de noche y de día, para hacer solamente lo que agrada a Dios; para seguir en toda su conducta exterior a aquél que nos dejó un ejemplo para que sigamos sus pisadas;(21) para andar en justicia, misericordia y verdad en todos sus tratos con sus prójimos, y para hacer todo, en todas las circunstancias y detalles de la vida diaria, para la gloria de Dios.(22)
  6. Estos son los que en verdad andan en el Espíritu. Estando llenos de fe y del Espíritu Santo, poseen en sus corazones y muestran en sus vidas, en todo el curso de sus palabras y acciones, los frutos genuinos del Espíritu de Dios, es decir, amor, gozo, paz paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,(23) y cualquier otra cosa que es buena y digna de alabanza. Adornan en todas las cosas el evangelio de Dios nuestro Salvador;(24) y dan prueba total a toda la humanidad de que están verdaderamente movidos del mismo Espíritu que levantó de los muertos a Jesús.(25)

 

  1. 1. Me propongo demostrar, en segundo lugar, cómo no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús y, por tanto, andan, «no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».

Primeramente, para los creyentes en Cristo que andan de esta manera «no hay condenación» por sus pecados pasados. Dios no los condena por ninguno de éstos; son como si no hubiesen sido; son echados en lo profundo del mar, y ya Dios no los recuerda más. Dios, habiendo dado a su Hijo como propiciación por ellos, por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,(26) no les imputa ninguna de sus iniquidades, cuya memoria misma ha desaparecido.

  1. No hay condenación para ellos en su corazón, ni conciencia de pecado, ni temor a la ira de Dios. Tienen el testimonio en sí mismos; están conscientes de su interés en la sangre rociada. No han recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, en duda e incertidumbre; sino que han recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!(27) Justificados por la fe, la paz de Dios reina en sus corazones, pues fluye de un constante experimentar la misericordia perdonadora y una buena conciencia hacia Dios.(28)
  2. Quizá alguien diga: «Pero a veces el creyente en Cristo puede perder de vista la misericordia de Dios; a veces la obscuridad le rodea de tal manera que no logra ver a aquél que es invisible, no logra sentir el testimonio en sí mismo de su participación en la sangre redentora; y entonces se condena interiormente, tiene la sentencia de muerte sobre sí mismo.» Yo respondo que, suponiendo que así sea, suponiendo que esa persona no vea la misericordia de Dios, entonces no es creyente; porque la fe implica luz, la luz de Dios que brilla en el corazón. De modo que quien temporeramente pierde esta luz, pierde la fe. Y sin duda alguna un creyente verdadero en Cristo puede perder la luz de la fe. Mientras ésta fe está perdida, la persona puede caer otra vez en condenación. Este no es el caso de quienes están en Cristo Jesús, quienes creen en su nombre. Porque mientras crean y anden en el Espíritu, ni Dios ni su propio corazón los condenan.
  3. En segundo lugar, no son condenados por pecados presentes, por violar ahora los mandamientos de Dios. No los violan; «no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu». Esta es la prueba constante de su amor a Dios, que guardan sus mandamientos.(29) Así lo afirma San Juan: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar porque es nacido de Dios».(30) No puede hacerlo mientras la simiente de Dios, esta fe amorosa, santa, permanezca en él. Mientras permanezca, el maligno no puede tocarlo.(31) Es evidente que no es condenado por los pecados que no ha cometido. Quienes son así guiados por el Espíritu no están bajo la ley.(32) No están bajo su maldición o condenación, porque la ley no condena sino a quienes la desobedecen. La ley de Dios que dice «No robarás» no condena sino a quienes roban. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo» condena sólo a quienes no lo santifican.

 

Pero contra los frutos del Espíritu no hay ley.(33) El Apóstol más extensamente lo declara en estas memorables palabras de su Epístola a Timoteo: «Sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto [si mientras usa la ley de Dios, para convencer o dirigir, conoce y recuerda esto] que la ley no fue dada para el justo [no tiene fuerza contra él, ni poder para condenarle],(34) sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos … según el glorioso evangelio del Dios bendito.»

