Educar con Propósito

EDUCAR CON PROPÓSITO

Dr. Ernesto Contreras Pulido

Ante la tendencia actual en muchas sociedades occidentales de considerar una alternativa saludable, conveniente y recomendable el evitar educar a los hijos y a los discípulos en forma clara, concreta y convincente en las normas de vida que consideramos de mayor beneficio para ellos y para la sociedad. Renunciar así al derecho, obligación y responsabilidad de los padres, maestros y líderes de ser guías e instructores, sosteniendo dogmáticamente que lo aceptable es respetar la libertad de los niños y los demás para que, sin influencia alguna, descubran por sí mismos los principios de conducta que mejor les gusten, creemos que es no menos que una actitud peligrosa, necia, irresponsable e imprudente.

Ante los que dicen que cualquier otra alternativa, por calificarse como una actitud intervencionista, es inaceptable porque supuestamente viola el derecho y libertad de acción del educando, los cristianos evangélicos seguimos persuadidos de que debemos poner muy en claro que es nuestra obligación, en forma preventiva, educar a los hijos y discípulos, con toda vehemencia, perseverancia, y congruencia, en los principios bíblicos de conducta que seguramente, en forma oportuna, los ayudarán mejor que cualquier otra filosofía o enseñanza, a alcanzar la meta deseada de llegar a la edad adulta, habiendo escogido libremente, por convicción propia, y por conveniencia, ser gentes cristianas, decentes, útiles, necesarias, productivas de la sociedad, y enteramente preparadas para toda buena obra.

Dejar que con toda libertad -más bien, libertinaje-, el niño y adolescente experimente todo lo que se le ocurra y antoje sin ninguna dirección, orientación, educación, ni limitación, no es nada menos que una muestra de falta de amor hacia el hijo y discípulo, y una fórmula segura para que innecesariamente, antes de llegar a los 18 años, por conductas indeseables y dañinas sufra consecuencias, cicatrices y deficiencias en su preparación. No sólo le menguarán sus posibilidades de llegar feliz, íntegro y adecuadamente capacitado para sobrevivir en la sociedad y en el mundo, sino que en ocasiones le dejarán enfermedades incurables y daños permanentes e irremediables durante el resto de su peregrinar terrenal.

Es por eso que los cristianos evangélicos seguimos pensando, enseñando y proclamando que la mejor alternativa es seguir, con urgencia y compromiso inalterable, el consejo perenne de la Biblia que dice:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él. Ya que el que detiene la corrección, a su hijo aborrece; más el que realmente lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 22:6 y 13:24).

O ya olvidaste la exhortación que como a hijos se nos dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido y corregido por Él; porque el Señor, nuestro Dios, al que ama, disciplina, como el padre al hijo a quien ama. Y si soportas la disciplina, Dios te trata como a hijo, porque ¿qué hijo es aquel a quien un buen padre no disciplina? Todos los hijos bien nacidos y amados, tienen sus padres terrenales que los disciplinan, y los veneran. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Buen Padre Celestial, que con la Biblia nos educa, y viviremos seguros, felices, y gozando de mil satisfacciones legítimas?
“Y nuestros padres terrenales ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía bien, pero el Buen Padre Celestial, nos disciplina para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levanten las manos caídas y las rodillas paralizadas; y hagan sendas derechas para sus pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado” (Hebreos 12:5-7).

Al respecto, Alfonso Aguiló escribe:

“Como ya hemos señalado, la Iglesia reitera que la verdad se impone solo por la fuerza de la misma verdad que penetra con suavidad y firmeza en las almas, y que la conversión a la fe o la vocación a una determinada institución de la Iglesia, debe proceder de un don de Dios que solo puede ser correspondido con una decisión personal y libre, que ha de tomarse siempre con entera libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo. En este sentido la tradición cristiana habla desde muy antiguo de propagar la fe y de hacer proselitismo, para referirse al celo apostólico por anunciar su mensaje e incorporar nuevos fieles a la Iglesia o a alguna de sus instituciones (porque está persuadida que es lo que más conviene)”.

Sin embargo, en los últimos decenios ha comenzado a difundirse otra acepción de ambos términos, que suele asociarse a actuaciones en las que, para atraer hacia el propio grupo, se usa de violencia, de coerción o de algún modo se pretende forzar la conciencia o manipular la libertad de los demás. Esos modos de actuar, como es obvio, resultan ajenos por completo al espíritu cristiano y son totalmente reprobables. Pero el deseo de propagar la propia fe o de hacer proselitismo, en su sentido clásico y despojados de todas esas connotaciones negativas que hemos señalado, son cosas muy legítimas. Si negáramos a las personas su libertad de ayudar a otras a encaminarse hacia lo que se considera la verdad, caeríamos en una peligrosa forma de intolerancia.

