Rostros del Amor

14. Rostros del amorRostros del amor

Leonel Iván Jiménez Jiménez

For my ecumenical friends, Missy and Theodore, who show me different faces of Love

Pensar y hablar sobre las relaciones entre iglesias cristianas supone tocar sensibles asuntos teológicos y personales. Por una parte, existen las discusiones sobre doctrina y liturgia en las que hay desacuerdos entre las tradiciones, mientras que también surgen los subjetivos juicios sobre gustos y temores sobre los demás. Las relaciones entre iglesias son tan complicadas como cualquier otra forma de relación interpersonal o institucional, ya que apela a lo que somos, a las diferencias, a nuestra educación y cultura, nuestros intereses y creencias. Por esto, los movimientos y encuentros que tratan de crear condiciones para fomentar relaciones siempre viven en los límites, con grandes aciertos y también errores, al siempre vislumbrar la esperanza de que convivamos en amor y logremos objetivos comunes.

            La palabra “ecumenismo” ha tenido diferentes significados a lo largo de la historia, los cuales van desde propuestas constructivas hacia el diálogo hasta consideraciones peyorativas. Proveniente del mundo político, la palabra griega oikoumene puede traducirse como “habitar”, haciendo referencia al mundo habitado. Con la expansión del cristianismo en sus primeros siglos, la palabra se refirió al “mundo cristiano” que se extendía a lo largo de imperio. Con el paso de los años, oikoumene ha sido entendida de manera diferentes dentro de las iglesias, siendo hasta 1951 cuando el Consejo Mundial de Iglesias utiliza la palabra para referirse a todo aquello que se relaciona con la tarea de llevar el evangelio a todo el mundo, envolviendo la unidad y misión de la iglesia[1]. Si bien a lo largo de las siguientes décadas la palabra se ha utilizado de diferentes maneras, algunas veces dando énfasis al diálogo teológico y otras a la necesidad de un mayor trabajo de alcance social, incluso proponiendo un “macro-ecumenismo” que integre a otras tradiciones espirituales, en este trabajo entenderemos ecumenismo como los esfuerzos por construir espacios de diálogo entre las iglesias y el esfuerzo conjunto a favor de la justicia, la paz y la plenitud de toda la creación.

Para esta exposición he decidido ofrecer tres elementos sobre lo que significa las relaciones entre iglesias, dos de los cuales serán relatados en un lenguaje más formal y uno se centrará en la experiencia personal. Primero, hablaremos sobre un “ecumenismo fáctico” como resultado de diferentes migraciones y peregrinajes espirituales de las y los creyentes. El segundo elemento abordará la necesidad de diálogo y relación entre iglesias como testimonio frente a sociedades cada vez más divididas. Por último, abordaremos el concepto de amor en el contexto del diálogo y las relaciones entre iglesias. Con esto trataremos de demostrar cómo la vida ecuménica es un hecho innegable en la mayoría de las iglesias, aunque en diferentes niveles, el cual debe motivar la cercanía entre diferentes tradiciones con el fin de dar testimonio de la posibilidad de dialogar y convivir en medio de muchas diferencias, ya que en esto se manifiesta un nuevo rostro del amor de Dios.  

  1. “Ecumenismo fáctico”

Más allá de las relaciones institucionales, es innegable el constante intercambio de ideas, prácticas, elementos y personas entre diferentes tradiciones cristianas. En el contexto mexicano, sería difícil encontrar iglesias evangélicas o protestantes que muestren una identidad sólida al mantener elementos “exclusivos”. Incluso la iglesia católico-romana, en algunos sectores y movimientos, ha integrado elementos característicos de los movimientos carismáticos, como música o formas de oración.

            Las iglesias viven la realidad de constantes migraciones o peregrinajes eclesiales que van más allá de la identidad teológica o litúrgica de cada tradición. Con migración nos referimos al constante cambio de congregación por parte de las y los creyentes debido a compromisos personales -como la vida en pareja- en la que hay movilidad de una tradición a otra. También puede referirse al cambio de una tradición a otra debido a los problemas y decepciones experimentadas en una congregación o denominación en particular. El resultado de estas migraciones eclesiales es la trasmisión de elementos litúrgicos e ideas teológicas de una tradición a otra, provocando que las tradiciones, más que asemejarse a un monolito, sean un mosaico lleno de diversidad aún en el seno de una forma de ser-iglesia específica. Junto con las migraciones, también hay peregrinajes eclesiales. Con esto nos referimos a las y los creyentes que genuinamente buscan una tradición y congregación que responda a sus características personales y búsqueda espiritual. Tanto en la movilidad eclesial por migración o por peregrinar, encontramos que el valor superior no es la identidad con una tradición específica, sino el bienestar y desarrollo espiritual. Esto es fácilmente demostrable en la experiencia de una congregación promedio de cualquier tradición, en donde se comparten himnos, liturgias, oraciones, lecturas, cantos, ideas teológicas, etcétera, provocando un “ecumenismo fáctico”.