  1. En tercer lugar, no son condenados por ningún pecado interior, aun cuando éste permanece. Que permanece la corrupción de la naturaleza aun en quienes son hijos de Dios por la fe; quienes tienen en sí mismos la simiente del orgullo y la vanidad, de la cólera y la gula, de los deseos depravados y de toda clase de pecado, es un hecho demasiado obvio para negarse, por ser experiencia diaria. Y es por esto que San Pablo, hablando a quienes un poco antes había afirmado que estaban en Cristo Jesús, como llamados por Dios a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor,(35) sin embargo les dice: «no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo».(36) Como a niños en Cristo, es decir, que están en Cristo, pero son creyentes en grado mínimo. ¡Cuánto pecado había todavía en ellos, en esa mente carnal que no se sujeta a la ley de Dios!(37)
  2. A pesar de todo esto, no están condenados. Aunque sienten la carne, su naturaleza pecaminosa, y aunque cada día se persuaden más y más de que su corazón es engañoso y perverso.(38) Sin embargo, mientras no cedan a sus instintos, mientras no den lugar al demonio, mientras continúen luchando con el pecado, con el orgullo, la ira, los malos deseos, de manera que la carne no se enseñoree de ellos, sino que anden «conforme al Espíritu, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» Dios se complace con su sincera aunque imperfecta obediencia; y ellos tienen confianza en Dios, sabiendo que son suyos por el Espíritu Santo que les ha dado.(39)
  3. En cuarto lugar, aunque están plenamente convencidos de que el pecado se adhiere a todo lo que hacen; a pesar de que se dan cuenta de que no pueden cumplir con la perfecta ley, ni en pensamiento, ni en palabras, ni en obras; aunque saben que no aman al Señor su Dios con todo su corazón, su mente, su alma y sus fuerzas; aunque sienten más o menos orgullo o vanidad mezclarse con sus más altos deberes; aunque en su más íntima comunión con Dios, cuando se reúnen con la congregación, y cuando derraman su corazón en secreto ante aquél que conoce todos los pensamientos y las intenciones del corazón, sienten vergüenza de la vaguedad de sus pensamientos, o de la torpeza e insensibilidad de sus afectos–aun así no hay condenación para ellos, ni por parte de Dios ni de su propio corazón. El considerar estos varios defectos les hace sentir aun más profundamente la necesidad de la sangre rociada(40) que habla por ellos al oído de Dios, y de ese Abogado para con el Padre que vive siempre para interceder por ellos.(41) Lejos de separarles de aquél en quien han creído, estas debilidades les hacen acercarse más al que satisface sus necesidades. Al mismo tiempo, mientras más profundamente sienten la necesidad, más sincero es su deseo y más firmes sus esfuerzos para, de la manera que han recibido al Señor Jesucristo, andar así en él.(42)
  4. No son condenados, en quinto lugar, por pecados de debilidad, como generalmente se les llama. (Quizás sería mejor llamarles flaquezas, a fin de no parecer que atenuamos o disculpamos el pecado como una debilidad.) Pero si hemos de emplear tan ambigua y peligrosa expresión, los

pecados de debilidad son esas caídas involuntarias tales como el decir de buena fe que tal o cual cosa es cierta, cuando en realidad se prueba que es falsa; o el herir a nuestro vecino sin saberlo o sin tener tal intención, quizás cuando queríamos hacerle bien. Aunque éstas son desviaciones de la santa, aceptable y perfecta voluntad de Dios, sin embargo no son pecados propiamente dichos, ni traen ninguna culpa a la conciencia de quienes están en Cristo Jesús. No se interponen entre Dios y ellos, ni obscurecen la luz de su rostro; puesto que estas flaquezas no son inconsecuentes con el hecho de que andan «no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».

  1. Por último, no hay condenación para ellos por causa de cosa cualquiera que no esté en su poder evitar; ya sea de naturaleza interna o externa, ya sea haciendo lo que no deben hacer o dejando de hacer lo que deberían hacer. Por ejemplo, se administra la Santa Cena, pero algunos no participan. ¿Por qué no lo hacen? Están confinados debido a la enfermedad; por lo tanto no pueden asistir al culto. Tal razón no estás te condena. No hay culpa por cuanto no hay oportunidad de escoger. Porque si primero está la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene.(43)
  2. Algunas veces el creyente se aflige porque no puede hacer lo que desea. Puede exclamar, cuando se ve impedido de adorar a Dios en medio de la gran congregación: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de

Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?»(44) Puede desear ardientemente (aunque diciendo en su interior al mismo tiempo, «pero no sea como yo quiero, sino como tú»(45) ir con la multitud y conducirla hasta la casa de Dios.(46) Sin embargo, si no puede ir, no siente la condenación, ni la culpa, ni siente el desagrado de Dios, sino que puede con alegría someter sus deseos diciendo: «Espera en Dios, porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.»(47)

