La Conquista de México

6. La Conquista de MéxicoLa Conquista de México

Por Epigmenio Velasco

Tomado del periódico semanal El Abogado Cristiano, órgano oficial de la Iglesia Metodista Episcopal en México, tomo XXXIV, números 36 y 37, de fechas 8 y 15 de septiembre de 1910, publicados conjuntamente como una edición especial, y reproducidos en el año 2010 en un opúsculo historiográfico de México por el entonces Director Nacional de Archivo e Historia de la IMMAR, Lic. Luis Rublúo, con motivo del Bicentenario de la Independencia, con documentos que demuestran la presencia nacional de la Iglesia, con sus aportes a la cultura de la nación. Participan en ese número, además de Epigmenio Velasco, destacados intelectuales metodistas como Vicente Mendoza, V. D. Báez, G. Cora, J. A. Osorio, Norberto Mercado, Miguel Z. Garza, Pedro Flores Valderrama, Eduardo Zapata, y más.

¿Es o no oportuno expresar un juicio franco acerca de la conquista de México?

Diríase que no debería tratarse tal asunto en estos días cuando se hacen esfuerzos por alejar toda clase de rencores y odios para solo cultivar los lazos de la fraternidad con la nación que fuera en otro tiempo la conquistadora; mas al regocijarnos conmemorando el nacimiento del país a la vida independiente, por una irresistible asociación lógica nos es imposible no pensar en aquel período de dominación extranjera que el pueblo acostumbraba considerar como la noche de trescientos años, retrocediendo hasta el acontecimiento que en la historia mexicana iniciara es período: la conquista.

Y la mente toma en consideración el hecho aquel; lo pesa, lo valora y lo califica.

El tiempo y el trato amistoso están haciendo que España y México se amen más cada día, marchando ambos pueblos del brazo por la senda del progreso. Convenido que el mutuo anhelo sea ir estrechando más las relaciones, sofocando más los sentimientos de animadversión desarrollados en la época de la dominación extranjera; pero eso decir que cuando se trate de dar un juicio estimativo de aquel acontecimiento, se violenten los hechos o se guarde silencio, solo por temor de lastimar susceptibilidades. La verdad, siempre y en todas partes. Es augusta. Y cuando, sin envidias ni rencores, nos llegamos hasta ella, tenemos el derecho de quemarle el incienso de nuestra sinceridad, dispuestos a recibir sus fallos siempre justos.

Hemos, pues, de decir, contra el parecer de espíritus acomodaticios, acostumbrados más a la adulación que a la sinceridad y la franqueza, hemos de decir que la conquista fue una iniquidad, y que los medios empleados en ella fueron un conjunto de infamias.

Fue una iniquidad, porque en todo tiempo ha sido inicuo que un hombre prive a otro de su libertad sin más derecho que la fuerza bruta.

España no tuvo ningún derecho de privar a los mexicanos de su libertad, como la tuvo de privar de ella a los demás pueblos de la América, como no lo tuvieron tres de las naciones europeas al repartirse la Polonia, como no la han tenido los ingleses sometiendo a los boeros, como no lo han tenido los belgas en sus vejaciones a los congoleses, como no lo ha tenido ni lo tendrá jamás ningún pueblo que, valiéndose sólo de la fuerza, haya sometido o pretenda someter a otro más débil.

El que atenta contra la libertad de un ser humano, comete el más grande los crímenes, porque, siendo la libertad la base de todos los derechos, el que atenta en contra ella, atenta contra todos ellos.

El pretendido derecho de conquista, del cual abusaron tanto los pueblos poderosos de los tiempos medioevales, no era ni más ni menos que el derecho de la fuerza bruta. Admitir que un pueblo, por más civilizado, tiene derecho de someter a otro a su dominio, es admitir la mayor de las aberraciones, pues eso nos lleva al absurdo de que la nación más civilizada tiene derecho a hacerse obedecer de todas las demás, y a que cualquier hombre, por el hecho el hecho de ser más ilustrado, tiene derecho a hacer del ignorante un esclavo suyo. Doctrina más inmoral apenas puede concebirse, y sin embargo, tal era una de las bases del derecho de conquista.

En los tiempos mencionados se hacía valer la posesión de la religión cristiana como un motivo de superioridad bastante considerable para tener derecho a someter por la fuerza a los infieles con el fin de cristianizarlos. Semejante idea prevaleció tanto durante aquellos siglos, que todos los crímenes, por más grandes que fueran se consideraban justificados si tenían por móvil la cristianización de los infieles. ¿Por qué no hacerlo así con esa gente ignorante y excluida del reino de Dios, gente bárbara, seres sin alma, y apenas poco mejores que las beatas? ¿Qué podía hacerse con ellos, si no someterlos a la fuerza, autorizados por los conquistadores dizque por la posesión de la verdad cristiana?

Apenas puede creerse que el extravío haya llegado en esos tiempos al grado de confundir como muy cristiano aquello que precisamente reprueba el cristianismo. Tal era, sin embargo, en el fondo, la otra base del derecho de conquista, derecho de la fuerza que usó España al privar al pueblo mexicano de su libertad, dando lugar a una serie de vejaciones e ignominias que será imposible olvidar, por más que los paniagudos se esfuercen por deslumbrarnos ensalzando los beneficios más o menos considerables que pudieron venirnos de la nación conquistadora.

Hay cosas que pueden disimularse, pero que no pueden olvidarse jamás: las cicatrices que la conquista española dejó en el alma del pueblo mexicano, son una de esas cosas. Al terminar su primer siglo de vida independiente, esas cicatrices aún las tiene vivas.

“Crímenes son del tiempo y no de España”, exclamó el poeta en una apelación violenta a los sentimientos generosos. El poeta dijo una verdad, pero solamente a medias.

Es cierto que las ideas reinantes del tiempo hicieron de España lo que fue. Es cierto que sería una injusticia imperdonable juzgar a la España del siglo XVI según los principios de derecho moderno; pero eso no quita, no podrá quitar de ella la responsabilidad de las vejaciones, injusticias, crueldades cometidas por sus representantes con el pueblo mexicano. Decir que España no es responsable de estas cosas, sino el tiempo, es tan absurdo como decir que el ebrio no es responsable de su crimen, sino su embriaguez.

Deber nuestro es esforzarnos por cultivar la fraternidad cada más verdadera entre nosotros y la nación que en otro tiempo sentara sus reales en nuestro suelo. Pero seamos justos al considerar el hecho histórico: la conquista fue una iniquidad; los medios empleados en ella fueron una infamia; el pueblo perdió en ella lo más preciado de su vida: su libertad; al recuperarla, recobró el tesoro más precioso que siglos antes le habían arrebatado.

Por eso al celebrar el primer centenario de su independencia, el pueblo mexicano se llena de un júbilo tan grande.

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[Tomado del muro de Facebook de José Donato Rodríguez, exdirector del Evangelista Mexicano]

 

Un comentario sobre “La Conquista de México

  1. Lo había leído hace muchos años.Gracias por compartirlo.Mi Abuelito Epigmenio Velasco, Falleció 14 años antes de mi nacimiento.

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