            Esto provoca dos elementos que son importantes destacar. Primero, no debemos pensar que el movimiento ecuménico pretende fusionar o combinar a las diferentes tradiciones cristianas para crear un híbrido o una mega-iglesia. El movimiento ecuménico busca la unidad de las iglesias no en la fusión, sino en el respeto de las diferencias, al promover espacios de paz para el diálogo sobre los desacuerdos que persisten entre tradiciones y la apertura para compartir la riqueza que cada una puede aportar. Hablar de ecumenismo no es, por ejemplo, pretender que las iglesias protestantes se “conviertan” en romano-católicas, ni que la liturgia ortodoxa se imponga en las iglesias evangélicas. Ecumenismo es encontrar los puntos de acuerdo y crear espacios seguros para debatir los desacuerdos, todo con el fin de dar testimonio al mundo de la unidad de las iglesias, la cual se da en la diversidad. Debemos aprender a vivir con alegría los elementos que distinguen a nuestras tradiciones, así como también debemos aprender la riqueza de otras tradiciones, no para imponerla en la nuestra, sino para gozarse en la diversidad que ha provocado la historia del cristianismo.

            También debemos destacar que, si bien las iglesias como instituciones suelen alejarse por cuestiones teológicas y litúrgicas, por lo general las y los creyentes poco se preocupan por los complicados argumentos que mantienen dividida a la Iglesia. Sería interesante levantar una encuesta a creyentes y ministros de nuestra tradición para conocer cuán sólida es la identidad teológica y litúrgica en temas como los sacramentos, la salvación o la escatología. Lo cierto es que, de manera intencional o no, producto de una búsqueda espiritual genuina o del mercado religioso, las y los creyentes rechazan y adoptan elementos de diferentes tradiciones que responden a su necesidad espiritual. Así, mientras las iglesias como institución se mantienen divididas, las congregaciones y el pueblo creyente migra, peregrina y comparte elementos muy diversos, en beneficio o perjuicio de las tradiciones cristianas.

 El diálogo como contracultura

En las últimas dos décadas las tendencias políticas, económicas y sociales han caminado en diferentes partes del mundo -México incluido- hacia la polarización y la reemergencia pública de diversos fundamentalismos. Los partidos y políticos de derecha, caracterizados por sus discursos en contra de la diversidad y a favor de los nacionalismos, han ganado terreno en Europa y Estados Unidos (con Donald Trump y el Brexit a la cabeza). En Latinoamérica los partidos conservadores van aumentando su presencia y posiciones, sobretodo luego del auge de gobiernos de izquierda en Sudamérica, con discursos y políticas que mantienen los ideales neoliberales, aprovechándose de los discursos religiosos fundamentalistas, principalmente en asuntos de bioética, familia y trato a las minorías. En México vemos como desde las campañas presidenciales del 2006 se ha insistido en la utilización de discursos que infunden temor y división entre la población. También, con el surgimiento de movimientos civiles/religiosos/políticos que abogan por proteger un modelo determinado de familia y políticas en relación a derechos humanos, encontramos que las organizaciones religiosas van posicionándose con mayor fuerza en el terreno político (el Partido Encuentro Social es un ejemplo) y los políticos hacen uso de esos sectores para obtener beneficios electorales. Entre las iglesias y en las iglesias también han aparecido fuertes divisiones (reales y de facto) entre partes que se etiquetan mutuamente como “conservadores” o “liberales”, tal como podemos ver en varias denominaciones en México o en la Iglesia Metodista Unida en los Estados Unidos.

            El análisis sociológico, político y económico sobre nuestro tiempo es abundante. Por ahora nos interesa hablar del asunto desde la teología y la eclesiología en perspectiva ecuménica. Tal como afirmó Abraham Heschel en 1967, los predicamentos humanos no se deben a conflictos económicos, sino a una “parálisis espiritual” que tiene lugar en una “época de la sospecha, cuando muchos de nosotros parecemos vivir por una regla: sospecha de tu prójimo como de ti mismo.[2]” El desencuentro y la sospecha son características de nuestro tiempo, donde lo diferente se ha convertido en sinónimo de malo o, por lo menos, de dudoso. Por miedo al Otro/Otra las sociedades se han refugiado en los discursos y prácticas que brindan seguridad: fundamentalismo y el rechazo.