Fernando Pascual agrega: “Cuando al educando se le dice: ‘No te metas las manos en la boca’, se pueden buscar varios objetivos. Algunos papás simplemente quieren evitar que el hijo ingiera microbios potencialmente peligrosos. Otros buscan que no se deforme los dientes. Otros, simplemente, que no adquiera un hábito que puede ser mal visto en la vida social. Habrá quien da esta sencilla orden sólo porque ‘así me enseñaron mis padres’”. Pero este sencillo ejemplo nos pone ante dos preguntas fundamentales. Cuando damos una indicación más o menos exigente, ¿a quién se la estamos dirigiendo? Cuando damos una norma educativa a un hijo o a un alumno, ¿qué proyecto le estamos transmitiendo?

La respuesta a la primera pregunta puede ser fácil. Mandamos, educamos, dirigimos a hombres, niños o niñas, adolescentes o jóvenes. Y no es extraño que algún adulto también pretenda orientar a otro adulto hacia el camino “correcto”, hacia la vía de la civilización y el buen gusto. ¿No busca eso el médico que intenta alejar del tabaco a su cliente que sufre de problemas de corazón? La indicación que ofrece no es sólo un “quisiera”, sino que desea, con todas las fuerzas de su saber médico y de su compromiso en ayudar al enfermo, que la indicación sea llevaba a cabo en vistas de un bien mayor.

Resulta mucho más compleja la respuesta a la segunda pregunta. Cada orientación pedagógica apunta a una meta concreta. En el ejemplo que abrió estas líneas, los primeros papás tenían un proyecto de tipo higiénico; los segundos, una idea estética; los terceros, un deseo de ver al hijo con hábitos aceptables en el mundo de los adultos; los cuartos, quizá no sabían exactamente lo que querían. Algunas corrientes pedagógicas se preocupan de modo especial por la educación para un mundo pluralista. Se dan cuenta de que hoy vivimos sometidos a muchos modelos, que circulan en el mercado muchas ideas, que no todos piensan del mismo modo. Y alguno se siente tentado a no dar indicaciones que puedan condicionar a los propios hijos hacia una dirección concreta, lo que impediría vivir abiertos a la complejidad del pluralismo. Tal posición es, en el fondo, una negación de la educación. O, si somos realistas, un dejar a otros el papel de educadores, pues todo niño necesita agarrarse a algún modelo, a alguna señal, que le indique lo que hay que hacer, lo que hay que comer, lo que hay que estudiar y lo que hay que decir (al menos en un idioma que sea comprensible para los demás). Si nosotros no damos una pauta educativa, el educando la tomará de otro lado, pues nadie puede vivir sin ninguna orientación determinada.

Por eso conviene no perder de vista que toda educación es selectiva: escoge unos valores, unas normas de comportamiento o unos sectores del saber, y los transmite a la nueva generación. El problema es: ¿qué valores hay que transmitir? ¿Hacia qué dirección debemos orientar a nuestros hijos? La filosofía (y la Biblia) puede venir en nuestra ayuda. Nos dice que hemos de profundizar en lo que es el hombre para, desde ahí, ver cómo podemos ayudar al niño a ser plenamente hombre. Si el hombre es sólo un animal que vive unos cuantos años en un planeta lleno de sufrimientos y que muere para dejar a otros un poco más de oxígeno, la educación tendrá una orientación muy concreta. Si el hombre, en cambio, es un ser espiritual, con un alma inmortal, llamado a vivir para amar y destinado a construir un mundo de justicia y de paz, la educación tendrá otra orientación bastante diferente de la anterior.

Sólo con respuestas concretas podemos dar sentido a la educación de nuestros hijos. De lo contrario, terminaremos, si todo va bien, con repetir esquemas y normas sin saber exactamente cómo y en qué puedan ayudar a los niños (y no tan niños) a los que dirigimos un consejo. Y ellos se merecen todo de nosotros, porque también nosotros queremos para ellos lo mejor. Eso “mejor” que es lo más propio del hombre, lo que más corresponde a su alma espiritual y a su destino eterno.

La exhortación bíblica dice: Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes. Más bien, procura con diligencia presentarte ante Dios aprobado, como obrero (padre, maestro, y líder), que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad, que es la Biblia, evitando las profanas y vanas palabrerías, que conducirán más y más a la impiedad (2 Ti 2:14-16)

REFERENCIA
Contreras-Pulido, Ernesto. (2019). Educar con propósito. Marzo 21, 2019, de Instituto Virtual Sitio web: http://media.wix.com/ugd/0317a1_294463b89804c11e1047025046f2f58b.pdf