Mariano Escobedo, Héroe de la Patria

8. Mariano Escobedo, héroe de la patriaMariano Escobedo, Héroe de la Patria

Por Alan Sánchez Cruz

Septiembre de 2018

Las civilizaciones antiguas comenzaron a glorificar a sus héroes prácticamente desde sus inicios. Hubo reyes considerados dioses, hombres iluminados que fundaron religiones, gente que en su gallardía creó dinastías e imperios. Conocemos esto gracias a una gran cantidad de relatos poéticos y leyendas que para nada nos son ajenas. Ya que “aún aquellas [leyendas] separadas por vastas distancias geográficas y de existencia totalmente independiente, presentan una desconcertante similitud y hasta, en parte, una correspondencia exacta”[1], se pueden observar rasgos de la epopeya mesopotámica de Gilgamesh en el relato del diluvio en tiempos de Noé e, inclusive, en las leyendas que en prácticamente todo el mundo hablan de un Diluvio universal[2]; también existe cierto paralelismo entre el poema babilónico Enuma elish y el Génesis bíblico, por citar algunos ejemplos.

Por su parte, la Biblia contiene relatos que de igual manera ensalzan a sus héroes con hazañas y batallas libradas, tan sorprendentemente, que mueven al lector a cuestionar su veracidad. ¿Será cierto que “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles”[3]? ¿Fue cierto que Sansón, cuya fuerza se debía a su larga cabellera, derribó con sus propias manos el templo de Dagón antes de morir[4]? O, ¿en verdad Elías fue arrebatado al cielo en una carroza de fuego[5]?

Hay, en el Antiguo Testamento, historias de grandes líderes que tomaron parte en la conformación de la identidad del pueblo hebreo, de entre quienes destacan Moisés, por darle la Ley de Dios a dicho pueblo; Elías, profeta que regresaría antes de la llegada del Mesías; David, el joven pastor de ovejas que más tarde sería el rey de Israel. Por otro lado, hubo también personajes secundarios que hicieron resaltar la figura de los líderes ya mencionados: en el caso de David, encontramos a Saúl, como su enemigo en la última etapa de su vida, o a Jonatán, su amigo entrañable; en la historia de Elías está Eliseo, el profeta al que le fue conferida una doble porción del espíritu de su señor; y, al lado de Moisés, el joven Josué con el encargo de conquistar la tierra prometida.

Tales son leyendas o historias -términos que no necesariamente significan lo mismo- que, como se ha mencionado, son parte fundamental en el constructo identitario de un pueblo o nación. La nación mexicana, por ejemplo, tiene sus leyendas y sus héroes que son celebrados en fechas determinadas con el fin de afirmar la mexicanidad o mexikayotl[6].

En México, septiembre es conocido como el mes patrio y los personajes centrales a los que se hace referencia son Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón, héroes de la Guerra de Independencia, que, de acuerdo con la historia oficial, dio inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y se prolongó hasta la entrada del Ejército Trigarante, el 27 de septiembre de 1821. Dicha gesta, como ha de comprenderse, tuvo sus personajes secundarios, mismos que se nombran en la arenga pronunciada cada noche del Grito por el presidente de la República y gobernadores de los Estados que la componen. Pero, así como hay nombres que pasan a un segundo plano, hay luchas independentistas que se extienden más allá de 1821. En este caso, deben considerarse la intervención del ejército francés, en dos momentos (la primera intervención, conocida como la Guerra de los pasteles, 1838-1839; y la segunda, de 1862 a 1867) y la del ejército estadounidense, durante el periodo 1846-1848. Antonio López de Santa Anna, Guadalupe Victoria, Mariano Arista, Benito Juárez, Ignacio Zaragoza, son personajes celebrados en estas batallas, pero hay un hombre que, aunque peleó en casi todas, es poco recordado en este mes particular por los mexicanos: Mariano Escobedo.

Mariano Antonio Guadalupe Escobedo de la Peña nació el 16 de enero de 1826, en San Pablo de los Labradores, actual municipio de Galeana, Nuevo León. Fue el hijo menor de los seis que tuvo en total el matrimonio formado por Manuel Escobedo y Rita Peña. No hubo carencias en su niñez debido a que el sostén familiar estaba ligado a la agricultura y la arriería. No obstante la holgura en la cuestión económica, los padres de Mariano le inculcaron la necesidad por tener un oficio, y esto representó un freno para que no se fuera por un mal camino pues, cuentan de él, que era muy “fiestero” en sus años mozos. Sin embargo, lo anterior no evitó que a su temprana edad decidiera tomar las armas debido al momento en que se encontraba el país, particularmente el norte de lo que sería la República, con Texas en disputa (o Tejas, como refieren los historiadores de la época).

De 1846 a 1848 el país sufrió la invasión norteamericana que, entre otras cosas, sirvió como semillero de militares. Celeste Bernal González afirma que esta época representó el bautizo de fuego de Escobedo:

Mariano Escobedo fue parte de esa generación que tomó las armas en defensa del territorio, comenzando así su trayectoria militar. Con apenas 20 años de edad se presentó ante el capitán Francisco Martínez Salazar para incorporarse a la Guardia Nacional que éste mandaba y que se formó en Galeana al recibir la noticia del inicio de la guerra. Con el empleo de alférez marchó a Monterrey y ahí recibió su bautizo de fuego en la batalla que tuvo lugar entre el 21 y el 24 de septiembre de 1846, en donde combatió bajo las órdenes del general Pedro de Ampudia[7].

