A Propósito del Día del Padre

15. A propósito del Día del PadreA propósito del Día del Padre:

El Reto de Ser Buenos Padres

Drernestocontreras@hotmail.com

No hay un ministerio más demandante que el de criar a los hijos como Dios manda en la Biblia. La educación de los hijos no es una tarea de ocho horas al día, ni de 5 ó 6 días por semana, ni mucho menos, algo que se puede cumplir en los ratos de ocio, o que nos sobran después de hacer nuestras otras obligaciones y tareas. 

Es un compromiso que desde el momento mismo de la concepción, reclama que los padres estén dispuestos a reordenar sus prioridades, y en la futura madre, hasta su forma de vestir, comer, y vivir, con el fin de que su hijo tenga las mejores posibilidades de nacer sano, íntegro, fuerte, y sin complicaciones.

El ángel de Jehová (Jesucristo antes de su encarnación), le hizo las siguientes recomendaciones a la futura madre de Sansón: “He aquí que tú concebirás, y darás a luz un hijo; por tanto, ahora no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda; porque este niño desde el vientre, será nazareo (apartado) para Dios hasta el día de su muerte” (Jueces 13:7).

Así, toda madre y padre cristianos, deben consagrar a sus hijos desde que están en el vientre materno, para ser hijos, siervos, ministros, e instrumentos escogidos de Dios en cualquiera de las profesiones u oficios lícitos. Pablo declaró y dejó por escrito y por inspiración del Espíritu Santo, lo siguiente: Agradó a Dios, apartarme desde el vientre de mi madre.”

Igualmente, los profetas testificaron para nuestra información: “Aún desde la concepción y el vientre de mi madre, Tú eres mi Dios; desde el nacimiento, Tú eres el que me sacó del vientre; me hiciste estar confíado desde que estaba a los pechos de mi madre.” (Ga 1:15; Os 9:11; Sa 22: 9,10).

Además, todos los que desean presentarse ante Dios aprobados, como padres que no tienen de qué avergonzarse, que cumplen excelentemente la principal tarea que Dios les ha encomendado en este mundo, tendrán que estar dispuestos a servir con amor, y proveer perseverantemente, mañana, tarde, y noche, veinticuatro horas al día, los 365 días del año, y frecuentemente por más de 25 años consecutivos por cada hijo, todo el cuidado, alimento, abrigo, aseo, educación, ejercicio, y recreación, que demanda la criatura que Dios se atrevió a poner a su cuidado, y en sus benditos y amorosos brazos, como lo más preciado que hay en este mundo. La Biblia dice: “He aquí, herencia de Dios son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Sa 127:3).Cuidar un hijo es una tarea por demás apremiante, pues ni siquiera le da oportunidad ni tiempo a la madre para descansar, aliviarse, y reponerse de la extenuante experiencia del parto.

En este mundo tan contaminado y tan lleno de maldad, enfermedades, pobreza, y miles de terribles peligros y riesgos de muerte, tan pronto como es dado a luz su frágil y dependiente recién nacido, éste sólo podrá sobrevivir si la mamá que Dios le proveyó, con el apoyo de un padre amoroso y responsable, suple eficientemente, todas sus necesidades básicas. ¡Qué responsabilidad tan inmensa es la que Dios se atreve a poner sobre los padres (sean biológicos o adoptivos), al encargarles la crianza de un hijo!

Dios, al igual que la hija de Faraón, le dice a cada mamá: “Lleva este niño, y críamelo, y yo te lo pagaré. Y dice la Biblia que sin vacilar, la mujer (Jocabed, su madre) tomó al niño, y lo crio” (Ex 2:9). ¡Qué bueno que Dios nunca nos encarga una tarea para la cual no nos ha preparado primero para poderla cumplir feliz y exitosamente!

Es por demás maravilloso, ver cómo, desde el momento de dar a luz, sea una adolescente primeriza (como María la madre de Jesús), o una mujer madura (como Elizabeth, la madre de Juan el Bautista), Dios le da a toda madre (cristiana y no cristiana), casi instantáneamente, todas la capacidades, fortaleza, habilidades, y conocimientos necesarios para lograr que su recién nacido, sobreviva, principalmente los primeros cuarenta días, que son cruciales en su vida.

Sólo Dios por su infinita misericordia y amor para este mundo perdido, puede darles milagrosamente, tan singular amor y dedicación a los papitos y mamitas lindas, con el único fin de que algún día, presenten a su hijo ante Dios, íntegro y enteramente preparado para toda buena obra, como un hijo, siervo, ministro, e instrumento útil de Dios, que cumpla el propósito y maravilloso plan para el cual Dios lo formó, lo introdujo en este mundo, y milagrosamente, lo conservada vivo. Y es que la Biblia dice, que nuestros hijos son hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduvieran en ellas.