            El fundamentalismo ha sido una ideología bien conocida por las iglesias evangélicas y protestantes de Latinoamérica, fruto de los movimientos misioneros de los últimos dos siglos provenientes de países del Norte. Como bien apunta el teólogo protestante brasileño Rubem Alves, el fundamentalismo es un modo de racionalizar el significado de ser cristiano donde “todos los problemas nuevos pueden y deben ser resueltos en función de las respuestas ya cristalizadas en las confesiones.” Además, 

el fundamentalismo construye un mundo estable y fijo, dominado por las certezas, y en el que quienquiera que penetre verá terminadas todas sus dudas. Las cuestiones que plantea la historia, los nuevos problemas que surgen cada día, lejos de amenazar el universo fundamentalista, no son sino expresiones de la perversidad del hombre, de su pecado y de sus resistencias a la verdad bíblica.[3] 

            Ese mundo estable y fijo del fundamentalismo es causa del rechazo a lo que es diferente a sus postulados o le cuestiona. Si, para el fundamentalista, aquello en lo que cree y practica es la verdad absoluta, entonces todo aquello que no se acople debe estar en un error: es mentira. Si lo diferente es mentira debe ser rechazado y condenado como tal. Por lo tanto, en el fundamentalismo no hay un estudio serio ni voluntad de conocer lo que el Otro/Otra piensa, vive o considera como cierto. Por el contrario, el fundamentalista se deja informar por el rumor, por las fake news, por la ahora denominada post-verdad, en la que lejos de argumentar con evidencia, hay un manejo de los hechos y las apariencias para confirmar el mensaje que se quiere dar. Estos fundamentalismos pueden ser tanto de derecha como de izquierda.

            En el fundamentalismo el Otro/Otra es más que un extraño: es el Rechazado. Se le rechaza por ser un peligro, no sólo para la vida (como podría ser el “terrorista” palestino o musulmán), sino también para la “sana doctrina” o la “santidad de vida”, categoría en la que entrarían los movimientos e iglesias que contienen prácticas litúrgicas y postulados doctrinales diferentes a las propias. Para su propio infortunio, el fundamentalista desconoce que sus propias doctrinas y formas de vida son resultado de la historia, las circunstancias y los procesos que también han moldeado a otros grupos e iglesias, por lo que sus ideas y consideraciones no son “naturales” ni “originales”, sino también herencia y construcción histórica. Esto no quiere decir que aquello que defienden sea falso. Más bien afirmamos que debe ser puesto bajo el mismo análisis y consideración que cualquier otra postura y doctrina, ya que ninguna es atemporal, ni natural, ni original, sino histórica y cultural.

            En medio de las tendencias sociales, políticas y económicas hacia el fundamentalismo, el diálogo se presenta como una alternativa contracultural. El diálogo implica la apertura hacia el Otro/Otra entendiendo que sin su voz hay algo que falta. Quien se compromete a la escucha y diálogo con alguien más, aún en las diferencias que puedan existir, acepta con humildad que aquello que conoce no lo es todo, sino que tiene el deber de abrirse a otras voces. Esto no significa que quien dialoga acepte de manera absoluta lo que otros/otras puedan proponer. Mas bien, implica que hay una disposición hacia el aprendizaje de lo que el prójimo tiene que expresar para luego decidir si incorpora su decir al propio. Diálogo es, por tanto, una condición permanente de apertura hacia la vida, en la que se es responsable por la existencia de los demás, reconociendo la riqueza que habita en cada persona sin la cual la vida propia es incompleta. 

  1. Rostros del amor

Hablar de diálogo y ecumenismo es continuar con la exploración del mayor tema para la teología: el amor. Este tema debe ser tratado con dos preguntas básicas: ¿qué significa amar?, ¿quiénes son los sujetos del amor? La complejidad de estas preguntas difícilmente puede ser percibida de inmediato, pues todos creemos saber que conocemos las respuestas.

            Hemos sido colonizados por una idea de amor que implica el “estar de acuerdo” o “en paz” como requisito para amarse y permanecer en unión. De esta manera, hay una confusión al definir el sujeto del amor, ya que donde se busca o hay un acuerdo absoluto en realidad no se está amando al Otro/Otra, sino a uno mismo. Pensar que amar sólo es posible cuando hay acuerdos es en realidad un tributo al egoísmo: un ídolo que tiene el rostro propio. De la misma manera, esta idea colonial de amor también implica el sentir lástima hacia el Otro/Otra. Se considera que se ama a partir del sentimiento por quienes padecen pobreza, son víctimas de la guerra o sufren alguna enfermedad mortal. En el terreno de lo religioso se puede sentir lástima por quienes viven “en el error” o por quienes “necesitan de Dios”, confundiendo al amor con un sentimiento fugaz que no lleva a nada concreto o con la lucha porque el Otro/Otra sea como uno mismo. Esto es fácil de encontrar al revisar las redes sociales virtuales con la infinidad de imágenes de guerra, oraciones o videos que circulan. 