  1. Es más difícil determinar lo que tiene que ver con los «pecados de sorpresa», tal como cuando una persona que generalmente tiene dominio propio cede a una violenta y repentina tentación de hablar o actuar en forma que no es consistente con la ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No es fácil fijar una regla general respecto a las transgresiones de esta naturaleza. No podemos decir si las personas son o no son condenadas por los pecados de sorpresa en general. Pero parece que cada vez que un creyente es dominado por una falta hay mayor o menor condenación de acuerdo al mayor o menor consentimiento de su voluntad. En proporción al modo en que el deseo pecaminoso, palabra o acción sea más o menos voluntario, así podemos concebir a Dios como más o menos molesto, y hay mayor o menor culpa en el alma.
  2. Si esto es cierto, entonces debe haber algunos pecados de sorpresa que acarrean mucha culpabilidad y condenación. Esto es así debido a que hemos sido sorprendidos en una negligencia voluntaria y culpable; o debido a la pereza del alma que podría haberse prevenido o sacudido antes de que la tentación llegara. Se puede haber recibido aviso, sea de Dios o de otra persona, de que se avecinan pruebas y peligros, y aun así decir: «Un poco de sueño, un poco de dormitar, y cruzar por un poco las manos para reposo.»(48) Si alguno cae en tales circunstancias, aunque sea por sorpresa, en la tentación que muy bien pudo haber evitado, no tiene disculpa; debió haber previsto y evitado el peligro. La caída en el pecado, aun cuando sea por sorpresa, como en el ejemplo anterior, es en realidad un pecado de la voluntad; y como tal, debe exponer al pecador a ser condenado por Dios y por su conciencia.
  3. Por otro lado, pueden venir asaltos repentinos sea del mundo o del dios de este mundo, y frecuentemente de nuestro corazón perverso, que ni previmos ni pudimos anticipar. Estas tentaciones pueden sumergir a un cristiano, por ser débil en la fe, en una tentación peligrosa, como por ejemplo, la ira o pensar mal del prójimo, sin que participe su libre albedrío. En tal caso un Dios celoso sin duda le mostrará que ha actuado con necedad. El cristiano quedará convencido de haberse separado de la ley perfecta, de la mente que hubo también en Cristo,(49) y por consiguiente se apesadumbrará con gran dolor, y se avergonzará ante la presencia de Dios. Sin embargo, no tiene que caer en condenación. Dios no le culpa, sino que le compadece, como el padre se compadece de sus hijos.(50) Su corazón no le condena; en medio de su dolor y vergüenza puede decir: «Me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es el Señor, quien ha sido salvación para mí.»(51)

 

III. 1. Sólo resta deducir algunas conclusiones prácticas de las consideraciones anteriores.

Y, primeramente, si «ninguna condenación hay» por sus pecados pasados «para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu», entonces, ¿por qué temes, hombre de poca fe?(52)

Aunque tus pecados sean más numerosos que la arena del mar, qué importa eso ahora que estás en Cristo Jesús? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?(53) Todos los pecados que has cometido desde tu niñez hasta la hora en que fuiste aceptado en el Amado, han sido esparcidos como la paja, han desaparecido, se han perdido, han sido tragados, ya no existen en la memoria. Ahora has nacido en el Espíritu. ¿Te preocuparás o temerás lo que haya pasado antes de haber nacido? No has sido llamado para tener espíritu de temor sino de amor y de dominio propio. Conoce tu llamamiento. Regocíjate en Dios tu Salvador, y da gracias a Dios tu Padre por medio de él.

  1. ¿Dirás pues: «pero he pecado después de haber sido redimido por medio de su sangre; y por tanto me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza»?(54) Es justo que te aborrezcas; es Dios mismo el que te ha traído a este punto. Pero, ¿no crees? ¿Te ha permitido decir nuevamente: «Yo sé que mi Redentor vive»(55) «y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios.»?(56) Entonces, esa fe cancela todo lo pasado, y no hay ninguna condenación para ti. En el momento mismo en que creas verdaderamente en el Hijo de Dios, todos tus pecados pasados se desvanecerán como el rocío de la mañana. Ahora, estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres.(57) Te ha librado una vez más del poder del pecado, así como de la culpa y el castigo. No estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.(58) Ni al vil y diabólico yugo del pecado, de los malos deseos, del mal genio, malas palabras u obras que constituyen el yugo más pesado que fuera del infierno puede haber, ni tampoco al yugo del temor servil y torturador de la culpa y condenación de sí mismo.
  2. Pero, en segundo lugar, si los que están «en Cristo Jesús… no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu», podemos deducir que quienquiera que comete pecado no tiene parte en esta bendición, sino que ahora mismo está condenado por su propio corazón. Pero si nuestro corazón nos reprende, si nuestra conciencia nos da testimonio de que somos culpables, sin duda que Dios también lo hará; pues mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas;(59) así que no podemos engañarle, aun si nos engañásemos a nosotros mismos. No pienses decir: «Fui justificado una vez; mis pecados fueron perdonados en una ocasión.» Yo no sé sobre esto; ni puedo discutir si lo fueron o no.