A Jeremías Dios le dijo: “Antes que te formara en el vientre te conocí, y antes que salieras de la matriz te santifiqué, y te di por profeta a las naciones” (Ef 2:10; Je 1:5); y lo mismo se puede decir de cada uno de nuestros hijos. Por eso, todo padre cristiano debe desear y tener como meta que algún día, se diga de su hijo lo que se dijo del rey David: “He hallado a David, hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, el cual hará todo lo que yo quiero” (Hch 13:22).

Los padres que han alcanzado el éxito, saben que en esta monumental tarea, no hay días de descanso, días festivos, vacaciones, años sabáticos, o jubilación vitalicia; porque la verdad es que aunque el hijo o la hija crezcan, lleguen a adultos, dejen el hogar materno, sean autosuficientes, se casen, y formen su propio hogar, no por eso los padres dejan de seguir al pendiente del hijo, intercediendo en oración por él, y procurando servirle y mostrarle su bendito y singular amor paternal, en todas las formas que sea conveniente, y se lo permitan.

Dios nos enseña en la Biblia, y por experiencia, que la realidad es que los padres seguirán teniendo el privilegio de ser un canal de bendiciones de Dios para sus hijos, hasta que la muerte los separe.

Que Dios nos permita el inigualable gozo de ver a nuestros hijos transformados oportunamente, en gentes cristianas, decentes, útiles, productivas y necesarias de la sociedad.

Sólo así, como tantos otros padres y madres de grandes siervos y siervas de Dios, podremos gozar del dulce sabor de la victoria, y el suave aroma del éxito a la manera de Dios, así como de las múltiples satisfacciones legítimas que da un hijo, que decide sabia y felizmente, aprovechar todas las oportunidades que Dios le dé, para llegar a la edad adulta, enteramente preparado para toda buena obra, para ser de honra y gloria de Dios, y de bendición para su familia y este mundo perdido.

Sólo así, nos podremos presentar ante Dios aprobados, como padres que no tenemos de qué avergonzarnos, y que ponemos por obra diligentemente, todo lo que Dios nos ha enseñado y encargado en su Santa Palabra, que es la Biblia, y que es el manual indispensable que debe conocer, aprender, memorizar, y poner por obra, toda mamita linda, y todo papito lindo AMEN.

El Privilegio de Ser Padres

Los que hemos conocido a matrimonios sin hijos, sabemos y reconocemos que es un verdadero privilegio tener un hijo. La Biblia dice: Herencia de Dios son los hijos; cosa de estima, el fruto del vientre (Sa 127:3). Y es que por diversas razones, hay millones de parejas que por más que lo intentan, no han podido concebir un hijo.

Por eso nosotros entendemos que nadie llegó a este mundo por casualidad, o como un accidente de la naturaleza, pues independientemente de si somos el producto de un acto matrimonial lleno de amor, respeto, y responsabilidad; o fuimos concebidos tras un acto de fornicación, adultero, incesto, o abuso sexual, la verdad es que estamos aquí solamente porque Dios nos ama, y nos considera de alta estima; y porque Él tiene un propósito y plan maravilloso para nuestras vidas.

El salmista escribió: Porque tú formaste mis entrañas; me entretejiste en el vientre de mi madre. Mi embrión vieron tus ojos, y no fueron encubiertos de ti mis huesos, a pesar de que fui hecho en lo oculto y entretejido en lo profundo de la tierra (Sa 139:13-15)

La verdad es que el compromiso que se adquiere cuando Dios nos da el privilegio de concebir, dar a luz, cuidar, y criar un hijo es verdaderamente abrumador; y sería hasta imprudente aceptarlo si no fuera porque nuestra confianza está en que Dios nunca nos da una responsabilidad sin antes capacitarnos para ella, e instruirnos en su Santa Palabra que es la Biblia, cómo cumplirla felizmente. Esta es la confianza que tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo competentes (2ª Co 3:5).

Algo también verdaderamente sorprendente, es reconocer, como, sin necesidad de ir 5, 10, ó 20 años a un curso universitario sobre maternidad, toda mujer a la que Dios le concede tener un hijo, sea una adolescente primeriza o una mujer madura y experimentada, en el momento en que da a luz, es capacitada en forma instintiva y prácticamente inmediata, con todos los conocimientos y habilidades indispensables para que pueda cuidar, amantar, y lograr que su frágil recién nacido sobreviva y crezca sano.