            La experiencia desde las Escrituras muestra al amor como un asunto que raya en lo imposible. Dios no muestra su amor para con la humanidad debido a la igualdad de pensamiento o intereses que prevalecen entre sí. El amor de Dios se manifiesta como puente entre el abismo que existe entre Dios y el ser humano, en donde hombres y mujeres viven de manera radicalmente diferente a lo que Dios propone construir. El amor es un acto concreto de solidaridad, responsabilidad y cuidado que sobrepasa cualquier sentimiento y rechaza la necesidad de estar de acuerdo. Se ama a quien es diferente: a Dios, al prójimo, al enemigo. Ese amor no puede ser de ninguna manera discursivo, sino que lleva a acciones concretas. En la narrativa del Antiguo Testamento el amor de Yahvé por el pueblo hebreo se demostró en la salida de Egipto y la providencia en el desierto; en el Nuevo Testamento el amor concreto de Dios se demuestra de manera definitiva en la encarnación del Hijo en Jesucristo. No es un amor basado en simpatías ni en lástima, sino en la acción concreta de solidaridad, responsabilidad y cuidado hacia el ser humano.

Como propone la filósofa argelina Houria Bouteldja, para realizar el amor no se necesita sentir simpatía ni generar lástima, sino que basta con reconocer el momento justo antes de que surja el odio para poder conjurarlo[4]. De eso se trata el amor en perspectiva ecuménica: reconocer el momento justo en donde el desacuerdo, los malos entendidos, el disgusto y el odio comienzan a germinar para poderlo detener con todos los recursos disponibles y construir aquello que ha dispuesto Dios en Jesucristo: su reinado en donde la justicia y la paz prevalecen.

De esta manera, ante las preguntas que planteamos al inicio de esta sección, la respuesta se vuelve también imposible. Amar significa lo-imposible-posible-en-Dios: conjurar el egoísmo a través de las acciones concretas de solidaridad, responsabilidad y cuidado hacia el prójimo, el Otro/la Otra. Esta decisión -pues no es sentimiento ni lástima- no tiene la simpatía por requisito, sino que prefiere encontrarse con lo Desconocido, el cual está identificado con cualquier persona, tradición o grupo que no es “yo” o “nosotros”. Esto tiene como requisito la apertura que es posible mediante el diálogo, el cual implica la voluntad de escuchar la voz del Otro/Otra, colaborar en procurar la vida de quienes participan en el diálogo, colocarse en una situación voluntaria de humildad y vulnerabilidad para aprender del Otro/Otra y compartir lo propio y así construir la paz-justa que lleva al reinado de Dios.

Finalmente, esta vida en el amor es el propósito del ecumenismo. La relación entre las tradiciones, siempre diferentes y discrepantes, cumple la vocación humana de amar, abrirse a la otra tradición, compartir lo propio, conjurar el odio, el miedo y el rechazo, para construir el reinado de Dios. El amor no es Dios, pero Dios es amor. Por lo tanto, cada vez que nos encontramos con el Cuerpo de Cristo, presencia de Dios en el mundo, para decidir y ejercitar el amor que sobrepasa toda diferencia y entendimiento, encontramos diferentes rostros del amor de Dios y, al hacerlo, también podemos contemplar algunos de los muchos rostros de Dios, los cuales siempre habitan en sus hijas e hijos. 

[1] Cf. Konrad Raiser, “Oikoumene”, en Nicholas Lossky, José Miguez Bonino, John Pobee, et. al. Dictionary of the ecumenical movement (Geneva: WCC Publications, 2002), pp. 840-841.

[2] Abraham Joshua Heschel, “On ecumenism” en Moral grandeur and spiritual audacity (New York: Farrar, Strauss and Giroux, 1996), p. 286. Traducción propia.

[3] Rubem Alves. Dogmatismo y tolerancia. Trad. Jesús Royo Sánchez. (Bilbao: Mensajero, 2007), p. 78.

[4] Houria Bouteldja. Los blancos, los judíos y nosotros: hacia una política del amor revolucionario. Trad. Anabelle Contreras Castro. (México: Akal, 2017), p. 121.

Leonel Jimenez