Antes de esta famosa batalla, Nuevo México -que, como se sabe, alguna vez fue nuestro- ya había caído y el ejército norteamericano confiaba en que el desenlace de la mitad del territorio mexicano sería el mismo. En esa ocasión, ante el desgaste de los dos ejércitos, se pidió una tregua. Francisco Martín Moreno, en su narración novelada México mutilado, describe el cuadro de la siguiente manera:

Unos saltan sobre los cadáveres de los otros. Se trata de salvar la propia vida. Matar es un imperativo. Un clarín ordena con heroica puntualidad la retirada. Monterrey no ha caído. Se levantan los brazos agónicos para celebrar el resultado de esta primera embestida. El daño es enorme, pero Monterrey sigue siendo mexicano. Vivan, vivan mil veces los regiomontanos. ¡Ellos dieron una muestra de honor para el presente y para la historia![8]

La vida militar de Escobedo no terminó ahí ya que, por una parte, continuaban las embestidas norteamericanas y, por la otra, el país tenía sus propias guerrillas, mismas que lo desestabilizaban. En 1847, se encontraba en la Angostura, pero ahora bajo las órdenes del general Antonio López de Santa Anna, a quien combatiría pocos años después. Al finalizar la guerra de 1848, ya con los norteamericanos fuera del país, la intención de Escobedo era retirarse por un tiempo a la vida pacífica, ir al campo. Sin embargo, los indios seminómadas que asolaban la frontera, tribus salvajes en el norte de Nuevo León y comanches al sur, hacían indispensable la existencia de Guardias Nacionales, donde se mantuvo activo. En 1854 se organizó un movimiento revolucionario en contra del gobierno de Santa Anna, dirigido por Juan Álvarez. Aprovechando la insurrección, en Nuevo León surgió un movimiento local que encabezaba Santiago Vidaurri, quien posteriormente sería gobernador del estado. Ahí combatiría al lado de Ignacio Zaragoza y José Silvestre Arramberri.

Durante la Guerra de Reforma se desplazó al interior del país, ahora bajo las órdenes de Santos Degollado. Aunque hubiese deseado abandonar la carrera de las armas y vivir una vida tranquila, sentía el compromiso por su nación que, batalla a batalla, se iba afirmando. En 1862, al iniciar la guerra de invasión francesa, el general Zaragoza le solicitó incorporarse al Ejército de Oriente para combatir a las tropas francesas. Escobedo ya tenía el grado de coronel. Aquel año dirigió el ala derecha de las tropas mexicanas en la batalla de cumbres de Acultzingo; al siguiente, el general Porfirio Díaz lo convocó a unirse al Ejército de Oriente y defendió Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila. Fue en 1865 que dirigió el Ejército Republicano del Norte -antecesor de la División del Norte de Francisco Villa según Paco Ignacio Taibo II, con poco o nulo adiestramiento militar- y duró en el cargo hasta la llegada de Maximiliano y la rendición de este último -con la caída del sitio de Querétaro, una gloria más para Escobedo-, ya bajo las órdenes de Benito Juárez.

Terminada la guerra contra Francia, vivió una vida más tranquila y observaba con discreción la nueva etapa en la que había entrado el país. Fue gobernador de San Luis Potosí, senador por San Luis Potosí y Querétaro, y ministro de Guerra durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. Al final de sus días se mostró complaciente con el gobierno que comenzaba a formar Porfirio Díaz, por eso, Taibo II parece reclamarle: “¿Y cómo te vamos a querer?, si después de tanta terquedad y tanto pudor, te pasaste al enemigo… ¿Y cómo no vamos a quererte?, si todavía… te vemos sobre el caballo blanco, griseando en el amanecer, con el que te plantaste ante Maximiliano…”[9].

En el haber de Escobedo están 60 años, cuatro meses y veinte días prestados a la patria; 21 cuerpos y comisiones militares obtuvieron sus servicios; 626 campañas y acciones de guerra; 26 premios, distinciones y condecoraciones estatales y nacionales. Tal es la necesidad de recordar a un hombre como él y colocarlo a la altura de los héroes patrios pues, si cada sociedad -antigua y presente- tiene a sus héroes, el general Escobedo es uno de ellos para la nuestra.

[1] Otto Rank, El mito del nacimiento del héroe; trad. Eduardo A. Loedel (Buenos Aires, Paidós, 1961), 9.

[2] Para quien desee adentrarse en el tema, hay varios ejemplos de esto: el mito Gun-Yu en China; la historia de Manu en las escrituras védicas de la India; la de Deucalión, hijo de Prometeo, en la mitología griega, entre otros.

[3] 1 Samuel 18:7 RVR 1960 (Reina-Valera Revisión 1960)

[4] Jueces 16:23-31

[5] 2 Reyes 2:1-12

[6] María del Carmen Nieva López, Mexikayotl, esencia del mexicano (Mexiko-Tenochtitlan, Ediciones Neizkalotzin, Tercera Edición: 2009), 119. Aquí, Nieva López, maestra normalista y difusora de la cultura mexicana explica: «Esta palabra quiere decir “Esencia del Mexicano”, y sus raíces son: MEXIKA = de Mexikatl, mexicano; YO = de yolli, corazón o esencia; TL = desinencia sustantiva. Originalmente, la palabra Mexikayotl era “Metzxikayotl”, porque la palabra Mexiko, de donde se deriva, era “Metzxiko” […] O sea “Ombligo de la Luna”, porque la ciudad fue el centro de la Raza y de la Nación, de acuerdo con la crónica de la fundación de la ciudad de Mexiko Tenochtitlan».

[7] “Mariano Escobedo, héroe de mil batallas”, artículo de Celeste Bernal González en la revista Relatos e Historias en México, Año VI, número 67, marzo de 2014. Editorial Raíces, S. A. de C. V.

[8] Francisco Martín Moreno, México mutilado (México, Planeta, 2012), 280-281.

[9] Francisco Ignacio Taibo II, El general orejón ese (México, Planeta, 2012), 95.

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