Quizás, al cabo de un tiempo, es prácticamente imposible saber con certeza si fue una obra verdadera y genuina de Dios, o si sólo engañaste a tu propia alma. Pero esto sé con la más absoluta certeza: El que practica el pecado es del diablo.(60) Por lo tanto eres de tu padre el diablo. No puedes negarlo, porque haces las obras de tu padre. No te llenes de falsas esperanzas. No le digas a tu alma: «Paz, paz; y no hay paz.»(61) Grita, clama a Dios desde lo profundo, por si tal vez tengas la fortuna de que te escuche. Ven hasta Dios como al principio, como pobre, indigno, como lleno de pecado, miserable, ciego y desnudo. Y cuídate de dar descanso a tu alma hasta que no te revele su amor perdonador, hasta que haya sanado tus rebeliones y te haya llenado nuevamente con la fe que obra por el amor.(62)

  1. En tercer lugar, puesto que no hay condenación para quienes andan conforme al Espíritu a causa de algún pecado interior que aún permanezca, ni a causa del pecado que se adhiere a todo lo que hacen, no te llenes de pesadumbre a causa de la maldad, aun cuando ésta permanezca en tu corazón. No te entristezcas porque todavía te encuentres lejos de la gloriosa imagen de Dios; ni porque el orgullo, la soberbia o la incredulidad se aferren a todas tus palabras y acciones. Y no te atemorices de conocer toda la maldad de tu corazón, de conocerte a ti mismo tal como eres conocido. Sí, pídele a Dios que no tengas de ti una opinión más alta de la que debes tener.

Que tu continua plegaria sea: Muéstrame, oh Señor, Hasta donde pueda soportar Lo profundo de mi pecado innato; Declara toda la incredulidad, La soberbia que se oculta en mí.(63) Cuando escuche tu oración y te revele tu corazón, cuando te muestre qué clase de espíritu tienes; cuida de que no te falte la fe, de que no te arrebaten tu escudo. Humíllate, póstrate en el polvo; mira que no eres sino miseria y vanidad. A pesar de esto, no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.64 Persevera, afirma que tienes un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo.65 Como la altura de los cielos sobre la tierra, así es más grande su misericordia que mis mismos66 Dios es misericordioso contigo, pecador, aun siendo el pecador que eres. Dios es amor; y Cristo ha muerto. Por lo tanto, el Padre mismo te ama. Tú eres su hijo. Por lo tanto, no te negará ninguna cosa buena.67 ¿Crees que será bueno que todo el cuerpo de pecado que ahora es crucificado en ti sea destruido? Será hecho. Serás limpio de toda contaminación de carne y de espíritu. ¿Convendrá que no quede nada en tu corazón sino el amor de Dios? Anímate. Amarás al Señor tu Dios con todo tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.(68) Fiel es el que prometió, el cual también lo hará.(69) Por tu parte, debes continuar con paciencia en el trabajo de la fe, del amor y de la paz con alegría; con humilde confianza, con esperanza resignada y al mismo tiempo sincera, hasta que el celo del Señor haga esto.(70 

