Trabajando por Nuestra Propia Salvación

5. Trabajando por nuestra propia salvaciónTrabajando por nuestra propia salvación

Sermón de Juan Wesley – fragmento

Tomado de muro de Facebook de Instituto De Estudios Wesleyanos – Latinoamérica, octubre 8 de 2018.

Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13).

Algunas grandes verdades, tales como la existencia y atributos de Dios, y la diferencia entre lo bueno y moral y lo malo, ya eran conocidas en parte por el mundo pagano. Es posible encontrar vestigios de estas verdades en todas las naciones, de modo que, en cierto sentido, las palabras del profeta «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios»1 pueden aplicarse a todos los seres humanos. De alguna manera, por medio de esta verdad, él alumbró a todo hombre.  Y así, aquéllos que no tienen ley, que no han escrito sus propias leyes, son ley para sí mismos. Así muestran la obra de la ley, no la letra sino el espíritu de la ley, escrita en sus corazones por la misma mano que escribió los mandamientos en las tablas de piedra. Su propia conciencia da testimonio,  determinando si actúan o no según sus dictámenes.

Sin embargo, hay dos grandes doctrinas que encierran verdades de suma importancia y que aun los  paganos más lúcidos del mundo antiguo ignoraban por completo. Otro tanto ocurre con los más inteligentes paganos que habitan la tierra en el presente. Me refiero a las doctrinas tocantes al Hijo eterno de Dios, y al Espíritu de Dios–el Hijo, que se dio a sí mismo como propiciación por los pecados del mundo, y el Espíritu de Dios, que los renueva conforme a la imagen de Dios según la cual fueron creados.  Después de todo el esfuerzo realizado por personas de gran ingenio y educación (especialmente ese gran hombre, el Caballero Ramsay), por encontrar algo parecido a estas verdades en la enorme maraña de autores paganos, la semejanza hallada es tan remota que sólo una imaginación muy vívida podría reconocerla. Más aun, esta semejanza, apenas perceptible, sólo se encuentra en el discurso de unos pocos, que eran los más avanzados y profundos pensadores de sus respectivas generaciones. Entretanto, la innumerable multitud que los rodeaba se desempeñaba bien en cuanto al conocimiento filosófico, pero en cuanto a estas verdades capitales, su ignorancia igualaba a la de las bestias.

Cierto, estas verdades nunca fueron conocidas por el vulgo, por el grueso de la humanidad, por la mayoría de las personas en nación alguna, hasta que el evangelio las sacó a luz.  A pesar de algún destello de conocimiento que brillaba aquí y allá, toda la tierra estaba cubierta de oscuridad hasta que nació el Sol de justicia y disipó las sombras de la noche. Desde ese día en que nos visitó desde lo alto la aurora, una gran luz resplandeció sobre los que  habitaban en tinieblas y en sombra de muerte. Y miles de personas en todos los tiempos comprendieron que de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Y como les fue confiada la palabra de Dios, ellos comprendieron que Dios también nos dio su Espíritu Santo, quien produce en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

 ¡Qué significativas las palabras del apóstol que preceden a este versículo! «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios», compartiendo la naturaleza única de Dios desde la eternidad, «no consideró como un robo» (ese es el significado exacto de la palabra), o una intromisión en las prerrogativas de otro, sino como un derecho suyo e inalienable, el «ser igual a Dios.» La palabra implica tanto la plenitud como la altura suprema de la divinidad. A esto se oponen las expresiones «se despojó» y «se humilló». El «se despojó» de la plenitud divina, ocultó su plenitud a los ojos de los seres humanos y de los ángeles, «tomando» (y de esta forma despojándose) «forma de siervo, hecho semejante a los hombres», un hombre tan real como los demás hombres. «Y estando en la condición de hombre», un hombre común, que no poseía especial belleza o excelencia, «se humilló a sí mismo» más aun, «haciéndose obediente» a Dios, aun cuando era igual a él, «obediente hasta la muerte,  y muerte de cruz», la mayor instancia de humillación y obediencia que pueda imaginarse.