Qué bueno que nuestra responsabilidad como padres biológicos o adoptivos, consiste solamente en ser canales de bendición e instrumentos por medio de los cuales, Dios les proveerá a nuestros hijos, mañana, tarde, y noche todo lo que ellos necesitan para llegar, en no menos de 20 años, a ser ejemplares hijos de Dios y personas enteramente preparados para toda buena obra.

Gracias al cielo que lo que es imposible para nosotros, como es darles y conservarles una vida sana, feliz, y abundante, y regalarles la eterna salvación de su alma, sólo a Dios le corresponde dárselas con nosotros, sin nosotros, ó a pesar de nosotros. Con razón la amonestación bíblica dice: Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra. Y ustedes padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en disciplina y amonestación del Señor (Ef 6: 1-4).

Dios quiere que cumplamos excelentemente con nuestras responsabilidades como padres, y que les demostremos a nuestros hijos, el amor que Dios ha puesto en nuestro corazón para ellos, no solo con palabras, abrazos, y besos, sino también con hechos. La Biblia dice: Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1ª Jn 3:18). Por tanto, Dios espera que con amor, responsabilidad y persevera ncia, cuidemos, eduquemos, apoyemos, y sirvamos a nuestros hijos, ya sea que se porten bien o mal, e independientemente de que se lo merezcan o no.

Ante Dios, el que nosotros nos consideremos por cualquier causa, incapaces de cumplir tales responsabilidades, no tiene ninguna validez, pues la Biblia dice: Si alguno de ustedes tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor (Stg 1:5-7).

La Biblia enseña que un buen padre es aquel que ha transmitido todos los principios y preceptos que capacitan al hijo para hacer la voluntad de Dios. Que los hijos cumplan el propósito y maravilloso plan de Dios para sus vidas y lleguen a la edad adulta sanos, íntegros, felices, y transformados en gentes cristianas, decentes, útiles, necesarias, y productivos de la sociedad, dependerá en gran parte de la manera en que logremos cumplir con nuestra tarea, diariamente y 365 días al año, durante los primeros 20 ó más años de sus vidas; pero la verdad, es que la Biblia enseña que dependerá mucho más de la diligencia con que nuestros hijos, decidan en

forma sabia y oportuna, vivir como Dios manda en la Biblia, y aceptar voluntariamente, la autoridad del Buen Padre celestial sobre sus vidas. Y todo, simplemente porque están convencidos de que es lo que más les conviene y bendice. 

Está comprobado que si se le presenta claramente el mensaje de salvación a un niño, prácticamente el 100% de ellos, le abrirá su corazón a Cristo, mientras que menos del 50% de los hijos adolescentes, y aún menos del 20% de los hijos adultos, estarán dispuestos a aceptar a Jesucristo como su Salvador y Señor. Por eso es tan importante que desde temprana edad obedezcamos el mandamiento de Dios que a través de las edades, Dios nos ha estado repitiendo y que dice: Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas (Dt 6:5-9).

El riesgo de que el enemigo de nuestras almas, hurte, mate, y destruya la felicidad de nuestros hijos, es más que real, por lo que debemos considerar un asunto de vida o muerte, el velar, orar, y sin cesar, interceder ante Dios por nuestros hijos, obedeciendo a nuestro Buen Padre Celestial que Dijo: Por lo demás, hermanos míos, fortalézcanse en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vístanse con toda la armadura de Dios, para que puedan estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Por tanto, tomen toda la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Velen pues, en todo tiempo, orando que sean tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre (Efe 6:10-13).

La Biblia enseña que aparte de la fe, la mejor herencia que les podemos dejar a nuestros hijos, es una buena educación y un buen nombre. Así, un buen padre será el que pueda decirle a su hijo: Mira, yo te he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que los guardes y los pongas por obra, porque esta es tu sabiduría y tu inteligencia ante los ojos de los demás, porque Jehová da la sabiduría y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia. Cuando la sabiduría entre en tu corazón y la ciencia sea grata a tu alma, la discreción te guardará y te preservará la inteligencia, para librarte del mal camino.

De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro. Por tanto, sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza; y procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como un buen padre que no tiene de qué avergonzarse y que usa bien la palabra de verdad (Dt 4:5-6; Pr 2:6-11 y 22:1; 1ª Ti 4:12; 2ª Ti 2:15).

La promesa de Dios para el padre que cumple fielmente con su responsabilidad dice: Den y se les dará medida buena, apretada, remecida, y rebosando en su regazo; porque el que siembra para el espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Y nuestra descendencia será conocida entre las naciones, y nuestros renuevos en medio de los pueblos; todos los que los vieren, reconocerán que son linaje bendito de Jehová, y nosotros seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros y estaremos alegres. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla, mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Lc 6:38; Ga 6:8; Is 61:9; Sa 126:2.6; AMEN. ASI SEA. 

Ernesto contreras