  1. En cuarto lugar, si están en Cristo y andan en el Espíritu no son condenados por pecados de debilidad, ni por caídas voluntarias, ni por transgresiones que no pueden evitar. Ten cuidado, entonces, ya que tienes fe en su sangre, para que Satanás no gane ventaja de esto. Todavía eres necio y débil, ciego e ignorante; más débil de lo que las palabras pueden expresar, más necio de lo que pueda tu corazón concebir, pues todavía no sabes nada como lo deberías saber. No permitas, sin embargo, que tu debilidad o torpeza, ni ningún fruto que no has podido evitar, haga vacilar tu fe, tu esperanza filial en Dios, o que interrumpa tu paz y gozo en el Señor. La regla que algunos dan respecto a los pecados de la voluntad y que, en tal caso, puede ser peligrosa, es indudablemente buena y segura, si sólo se aplica a las debilidades humanas. ¿Has caído, seguidor de Dios? No permanezcas postrado, lamentándote y desesperado por tu debilidad, sino di con humildad: «Señor, caeré a cada instante a no ser que tú me sostengas y me des la mano.» Levántate, enderézate y anda. Camina pues, corre con paciencia la carrera que te es propuesta.(71)
  2. Finalmente, puesto que un creyente no viene a condenación, aunque sea sorprendido en aquello que su alma aborrece (suponiendo que esta sorpresa no se deba a su descuido o negligencia voluntaria); si tú que crees, caes en alguna falta, apesadúmbrate en el Señor; esto será para ti un bálsamo. Derrama tu corazón delante de él, y preséntale tu problema. Y ruega con todo tu corazón a aquél que puede compadecerse de nuestras debilidades(72) para que afirme, fortifique y establezca tu alma, y no permita que vuelvas a caer. Aun así, no te condena. ¿Por qué has de temer? No tienes necesidad de ningún temor que lleve en sí castigo. Amarás al que te ama, y esto basta; más amor traerá mayores fuerzas. Y tan pronto como le ames con todo tu corazón serás perfecto y cabal, sin que te falte nada. Espera en paz por esa hora en la cual el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.(73)

1 Ro. 5.1.

2 Ro. 3.24.

3 Ro. 8.6.

4 1 Co. 1.12.

5 2 P. 3.16. Wesley cita el texto griego.

6 Tit. 1.1.

7 2 P. 3.16.

8 Fil. 3.9.

9 1 Jn. 4.13.

10 Jn. 15.4-5.

11 1 Jn. 3.6.

12 Gá. 5.19.

13 Gá. 5.16.

14 Wesley cita el griego, y luego argumenta que no debe traducirse «de modo que no podéis hacer lo que quisierais», sino «de modo que no hagáis lo que quisierais». El problema exegético se complica, porque hay variantes textuales. Pero la mayoría de los eruditos modernos no le da la razón a Wesley en este punto.

15 1 Jn. 2.27.

16 Gá. 5.2-24.

17 1 Co. 15.57.

18 Jn. 4.14.

19 Col. 4.6.

20 Ef. 4.29.

21 1 P. 2.21.

22 1 Co. 10.31.

23 Gá. 5.22-23.

24 Tit. 2.10.

25 Ro. 8.11.

26 Ro. 3.25.

27 Ro. 8.15.

28 1 P. 3.21.

29 1 Jn. 5.3.

30 1 Jn. 5.18.

31 1 Jn. 5.18.

32 Gá. 5.18.

33 Gá. 5.23.

34 1 Ti. 1.8-9,11. Una traducción literal del griego sería: «la ley no se recuesta

sobre el justo». Wesley cita el griego y luego ofrece una traducción semejante.

35 1 Co. 1.9.

36 1 Co. 3.1.

37 Ro. 8.7.

38 Jer. 17..9.

39 1 Jn. 3.24.

40 He. 12.24.

41 He. 7.25.

42 Col. 2.6.

43 2 Co. 8.12.

44 Sal. 42.1-2.

45 Mt. 26.39.

46 Sal. 42.4.

47 Sal. 42.11

48 Pr. 6.10.

49 Fil. 2.5.

50 Sal. 103.13.

51 Is. 12.2.

52 Mt. 8.26.

53 Ro. 8.33-34.

54 Ef. 1.7; Col. 1.14; Job 42.6.

55 Job 12.25.

56 Gá. 2.20.

57 Gá. 5.1.

58 Gá. 2.20.

59 1 Jn. 3.20.

60 1 Jn. 3.8.

61 Jer. 6.14.

62 Gá. 5.6

63 Himno de Carlos Wesley en Hymns and Sacred Poems (1742), p. 209.

64 1 Jn. 14.27.

65 1 Jn. 2.1.

66 Sal. 103.11.

67 Mt. 7.11.

68 Mc. 12.30.

69 He. 10.23.

70 Is. 9.7.

71 He. 12.1.

72 He. 4.15.

73 1 Ts. 5.23.

  • Tomado de OBRAS DE WESLEY, TOMO 1, SERMONES I

Wesley Heritage Foundation, Inc., P.O. Box 76, Henrico, NC 27842, USA

Editor General JUSTO L. GONZÁLEZ, pág. 151-168.

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